El silbido de la linterna rota
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La oscuridad dentro de la torre no era negra, sino de un gris sucio y pastoso que se pegaba a las pestañas.
—Dime por favor que eso de fuera ha sido una ráfaga de aire con muy mala leche —susurró Aldara, pegada a mi espalda.
—Claro. El viento atlántico, que de repente tiene brazos y le gusta echar cerrojos con valvulina.
—Odio cuando te pones sarcástica en situaciones de muerte inminente, Cande.
Encendí la pantalla del móvil. La carita sonriente de Marcos seguía congelada en una notificación de hacía setenta y dos horas a la que todavía no le había contestado: «¿Nos vemos el domingo en la rúa do Porto o vas a seguir fingiendo que el proyecto de fin de curso te consume la vida?».
Borrador guardado: «Marcos, probablemente me consuma un señor que creíamos ahogado, no me esperes».
Bloqueé la pantalla. El fogonazo azulado nos dejó todavía más ciegas que antes. Olía a gasoil quemado hace una década, a guano endurecido en las cornisas y a ese marisco podrido que se queda atrapado entre las rocas del espigón cuando la resaca tira hacia fuera.
—El cable —dije en un hilo de voz.
—¿Qué cable?
—El del micro. Se ha enganchado.
Me agaché a tientas. Mis dedos tropezaron con el borde oxidado de la caja de plástico azul de la lonja y luego con el conector metálico. Estaba empapado de condensación fría; al rozarlo, los auriculares que llevaba al cuello soltaron un chasquido áspero, seguido por ese zumbido intolerable de cincuenta hercios taladrando el canal izquierdo. Porque el derecho, evidentemente, llevaba roto desde noviembre.
Y entonces el auricular izquierdo transmitió algo más.
Cloc.
Un golpe sordo, metálico. Arriba.
Nos quedamos inmóviles. Ni siquiera respiramos. A través de los cristales rotos de la linterna, varias decenas de metros sobre nuestras cabezas, el vendaval se colaba silbando por las junturas flojas de las placas de cobre con un aullido de tetera vieja. Pero lo que sonó por el auricular no era el viento.
Cloc. Cloc.
Eran suelas de goma dura sobre peldaños de hierro fundido. Pasos pesados, deliberados, que bajaban despacio la espiral.
—Cande —el susurro de Aldara fue casi un quejido diminuto, con la barbilla clavada en mi hombro—, dime que eso lo está reproduciendo la cinta.
—La grabadora está en pausa, Al.
—Mierda.
—Sí.
Me quité la clavija del cuello, me limpié las palmas sudorosas en los vaqueros y palpé el primer tramo de la barandilla de caracol. Se me clavaron bajo las uñas escamas ásperas de pintura deshecha y herrumbre seca, como arena gorda apelmazada por el salitre. Cada tres o cuatro segundos, la luz amarillenta y sucia de las farolas de vapor de sodio del puerto cruzaba el ventanuco más alto, filtrada por una neblina densa que convertía el aire en sopa.
Los pasos continuaron. Rítmicos. Siete peldaños por encima. Luego seis.
La escalera entera osciló un milímetro, un crujido agudo y lastimero de hierro fatigado que resonó en el hueco de la torre como un disparo amortiguado.
—Si subimos nos lo encontramos de frente —murmuré, arrastrándola hacia el recoveco ciego que formaba la bancada del generador auxiliar—, y la puerta de abajo está atrancada por fuera.
—Es mi tío. Te juro por mi madre que esa manera de arrastrar el talón derecho es de mi tío Gonzalo. Siempre caminaba así desde que se cayó de la cubierta del Nuevo Amanecer.
—Tu tío lleva cuatro años enterrado en el mar, Aldara.
—¡Pues se ha traído las botas puestas!
—No grites.
—¡No estoy gritando, estoy teniendo un colapso en susurros!
Me mordí el labio inferior con tanta fuerza que me supo a salitre. Apreté la libreta de hule negro contra mi pecho, resguardándola bajo la tela de la sudadera. En la penumbra, las letras apretadas de mi madre parecían arder a través del papel como carbones encendidos. ¿Qué hacía su letra allí? ¿Qué hacía cualquiera de nosotros en un faro que llevaba treinta años criando telarañas y óxido?
El peso de los pasos se detuvo.
Justo en la última curva antes de tocar el suelo de hormigón.
El silencio que siguió fue peor que el ruido de las botas. El silbido del cobre batido por el aire allá arriba se convirtió en un zumbido sordo. De pronto, un chasquido plástico cortó la humedad.
Una llamarada blanca, violenta, inhumana.
El haz de una linterna industrial de batería pesada barrió la pared desconchada, rebotó en los restos del motor de dos cilindros y nos dio de lleno en la cara. Me tapé los ojos con el antebrazo, completamente ciega, tropezando de espaldas hasta que el hierro helado del pasamanos se me clavó en los riñones. Aldara soltó un grito ahogado y se encogió contra mi costado.
—¡Apagad eso! —bramó una voz rota, rasposa, quebrada por una tos vieja que conocíamos demasiado bien—. ¡Apagad la puta grabadora antes de que sea tarde!
Parpadeé entre lágrimas causadas por el resplandor. Detrás del cañón de luz no había un espectro ni un cadáver empapado en algas. Había un hombre de carne y hueso, enfundado en un chaquetón de faena grasiento, con la barba canosa descuidada y el rostro demacrado por una furia que parecía a punto de desbordarse.
Gonzalo.
Estaba vivo. Respiraba con un fuelle bronquial que silbaba al compás del viento en las placas de la cúpula.
—Tío... —balbuceó Aldara, soltándose de mi brazo con la boca abierta, incapaz de procesar el milagro o la pesadilla.
Gonzalo no la miró a los ojos. No fue capaz. Desvió la linterna hacia el suelo fangoso y dio dos zancadas torpes, arrojando con desprecio un fajo de carpetas manchadas de grasa a nuestros pies. Los papeles se abrieron en abanico sobre el cemento: sellos oficiales de la capitanía marítima, pólizas del seguro del Nuevo Amanecer con fechas que no cuadraban y firmas bancarias que debían haber estado bajo siete llaves en un juzgado.
—A veces la culpa no se esconde en la penumbra por cobardía, sino por el miedo atroz a encandilar los ojos de quienes aún guardan la inocencia —soltó él con una amargura envenenada, señalando con el dedo tembloroso el cable de mi micrófono—. ¡Cortad esa transmisión, maldita sea! La lancha de los guardacostas ya ha salido de la ría y van a sellar la bocana en diez minutos.
Miré la luz verde que seguía titilando débilmente en mi panel de audio.
Nosotras no estábamos emitiendo nada.
Fin del Episodio 3 · de 4
El silbido de la linterna rota
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