El mapa de las tierras mudas·Episodio 01

El voto del silencio

~4 min · 824 palabras

El scriptorium del Monasterio de las Peñas colgaba sobre un risco que caía trescientas varas a pico hasta las gargantas del Arlanza, y en invierno el viento entraba por las aspilleras y hacía temblar las llamas de las lámparas como si alguien soplara desde el abismo. Doce monjes copiaban salterios de maitines a vísperas sin decir una palabra. Uno de ellos no podía decirla.

Rodrigo de Molina mojó la pluma y cerró el último trazo de una capitular. Llevaba el sayal pardo de los penitentes laicos y, atada al cuello, una cinta de cuero negro: la marca que la Real Chancillería ponía a los reos a quienes había quemado la lengua por desacato. Dos años atrás había sido cartógrafo mayor del reino. Su delito fue negarse a borrar del mapa de la corona trescientas leguas de pastos comunales, tejedas y molinos que pertenecían por fuero a los labradores de Valdelobos; el canciller don Beltrán de Vivar las quería pintadas como baldíos para entregárselas a los banqueros de Flandes. Rodrigo prefirió el cauterio a la firma.

Los monjes creían que su silencio era un voto de penitencia. Solo el prior sabía la verdad, y la cobraba: cada año llegaba de Burgos una bolsa de ducados por tenerlo encerrado tras la clausura, copiando vidas de santos con la misma mano que había medido el reino.

Rodrigo se había hecho una pizarra con una lasca de tejado y la llevaba colgada del cinto, con un cabo de tiza. La usaba poco. En dos años había aprendido que la mayor parte de lo que uno dice no hace falta decirlo.

Aquella mañana el prior se había detenido detrás de su pupitre, como hacía a veces, a mirar el salterio por encima de su hombro. Era un hombre ancho, de cara de piedra, con los dedos cargados de anillos que no venían del voto de pobreza. Había pasado el índice por el margen de la página, donde Rodrigo, entre dos versículos, había dibujado sin pensar un río con todos sus afluentes, del tamaño de una uña. El Ebro, con el Segre y el Cinca y hasta el arroyo que bajaba de Moncayo.

El prior sacó el raspador de su manga y lo borró, despacio, hasta dejar el pergamino blanco. No dijo nada. No hacía falta: los dos sabían que la próxima vez no sería un raspador.

◇

A la hora tercia se abrió la puerta del archivo y entró la sobrina del prior con una cesta de papel de lino, barras de lacre y cuernos de tinta recién batida. Se llamaba Leonor de Ayala, tenía diecinueve años y una manera de mirar los códices como si fueran a escapársele. Su padre había sido piloto en la carrera del Cantábrico hasta que el mar se lo quedó; ella había venido a parar al monasterio con un baúl de cartas de navegar y el permiso de catalogar los manuscritos griegos y árabes que ningún fraile sabía leer.

Se detuvo junto al pupitre de Rodrigo para dejarle un tintero nuevo. Sus dedos rozaron la madera. Con un gesto rápido, escondido bajo la manga ancha del hábito, le dejó caer en la falda del sayal un cilindro de vitela atado con un cordel verde.

Rodrigo alzó los ojos. Ella no los bajó. Sin mover los labios, formó con la mano izquierda una señal que él había visto hacer a los pilotos de Laredo: canal abierto entre arrecifes.

Esperó a que el hermano celador empezara su ronda por el ala norte. Desató el cordel bajo la mesa y desplegó la vitela sobre las rodillas.

Era un portulano antiguo, de piel de ternera tostada por los siglos, trazado en sepia con anotaciones en boreal viejo. Describía la cordillera de las Tierras Mudas y, cruzándola de sur a norte, una línea fina que ningún atlas de la corte mostraba: un paso por encima del glaciar de las Tres Hermanas que unía los valles del sur con Oakhaven sin tocar una sola aduana del virrey. En la esquina, medio borrado, el sello de una reina con siete ojos.

Al pie del mapa, con tinta fresca y una letra menuda y elegante, Leonor había escrito tres líneas.

Sé quién fuiste en la corte, Rodrigo de Molina. Mañana llega una escolta de los tercios con orden firmada para llevarte a Burgos y ahorcarte sin juicio. Esta noche, a completas, la poterna del huerto estará abierta. Trae tus compases si quieres ver el cielo libre.

Rodrigo enrolló la vitela despacio. Al otro lado de la sala, junto al brasero, el prior lo estaba mirando.

El prior no se movió. Se calentó las manos en el brasero, sin apartar los ojos de él, y cuando el celador pasó a su lado le dijo algo en voz baja. Rodrigo no lo oyó. Le bastó con ver cómo el celador se volvía a mirarlo y luego echaba la llave del archivo, como cada tarde, pero dos vueltas en lugar de una.

Fin del Episodio 1 · de 4

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