El jardín secreto·Episodio 08

El grito en el pasillo

~10 min · 2095 palabras

Al principio, cada día que pasaba para Mary Lennox era exactamente igual al anterior. Todas las mañanas se despertaba en su habitación entapizada y encontraba a Martha de rodillas ante la chimenea encendiendo el fuego; todas las mañanas desayunaba en la habitación de los niños, que no tenía nada divertido; y, tras cada desayuno, miraba por la ventana hacia el inmenso páramo que parecía extenderse por todas partes y trepar hasta el cielo, y tras contemplarlo un rato se daba cuenta de que, si no salía, tendría que quedarse dentro sin hacer nada, y así era como salía. No sabía que aquello era lo mejor que podía haber hecho, y tampoco sabía que, cuando empezaba a caminar deprisa o incluso a correr por los senderos y bajando por la avenida, estaba activando su sangre aletargada y haciéndose más fuerte al luchar contra el viento que descendía del páramo. Corría solo para entrar en calor, y odiaba el viento que se le abalanzaba a la cara, rugía y la retenía como si fuera un gigante invisible. Pero las grandes bocanadas de aire fresco y salvaje sopladas sobre el brezo llenaban sus pulmones de algo beneficioso para todo su cuerpo delgado, daban un poco de color rojo a sus mejillas y avivaban sus ojos apagados sin que ella supiera nada de todo aquello.

Pero tras unos días pasados casi por entero al aire libre, se despertó una mañana sabiendo lo que era tener hambre, y cuando se sentó a desayunar no miró con desdén sus gachas apartándolas, sino que cogió la cuchara, empezó a comérselas y siguió comiendo hasta que el cuenco quedó vacío.

—¡Si te has comido todo eso muy bien esta mañanita, ¿verdad?! —dijo Martha.

—Hoy sabe rico —dijo Mary, sintiéndose un poco sorprendida ella misma.

—Es el aire del páramo el que te abre el apetito para la comida —respondió Martha—. Menos mal que tienes comida además de apetito. En nuestra casita ha habido doce con apetito y nada que llevarse a la boca. Sigue jugando ahí fuera todos los días y echarás carne en los huesos y dejarás de estar tan cetrina.

—Yo no juego —dijo Mary—. No tengo con qué jugar.

—¡Que no tienes con qué jugar! —exclamó Martha—. Nuestros niños juegan con palos y piedras. Se limitan a correr, gritar y mirar cosas. Mary no gritaba, pero miraba cosas. No había nada más que hacer. Paseaba una y otra vez por los jardines y deambulaba por los senderos del parque. A veces buscaba a Ben Weatherstaff, pero aunque varias veces lo vio trabajar, estaba demasiado ocupado para mirarla o era demasiado hosco. Una vez, cuando se dirigía hacia él, cogió la azada y se dio la vuelta como si lo hiciera a propósito.

Hubo un lugar al que fue con más frecuencia que a ningún otro. Era el largo paseo exterior a los jardines, rodeado de muros. A ambos lados había arriates deshauciados y contra los muros crecía la hiedra con espesura. Había una parte del muro donde las hojas trepadoras de un verde oscuro eran más frondosas que en el resto. Parecía como si durante mucho tiempo se hubiera descuidado aquella zona. El resto se había podado para que pareciera limpio, pero en aquel extremo inferior del paseo no se había recortado en absoluto.

Unos días después de haber hablado con Ben Weatherstaff, Mary se detuvo a observar aquello y se preguntó a qué se debía. Acababa de pararse a mirar un largo sarmiento de hiedra que se mecía en el viento cuando vio un destello escarlata y oyó un trino brillante; y allí, en lo alto del muro, encaramado, estaba el petirrojo de Ben Weatherstaff, inclinado hacia delante para mirarla con la cabecita torcida a un lado.

—¡Oh! —exclamó ella—, ¿eres tú, eres tú? —Y no le pareció nada raro hablarle como si estuviera segura de que la iba a entender y responder.

Él respondió. Trino, pió y dio botecitos por el muro como si le estuviera contando toda clase de cosas. A la señora Mary le pareció que también lo entendía, aunque no hablara con palabras. Era como si dijera:

—¡Buenos días! ¿A que el viento es agradable? ¿A que el sol es agradable? ¿A que todo es agradable? Demos saltitos, piemos y trinemos los dos. ¡Vamos! ¡Vamos!

Mary empezó a reír, y mientras él daba saltitos y pequeños vuelos a lo largo del muro, ella corrió tras él. Pobre Mary, tan pequeña, delgada, cetrina y fea; por un momento pareció casi bonita.

—¡Me gustas! ¡Me gustas! —gritaba ella, correteando por el sendero; y trinaba e intentaba silbar, cosa que no sabía hacer en absoluto. Pero el petirrojo parecía bastante satisfecho y le devolvía los trinos y silbidos. Al fin abrió las alas y voló velozmente hasta la copa de un árbol, donde se posó y cantó con fuerza.

Eso le recordó a Mary la primera vez que lo había visto. Entonces se mecía en la copa de un árbol y ella estaba de pie en el huerto. Ahora estaba al otro lado del huerto y se hallaba en el sendero de fuera de un muro —mucho más bajo—, y allí estaba el mismo árbol dentro.

—Está en el jardín al que nadie puede entrar —se dijo—. Es el jardín sin puerta. Él vive ahí dentro. ¡Cómo desearía ver cómo es!

Corrió por el sendero hacia la puerta verde por la que había entrado la primera mañana. Luego corrió por el camino a través de la otra puerta y después hacia el huerto, y cuando se detuvo a mirar hacia arriba, ahí estaba el árbol al otro lado del muro, y allí estaba el petirrojo, que acababa de cantar y empezaba a arreglarse las plumas con el pico.

—Es el jardín —dijo—. Seguro que lo es.

Caminó alrededor y miró de cerca aquel lado del muro del huerto, pero solo encontró lo que ya había hallado antes: que no había puerta en él. Luego volvió a cruzar los huertos y salió al paseo exterior del largo muro cubierto de hiedra, caminó hasta el final y lo miró, pero no había puerta; y entonces caminó hasta el otro extremo, mirando de nuevo, pero tampoco había puerta.

—Es muy raro —dijo—. Ben Weatherstaff dijo que no había puerta y no la hay. Pero debió de haber una hace diez años, porque el señor Craven enterró la llave.

Esto le dio tanto en qué pensar que empezó a interesarse de verdad y sintió que no se arrepentía de haber venido a Misselthwaite Manor. En la India siempre se había sentido acalorada y demasiado lánguida para importarle gran cosa. El caso es que el aire fresco del páramo había empezado a barrer las telarañas de su joven cerebro y a despertarla un poco.

Se quedó al aire libre casi todo el día, y cuando por la noche se sentó a cenar, se sintió hambrienta, adormilada y a gusto. No se enfadó cuando Martha cotorreaba sin parar. Sintió que le gustaba bastante escucharla y al fin pensó en hacerle una pregunta. Se la formuló tras terminar de cenar y sentarse en la alfombra de la chimenea ante el fuego.

—¿Por qué odiaba el señor Craven el jardín? —dijo.

Había conseguido que Martha se quedara con ella y Martha no le había puesto ninguna objeción. Era muy joven y estaba acostumbrada a una cabaña abarrotada de hermanos y hermanas, y le parecía aburrido el gran salón de los sirvientes, abajo, donde el lacayo y las Doncellas Principales se burlaban de su acento de Yorkshire y la miraban como a una simple mujercita ordinaria, sentándose a cuchichear entre ellos. A Martha le gustaba hablar, y la extraña niña que había vivido en la India y a la que habían atendido «negros» era una novedad suficiente para atraerla.

Se sentó en el hogar misma sin esperar a que se lo pidieran.

—¿Estás pensando todavía en ese jardín? —dijo—. Ya sabía yo que sí. A mí me pasó exactamente lo mismo cuando oí hablar de él por primera vez.

—¿Por qué lo odiaba? —insistió Mary.

Martha metió los pies bajo el faldón de su falda y se acomodó por completo.

—Escucha cómo brama el viento alrededor de la casa —dijo—. En el páramo apenas te tendrías en pie si salieras esta noche.

Mary no sabía qué significaba «bramar» hasta que escuchó, y entonces lo comprendió. Tenía que ser esa especie de rugido hueco y estremecedor que corría alrededor de la casa como si un gigante al que nadie pudiera ver la estuviera golpeando y aporreando las paredes y las ventanas para intentar entrar. Pero uno sabía que no podía entrar y, de algún modo, hacía que uno se sintiera muy seguro y abrigado dentro de una habitación con un fuego de carbón rojo.

—Pero ¿por qué lo odiaba tanto? —preguntó tras haber escuchado. Tenía la intención de averiguarlo si Martha lo sabía.

Entonces Martha cedió su reserva de conocimientos.

—Cuidado —dijo—, la señora Medlock dijo que de eso no se habla. Hay muchas cosas en este lugar de las que no se debe hablar. Esas son las órdenes del señor Craven. Sus penas no son asunto de los sirvientes, dice. Pero a causa del jardín él no sería como es. Era el jardín de la señora Craven, que ella había mandado hacer cuando recién se casaron, y a ella simplemente le encantaba, y solían cuidar las flores ellos mismos. Y a ninguno de los jardineros se le permitía entrar jamás. Él y ella solían entrar, cerrar la puerta y quedarse allí horas y horas, leyendo y hablando. Y ella era apenas una muchacha y había un viejo árbol con una rama doblada a modo de asiento. Y ella hizo que crecieran rosas sobre ella y solía sentarse allí. Pero un día, mientras estaba sentada allí, la rama se rompió y cayó al suelo, y se hizo tanto daño que al día siguiente murió. Los médicos pensaron que él perdería la cabeza y moriría también. Por eso lo odia. Nadie ha vuelto a entrar desde entonces, y él no deja que nadie hable de ello.

Mary no hizo más preguntas. Miró el fuego rojo y escuchó el viento que «bramaba». Parecía «bramar» más fuerte que nunca.

En ese momento le estaba sucediendo algo muy bueno. De hecho, le habían ocurrido cuatro cosas buenas desde que llegó a la mansión Misselthwaite. Había sentido como si hubiera comprendido a un petirrojo y este la hubiera comprendido a ella; había corrido en el viento hasta que su sangre se había calentado; había tenido un apetito saludable por primera vez en su vida, y había descubierto lo que era sentir compasión por alguien.

Pero mientras escuchaba el viento empezó a escuchar otra cosa. No sabía qué era, porque al principio apenas podía distinguirlo del viento mismo. Era un sonido curioso; parecía casi como si un niño estuviera llorando en alguna parte. A veces el viento sonaba bastante como un niño llorando, pero al poco rato la pequeña Mary se sintió muy segura de que este sonido estaba dentro de la casa, no fuera de ella. Estaba lejos, pero estaba dentro. Se dio la vuelta y miró a Martha.

—¿Oyes llorar a alguien? —dijo.

Martha de repente pareció desconcertada.

—No —respondió—. Es el viento. A veces suena como si alguien se hubiera perdido en el páramo y estuviera lamentándose. Tiene toda clase de sonidos.

—Pero escucha —dijo Mary—. Está en la casa, por uno de esos largos pasillos.

Y en ese preciso instante debieron de abrir una puerta en alguna parte de abajo; pues una gran corriente de aire impetuosa sopló por el pasillo y la puerta de la habitación en la que estaban se abrió de par en par con estrépito, y mientras ambas saltaban sobresaltadas la luz se apagó y el sonido del llanto fue arrastrado por el pasillo lejano de modo que se oyó más claramente que nunca.

—¡Ahí está! —dijo Mary—. ¡Te lo dije! Es alguien llorando, y no es una persona mayor.

Martha corrió a cerrar la puerta y dio la vuelta a la llave, pero antes de hacerlo ambas escucharon el sonido de una puerta en algún pasillo lejano cerrándose de golpe, y entonces todo quedó en silencio, pues incluso el viento dejó de «bramar» durante unos instantes.

—Era el viento —dijo Martha obstinadamente—. Y si no era, era la pequeña Betty Butterworth, la fregona. Le ha dolido una muela todo el día.

Pero algo turbado e incómodo en sus modales hizo que la pequeña Mary la mirara con fijeza. No creía que estuviera diciendo la verdad.

Fin del Episodio 8 · de 45

El grito en el pasillo

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