El misterio del faro viejo·Episodio 02

Hierro batido y gasoil viejo

~6 min · 1187 palabras

La mano de Aldara tiró con fuerza de la manga de mi parka, clavándome los nudillos en el brazo.

—Dime que eso ha sido un acople —susurró.

—Los acoples no tosen, Aldara.

—Podría ser estática con flema. No sé, la tecnología analógica hace cosas rarísimas cuando hay humedad.

El auricular izquierdo, el único que todavía emitía sonido limpio tras el remiendo con cinta aislante negra, vibró con un nuevo crujido. Luego, silencio. Nada más que ese zumbido monótono de cincuenta hercios taladrando el fondo de la pista, como si alguien se hubiera dejado encendido un transformador de los años setenta en mitad de la nada.

El agua negra del Atlántico lamía ya el primer escalón del espigón. Dos dedos de espuma helada cubriendo el hormigón. Nos quedaban poco más de tres horas antes de que el paso quedara completamente bajo el agua.

Caminar hacia una torre de piedra clausurada en los años noventa ya era una pésima idea por sí sola. Hacerlo siguiendo a Aldara, metida en el chubasquero de su tío como en una armadura, rozaba la negligencia. Y todo para comprobar si un muerto carraspeaba con la misma flema que el patrón del Nuevo Amanecer.

—Se parece a su tos, vale —dije, ajustándome la correa de la grabadora al hombro mientras me levantaba del bloque de hormigón—. Pero mi abuelo también carraspeaba así cuando fumaba Celtas cortos. Todo el pueblo tose en esa frecuencia después de los cincuenta.

—Mi tío Gonzalo no carraspeaba —repuso Aldara, caminando de puntillas para no mojarse las zapatillas de lona—. Hacía ese ruidito con la campanilla antes de echarte la bronca por no amarrar bien los cabos. Lo reconozco en estéreo, Candela. Y tú también.

Apreté el paso sobre las piedras húmedas. El viento silbaba con un quejido hueco al colarse por las planchas de cobre sueltas de la linterna, muy arriba, recortada contra una niebla espesa que convertía las farolas de sodio del muelle en manchones amarillentos y tristes.

A doscientos metros hacia el pueblo, las ventanas de la rúa do Porto permanecían oscuras, pero cualquier destello en las rocas encendería las persianas de media cofradía. Aquí la gente no llamaba a la guardia civil; se asomaba al quicio con bata de guata y avisaba a voz en grito.

—Apaga la linterna del móvil —le siseé a Aldara.

—No veo un pimiento.

—Pues usa el tacto. Y ciérrate ese chubasquero si te vas a quejar del frío.

—Ni de broma. Todavía huele a gasoil y a tabaco. Todavía huele a él.

◇

La base del faro olía exactamente a lo que debía oler: a décadas de guano de gaviota compactado, a laminarias fermentando en las grietas y a un fondo denso, casi dulce, de gasoil viejo acumulado en el foso.

Me acerqué a la barandilla perimetral. Al apoyar la palma, una costra de salitre seco y óxido anaranjado se deshizo entre mis dedos como hojaldre rancio. Limpié la mano contra el muslo de mi pantalón de pana.

—Mira la aldaba —dijo Aldara en un susurro, señalando con la barbilla la puerta de roble macizo y clavazón de hierro.

No había candado municipal. El cerrojo principal, una barra tosca forjada a mano, descansaba en su anclaje. Pero no estaba trabada por la herrumbre. Alrededor del vástago brillaba una película viscosa, oscura, con ese tono verdoso inconfundible de la valvulina de motor marino recién aplicada.

Alguien se había tomado la molestia de engrasarlo hacía muy poco.

—Dime que los de Patrimonio tienen presupuesto para mantenimiento —murmuró Aldara.

—Patrimonio no sabe ni que este peñasco sigue en el mapa.

Empujé con la cadera. La madera chirrió apenas un instante antes de ceder hacia adentro con una suavidad insultante, abriendo una boca de sombra que respiraba una corriente tibia y enrarecida.

El silencio del interior no era pacífico. Era espeso.

—Nos quedamos fuera —propuso Aldara, aunque ya había metido media cabeza.

—Diez minutos. Solo miro el cuadro del generador para descartar la toma de tierra y nos largamos.

—Si sale un tejón rabioso, te uso de escudo.

—Trato hecho.

◇

El vestíbulo circular conservaba los azulejos blancos con reborde azul cobalto, picados por la humedad y salpicados de manchas de condensación. El cableado de plomo corría por la pared como venas reventadas.

Di dos pasos hacia el arranque de la escalera de caracol. Los peldaños de hierro fundido temblaron bajo la suela de mis botas, soltando un quejido metálico que pareció subir en espiral hasta la cúpula vacía.

—Ni se te ocurra subir —me advirtió Aldara desde el umbral, con los brazos cruzados y frotándose los codos—. Esos escalones no aguantan a dos personas juntas ni de broma.

—No voy a subir. El sonido no venía de arriba.

En la pantalla de la grabadora, los vúmetros saltaban rítmicamente. El conector jack seguía zumbando por culpa del salitre en la clavija, pero debajo de ese grano electromagnético había algo mecánico: un latido sordo, una pulsación que hacía vibrar el suelo de losas.

Seguí el cable negro que colgaba suelto junto a la pared hasta la trampilla de la sala de máquinas, bajo el nivel de la roca.

—Candela, en serio. La marea.

—Cinco minutos, Aldara. Cállate un segundo.

La sala de máquinas conservaba el armazón herrumbroso de un motor diésel de dos cilindros, despanzurrado y cubierto por una lona podrida. Pero el suelo no estaba cubierto de polvo uniforme: había marcas recientes de botas de agua de caña ancha, de las amarillas con suela de tractor que usan los patrones de bajura.

Y en una esquina, junto a una batería de camión conectada a un transformador casero que zumbaba con suavidad culpable, se apilaban tres cajas de plástico azul de la lonja.

Tropecé con una maraña de redes de enmalle, apelmazadas y comidas por la polilla, que desprendían un vaho a salazón y moho.

—¿Qué hay? —preguntó la voz de Aldara, amortiguada por el hueco de la escalera.

—Poco pan y pésimo circo.

Aparté el paño de red con la puntera. Entre los plomos oxidados asomaba una libreta de hule negro, con las esquinas comidas por el roce de los bolsillos de un chubasquero. La levanté sin pensar.

En la primera página no había números de capturas ni partes meteorológicos. Había una caligrafía menuda, inclinada hacia la izquierda, escrita con tinta azul de bolígrafo bic desgastado. Una letra que reconocería entre un millón de papeles oficiales porque era la misma que firmaba mis autorizaciones del colegio y las recetas pegadas con un imán en la nevera de mi casa.

«El mar devuelve maderas podridas y cascarones huecos; son las mentiras de familia las únicas que se niegan a flotar.»

Debajo, con fechas de hacía cuatro años, la semana del naufragio, el registro de mareas y horas de descarga.

Mi madre llevaba tres años enterrada en el cementerio de San Amaro y nunca, que yo supiera, había pisado este faro.

Un golpe seco, rotundo y metálico retumbó en la planta superior.

El portón de roble acababa de cerrarse de golpe, seguido por el chirrido inconfundible de la barra de hierro encajándose en el pestillo desde fuera.

Nos habíamos quedado a oscuras.

Fin del Episodio 2 · de 4

Hierro batido y gasoil viejo

Siguiente Episodio 3~6 minEl silbido de la linterna rota“A veces la culpa no se esconde en la penumbra por cobardía, sino por el miedo atroz a encandilar los ojos de quienes aún guardan la inocencia.”Seguir leyendo
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