El novio equivocado·Episodio 01

El peso del estaño

~9 min · 1785 palabras

La seda cruda almidonada no doblaba: crujía como leña seca bajo la bota. Cada paso hacia el presbiterio le costaba a Cecelia tres empujones sordos con las rodillas, peleando contra el armazón de ballenas y ese velo espeso que olía exactamente a lo que era: a baúl cerrado durante cuatro inviernos y a lavanda pasada, de esa que las doncellas echan a puñados sobre los terciopelos húmedos para que los señores no sospechen que el salitre de las galerías bajas se está comiendo el palacio desde los cimientos.

Bajo la gasa pesada, el aire era caliente y escaso. Olía a sebo rancio.

El templo mayor de la corte de los Valois no tenía nada de santo a esa hora de la mañana. Era un cajón inmenso de pizarra gris donde la escarcha dejaba una baba lechosa en las esquinas de los vitrales y los estandartes ducales colgaban con un bermellón tan deslavado que parecían trapos de fregar colgados a secar. Cecelia sentía en la boca el regusto áspero del vino que le habían obligado a tragar antes de salir de sus aposentos: vino especiado con demasiada canela, servido en una copa de estaño que dejaba en las encías un sabor a moneda vieja.

Tiene doce años y su abuela le pone un plato de sopa de puerros enfrente, humeando tanto que las ventanas de la cocina se empañan enteras. No le dice que coma, no le dice que tenga cuidado con la grasa que flota en círculos amarillos como monedas sobre el caldo; simplemente le pone la cuchara de peltre en la mano derecha, le empuja el cuenco dos dedos más cerca y se sienta a desgranar habas en un delantal grisáceo. La lumbre chisporrotea, el vapor huele a tierra recién removida y afuera cae agua nieve sobre el tejado de teja rota, pero ahí dentro nadie tiene que prometerle fidelidad a un escudo de armas ni arrodillarse sobre losas heladas.

Parpadeó. El recuerdo se evaporó contra el lienzo tieso que le cubría la cara.

Estaba tranquila. No, tranquila no. Estaba harta, que se le parecía mucho pero dejaba los hombros caídos y las mandíbulas apretadas.

El sacerdote de San Eloy carraspeó con un estertor húmedo que resonó en la nave vacía. No había corte numerosa porque Roland de Valois —el heredero indiscutible, el hombre de mandíbula cuadrada que montaba caballos castrados y firmaba decretos sin mirarlos— odiaba las multitudes casi tanto como odiaba que le hicieran esperar. Y sin embargo, allí estaba Cecelia, parada al pie de las tres gradas del altar, con los tobillos hinchados dentro de los botines de cordobán y los dos padrinos del novio bostezando a su derecha con las manos metidas en las mangas forradas de marta cibelina.

Un tintineo seco sonó a la altura del cancel. Metal contra cuero endurecido: la vaina corta que los gentilhombres de la cámara llevaban disimulada bajo el forro del jubón por si a algún primo segundo se le ocurría disputar una baronía antes de la bendición.

Alguien subió las gradas con paso rápido, irregular, arrastrando apenas el talón izquierdo.

Roland nunca arrastraba los pies. Roland marchaba como si el mármol le debiera tributo.

Una mano enguantada en ante pardo, con una mancha oscura de tinta en la costura del pulgar, se alzó frente a sus ojos. Los dedos no eran los dedos cortos y callosos del príncipe heredero, acostumbrados a tirar de las riendas hasta sangrarle la boca a los percherones. Eran largos. Uno de ellos tenía una cicatriz blanca que le cruzaba el nudillo medio.

La mano apartó el velo de un tirón seco.

Cecelia soltó el aire de golpe.

—Llegas tarde —dijo ella en un susurro que no pretendía ser dócil.

—Y tú llevas encima medio fardo de lino de Flandes —respondió Lucian de Valois.

No era Roland. Era su hermano menor: el que no heredaba nada, el que olía a tinta de agallas y a tabaco de contrabando, el que había vuelto de seis años en los muelles de Génova con la lengua llena de palabras ajenas, el que tenía el cuello de la camisa ligeramente torcido hacia la izquierda.

Cecelia intentó dar un paso atrás, pero el borde inferior de las enaguas almidonadas se trabó en una grieta del mármol, blanca de salitre.

—¿Dónde demonios se ha metido tu hermano? —masculló entre dientes, mirando de reojo al oficiante, que sostenía el misal abierto con dos dedos sarmentosos cubiertos de manchas hepáticas.

—Indispuesto. Una purga imprevista. O un exceso de estofado de liebre mal madurada, según a quién le preguntes en las cocinas.

—No me jodas, Lucian.

—Pazienza, madonna. Mi hermano mayor tiene el estómago delicado para las bodas y muy duro para los asedios. No mires al obispo, que está sordo como una tapia y cree que Roland ha crecido tres pulgadas desde Pascua.

Lucian se colocó a su lado, hombro con hombro. Su casaca de terciopelo azul noche tenía el pelo aplastado por el uso en los codos. Al inclinarse para acomodarse la espada al cinto, el pomo golpeó contra la barandilla de hierro frío con un chasquido metálico que espantó a un gorrión posado en una viga alta.

—¿Te has peinado con los dedos? —preguntó ella, sin mirarlo, fijando la vista en las velas de sebo que lagrimeaban grasa grisácea sobre el paño de lino del altar.

—Me he peinado con las prisas, que peinan peor —dijo él, frotándose la comisura del labio con el dorso del guante manchado—. Además, Roland no va a venir. Y si no hay un Valois de rodillas antes de que suenen las maitines en la abadía de abajo, tu padre envía los carros de trigo a la frontera de Lorena antes de que anochezca.

—Tu padre es un ladrón.

—El tuyo cobra diez sueldos por saco de centeno mohoso, Cecelia. No nos pongamos sentimentales ahora.

—Tu jubón huele a bodega.

—Y el tuyo a alcanfor de muerto. Estamos empatados.

El sacerdote levantó las manos esqueléticas y soltó una bendición en un latín tan gastado que las palabras salían pegadas como gachas frías. Ninguno de los dos bajó la cabeza del todo. El aire entre ellos dos tenía la consistencia del aceite viejo que queda flotando en una sartén cuando el fuego se ha apagado hace horas.

Cecelia miró el anillo sobre la bandeja de estaño que sostenía el acólito descalzo. Era una banda gruesa de oro bajo, con una piedra de vidrio rojo encajada a la fuerza con cuatro garras torcidas. Roland lo había llevado en el meñique durante años, golpeándolo contra la mesa cada vez que exigía otra jarra de cerveza agria.

—Un intercambio de alianzas en esta corte no es una promesa de amor, sino un tratado de no agresión firmado con cera barata —murmuró ella, repitiendo la frase exacta con la que su propio tío la había despedido al subir al carruaje en Varenne.

Lucian soltó un bufido que pareció una risa ahogada.

—La cera es cara, Cecelia. Esto se sella con saliva y tierra de zanja.

Y le tuvo asco. Así, sin preámbulos ni adornos, no a él en concreto —Lucian siempre había sido un estorbo ruidoso, de esos que dejan la puerta abierta al salir y roban aceitunas del cuenco antes de bendecir la mesa—, sino al teatro entero, a las losas cuarteadas, a los testigos que ni siquiera se molestaban en fingir que no estaban calculando cuántos cuartales de avena representaba su dote.

—Toma mi mano —dijo él.

—No quiero.

—Tómala o el viejo va a repetir el prefacio desde el principio, y si tengo que escuchar otra vez la parábola del sarmiento y la vid me corto las venas con la cucharilla del incensario.

Cecelia le alargó la mano derecha. El ante de su guante estaba húmedo en la palma; el de Lucian, áspero y tibio. Al entrelazar los dedos, el sacerdote dejó caer sobre sus nudos una cinta de cáñamo deshilachada.

Hambre.

Eso fue lo que sintió de pronto: no terror, sino un vacío animal en la boca del estómago, la certeza física de que llevaba dieciocho horas sin comer nada sólido porque las costureras decían que el corsé de brocado no cerraría si desayunaba pan con grasa de tocino.

—Pesa —dijo ella entre dientes, al sentir el anillo de Roland bailando en su anular.

—El estaño siempre pesa más que la plata —respondió Lucian, sin soltarle los dedos.

El sacerdote se volvió hacia el retablo para elevar el cáliz de peltre deslustrado, dándoles la espalda encorvada durante tres largas oraciones mecánicas.

Fue en ese instante exacto. La mano izquierda de Lucian no estaba cruzada sobre el pecho como mandaba la postura de reverencia. Bajó con una soltura aprendida en tabernas oscuras, deslizándose bajo la sobrefalda de damasco espeso, sorteando los alambres del guardainfante con la precisión de un carnicero que conoce la juntura de los huesos a ciegas.

El frío del hierro le quemó el muslo a través de las enaguas delgadas.

Cecelia se tensó tanto que la seda almidonada crujió de nuevo, áspera, como si un gato se hubiera metido entre sus faldas. Intentó apartarse, pero él apretó los dedos que aún tenía apresados en la cinta nupcial, tirando de ella medio palmo hacia su costado.

—Quieta —susurró él, con los ojos clavados en la nuca tonsurada del fraile.

El mango era de hueso pulido, amarillento por el roce de la palma, rematado en una espiga corta de latón. Lucian lo encajó en el bolsillo oculto de su refajo interior, justo donde las mujeres de Varenne guardaban las llaves de la despensa y la sal gruesa.

—¿Qué haces? —siseó ella.

Lucian no parpadeó. El olor a hierro húmedo y a tabaco rancio le llegó de golpe a Cecelia cuando él ladeó la cabeza apenas un dedo hacia su oreja, fingiendo que le acomodaba un pliegue del velo que volvía a caerle sobre la sien.

—Roland no está purgado, Cecelia. Roland está en la torre este con tres botellas de aguardiente de ciruela y un papel firmado para ahorcarme a mí a mediodía y encerrarte a ti en el convento de las Clarisas antes de que anochezca.

El sacerdote comenzó la bendición final, alzando los brazos secos.

—Si sigue respirando cuando amanezca —añadió Lucian, con una calma que sonó más sucia que cualquier juramento—, ninguno de los dos sale vivo de la cámara nupcial.

—Lucian...

—Amén, madonna. Dile amén al señor obispo.

El clérigo trazó la cruz en el aire con un hisopo seco de madera de boj.

Lucian dio un paso atrás, soltó los dedos de Cecelia y se frotó las dos manos como el que acaba de partir una hogaza de pan duro por la mitad y sacude las migas sobre la tabla antes de guardarla en el aparador.

Fin del Episodio 1 · de 4

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