El pergamino de las mareas
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El huerto bajaba en terrazas hasta el borde del abismo, defendido del cierzo por un muro de sillares romanos. Bajo la luna menguante, los manzanos desnudos parecían esqueletos clavados en la escarcha. Rodrigo esperaba en la sombra del cobertizo de las herramientas con una alforja de cuero engrasado: sus compases de latón con punta de acero, dos reglas de boj, una pluma de bronce y un rollo de pergamino en blanco. Lo demás que había tenido en la vida se había quedado en Burgos.
Leonor llegó sin hacer ruido sobre la grava, envuelta en una capa parda y calzada con unas botas de montar que no salían del ajuar de ninguna novicia. Traía bajo el brazo un cilindro de hojalata sellado con brea.
—Mi tío ha soltado los mastines en el patio de armas —susurró—. La escolta duerme en la hospedería del camino bajo, pero tienen los caballos ensillados. Vendrán a por ti con la primera luz.
Rodrigo sacó la pizarra y escribió una sola palabra.
¿Por qué?
Lo borró y escribió debajo: ¿Cómo sabes quién fui?
—Mi tío guarda las cartas de Burgos en el mismo arcón que los papeles de la reina. La última decía tu nombre y la palabra «urgente» tres veces. —Leonor casi sonrió—. Y en el margen de un salterio que copiaste en otoño había un río. Nadie que haya nacido para monje copia un salterio así.
Rodrigo bajó la vista a sus manos. Hacía dos años que nadie le hablaba como a alguien que hubiera sido algo.
—Porque este monasterio no guarda la palabra de Dios. Guarda los papeles que el virreinato no quiere que nadie lea. —Leonor abrió el cilindro y sacó un segundo pergamino, grueso y amarillo—. Las cartas de deslinde que la reina Elenora firmó con los primeros concejos del valle. Mi tío cobra de los banqueros de Flandes por tenerlas aquí debajo de una losa. Y a mí me casa en primavera con el corregidor de Burgos, que tiene sesenta años y tres esposas enterradas, para pagar sus deudas de juego.
Desplegaron el portulano sobre un banco de piedra y taparon la palmatoria con las capas.
Olían a lana mojada y a cera. Desde el patio de armas llegaba el gruñido de los mastines, que husmeaban el viento sin decidir todavía qué les traía.
Rodrigo se inclinó sobre la vitela. Las curvas de nivel eran de una pericia que lo hizo tragar saliva: quien había dibujado aquello sabía medir. Siguió con el dedo la línea fina del paso por el glaciar de las Tres Hermanas hasta el collado y, desde el collado, el valle de Oakhaven. Con aquel camino abierto, el trigo de Valdelobos y la sal de la montaña podían llegar al norte sin pagar un maravedí en Burgos. Por eso los cartógrafos de la corte lo habían tachado de todos los atlas.
Después miró la fecha de la esquina. Escribió en la pizarra:
Trescientos años. Los glaciares andan. Esta línea puede llevarnos a una grieta.
—Por eso no me vale cualquiera. —Leonor le sostuvo la mirada—. Yo leo el cielo mejor que los pilotos de la carrera de Indias, me enseñó mi padre. Tú sabes medir lo que hay entre un paso y el abismo. Juntos podemos corregir el mapa sobre la marcha. Si nos quedamos, a ti te espera el garrote y a mí el corregidor.
Rodrigo borró la pizarra con la manga. Miró las manos de Leonor a la luz de la vela: finas, resueltas, manchadas de tinta como las suyas. Las tomó entre las suyas y las apretó. No hacía falta tiza para aquello.
Ella sacó una llave oxidada de la manga y abrió la poterna. Los goznes, recién engrasados, no hicieron ruido. Más allá, el sendero de las cabras subía en zigzag entre la niebla hacia las cumbres mudas.
Habían dado treinta pasos cuando, detrás del muro, un mastín empezó a ladrar. Luego otro. Luego todos. En la torre de la abadía se encendió una ventana, y después otra, y en la hospedería del camino bajo alguien gritó una orden con acento de cuartel.
Leonor no se volvió. Le agarró la mano y empezó a subir.
Cuando Rodrigo miró atrás desde el primer recodo, una hilera de antorchas salía ya por la puerta del monasterio y tomaba el sendero de las cabras.
Subieron toda la noche. Al amanecer, desde la primera morrena, el monasterio era una mancha gris colgada del risco y las antorchas se habían convertido en un hilo de humo quieto: la escolta había acampado al pie del sendero, esperando la luz para seguir sus huellas en la nieve.
Leonor se sentó en una piedra, se quitó una bota y la vació de escarcha.
—Tres días hasta el collado, si el mapa no miente —dijo—. Si miente, me lo dices tú.
Rodrigo sacó la pizarra. Escribió: Miente. Y debajo, más pequeño: Pero menos que la corte.
Fin del Episodio 2 · de 4
El pergamino de las mareas
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