El jardín secreto·Episodio 07

Martha · III

~6 min · 1208 palabras

El pájaro inclinó su diminuta cabeza hacia un lado y la miró con su ojo brillante y dulce, que parecía una gota de rocío negro. Parecía muy confiado y ni un poco asustado. Daba botecitos y picoteaba la tierra con vivacidad, buscando semillas e insectos. A Mary le produjo en el corazón una extraña sensación, pues era tan bonito y alegre y parecía tanto una persona. Tenía un cuerpecito regordete, un pico delicado y unas patas delgadas y finas.

—¿Vendrá siempre cuando lo llames? —preguntó ella casi en un susurro.

—Ay, eso sí que sí. Lo conozco desde que era un pollo. Salió del nido en el otro jardín y, cuando voló por primera vez sobre el muro, estaba demasiado débil para regresar en unos cuantos días y nos hicimos amigos. Cuando volvió a pasar al otro lado del muro, el resto de la nidada ya se había ido y él se quedó solo, así que regresó conmigo.

—¿Qué clase de pájaro es? —preguntó Mary.

—¿Es que no lo sabes? Es un petirrojo, y son los pájaros más amistosos y curiosos que existen. Son casi tan amigos como los perros, si sabes cómo tratarles. Míralo ahí, picoteando y mirándonos de vez en cuando. Sabe que estamos hablando de él.

Era de lo más extraño ver al viejo. Miraba al regordecito pájaro de pechera escarlata como si estuviera orgulloso de él y a la vez le tuviera mucho cariño.

—Es un presumido —se rio entre dientes—. Le gusta oír que la gente hable de él. Y es curioso... Dios me libre, jamás hubo otro igual para la curiosidad y el cotilleo. Siempre viene a ver lo que estoy plantando. Él sabe todas las cosas que el señor Craven nunca se molesta en averiguar. Él es el jardinero jefe, eso es lo que es.

El petirrojo iba dando botecitos muy atareado, picoteando la tierra, y de vez en cuando se detenía y los miraba un poco. A Mary le pareció que sus ojos de gota de rocío negra la miraban con gran curiosidad. Realmente parecía como si estuviera enterándose de todo sobre ella. La extraña sensación en su corazón aumentó.

—¿A dónde volaron los demás de la nidada? —preguntó.

—Vaya usted a saber. Los viejos los echan del nido y los hacen volar, y se dispersan antes de que te des cuenta. Este era listo y sabía que estaba solo.

La señora Mary dio un paso más hacia el petirrojo y lo miró fijamente.

—Estoy sola —dijo.

—Ella no había sabido antes que esta era una de las cosas que la hacían sentirse agria y enfadada. Pareció descubrirlo cuando el petirrojo la miró y ella miró al petirrojo.

El viejo jardinero se echó la gorra hacia atrás sobre la cabeza calva y la miró un minuto.

—¿Eres tú la mocosita de la India? —preguntó.

Mary asintió.

—Pues no me extraña que estés sola. Más sola estarás antes de acabar —dijo.

Empezó a cavar de nuevo, clavando su azada profundamente en la rica tierra negra del jardín, mientras el petirrojo daba saltitos muy ocupado en sus tareas.

—¿Cómo te llamas? —inquirió Mary.

Se puso de pie para responderle.

—Ben Weatherstaff —contestó, y luego añadió con una risita arisca—: Yo también estoy solo, salvo cuando él está conmigo —y sacudió el pulgar hacia el petirrojo—. Es el único amigo que tengo.

—Yo no tengo ningún amigo —dijo Mary—. Nunca lo he tenido. Mi aya no me quería y nunca jugué con nadie.

Es costumbre en Yorkshire decir lo que uno piensa con tajante franqueza, y el viejo Ben Weatherstaff era un hombre de los páramos de Yorkshire.

—Tú y yo nos parecemos bastante —dijo—. Fuimos cortados por el mismo patrón. Ninguno de los dos es agraciado y los dos somos tan agrios como parecemos. Tenemos el mismo mal genio los dos, te lo apuesto.

Esto era hablar claro, y Mary Lennox jamás en su vida había oído la verdad sobre sí misma. Los criados nativos siempre hacían una reverencia y se sometían, hicieras lo que hicieses. Nunca había pensado mucho en su aspecto, pero se preguntó si sería tan poco atractiva como Ben Weatherstaff y también se preguntó si tendría un aspecto tan agrio como el que él tenía antes de que llegara el petirrojo. De hecho, empezó a preguntarse asimismo si tendría «mal genio». Se sintió incómoda.

De repente, un sonido claro, cristalino y alegre estalló cerca de ella y se dio la vuelta. Estaba de pie a pocos pasos de un manzano joven y el petirrojo había volado a una de sus ramas y se había arrancado a cantar un trocito de canción. Ben Weatherstaff soltó una carcajada.

—¿Por qué ha hecho eso? —preguntó Mary.

—Se ha propuesto hacerse amigo tuyo —respondió Ben—. Que me parta un rayo si no le has caído en gracia.

—¿A mí? —dijo Mary, y se acercó al arbolito con suavidad y alzó la vista.

—¿Te harías amigo mío? —le dijo al petirrojo como si le hablara a una persona—. ¿Lo harías? —Y no lo dijo ni con su voz dura y pequeña ni con su voz imperiosa de la India, sino con un tono tan suave, ansioso y cariñoso que Ben Weatherstaff se quedó tan sorprendido como ella cuando lo oyó silbar.

—¡Vaya! —exclamó—. ¡Has dicho eso tan bonito y humano como si fueras una niña de verdad en vez de una viejecilla mandona! Lo has dicho casi como le habla Dickon a sus animalitos salvajes en el páramo.

—¿Conoces a Dickon? —preguntó Mary, dándose la vuelta con cierta prisa.

—Todo el mundo lo conoce. Dickon anda vagando por todas partes. Hasta las zarzamoras y las campánulas de brezo lo conocen. Te apuesto a que los zorros le enseñan dónde tienen a sus cachorros y las alondras no le esconden sus nidos.

A Mary le habría gustado hacer algunas preguntas más. Sentía tanta curiosidad por Dickon como por el jardín abandonado. Pero justo en ese momento el petirrojo, que había terminado su canción, sacudió un poco las alas, las extendió y echó a volar. Había hecho su visita y tenía otras cosas que hacer.

—¡Ha volado por encima del muro! —gritó Mary, observándolo—. ¡Ha volado al huerto... ha cruzado el otro muro... al jardín donde no hay puerta!

—Vive allí —dijo el viejo Ben—. Salió de un huevo allí. Si está cortejando, estará encandilando a alguna señorita petirrojo que vive entre los viejos rosales de allí.

—Rosales —dijo Mary—. ¿Hay rosales?

Ben Weatherstaff volvió a coger su azada y se puso a cavar.

—Los había hace diez años —murmuró.

—Me gustaría verlos —dijo Mary—. ¿Dónde está la puerta verde? Tiene que haber una puerta en alguna parte.

Ben clavó su azada profundamente y puso cara de tan poca compañía como cuando lo vio por primera vez.

—Los había hace diez años, pero ahora no hay.

—¡Ninguna puerta! —exclamó Mary—. Tiene que haberla.

—Ninguna que nadie pueda encontrar, y ninguna que le importe a nadie. No seas una chiquilla meticona y metas las narices donde no tienes por qué ir. Anda, tengo que seguir con mi trabajo. Vete a jugar. Ya no tengo más tiempo.

Y de verdad dejó de cavar, se echó la azada al hombro y se alejó, sin siquiera mirarla ni despedirse.

Fin del Episodio 7 · de 45

Martha · III

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