El mapa de las tierras mudas·Episodio 04

La línea del horizonte

~4 min · 833 palabras

Rodrigo cortó la vara de fresno en estacas con el cuchillo de Leonor, todas de un palmo, y fue clavándolas a lo largo de la línea nueva, una cada veinte pasos, sobre el espolón que rodeaba el laberinto. Leonor caminaba detrás arrancándolas. No era un juego: en la nieve recién caída, sus huellas solo quedaban entre estaca y estaca, y en cuanto ella las sacaba, el viento de la mañana empezaba a borrar el agujero.

Abajo, la escolta subía deprisa por el camino fácil: las huellas viejas del día anterior, que seguían recto hacia la tercera Hermana. Recto hacia el laberinto.

A media mañana, desde lo alto del espolón, los vieron llegar al borde. Diez hombres con morrión y capote, un capitán a pie con la espada desenvainada, un fraile del monasterio que les servía de guía. Se pararon en seco donde las huellas morían en el filo de la primera grieta, ancha como una calle de Burgos. El capitán avanzó dos pasos, miró hacia abajo y retrocedió tres. Gritó algo que el viento trajo a pedazos. Desertor. Ramera. Horca.

Rodrigo no podía contestarle. Leonor sí podía, pero no le dio el gusto. Se quedó a su lado mirando cómo los diez hombres buscaban un paso a izquierda y derecha, cada vez más despacio, hasta que el fraile señaló el cielo, donde volvía a amontonarse la nieve, y el capitán envainó.

Los vieron bajar. Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato.

En el cilindro de hojalata, junto al portulano, iban las cartas de deslinde que la reina Elenora había firmado con los primeros concejos del valle. Leonor las había sacado de debajo de la losa de su tío con un cuchillo de cocina. Con ellas en la mano, cualquier labrador de Valdelobos podía plantarse ante el príncipe de Oakhaven y demostrar que sus pastos nunca habían sido baldíos.

—Mi tío va a decir que se las robé —dijo ella, mirando cómo los puntos negros se hacían pequeños sobre la nieve.

Rodrigo escribió en la pizarra: Se las robó él primero.

◇

Alcanzaron el collado al amanecer del cuarto día, con los pies sangrando dentro de las botas y las capas tiesas de escarcha. Al otro lado, el mundo se abría hacia el norte como un paño verde que despertaba de un sueño de trescientos inviernos: el valle de Oakhaven, el río grande corriendo libre hacia Valdelobos y, a lo lejos, las vidrieras del bastión ducal encendidas por el sol como un enjambre de luciérnagas.

Rodrigo dejó caer la alforja. Se arrodilló en una losa de pizarra al sol, desplegó el pergamino en blanco que había cargado durante cuatro días y abrió los compases.

Leonor se arrodilló a su lado con el tintero de cuerno entre las manos. Se había quitado la toca en el huerto, la noche de la fuga, y el viento le movía el pelo oscuro.

Rodrigo trazó la cordillera de las Tierras Mudas como no la había trazado nadie. El collado, el espolón sin nombre que les había salvado la vida, el laberinto de grietas con una advertencia en letra roja, las fuentes entre las peñas, los refugios contra la ventisca, la senda por donde podían subir las carretas de trigo sin pagar en Burgos. Junto a la línea vieja de la reina, en tinta más clara, dejó constancia del glaciar que había bajado. No borró nada. Un mapa que esconde sus errores, pensaba, es solo otra mentira con curvas de nivel.

Leonor le iba señalando con el dedo los aljibes y las ruinas que mencionaban las crónicas del monasterio, y él los situaba con dos medidas y un trazo. Así, entre los dos, metieron en un solo pergamino lo que sabían los monjes y lo que sabía la montaña.

Al pie del mapa quedaba el espacio del sello. Rodrigo le tendió la pluma.

Leonor mojó la punta en la tinta sepia y escribió con su letra de copista: Trazado sobre las cumbres libres por Rodrigo de Molina y Leonor de Ayala, que lo midieron con sus pies.

◇

Abajo, por el camino hondo que subía desde Oakhaven, una patrulla de jinetes con capas pardas y un estandarte de espigas había visto el humo de su yesca y empezaba a subir hacia el collado.

Rodrigo guardó el mapa en el cilindro de hojalata. Luego, antes de que llegaran, tomó la mano de Leonor, le abrió la palma y le escribió con el dedo, despacio, la palabra que llevaba dos años sin poder decir a nadie.

Ella la leyó. Cerró la mano sobre ella como quien guarda una moneda,.

Tardaron una hora en llegar. El que mandaba la patrulla, un hombre joven con la barba helada, detuvo el caballo a diez pasos y miró las capas tiesas, los pies envueltos en trapos, la cinta negra en el cuello de Rodrigo.

—¿Quién vive? —preguntó.

—Dos cartógrafos —contestó Leonor por los dos—. Traemos un camino.

No abrió la mano en todo el camino hasta el valle.

Fin del Episodio 4 · de 4

La línea del horizonte

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