La frecuencia de los cincuenta hercios
~7 min · 1369 palabras
Un sábado a las diez de la noche, una chica funcional de veintidós años debería estar en un bar con calefacción quejándose del precio de la cerveza artesanal, contestando el mensaje de Marcos que llevaba tres días flotando en la bandeja de entrada como un cadáver exquisito o, como mínimo, teniendo los pies calientes.
En vez de eso, yo estaba sentada sobre un bloque de hormigón en el espigón viejo de Bahía Serena, apretando entre los muslos un termo de aluminio lleno de té que ya sabía a metal y a derrota, con la pegatina de Totoro despellejada por las esquinas.
—Si te da una hipotermia, no pienso arrastrarte —dijo Aldara. Crack. Otra cáscara de pipa salió disparada hacia el Atlántico—. Te voy a dejar aquí para que te coman las gaviotas. O los percebeiros ilegales. Lo que llegue primero.
—Las gaviotas no comen carroña humana si hay descartes de merluza, Aldara. Tienen estándares.
—Tú no has visto las gaviotas del puerto nuevo. Tienen navaja y antecedentes penales.
Suspiré y me ajusté la capucha. Aldara llevaba puesto el chubasquero amarillo de su tío Gonzalo, dos tallas más grande, y no se lo quitaba desde el funeral. Nadie en el pueblo se había atrevido a pedírselo de vuelta, así que yo tampoco. Metí las manos en los bolsillos rotos de la parka.
Al apoyar la palma en la barandilla de hierro que cerraba el acceso técnico del espigón, una costra de óxido anaranjado y salitre seco crujió bajo mi guante deshilachado, soltando un polvillo áspero que el viento húmedo se encargó de dispersar.
—A ver, genio del arte sonoro contemporáneo —insistió Aldara, sacudiendo la bolsa de pipas casi vacía—. Explícame otra vez por qué no podemos grabar el mar desde la terraza del Náutico mientras nos tomamos dos cafés con orujo. El mar es el mismo. Hace chof, luego hace shhh, y luego te deprime.
—El Náutico tiene un compresor de cerveza que mete ruido en los setenta hercios y un camarero que limpia vasos cantando por Melendi —repliqué sin apartar los ojos de los vúmetros digitales—. Esto es para la entrega de fin de curso. Necesito el oleaje rompiendo en las cavidades bajas, no un remix de pop de gasolinera.
—Melendi tiene temas respetables. El de la luna y el violín.
—Por favor, cállate.
—Me callo, pero conste que me debes una de bravas.
Giré milimétricamente el potenciómetro de ganancia de la grabadora portátil. Mis auriculares —unos viejos de diadema acolchada con cinta aislante negra sosteniendo el arco y un cable rebelde que solo transmitía señal por el auricular izquierdo— protestaron con un chasquido áspero. Condensación. La niebla que entraba desde mar abierto se pegaba a todo como una telaraña mojada: a las pestañas, al conector jack de cobre, a las pantallas de los barcos anclados que a lo lejos parpadeaban como ojos enfermos.
En la pantalla del móvil, la previsualización de una nota borrador decía:
«Marcos, no creo que salir otra vez sea buena idea porque tú quieres hablar de nuestro futuro y yo ni siquiera sé qué voy a cenar hoy, además de que me saca de quicio cómo masticas el hielo.»
Pulsé la pantalla con el pulgar aterido, borré el texto letra por letra hasta dejar el cursor parpadeando sobre la nada y bloqueé el teléfono.
A doscientos metros mar adentro, sobre la silueta mocha del faro viejo, el viento norte se colaba por las rendijas de las planchas de cobre de la linterna ciega, produciendo un silbido sordo, hueco y constante, casi como el aire escapándose por el cuello de una botella gigante. Ese faro llevaba desmantelado desde antes de que nosotras naciéramos; una mole de granito gris que el Ayuntamiento no tiraba por falta de presupuesto y que los pescadores ignoraban como a un pariente borracho en una boda.
Nadie le teme a un faro apagado hasta que una máquina sorda aprende a escuchar lo que la niebla prefiere callar.
Yo había escrito esa frase en la primera página de mi cuaderno de campo con letra picuda, convencida de que sonaba poética para la memoria del proyecto, pero ahora, con el aire salado quemándome la nariz y el hedor punzante a algas fermentadas en las grietas de los bloques mezclado con gasoil quemado de los pesqueros, solo me parecía pretenciosa.
Ajusté de nuevo la perilla analógica. Cinco decibelios más. Seis.
Un zumbido plano, regular, de cincuenta hercios exactos, se instaló en el canal izquierdo de mis auriculares. No era el mar.
Parpadeé. Fruncí el ceño.
—Aldara.
—¿Qué? ¿Ya hemos terminado? ¿Puedo pedir las bravas?
—No te muevas. Deja de masticar.
—Oye, la sal me mantiene con vida, no me quites mi único consuelo.
—En serio, quieta un segundo.
Cerré los ojos, apretando el auricular funcional contra la oreja izquierda. Detrás del zumbido eléctrico —ese armónico que suele provocar la tierra defectuosa de un transformador húmedo— había algo más. Una oscilación rítmica, metálica, una especie de arrastre lento que subía y bajaba como una respiración de émbolo.
El muelle pesquero quedaba a mi espalda, envuelto en una bruma tan densa que las farolas de vapor de sodio apenas eran borrones cetrinos manchando el aire lechoso contra los ventanales rotos de la antigua lonja de subastas. Nadie faenaba a esa hora.
—¿Estás oyendo ballenas espaciales o qué te pasa en la cara? —se burló Aldara, estirando las piernas sobre el hormigón. Su talón golpeó una piedra con un chasquido seco—. Pareces una lechuza con estreñimiento.
—Hay una portadora modulada en la frecuencia baja —murmuré, más para mí misma que para ella—. Como si alguien tuviera encendido un transmisor de onda corta en la base del faro. Pero la torre no tiene acometida eléctrica desde los noventa...
—Venga ya, déjame oír eso —Aldara soltó la bolsa vacía de pipas, que el viento arrastró de inmediato hacia las olas, y se inclinó hacia ella con una sonrisita ladeada—. Seguro que es Radio María colándose por los cables mojados. La última vez que te pusiste así de misteriosa estuviste diez minutos grabando el ventilador de la furgoneta del panadero.
—No toques el conector, que baila si lo—
Fue inútil.
Aldara me arrancó la diadema de la cabeza de un tirón ágil, riéndose con esa risa socarrona de quien lleva toda la vida desmontándole las obsesiones técnicas a la gente seria. Se encajó el lado izquierdo del auricular contra la oreja, dejando colgar el derecho, inerte, sobre su mejilla pecosa.
—A ver, misterios de Bahía Serena presenta... —empezó a bromear Aldara con voz engolada de locutora de telediario.
Luego se detuvo.
La risa no se le borró de golpe; se le desarmó despacio, como si la mandíbula se le hubiera quedado sin bisagras.
El color cetrino de las farolas del muelle pareció saltar de repente a la piel de sus mejillas, dejándola con un tono blancuzco y apagado bajo las pecas. Sus dedos, que sostenían el arco de plástico envuelto en cinta aislante, se quedaron completamente quietos.
—¿Aldara? —Me incorporé sobre el bloque de piedra, alarmada por la rigidez súbita de mi amiga—. ¿Qué pasa? ¿Es interferencia?
En los auriculares, filtrándose a través de la membrana de condensador empapada en salitre, el zumbido de cincuenta hercios había cedido el paso a una respiración pesada, húmeda, seguida de dos golpes secos contra un micrófono y una carraspera áspera, cavernosa, que arrancaba desde el fondo de un pecho castigado por el tabaco negro.
Una carraspera que terminaba con un silbido breve y asmático al tragar aire.
Aldara bajó la mano con una lentitud mecánica, pero no se quitó el auricular de la oreja. Miró hacia la mole oscura del faro ciego, recortado apenas como una sombra más espesa contra la niebla atlántica.
—Ese ruido —dijo Aldara, y la voz le salió tan fina que el viento casi se la comió entera.
—¿Qué ruido?
—Esa carraspera, Candela.
Silencio.
—Aldara, ¿de qué estás hablando?
—Es el tío Gonzalo —susurró, con los ojos clavados en la puerta oxidada de la linterna apagada—. Es la carraspera que hacía siempre antes de servir el café.
El tío Gonzalo llevaba cuatro años muerto en los papeles del juzgado, enterrado en un mar que jamás devolvió su barca.
Y acababa de aclararse la garganta a treinta metros de nosotras.
Fin del Episodio 1 · de 4
La frecuencia de los cincuenta hercios
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