El pacto de los dos ríos·Episodio 03

El choque en los rápidos

~4 min · 811 palabras

El Salto del Fraile no se oía: se recibía. Era un estruendo tan grande que borraba los gritos, y la cuña bajaba por el centro del cauce entre olas de espuma blanca de dos varas que rompían sobre las bordas y empapaban a los remeros hasta los huesos. Iba más baja de lo que Sira habría querido. Notaba el fondo de la gabarra rozar algo, una vez, dos, como una mano que tantea en la oscuridad.

Gobernaba el timón largo con todo el peso del cuerpo, descalza, con los pies encajados en los listones. No veía nada. Leía el río por los pies: un temblor seco era una peña cerca de la superficie; un tirón largo hacia la izquierda era la vena honda del canal. Cuando el temblor llegaba, gritaba un número, y los remeros de babor o de estribor clavaban las palas a la vez. Nuño iba en la proa, de pie sobre el espolón, con un hacha de dos filos y las piernas abiertas contra los bandazos.

La cuña salió de la última curva una hora antes de lo que nadie esperaba.

◇

El vado de los Molinos apareció bajo una luna todavía baja. Los dos pontones de los barones, la cadena brillando a flor de agua entre ellos y, en la orilla derecha, la luz de los faroles moviéndose deprisa alrededor de los falconetes: hombres a medio vestir, mechas sin encender, una voz que gritaba órdenes que nadie había ensayado. Remigio había contado la medianoche. Sira llegaba a las once.

Sonaron las campanas de alarma. Los primeros arcabuzazos salieron de los pontones a ciegas, astillando maderos y levantando surtidores de agua. Un falconete escupió fuego por fin, demasiado tarde y demasiado alto; la metralla pasó silbando por encima de la segunda barcaza y se perdió en los álamos.

—¡A las bancadas! —gritó Sira—. ¡Nuño, que no tiemble el espolón!

La proa de hierro embistió el centro de la cadena.

El golpe fue como si el río entero chocara contra una pared. Los remeros salieron despedidos de las bancadas; Sira se golpeó el pecho contra la caña del timón y se quedó sin aire. Los eslabones crujieron, los cabrestantes de los pontones gimieron como animales. Y la cadena aguantó.

No se partió. Se estiró hacia abajo, arrastrada por cuatro gabarras de mineral, y la cuña se quedó clavada en ella, temblando, con el río empujando por detrás y subiendo por las bordas. Si seguían allí, el agua las hundiría.

Nuño no esperó órdenes. Corrió por el espolón hasta la punta, donde la cadena raspaba el hierro, y empezó a golpear con el hacha no el eslabón, que no habría cedido nunca, sino el grillete que lo unía al cabrestante del pontón izquierdo, una pieza de hierro colado, quebradiza, que alguien había apretado mal. Una vez. Dos. Las balas de los arcabuces le pasaban zumbando a un palmo de la cabeza. A la quinta, el grillete reventó.

La cadena se soltó de un lado con un latigazo que partió el agua. La cuña salió disparada hacia delante, arrolló el pontón izquierdo por la mitad y arrojó a sus tiradores al río. Y el latigazo de la cadena barrió el espolón de punta a punta.

Nuño desapareció.

◇

Sira lo vio caer. Una mancha oscura que se hundía en la espuma, delante de la proa, justo donde iban a pasar ochenta quintales de mineral.

Metió el timón a fondo a estribor. La cuña giró pesadamente, como un buey que obedece tarde, y la proa se apartó medio largo de la mancha. Sira soltó la caña, le gritó a su contramaestre que la sujetara y corrió por la pasarela con un remo en las manos. Se tumbó en la borda. Metió el remo en el agua negra.

—¡Nuño!

Una mano salió de la espuma y agarró la pala. Sira tiró con todo el cuerpo. Tiró hasta que se le abrieron las palmas contra la madera, hasta que dos barqueros llegaron a ayudarla y entre los tres lo subieron a cubierta como un saco de grano empapado, tosiendo agua de río, con una brecha en la frente y el hacha todavía en la otra mano.

—No la he soltado —dijo, mirando el hacha, y vomitó medio Arlanza en las tablas.

Detrás, el vado de los Molinos quedaba abierto: un pontón partido, el otro escorado, la cadena colgando de un solo cabrestante como una serpiente muerta. Por delante, el río se ensanchaba en aguas más mansas. Sira volvió al timón con las manos sangrando, enderezó la cuña y no dejó de temblar hasta que el último falconete quedó fuera de tiro.

Entonces se arrodilló junto a Nuño, que seguía tirado en la cubierta, y le dio un beso que sabía a río, y luego un puñetazo en el hombro, flojo, por si se le ocurría volver a hacer algo así.

Fin del Episodio 3 · de 4

El choque en los rápidos

Siguiente Episodio 4~5 minLa ribera de las aguas libres“No era una paz. Era un acuerdo entre barqueros, que suele durar más.”Seguir leyendo
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