El pacto de los dos ríos·Episodio 01

La cadena de hierro en el vado

~4 min · 828 palabras

El Arlanza bajaba de los circos de Oakhaven con el doble de agua que una semana antes, color de barro, arrastrando troncos de alerce y placas de nieve sucia que reventaban contra las peñas del desfiladero. Era el primer deshielo de verdad en tres siglos, y el río no sabía todavía qué hacer con tanta libertad.

Desde la popa de su gabarra, amarrada en un remanso media legua por encima del vado de los Molinos, la capitana Sira miraba con un catalejo de latón lo que le cerraba el paso. Dos cadenas de hierro, con eslabones del grosor del brazo de un leñador, cruzaban el cauce de orilla a orilla, tensadas con cabrestantes desde dos pontones artillados. En los mástiles ondeaba el estandarte de gavilanes de los barones del lindero.

Tres monedas de plata por cada saco que bajara. La mitad de la carga confiscada si el patrón protestaba. Y si el patrón protestaba mucho, una encina de la ribera. La semana anterior habían colgado a Fermo, el barquero de Peñalba, que se había negado a pagar por un cargamento de lana. Seguía allí. Sira podía verlo con el catalejo, girando despacio con el viento.

Bajó el catalejo. Llevaba diez inviernos pilotando gabarras entre los cañones del norte y conocía cada remolino del Arlanza. En su bodega llevaba ochenta quintales de mineral de hierro de las minas de Oakhaven, el primer cargamento en tres siglos que podía bajar hasta las ferias de Valdelobos. Con lo que dieran por él, Oakhaven compraría trigo para la primavera. Si pagaba el peaje de los barones, compraría la mitad.

Los barones del lindero no eran barones de nada. Eran tres familias de la orilla que, durante el invierno largo, cuando el río estaba helado y no bajaba nadie, habían ido comprando títulos viejos en Burgos y cañones viejos en Flandes. Ahora que el hielo se iba, habían descubierto que un río es una calle por la que todo el mundo tiene que pasar.

Un chapoteo de remos cortos por estribor le hizo volverse.

◇

Una barca de fondo plano, embadurnada de brea, se arrimó al costado de la gabarra. Al remo venía un hombre de unos treinta años, de espaldas anchas, con un chaleco de cuero crudo y el pelo negro pegado a la frente por la llovizna. Tenía las manos destrozadas de remar contra corriente.

—¿Capitana Sira? Me llamo Nuño Arceo. Soy síndico de los vinateros de Valdelobos. —Lanzó un cabo a la cornamusa sin esperar permiso—. He subido toda la noche por la orilla para hablar con vos antes de que lleguéis a esa cadena.

—Habéis subido contra el Arlanza en primavera en esa cáscara de nuez.

—Por eso tengo estas manos. —Saltó a bordo—. Si pensáis bajar ese hierro por el vado, os aviso: los barones han montado dos falconetes de bronce en la orilla derecha. Y cobran también a los que compran. Mi gremio os tiene apalabrado el mineral desde el invierno, a buen precio, y los barones nos van a sacar la mitad a vosotros arriba y la mitad a nosotros abajo.

—¿Y qué queréis? ¿Que no baje?

—Quiero que bajéis sin pagar.

Sira se echó a reír.

—Los pontones tienen veinte tiradores y la cadena está sujeta a postes de roble metidos en argamasa. Ninguna barcaza la parte.

—Una no. —Nuño se acercó a la borda y señaló río arriba, hacia las otras tres gabarras de Oakhaven amarradas en el remanso—. Cuatro, amarradas en cuña con vigas cruzadas, cargadas de mineral hasta la línea de agua y lanzadas por la cresta de la crecida a medianoche. Pesan lo que una colina. Ochenta quintales por barcaza. Eso no es una barca: es un ariete.

Sira lo miró de arriba abajo. No tenía cara de loco. Tenía cara de hombre que lleva mucho tiempo pagando algo que no debe.

—¿Y por qué lo propone el síndico de un gremio que paga sin rechistar?

Nuño tardó en contestar.

—Porque el gremio votó el domingo seguir pagando —dijo al fin—. Dieciséis contra tres. Yo fui uno de los tres. Los otros dos tienen miedo de sus mujeres. Yo no tengo mujer.

—Es decir, que venís en contra de los vuestros.

—Vengo a favor del río.

Sira miró el ahorcado que giraba en la encina. Luego miró a Nuño. Luego le tendió la mano.

—Si erramos el golpe, la corriente nos estrella contra las peñas del vado y los barones nos cuelgan al lado de Fermo.

—Entonces no erremos.

Se dieron la mano. Fijaron la cita para el anochecer en la ensenada de los Sauces, un remanso escondido entre acantilados a una legua del vado. Nuño volvió a su barca y se dejó llevar por la corriente hacia la orilla de Valdelobos. Sira lo siguió con el catalejo hasta que dobló el recodo. Al bajar el tubo, vio otra cosa en la orilla derecha, entre los álamos: un jinete parado, sin prisa, que llevaba un rato mirando su gabarra.

Fin del Episodio 1 · de 4

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