El pacto de sombras y luz·Episodio 01

El juramento quebrado

~8 min · 1548 palabras

A Lianor Aurion le temblaba la mano izquierda, y llevaba tres meses escondiéndolo.

La escondía en la manga de la túnica durante las lecciones, la apretaba contra el muslo en las cenas del Consejo, la metía bajo la almohada por las noches, cuando no dormía. Aquella mañana la había vendado con una cinta de lino blanco, como si se hubiera cortado con un vidrio, y nadie le había preguntado nada. En el Corazón de Aurion, el día del juramento, nadie miraba las manos de la heredera. Miraban la cúpula.

La gran cúpula se alzaba sobre la terraza más alta de la ciudad, un casco de vidrio ambarino del tamaño de una plaza. Debajo, en filas que bajaban como escalones hasta el río, esperaban las lumbreras: tres mil tarros de cristal grueso, tapados con cera, donde los tejedores habían guardado durante un año entero la luz del sol de verano. Esa luz tenía que subir hoy a la cúpula, hilo a hilo, para que la ciudad no pasara a oscuras el invierno. Lo había hecho su madre durante doce años. Lo había hecho Albano durante los nueve siguientes. Hoy le tocaba a ella.

Las terrazas estaban llenas. Familias enteras con mantas y cestas, niños subidos a los hombros de sus padres con espejitos de mano para atrapar los primeros destellos, viejos que habían visto cuarenta juramentos y aun así se quitaban el sombrero. Olía a pan de anís y a cera caliente.

—Respira —le dijo Albano en voz baja. El Sumo Custodio estaba a su derecha, vestido de blanco, con las manos cruzadas a la espalda—. La luz no se fuerza; se invita.

Se lo había dicho mil veces desde que tenía diez años. Lianor asintió, se quitó la venda de la mano izquierda y la guardó en el cinturón. El temblor seguía ahí, fino como el de una cuerda de laúd.

Levantó las dos manos.

Al principio no pasó nada, y en las terrazas alguien tosió. Luego la cera del primer tarro se ablandó, y un hilo de luz salió del cristal como sale el vapor de una olla: despacio, enroscándose. Era ámbar. El color de su madre. Lianor lo tomó con dos dedos, sintió su tibieza de piedra al sol y lo lanzó hacia arriba. El hilo trepó por el aire, encontró la cúpula y se pegó al vidrio como un rayo de miel. La multitud soltó el aliento a la vez.

Después fueron diez hilos, cien, mil. Lianor dejó de pensar en la mano. Tejía con los brazos abiertos, con el cuello, con la respiración, y la luz subía desde las lumbreras en una lluvia al revés, y la cúpula empezaba a encenderse por dentro como una lámpara que despierta. Abajo, los niños giraban sus espejitos y llenaban las fachadas de lunares dorados. Pensó que su madre habría sonreído. Pensó que lo estaba haciendo bien.

Entonces el ámbar se volvió gris.

No se apagó. Se quedó quieto y sin color, como la luz de un día nublado pintada sobre un muro. Los hilos colgaron en el aire, grises, y la cúpula entera se volvió del color de la ceniza. Con el color se fue el sonido: el rumor de la gente, el chorro de la fuente, el vencejo que cruzaba la plaza. Lianor abrió la boca y no oyó su propio jadeo.

Durante tres latidos, nadie en el Corazón de Aurion supo qué hacía allí.

Lianor lo sintió como un vacío detrás de los ojos. Miró sus manos alzadas y no recordó para qué las había levantado. A su lado, Albano tenía la mirada perdida. En la terraza de abajo, una niña con un espejito se volvió hacia la mujer que la llevaba de la mano y le preguntó, con toda la calma del mundo:

—¿Tú quién eres?

Y luego volvió todo de golpe: el ámbar, el ruido, el vencejo. La mujer agarró a la niña contra su falda. La gente empezó a gritar.

Los hilos que Lianor sostenía se rompieron y cayeron sobre las lumbreras como ceniza tibia. La cúpula quedó a medio encender, con una mitad dorada y la otra apagada. Lianor bajó la mano izquierda. Temblaba tanto que tuvo que sujetársela con la derecha.

—He sido yo —dijo.

—No. —Albano le apretó la muñeca con fuerza, sin mirarla. Tenía los ojos fijos en el oeste—. No has sido tú. Mira.

Al otro lado del río Albar, sobre los acantilados donde los Umbral habían excavado su ciudad, se levantaba cada anochecer el velo: una columna de sombra densa que bajaba sobre las Hondas y traía el sueño. Era mediodía, y aun así Lianor lo vio. Una columna oscura que subía de los acantilados, sin hora, y que en ese momento se deshacía como humo en el viento, gris, sin fuerza.

—Ellos también lo han perdido —dijo Albano.

Luego levantó la vista hacia el norte, hacia los Picos Velados, y Lianor siguió su mirada. Sobre las cumbres nevadas había una línea fina en el cielo, recta como una costura. No era una nube. Era gris, y parecía que el azul se doblara hacia ella.

La Grieta sobre los Picos Velados, el día en que el valle empezó a olvidar.
La Grieta sobre los Picos Velados, el día en que el valle empezó a olvidar.Crónica del Albar
◇

Al anochecer, en la Cámara del Consejo, los informes llegaron uno tras otro. En Ruesca, la aldea de pastores al pie de los Picos, había gente que se había olvidado de palabras: un hombre no recordaba cómo se decía «cuchara» y lloraba con ella en la mano. En los huertos del norte, los manzanos habían perdido el color de las hojas en una franja de un tiro de piedra. Y en el Puente de los Tejedores el río bajaba gris.

—Tiene nombre —dijo Albano, cuando los ancianos se cansaron de hablar a la vez—. Los libros viejos la llaman la Grieta. Se abrió una vez, hace mil años, cuando la casa de los tejedores se partió en dos. Come lo que encuentra: el color, el sonido, el recuerdo. Si no se cierra, en un año este valle no sabrá cómo se llama.

Nadie preguntó cómo se cerraba. En ese momento llamaron a la puerta.

Era un mensajero Umbral, un muchacho flaco con un velo blanco sobre la cara, la señal de paz más vieja del valle. Le temblaban las piernas. Los guardias lo trajeron hasta el centro de la Cámara con las lanzas bajas, y él dejó sobre la mesa una carta sellada con cera negra y retrocedió sin dar la espalda.

Albano rompió el sello y leyó en voz alta.

—«Mañana al anochecer, en el Enclave del Crepúsculo. Traed a vuestra heredera. Nosotros traeremos al nuestro. Isolda Umbral, Matriarca de las Hondas».

En la Cámara estalló un ruido de sillas. Alguien dijo «trampa», alguien dijo «nunca», y una anciana golpeó la mesa con el bastón y dijo el nombre que todos estaban pensando: el puente.

Lianor no dijo nada. Hacía nueve años, en el Puente de los Tejedores, una noche de tregua, los Umbral habían atacado a la comitiva de Aurion. Su madre iba delante, con una lumbrera en las manos. Nunca le habían dejado ver el cuerpo. Solo le devolvieron la lumbrera, rota, y la cinta ámbar que su madre llevaba en el pelo.

—Iré —dijo.

Las sillas se callaron. Albano la miró largo rato, y Lianor creyó ver en su cara algo parecido al dolor.

—¿Y si es una trampa? —preguntó ella.

—Entonces entraré yo delante —dijo él.

◇

Esa noche tampoco durmió.

Bajó sola hasta el río por la escalera de los huertos, con una lumbrera pequeña en la mano, y caminó por la orilla hasta el Puente de los Tejedores. El puente seguía allí, un arco de piedra blanca que ya nadie cruzaba; en el centro, la guardia de Aurion había clavado una verja de hierro, y al otro lado, la de los Umbral había clavado otra. Entre las dos verjas crecían las ortigas.

Debajo del puente, el Albar bajaba gris.

No era barro. El agua era clara, se veían los guijarros del fondo, pero no tenía color ni sonido. Bajaba en silencio, como un río dibujado. La mancha gris ocupaba ya medio cauce y avanzaba hacia la orilla de Aurion, despacio, comiéndose el verde de los juncos.

Lianor se arrodilló en la piedra y acercó la lumbrera al agua.

Vio el cielo, la luna, el arco del puente, la luz ámbar de su tarro. No se vio a sí misma. Donde tenía que estar su cara había agua quieta.

Se echó hacia atrás de golpe. La lumbrera rodó por la piedra y se quedó encendida junto a sus rodillas. Lianor se tocó la cara con la mano que temblaba, para comprobar que seguía ahí, y entonces oyó una voz al otro lado del río. Una voz de hombre, baja, con el acento cerrado de las Hondas.

—Yo tampoco me veo.

En la orilla de enfrente, a cuarenta pasos, un joven vestido de negro estaba agachado junto al agua, igual que ella. No llevaba luz. La luna le dibujaba los hombros y el pelo oscuro, y una mano abierta sobre la superficie del río, que tampoco le devolvía su reflejo. Se miraron por encima del agua gris. Ninguno de los dos se movió.

Luego él levantó la mano y señaló hacia abajo, hacia el centro del cauce, donde la mancha acababa de alcanzar los dos bordes del río a la vez.

Fin del Episodio 1 · de 12

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