El mapa de las tierras mudas·Episodio 03

El paso del viento blanco

~4 min · 836 palabras

Al tercer día, el glaciar de las Tres Hermanas dejó de parecerse al mapa.

La morrena de piedra suelta había quedado atrás y ahora subían por una llanura inclinada de hielo viejo, surcada de grietas azules que se abrían bajo la nieve blanda sin avisar. Iban encordados por la cintura con doce brazas de cáñamo alquitranado. Rodrigo abría paso sondeando cada pisada con una vara de fresno herrada; Leonor caminaba detrás con unos crampones que habían hecho con herraduras viejas en la fragua del monasterio. A sus espaldas, muy abajo, el humo de las hogueras de la escolta subía cada mañana un poco más cerca.

Rodrigo se detuvo y desplegó el portulano contra el viento. Según la línea fina, el paso seguía recto hacia la tercera Hermana. Delante de ellos, recto hacia la tercera Hermana, el hielo estaba partido en un laberinto de grietas tan anchas que cabía un carro.

Escribió en la pizarra con los dedos rígidos: En trescientos años el glaciar ha bajado. El paso ya no está aquí.

Leonor miró el laberinto, miró las nubes que se amontonaban sobre la cresta y dijo lo único que había que decir:

—Entonces lo buscamos.

Bordearon el laberinto durante una hora, buscando un puente de nieve que aguantara. Rodrigo encontró uno, liso y blanco, que cruzaba la grieta más estrecha como una pasarela. Le tiró una piedra del tamaño de un puño. La piedra atravesó la nieve sin hacer ruido y no la oyeron llegar al fondo. Leonor se santiguó, que no lo hacía desde la muerte de su padre.

◇

El viento blanco cayó al mediodía. Bajó de los circos como una cortina de agujas y en un minuto la visibilidad se quedó en dos varas. El aullido era tan alto que Leonor podía gritar al lado de Rodrigo sin que él la oyera, y él ni siquiera podía gritar.

Ella resbaló en una placa de hielo escondida bajo la nieve. La cuerda dio un tirón seco que casi arrastra a Rodrigo hacia una sima abierta a la izquierda. Clavó la puntera de la bota en una grieta de la peña, se enrolló el cáñamo al antebrazo y tiró hasta que sintió que el hombro se le salía, hasta que Leonor encontró un saliente con las rodillas y gateó hasta él.

La empujó bajo una roca de granito negro que el viento había dejado limpia. El hueco apenas daba para dos personas sentadas con las rodillas juntas. Rodrigo tapó la entrada con su espalda y con la manta, y le cogió las manos para frotárselas. Tenía los labios azules y las pestañas cuajadas de cristales.

Leonor dijo algo. La tormenta se lo comió.

Rodrigo vio moverse sus labios y, por primera vez en dos años, le dolió de verdad no tener lengua: no para hablar, sino para preguntarle qué había dicho.

Entonces él le abrió la mano derecha, le puso la palma hacia arriba y escribió en ella con la punta del índice, letra a letra, despacio, para que pudiera seguirlas: Aquí estoy.

Ella se quedó quieta. Luego le tomó la mano a él y escribió en su palma: Lo sé.

Durante las horas que duró la ventisca hablaron así, a oscuras, con los dedos. Ella le contó que su padre le enseñaba las estrellas desde la cubierta, una por una, con el nombre que les daban los pilotos y no los astrólogos. Él le contó que, la noche antes del cauterio, se había pasado las horas recitando en voz alta los nombres de todos los ríos del reino, por si acaso. En algún momento ella dejó de escribir y le puso la mano en la cara, y él no necesitó leerla para entenderla. El beso supo a nieve y a cecina salada.

◇

Hacia la medianoche el viento se cansó. El cielo se abrió de golpe, negro y limpio, con más estrellas de las que Rodrigo había visto nunca desde el scriptorium.

—La Polar —dijo Leonor, señalando—. La Rueda del Carro. La Guía de los Pilotos, la que tiene el brillo rojo.

Rodrigo sacó los compases y la regla de boj. Ella le iba cantando las estrellas y él medía los ángulos contra el perfil de las tres Hermanas, apuntaba cifras en el cuaderno a la luz de un rescoldo de yesca, borraba, volvía a medir. Cuando terminó, trazó en el portulano una línea nueva, a lápiz, que se apartaba de la vieja hacia el este y rodeaba el laberinto por un espolón de roca que en el mapa de la reina ni siquiera tenía nombre.

Le temblaban las manos de frío; tuvo que repetir la misma medida cuatro veces, y Leonor no le metió prisa ni una sola.

Leonor la miró por encima de su hombro y le escribió en el dorso de la mano: ¿Seguro?

Él no contestó. No hacía falta. Señaló hacia abajo, hacia el pie del glaciar.

Allí, en la nieve azul del amanecer, se movían puntos negros en fila. La escolta había encontrado sus huellas.

Fin del Episodio 3 · de 4

El paso del viento blanco

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