El novio equivocado·Episodio 02

Lavanda y ceniza fría

~6 min · 1131 palabras

El cerrojo de la alcoba norte encajaba torcido. La madera estaba hinchada por la humedad que subía desde los fosos, rezumando ese frío de sótano que no se quita ni arrimando tres mantas de lana áspera a la lumbre. La habitación olía a sebo quemado y a lavanda vieja, de esa que las criadas meten en saquitos de lino basto para disimular que los tapices de caza se están pudriendo por las esquinas contra el muro de pizarra.

Lucian no esperó a que Cecelia cruzara el umbral. Empujó la puerta con el hombro, caminó arrastrando las suelas y se dejó caer en el banco corrido frente a la chimenea apagada.

—Maldita sea la cera de San Eloy —gruñó, tirando de la caña de la bota izquierda hasta que el cuero cedió con un chasquido sordo—. Se te mete entre los dedos y parece manteca fría.

Cecelia no contestó. Tenía los brazos levantados frente al espejo de luna empañada, quitándose los alfileres del peinado de a uno en uno. Eran seis agujas de latón con cabeza de vidrio negro que le habían clavado en el cuero cabelludo antes de que doblaran las campanas de vísperas. Al sacar la cuarta, sintió cómo la sangre volvía a circularle por la nuca en un latido tibio y molesto.

El puñal con mango de hueso seguía ahí, prensado contra la ingle bajo las tres capas de enaguas tiesas, rozándole la piel cada vez que daba un paso.

Lucian arrojó la otra bota al rincón. Llevaba una media de lana gris con un agujero limpio a la altura del talón por donde asomaba la piel enrojecida por el roce. Se rascó el empeine con parsimonia, estiró el brazo hacia la mesita auxiliar y agarró la jarra de barro cocido. Sirvió un chorro oscuro en una copa de estaño con la base golpeada, una de esas copas que bailan sobre la madera porque tienen el asiento hundido.

—¿Quieres? —preguntó, levantando el vaso sin mirarla.

—Huele a vinagre.

—Huele a clavo podrido y a miel vieja —corrigió él tras dar un trago largo, arrugando la nariz con un gesto que le partió las arrugas de la frente—. Roland cree que si le echas bastante canela al vino malo, sabe a cosecha ducal. En Nápoles le habrían tirado el jarro a la cabeza por pretencioso. O en cualquier taberna con decencia.

Se quedó mirando la copa vacía un segundo antes de volver a llenarla.

—Tu hermano Roland no bebe esto —dijo Cecelia. Dejó los seis alfileres alineados sobre la cómoda, formando una fila exacta como cubiertos antes del servicio—. Bebe aguardiente de ciruela en jarro de plata. Me lo dijo mi tía antes de subir al carruaje.

—Tu tía habla demasiado y mira poco.

Lucian se levantó, desabrochó los corchetes de la casaca de terciopelo bermellón —la casaca ancha de hombros que habían bajado a toda prisa del guardarropa de Roland para la ceremonia— y la arrojó sin miramientos sobre el baúl de cedro.

Frío.

Tiene nueve años y su madre aún vive y las cocinas de Varenne huelen a harina tostada en las mañanas de octubre. Está sentada sobre una banqueta baja pelando castañas con un cuchillito sin filo que solo sirve para magullar la corteza, mientras las mujeres cantan una tonada de siega que ella nunca aprenderá del todo. Su madre le pone una mano caliente en el hombro, con ese olor a romero y grasa limpia pegado a la piel, y no dice nada. No dice nada porque la casa está en pie y todavía no hay deudas que pagar con cuerpos.

Cecelia parpadeó. El reflejo del espejo solo le devolvía los muros de gris pizarra y la escarcha blancuzca que trepaba por las junturas del vitral.

—Si Roland baja de la torre este antes de medianoche —dijo ella, girándose despacio mientras se frotaba la muñeca donde la tinta plateada le tiraba como una quemadura de ortiga fresca—, nos va a encontrar aquí como a dos capones esperando el cuchillo de desollar.

—Roland no va a bajar antes de medianoche. Está ocupado convenciéndose de que es un estadista mientras apura la segunda botella y redacta decretos que nadie va a leer hasta que cante el gallo.

—Pactaste con él.

—Pacté sobrevivir a la cena, que ya es bastante trámite para un martes.

Lucian dio otro trago. Una gota oscura le resbaló por la comisura de los labios, pero no se molestó en limpiársela; dejó que se secara sola sobre la barba crecida de dos días.

—Eres un cínico —murmuró ella.

—Soy el segundo en la línea, que es una forma más larga y tediosa de decir lo mismo.

—Me prometieron que Roland era un hombre de palabra.

—A veces la lealtad consiste simplemente en elegir quién preferimos que nos mienta durante la cena.

Silencio.

El viento del norte sacudió el ventanal con un golpe seco de salitre y aguanieve. Cecelia se acercó al baúl. El terciopelo de la casaca estaba tibio por el cuerpo de Lucian, pero conservaba ese perfume empalagoso de flores prensadas que usaban los sastres de palacio para disimular el sudor de los príncipes. Le dio la vuelta para colgarla del respaldo y que no cogiera arrugas sobre la madera mohosa.

Era pesada. Demasiado pesada para una simple prenda de paño y forro de tafetán.

Al doblar la solapa derecha, los dedos de Cecelia tropezaron con un bulto rígido cosido entre la entretela y el dobladillo inferior. No era el metal de una daga. Sonaba al crujido seco de una vitela doblada en cuatro partes, sellada con cera roja quebradiza.

Y la reconoció de inmediato.

El sello de lacre no llevaba el león rampante de la corona imperial. Llevaba las dos espigas cruzadas sobre el río: el cuño personal de su padre, el Duque de Varenne.

Cecelia tiró del hilo suelto de la bastilla con los dientes. La costura cedió con un desgarro menudo. Desdobló el pergamino a la luz macilenta de la vela de sebo, con las manos completamente quietas mientras leía la caligrafía apretada y minuciosa que tantas veces había visto en los libros de cuentas de la hacienda familiar.

No era una dote.

Era un salvoconducto oficial dirigido al preboste de la guardia de la corte, fechado tres días antes del viaje nupcial. En él, su padre estipulaba las cuotas exactas de centeno que saldrían de Varenne a cambio de una única cláusula irrevocable: la entrega inmediata de Lucian de Valois a los alguaciles del imperio como chivo expiatorio por la revuelta del grano, garantizando que el ducado quedara limpio de toda sospecha de sedición.

Su padre lo había vendido.

Cecelia levantó la vista del papel. Lucian seguía de espaldas, descalzo, frotándose los ojos cansados frente a la copa de estaño vacía, esperando un amanecer que ya estaba pagado al céntimo.

Fin del Episodio 2 · de 4

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