El misterio del faro viejo·Episodio 04

Cetrino sobre la espuma

~8 min · 1512 palabras

Levanté las dos manos en el aire como si el tío Gonzalo me estuviera apuntando con una recortada en lugar de con una linterna industrial que pesaba más que mi dignidad, y le solté que nosotras no estábamos emitiendo nada.

El tío Gonzalo dio dos pasos cortos. La suela de sus botas de goma chirrió contra los restos de grasa de la bancada. Tenía la respiración silbante, un fuelle viejo al que le faltaban tres parches, pero en los ojos se le leía una lucidez desesperada que no encajaba con el retrato piadoso que su cuñada guardaba sobre el televisor.

—El piloto rojo —masculló él, señalando con la uña sucia de grasa el frontal de mi grabadora—. Esa porquería tiene la antena auxiliar enganchada a la línea de emergencia de la lonja. Cualquier patrón con la radio en el canal dieciséis os está escuchando hasta los estornudos.

Miré el aparato. El cable jack de tres con cinco milímetros bailaba con holgura en la clavija húmeda. La condensación salina de la linterna del faro se había colado por la ranura metálica, provocando ese zumbido constante de cincuenta hercios que yo había confundido con el pulso fantasmal del edificio.

Era humedad. Simplemente óxido y vapor de agua colándose en los circuitos baratos.

Aldara seguía paralizada medio metro por detrás de mí, agarrándose al forro de mi parka como si fuera una balsa en mitad de un tifón.

—Tío —dijo al fin Aldara, con una voz que sonó a tiza rota contra una pizarra—. Te hicimos una misa de réquiem. Mi madre se gastó setenta euros en una corona con lirios blancos que acabaron pudriéndose en el panteón de los abuelos.

—Eran muy feos los lirios —dijo Gonzalo.

—Eran carísimos.

—Y olían a cementerio.

Me froté la frente con el dorso de la manga. Tenía una costra de salitre pegada a la sien. Si Gonzalo apagaba la linterna, nos quedábamos a oscuras entre un espectro familiar con deudas al seguro y una pataleta de guardacostas.

Tenía tres problemas urgentes antes del amanecer: dejar de discutir de coronas fúnebres con un cadáver oficial, averiguar por qué la letra meticulosa de mi madre aparecía en inspecciones marítimas que jamás figuraron en el registro del puerto y salvarle el pellejo a un cobarde.

—Si los guardacostas atracan en el espigón antes de que bajemos la marea —dije, bajando el volumen de entrada del preamplificador hasta que el zumbido se convirtió en un murmullo sordo—, la patrulla no solo te va a encontrar a ti con las pólizas falsas del Nuevo Amanecer. Van a encontrar esta grabadora con seis minutos de confesión involuntaria y la libreta donde mi madre apuntó cada cajón de gasoil que salió de este muelle sin pagar aranceles.

Gonzalo bajó la linterna. El haz rebotó en una plancha de cobre suelta de la linterna del faro, proyectando un reflejo amarillo que le hundió más las cuencas de los ojos.

—Ella solo quería tapar el agujero, Candela —susurró el viejo, y por primera vez la voz no le sonó a amenaza, sino a ese silbido hueco del viento atlántico cuando se cuela por las rendijas desmanteladas—. Tu madre no era inspectora. Era la que cuadraba los números de la cofradía para que no embargaran las lanchas de cuatro viudas. Cuando el barco se fue al fondo en las agujas de fuera, me dijo: «Gonzalo, piérdete en el monte o nos meten a todos en la misma celda». Y yo me escondí aquí como una rata.

La libreta pesaba en mi mano como si contuviera plomo y no hojas de papel amarillentas.

Toda la vida creyendo que mi madre pasaba las tardes de los viernes cosiendo redes por pura devoción vecinal, cuando en realidad pasaba las tardes haciendo malabarismos contables para que el pueblo entero no se hundiera en un concurso de acreedores.

Un golpe seco retumbó desde abajo. La barra exterior del cerrojo de hierro crujió, seguido por el ladrido ronco de un perro cruzando el pedregal.

◇

Subimos a trompicones el último tramo de la escalera de caracol hasta alcanzar la plataforma superior, el mirador que daba al espigón roto.

El aire aquí arriba entraba directo desde el océano, cargado de una pestilencia densa a algas fermentadas en las grietas y a guano de gaviota fosilizado contra las paredes exteriores. Al tocar la barandilla de hierro podrido para no trastabillar, una costra de óxido anaranjado se desprendió entre mis dedos, áspera como la lija.

A través de un cristal roto de la linterna, la bruma espesa distorsionaba el puerto. Las farolas de vapor de sodio del muelle pesquero se derramaban contra la niebla en reflejos cetrinos, manchas aceitosas de luz amarilla que apenas permitían distinguir la silueta de la lancha de salvamento aproximándose a ralentí.

Saqué el móvil. Había un borrador automático abierto en la pantalla con el cursor parpadeando, un mensaje para Marcos que llevaba tres días acumulando polvo digital:

«Marcos, si no contesto antes de que abran la panadería de la Rúa do Porto, no le digas a mi tía que me fui al faro. Dile que me quedé a dormir en tu sofá y que te debo dos cafés.»

Borré el texto con el pulgar hasta dejar la caja en blanco.

Escribí otro, más corto: «El domingo, en la rúa do Porto. Te debo dos cafés y una historia.» Y esta vez le di a enviar.

Gonzalo se agachó junto al pedestal del foco apagado, abrazando las carpetas de plástico azul contra el pecho como si fueran un chaleco salvavidas. Temblaba, pero no de frío.

—Si les dejas escuchar la cinta —murmuró Aldara a mi espalda, mientras se limpiaba una mancha de hollín de la barbilla con el puño de la manga—, mi tío va a la cárcel. Pero si la apagas... el pueblo va a seguir pensando que tu madre era una santa despistada y él un marinero trágico que se lo tragó una ola.

—No era un marinero trágico —dije, mirando la pequeña ranura lateral de la grabadora donde parpadeaba el led verde de escritura—. Era un desastre con miedo.

Y mi madre tampoco era un monumento de mármol; era una mujer asustada intentando evitar que sus vecinos perdieran la comida del mes siguiente.

Me quedé mirando los arrecifes negros que emergían entre la espuma del mar bajo el espigón, afilados como cuchillos oxidados esperando el paso de cualquier quilla descuidada. Toda la vida me habían contado que el faro servía para salvar a los barcos de la catástrofe, pero la catástrofe siempre había estado en tierra, firmada en pagarés y guardada en cajas de fruta.

Presioné la palanca de expulsión de la Tascam con un chasquido limpio.

La tarjeta SD saltó contra mi palma. La cerré en el puño y la deslicé en el bolsillo delantero de mis vaqueros, bien pegada a la cadera, junto al billete de cinco euros arrugado.

—Baja por la rampa de los cabrestantes —le dije a Gonzalo, sin mirarlo a la cara—. La marea está vaciando el canal del este. Si cruzas por las rocas antes de que den las seis, no tienes que pisar el asfalto de la dársena.

Gonzalo me miró un segundo con esos ojos de perro apaleado, abrió la boca como si fuera a soltar una justificación bíblica, pero solo le salió un carraspeo cargado de tabaco y sal.

—Tu madre tenía mejor oído que tú para las averías —dijo.

—Y tú tenías que haberte quedado en el fondo del mar, tío —soltó Aldara, aunque le dio una palmada torpe y seca en el hombro al pasar a su lado.

◇

El descenso por la rampa olía a resina y a madera empapada.

Salimos a la orilla del muelle cuando el cielo empezaba a perder ese tono morado sucio para volverse de un gris ceniza que no prometía nada bueno. Las primeras gaviotas sobrevolaban la lonja chillando con insolencia, buscando los restos de la descarga nocturna.

A cincuenta metros, casi fundido con las sombras alargadas de las redes amontonadas sobre los palés de madera, Gonzalo caminaba encorvado, arrastrando las botas hacia el camino alto de la ría. En cuestión de dos minutos, dobló la esquina de la antigua fábrica de conservas y el pueblo volvió a ser esa postal grisácea y tranquila donde nunca ocurría nada digno de mención.

Aldara se detuvo a mi lado, respirando el viento helado con las manos metidas en los bolsillos del chubasquero.

—¿Qué vas a hacer con la tarjeta? —preguntó en voz baja.

Acaricié el plástico rectangular a través de la tela vaquera. Estaba frío.

—Aprobar la asignatura de arte sonoro con un sobresaliente —dije.

Aldara soltó una carcajada corta que espantó a dos gaviotas posadas sobre un bolardo de amarre.

—Mi madre te va a desheredar si se entera de que salvamos al tío imbécil.

—Tu madre me debe una tarta de manzana por no haber llamado al juez de guardia.

Caminamos juntas hacia la rúa adoquinada mientras las farolas amarillas se apagaban una a una al compás del primer camión del hielo.

El mar seguía ahí abajo, esperando.

Fin del Episodio 4 · de 4

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