El vals de las vainas huecas
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Cecelia no guardó el salvoconducto. Se quedó con el pliego doblado entre los dedos, sintiendo la aspereza del sello de cera aplastado contra la yema del pulgar, mientras las campanas de San Eloy llamaban a la mesa común con ese tañido quebrado, a hierro viejo, que tienen los bronces cuando el frío aprieta.
Lucian se calzó las botas sin prisa. No miró el papel. Se pasó los dedos por el puente de la nariz, suspiró con ese silbido corto de los borrachos que se niegan a admitir la resaca y señaló hacia el corredor con la barbilla desaliñada.
—Nos reclaman abajo, alteza —dijo, arrastrando las vocales como si el título fuera un trapo sucio—. Tienen esa manía imperial de ver masticar a la gente para asegurarse de que no se mueren a destiempo.
—Tu hermano te vendió —soltó ella.
—Mi hermano me desprecia, que es más barato. El que me vendió fue tu padre, cara mia, por tres carretas de grano negro y una firma en una aduana fluvial.
Lucian se acomodó la casaca de terciopelo moribundo y le ofreció el antebrazo. Tenía el puño manchado de algo oscuro que parecía grasa de carnero endurecida. Cecelia no lo tomó de inmediato. Se frotó sin darse cuenta la cicatriz pálida del antebrazo, esa marca vieja que se hizo a los diez años contra el borde de una sartén de cobre, cuando creía que las cosas calientes avisaban antes de quemar.
—Andiamo —murmuró él, torciendo la boca—. O nos comen la sopa fría.
La galería baja era un túnel de pizarra húmeda donde la escarcha dejaba una película lechosa sobre las vidrieras altas, deformando la luna hasta convertirla en una mancha grasienta. Los estandartes ducales colgaban del envigado como cortinas podridas, con el bermellón devorado por el humo de los braseros y las humedades que trepaban desde las cloacas.
En la mesa presidencial no había manteles finos; solo tablones de roble claveteados donde el vino especiado servido en copas de estaño deslustrado dejaba cercos violáceos, densos, con un regusto a cobre y nuez moscada pasada que se pegaba al paladar desde el primer trago. Un lacayo viejo con la librea raída servía trozos de capón hervido que olían más a trapo húmedo que a carne.
Tiene siete años y en las cocinas de Varenne su madre bate manteca con azúcar en una cazuela de barro amarillo. Hace calor. El vapor huele a levadura viva y a cáscara de naranja amarga recién rallada, y nadie grita, nadie mira hacia la puerta con la mano escondida en el corpiño. La cuchara de madera choca contra el barro con un ritmo limpio, seco, seguro. Toc, toc, toc.
No había nada seguro en esta mesa.
Hambre.
Nadie la tenía, pero todos fingían tragar. Cecelia apoyó las dos manos sobre el borde de la tabla para que no se notara el temblor de los pulgares. El crujido áspero de sus enaguas de seda cruda almidonada rozaba las losas de mármol carcomidas por el salitre cada vez que movía los pies bajo el banco, un chasquido áspero, como de hojas secas pisadas en un rincón oscuro.
Lucian tomó una copa de estaño con las dos manos, olió el caldo turbio que flotaba dentro y lo apartó con una mueca.
—Le echan demasiado clavo cuando quieren ocultar que la barrica se avinagró —comentó él a media voz, hurgando con la punta roma de un cuchillo una hendidura en la madera—. En el puerto de Génova hacían lo mismo con la cerveza de centeno. Un asco.
—¿Siempre hablas de comida cuando van a matarte? —preguntó Cecelia sin mirarlo, fija la vista en el candelabro de hierro frío donde la cera de sebo quemada soltaba un hollín denso, mareante, mezclado con la lavanda rancia con la que habían frotado los tapices para disimular el moho de los muros.
—Hablo de lo que conozco. La muerte es aburrida, Cecelia. No tiene pimienta.
—Mi padre te ofreció a la guardia.
—Tu padre hizo números. No lo juzgo por saber aritmética; lo juzgo por vender tan barato a un Valois. Valgo al menos cuatro graneros y un molino harinero.
Lucian partió un pedazo de pan negro con los dedos y le tendió la mitad blanda. Ella no la cogió.
—Nos vigilan desde la balaustrada —susurró Cecelia.
—Que miren. Nadie baila con tanta gracia en esta corte como dos condenados fingiendo que la soga es un collar de perlas.
Era una burla, o no solo una burla: era esa calma rota y descarada que tienen los hombres que ya han perdido tres veces la misma partida y no les queda nada que apostar salvo la camisa.
Y le dolió, sin previo aviso.
Le dolió porque debajo del cinismo barato de Lucian había una torpeza pesada, casi infantil, como la de un perro que sabe que le van a tirar una piedra y aun así se acerca a oler la mano que la sostiene. El puñal seguía encajado contra sus costillas, con la espiga de latón perforándole la seda del refajo.
El estrépito llegó antes que la sombra.
Fue un golpe de hierro contra piedra. No un paso; docenas. El eco seco de botas militares machacando el mármol salitroso reventó la salmodia sorda del banquete. Los sirvientes retrocedieron pegándose a los paños de muro con las fuentes de estaño temblando en los brazos; el tintineo sordo y seco de vainas de daga ocultas bajo los forros de terciopelo de las casacas imperiales sonó al unísono, como una bandada de cuervos alzando el vuelo sobre un tejado de zinc.
Roland de Valois cruzó el umbral de las galerías sin quitarse los guantes de montar.
Traía la capa bermellona manchada de salpicaduras de barro seco en los bajos y las mejillas enrojecidas por el aguardiente o por el viento de la torre este. Detrás de él, cuatro alabarderos de la guardia imperial formaron una cuña rígida, empujando hacia las paredes a los cortesanos menores.
—Qué conmovedor —dijo Roland. La voz le salía pastosa, pero tenía el filo de los mandatos que no admiten réplica—. El lecho nupcial aún conserva el calor del sacrilegio y ya están bajando a vaciarme las bodegas.
Lucian no se levantó de inmediato. Terminó de masticar una miga dura, se limpió el pulgar en el muslo y luego empujó el banco hacia atrás con un chirrido que raspó las losas.
—Llegas tarde para la bendición, hermano. Ya nos bebimos el vinagre.
—Cállate la boca, bastardo de alcoba —escupió Roland, avanzando tres pasos hasta quedar a tiro de aliento de la mesa. De entre los pliegues de su capote sacó un pliego grueso, doblado en cuatro y lacrado con cera negra—. Levantamiento de armas en el vado sur. Conspiración formal contra la corona de Aurelia y usurpación sacrílega de los derechos de primogenitura.
Roland clavó los ojos saltones en Cecelia.
—Y tú, perra de Varenne. Alta traición. Tu padre juró mi nombre en el pergamino y te has abierto de piernas para el desecho de la familia antes de medianoche.
Cecelia llevó la mano instintivamente a la empuñadura de hueso oculta en su costado, pero Lucian se movió antes.
Fue un movimiento rápido, sin elegancia de esgrima, más bien como el de un mozo de taberna que se mete en medio de una pelea de jarras. Se interpuso entre Roland y la mesa, tapando a Cecelia por completo con la amplitud de sus hombros desgarbados. El terciopelo de su espalda rozó la cara de ella; olía a humo viejo y al sudor frío de la vigilia.
—Déjala fuera de esto, Roland —dijo Lucian, y por primera vez la voz no le tembló ni buscó la chanza—. Cecelia no sabía nada. Ni del vado, ni del cura, ni del cambio de anillos. El complot es mío. Fui yo quien sobornó a los acólitos de San Eloy con plata ducal que robé de tu propio arcón. Ella es un rehén de la dote, nada más.
Roland soltó una carcajada breve, un ladrido seco que no le movió los ojos.
—¿Te crees muy noble, hermanito? ¿Crees que esto es una disputa de herederos por ver quién duerme en el ala soleada?
Roland arrojó el pergamino sobre la tabla de roble. El papel cayó pesado, derribando una de las copas de estaño; el vino especiado formó un charco oscuro que fue tragándose los bordes de la vitela.
—No he venido a prenderte para un juicio —dijo Roland, señalando al heraldo que permanecía inmóvil tras la guardia—. El heraldo no trae una acusación de la corte.
El papel se abrió por el peso del lacre húmedo.
Cecelia bajó la mirada por encima del hombro de Lucian. No era un borrador redactado al calor del aguardiente en la torre este. No era una rabieta de hermano despechado.
Al pie del decreto de ejecución sumaria, perfectamente nítido bajo la luz temblorosa de los candelabros, destacaba el sello imperial de plomo y la rúbrica angular, temblorosa pero incontestable, del mismísimo emperador.
Estaba firmada desde antes de las vísperas.
Lucian miró el plomo. Se quedó quieto, con las manos caídas a los costados, como un cocinero que apaga el fuego bajo una olla rota y ve cómo el caldo sucio se desparrama sin remedio por el suelo de tierra.
Fin del Episodio 3 · de 4
El vals de las vainas huecas
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