El pacto de los dos ríos·Episodio 02

El cargamento de la medianoche

~4 min · 835 palabras

La ensenada de los Sauces era un remanso escondido entre acantilados de caliza, con los sauces llorones metiendo las ramas en el agua. Allí dentro el estruendo del río se apagaba hasta quedar en un rumor que tapaba los martillos.

Trabajaron toda la tarde. Los barqueros de Sira y una docena de toneleros que Nuño había traído de Valdelobos por la senda de la orilla amarraron las cuatro gabarras de Oakhaven con vigas de fresno cruzadas y maromas untadas de sebo, una delante y tres detrás, en punta de flecha. En la proa de la primera clavaron un madero de roble escuadrado y forrado de planchas de hierro, un espolón que recibiría el golpe de la cadena y lo repartiría hacia los costados. Ochenta quintales de mineral por barcaza. El agua llegaba a un palmo de la borda.

Sira revisaba las amarras con una linterna sorda. Nuño ajustaba las cuñas del timón de popa con un mazo.

Los toneleros de Valdelobos y los barqueros de Oakhaven no se hablaban. Llevaban tres siglos sin tratarse más que a través de los peajes, y se miraban de reojo, cada grupo en su gabarra, como perros de dos casas. A media tarde, uno de los barqueros de Sira le dio una maroma a un tonelero sin que nadie se lo pidiera. El tonelero le dio las gracias. Fue todo. A Sira le pareció mucho.

—El agua sube dos dedos cada hora —dijo ella, palpando la marca contra el casco—. La cresta llegará con la luna en lo alto. Ese es el momento.

—Mis toneleros tienen miedo —dijo Nuño—. Ninguno ha pasado nunca el Salto del Fraile de noche. Dicen que a oscuras no se ven las peñas del fondo.

—No se ven. —Sira dejó la linterna—. De noche el río no se mira: se oye, y se nota en la madera de la cubierta, debajo de los pies. Si tus hombres reman cuando yo diga y tú no dudas en la proa, os paso.

◇

Al caer la noche, Sira contó a los hombres. Diez barqueros suyos. Once toneleros. Antes eran doce.

—¿Dónde está el que llevaba la gorra roja? —le preguntó a Nuño.

—Remigio. —Nuño miró alrededor—. Fue a la otra orilla a por más sebo hace dos horas.

—¿A qué otra orilla?

—A la de los álamos. Hay una venta.

Sira no dijo nada. Se acordó del jinete parado entre los álamos esa mañana. Se acordó de que la venta de la orilla derecha era donde los mercenarios de los barones bebían los domingos.

Nuño lo entendió un segundo después que ella. Se le fue el color de la cara.

—Remigio lleva quince años en mi bodega.

—Y el gremio votó dieciséis contra tres. —Sira le habló bajo, para que no la oyeran los demás—. No es culpa tuya. Pero si Remigio les ha contado la cuña, los barones nos esperan a medianoche con las mechas encendidas.

—Entonces lo dejamos.

—Entonces lo adelantamos.

Nuño la miró sin entender.

Sira no le dijo lo demás: que el Salto del Fraile con el agua a medio subir era el sitio donde se había ahogado su padre, que ella tenía doce años y lo vio desde la orilla, y que llevaba diez inviernos pasándolo de día precisamente para no tener que pasarlo nunca así.

—La cresta no llega de golpe —dijo ella—. Llega en una hora. Si salimos al principio, con el agua todavía subiendo, vamos un poco más despacio y un poco más bajos. Más riesgo en el Salto. Pero llegamos al vado cuando ellos todavía estén cargando los falconetes para la hora que les han dicho.

◇

Mientras los hombres comían cecina y pasaban la bota de aguardiente, Nuño se le acercó a la popa. Sacó del jubón una lágrima de ámbar pulido, engarzada en alambre de plata, y se la puso en la mano.

—Era de mi abuelo. Fue el primero que bajó madera de Oakhaven hasta Valdelobos, antes del invierno largo. Decía que el ámbar guarda el sol aunque esté a oscuras. —Se encogió de hombros, incómodo—. Quiero que la lleves tú en el timón. Como no sé rezar, es lo que tengo.

Sira se la colgó del cuello por debajo de la camisa. La piedra estaba tibia de haber estado contra el pecho de él.

—Si salimos de esta —dijo Nuño—, quiero llevarte a mi bodega. Quiero que pruebes el vino de las viñas viejas y que veas florecer los cerezos de la vega. Dentro de tres semanas.

—Dentro de tres semanas puedo estar colgada de una encina.

—Entonces que sea una invitación con prisa.

Ella se rio, y él aprovechó para besarla, rápido, torpe, con sabor a aguardiente. Se separaron porque los toneleros los estaban mirando.

Sira levantó la linterna sorda tres veces. Los barqueros cortaron las amarras con hachas, todas a la vez. La cuña de madera, hierro y mineral salió despacio de la ensenada, entró en el canal principal y el río la agarró como una mano.

Fin del Episodio 2 · de 4

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