El filo del bermellón
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Cecelia señaló el pliego arrugado que temblaba entre los dedos del príncipe antes de que nadie alcanzara las armas.
—Guarda esa porquería de papel, Roland.
El príncipe heredero parpadeó, con la boca entreabierta y el tufo a aguardiente barato enturbiando el aire frío entre ellos. El pergamino con el sello imperial le temblaba en los dedos.
—Es traición —balbuceó Roland. No, traición no era la palabra que buscaba; se le trababa la lengua en los dientes—. Traición contra el trono. Firmada. Por mi padre.
—Tu padre lleva tres meses durmiendo dieciséis horas al día y firmando lo que le ponen delante de las narices entre dos tisanas de adormidera —intervino Lucian. Se pasó la mano por la casaca de terciopelo, justo donde el forro ocultaba el tintineo sordo de una vaina corta—. Y tú hueles a bodega de puerto antes de las seis de la mañana. Dio santo, Roland. Si vas a matarme antes del desayuno, al menos lávate la cara.
Roland dio un paso adelante, la bota pesada resonando contra las losas de mármol que el salitre de las galerías bajas había cuarteado hacía décadas. Dos alabarderos se movieron con él, pesados, el hierro de sus armas raspando contra el techo abovedado.
—¿Crees que bromeo, hermanito? —escupió Roland.
—Nunca creo que bromeas. Creo que no piensas, que es distinto.
Cecelia no esperó a que los soldados decidieran a quién obedecer primero. Se dio la vuelta con un crujido áspero de enaguas de seda cruda almidonada, caminó los cuatro pasos que la separaban del arcón de roble arrimado al muro de pizarra gris y levantó la tapa sin pedir permiso a nadie. Pesaba. Pesaba como pesan las cosas que llevan años pudriéndose en silencio. De adentro no sacó el puñal de hueso que todavía le quemaba contra el muslo, sino dos cuadernos forrados en vitela manchada y un fajo de pagarés atados con cáñamo basto.
Los tiró sobre la mesa baja de estaño con un golpe seco.
Polvo.
Tiene siete años y su padre la sienta en el taburete más alto de la tesorería de Varenne para enseñarle que una espada rota se reemplaza con cuatro monedas de cobre, pero un asiento contable falsificado puede tumbar un ducado entero. En la mesa hay pan duro y un plato hondo con manteca rancia que nadie retira porque hace demasiado frío para que huela mal. Su padre moja la pluma, le aparta un mechón de la frente con un dedo que huele a tinta ferrogálica y le dice que la sangre sirve para firmar, pero el grano es lo que decide quién pasa el invierno.
—Siéntate —le dijo Cecelia a Roland.
—¿Qué coño es esto?
—Las cuentas de la aduana del paso oriental —respondió ella. Su voz salió llana, sin filo, casi aburrida—. Los contratos de entrega de madera de abeto, las partidas de salitre para la guarnición de las marcas y tres pagarés de la casa mercantil Morosini extendidos a nombre de un tal señor Chevalier. Un señor que juega al faraón en las tabernas del muelle bajo y pierde cuatrocientas piezas de plata en una sola noche de dados cargados.
Roland se quedó rígido. El papel imperial bajó dos pulgadas.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sabes. No seas idiota —Cecelia pasó la yema del pulgar por la esquina doblada del primer cuaderno; se le clavó una pequeña astilla de madera seca en el borde de la uña y se la quitó con los dientes antes de seguir—. Desmantelaste los tres puestos de vigía de la frontera sur en octubre. Vendiste las vigas de castaño, el plomo de los techos y hasta las herraduras de las mulas para cubrir lo que debías a los prestamistas del río. Dejaste la entrada del valle abierta como una puerta de granero en mitad de una tormenta.
Lucian soltó una risa seca, breve, que se le cortó a la mitad. Se acercó despacio a la mesa, cogió una copa de estaño deslustrado que alguien se había dejado olvidada del banquete y la olió antes de dejarla exactamente en el mismo sitio.
—Vaya —murmuró—. Y yo pensando que tu único vicio eran los caballos lentos y las primas lejanas.
—Cállate, Lucian —dijo Roland entre dientes. El cuello se le estaba poniendo del color del bermellón desvaído que colgaba en los estandartes ducales detrás de él.
—No me callo. Es fascinante. Vendiste las defensas del imperio para pagar unas cartas malas. Papá te va a adorar cuando amanezca.
—El decreto tiene la firma del emperador —insistió Roland, pero la voz ya no le salía desde el pecho; le salía de la garganta, apretada, como la de un muchacho al que han pillado robando fruta verde en el huerto ajeno—. Si llamo a los guardias—
—Si llamas a los guardias —lo interrumpió Cecelia, apoyando las dos manos planas sobre la vitela—, estos libros no van a ir a la antecámara del consejo. Van a ir a manos del canciller antes de que toquen la campana de prima. Y si el consejo ve que el heredero legítimo empeñó la seguridad de seis provincias para pagar deudas de juego a contrabandistas fluviales, no te van a degollar aquí abajo, Roland. Te van a mandar a contar pinos a la frontera que dejaste pelada. En el mejor de los casos.
Silencio.
En la galería baja la cera de sebo quemada en los candelabros chisporroteó contra el hierro frío, despidiendo ese olor denso y sucio que siempre se mezcla con la lavanda rancia de los tapices viejos.
—Tú no harías eso —dijo el príncipe, mirándola a ella, buscando alguna fisura en la cara pálida de la muchacha—. Tu familia depende de las cuotas de centeno. Si abres esa caja, Varenne arde con nosotros.
—Varenne ya arde —respondió Cecelia. No se movió. No pestañeó—. Y yo no tengo ningún apetito por morir de rodillas en una losa húmeda para que tú puedas seguir perdiendo plata ajena.
Roland miró a Lucian. Lucian se encogió de hombros, con esa pereza calculada que usaba como un escudo abollado, y se rascó la comisura de la mandíbula.
—Tiene razón, querido hermano. Yo que tú me sentaba y buscaba una pluma limpia. Pazienza. A veces la sopa se enfría antes de que uno llegue a la mesa.
La antecámara del consejo olía a estufa apagada y a lana mojada cuando los tres salieron hacia el patio.
El cielo sobre la capital no era negro ni azul todavía; era una costra de gris pizarra que empezaba a abrirse por el este con una claridad agria, sin calor. En los vitrales altos del pasillo, la escarcha matutina formaba un dibujo blanco y lechoso que borraba las agujas de las torres exteriores.
Roland caminaba diez pasos por delante, escoltado no por sus alabarderos de gala, sino por tres capitanes de la guardia fronteriza que no le quitaban los ojos de la nuca. Sin capa de armiño. Con una casaca de montar oscura y una orden de traslado firmada por el senescal que lo desterraba a las marcas del sur antes del mediodía.
Lucian se detuvo junto a la balaustrada de piedra, frotándose la muñeca izquierda con aire ausente. La piel bajo la camisa le tiraba, una quemazón sorda que ambos compartían pero de la que ninguno decía una sola palabra.
—Pensé que ibas a degollarlo con el cuchillo de hueso —dijo él en voz baja.
—Las hojas manchan la ropa —respondió Cecelia sin mirarlo—. Los números son más limpios.
—Y más crueles. Dio, Cecelia. Tienes el corazón de un banquero veneciano.
—Tengo el corazón de alguien que prefiere ver a su enemigo marcharse en un carruaje con la cabeza gacha que terminar colgada de una viga de san Eloy.
Lucian resopló. El vaho de su respiración se deshizo contra el aire helado.
—¿Te duele el brazo? —preguntó ella.
—Siempre me duele algo por las mañanas. Es la humedad de este agujero.
—Mentiroso.
—Bueno, un poco. Pero menos que ver la cara de Roland cuando leyó la suma total de lo que debía en la taberna del ancla.
Abajo, en el patio empedrado, los caballos de posta sacudían los arneses de cuero con un cascabeleo sordo. El carruaje que debía llevarlos hacia el camino meridional ya esperaba junto al portón de hierro, con las ruedas cubiertas de barro seco y un cochero envuelto en tres mantas que daba saltitos para calentarse los pies.
Cecelia miró las torres de la capital que empezaban a recortarse contra el alba. Todo aquello quedaba atrás: la piedra fría del templo, las promesas compradas con grano, la farsa de un desposorio que ninguno de los dos había pedido.
—El camino a la frontera son cuatro días con el culo pegado a un banco de madera —dijo Lucian—. Pero al menos nadie intentará envenenarnos el desayuno.
Cecelia giró la cabeza hacia él. Lucian no tenía su habitual sonrisa torcida, esa mueca cínica que sacaba a relucir cada vez que el peligro se ponía a tiro de piedra. Tenía los ojos cansados, la casaca arrugada por la noche en vela y la barba de dos días sombreándole la mandíbula.
Y le creyó. Sin aspavientos.
Lucian no dijo nada más. Se limitó a dar un paso corto hacia el costado y apoyó su hombro con firmeza contra el de ella, en silencio, mientras las grandes puertas de roble del rastrillo se abrían hacia el camino del sur con un gemido largo de hierro y escarcha.
Fin del Episodio 4 · de 4
El filo del bermellón
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