El pacto de los dos ríos·Episodio 04

La ribera de las aguas libres

~4 min · 844 palabras

Llegaron a los muelles de Valdelobos con el amanecer. La noticia había bajado por la orilla más deprisa que ellos, a caballo, y en el embarcadero esperaba medio pueblo: barqueros, molineros, mujeres con cestas, chiquillos subidos a los toneles. Y, delante de todos, con los brazos cruzados y la cadena de plata del cargo sobre el pecho, el síndico mayor del gremio de vinateros.

—Has puesto a todo el gremio en guerra con los barones, Nuño Arceo —dijo antes de que la cuña terminara de atracar—. Sin permiso. Contra el voto del domingo.

Nuño bajó a tierra con la frente vendada y el hacha todavía en el cinto. No contestó enseguida. Detrás de él, Sira tiraba del cabo para amarrar.

—¿Dónde está Remigio? —preguntó Nuño al fin.

El síndico mayor parpadeó. Fue un parpadeo pequeño, pero en el muelle había cien personas mirándolo y todas lo vieron.

—No sé de qué me hablas.

—Remigio cruzó anoche a la venta de los álamos a contarles a los barones a qué hora pasábamos. Remigio no sabe leer ni escribir y no ha tenido una idea propia en quince años. —Nuño habló despacio, para que lo oyeran hasta los de atrás—. Alguien le dijo que fuera. Alguien que votó el domingo que había que seguir pagando.

Nadie dijo nada. Luego, desde el fondo del muelle, una mujer gritó el nombre de su marido, que había perdido una barca en el vado el año anterior, y después otra, y después ya no hubo manera de que el síndico mayor dijera nada que se oyera.

El síndico mayor se quitó la cadena de plata del cargo esa misma tarde, sin que nadie se lo pidiera en voz alta. A Remigio no lo encontraron. En la venta de los álamos dijeron que había cruzado el lindero hacia el sur antes del amanecer, con una bolsa nueva en el cinto y sin despedirse de nadie.

◇

El mineral de Oakhaven se vendió esa misma mañana, a precio de antes del invierno largo y sin un solo maravedí para los barones. Con lo que les pagaron, Sira compró trigo: cuarenta carros de trigo de la vega, que subirían hacia Oakhaven por el camino de sirga, con mulas tirando de las gabarras vacías río arriba, como no se hacía desde hacía tres siglos.

Firmaron el acta en la cubierta de la gabarra, sobre un tonel puesto de pie. Los dos concejos, el de Oakhaven por mano de Sira, que llevaba carta del príncipe, y el de Valdelobos por mano de los tres que habían votado en contra el domingo. Paso franco por el Arlanza, sin cadenas ni peajes, y auxilio mutuo si los barones volvían a tender hierro sobre el río. No era una paz. Era un acuerdo entre barqueros, que suele durar más.

Antes de firmar, uno de los tres vinateros, un viejo de manos moradas de pisar uva, se acercó a Sira y le estrechó las dos manos vendadas sin decir nada. Luego se volvió hacia los barqueros de Oakhaven, que esperaban en la otra borda, y les hizo una reverencia torpe, de hombre que no ha hecho una reverencia en su vida.

Al mediodía, alguien encendió una hoguera en la ribera y alguien sacó un cordero, y por la tarde ya había gaitas. Sira no bailó. Se sentó en un madero con los pies descalzos en el agua mansa, las manos vendadas, y vio llegar a Nuño con dos vasos de vino y un pan.

—Viñas viejas —dijo él, tendiéndole un vaso—. Te lo prometí.

—Me prometiste los cerezos.

—Faltan tres semanas.

Ella bebió. Era un vino oscuro, áspero al principio y dulce después, como algunas personas.

—Mañana subo con el trigo —dijo Sira—. Oakhaven lo necesita antes de la siembra. Tardaré diez días en llegar con las mulas y cinco en volver con la corriente.

—Quince días.

—Quince días. —Se tocó el ámbar por encima de la camisa—. Y después hay que bajar el siguiente cargamento de mineral. Y después el de lana. Y después habrá que ver si los barones aprenden.

Nuño se quedó mirando el río.

—Yo no sé gobernar un timón —dijo—. Pero sé remar contra corriente toda una noche. Tengo las manos para demostrarlo.

—¿Me estás pidiendo plaza de remero?

—Te estoy pidiendo que vuelvas a los cerezos. Con el trigo o sin él. Y si me dejas, te acompaño a llevarlo.

Sira no contestó con palabras. Apoyó la cabeza en su hombro y se quedaron así hasta que se puso el sol sobre el Arlanza, que bajaba ya sin cadenas, con el mismo barro de siempre y toda la libertad del mundo.

◇

A la mañana siguiente, las cuatro gabarras empezaron a subir el río cargadas de trigo, tiradas por veinte mulas por el camino de sirga. En la popa de la primera iba Sira, con el timón en las manos vendadas. En el banco de remo de proa, sin saber muy bien qué hacer con el remo pero dispuesto a aprender, iba el síndico de los vinateros de Valdelobos.

Fin del Episodio 4 · de 4

La ribera de las aguas libres

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