El jardín secreto·Episodio 40

El telón

~12 min · 2314 palabras

Y el jardín secreto florecía y florecía, y cada mañana revelaba nuevos milagros. En el nido del petirrojo había Huevos, y la compañera del petirrojo se sentaba sobre ellos, manteniéndolos calientes con su emplumado pecho y sus cuidadosas alas. Al principio estaba muy nerviosa y el propio petirrojo vigilaba indignado. Ni siquiera Dickon se acercaba a la esquina de frondosos arbustos por entonces, sino que esperaba hasta que, por la silenciosa obra de algún misterioso sortilegio, pareció haberle transmitido al alma de la parejita que en el jardín no había nada que no fuera exactamente igual a ellos mismos —nada que no comprendiera lo maravilloso de lo que les estaba ocurriendo—, la inmensa, tierna, terrible, desgarradora belleza y solemnidad de los Huevos. Si hubiera habido una sola persona en aquel jardín que no hubiera sabido en lo más recóndito de su ser que, si se quitaba o dañaba un Huevo, el mundo entero giraría, se estrellaría en el espacio y llegaría a su fin; si hubiera habido tan solo uno que no lo hubiera sentido y actuado en consecuencia, no habría podido haber felicidad ni siquiera en aquel aire de dorada primavera. Pero todos lo sabían y lo sentían, y el petirrojo y su compañera sabían que lo sabían.

Al principio, el petirrojo observó a Mary y a Colin con aguda inquietud. Por alguna misteriosa razón, sabía que no necesitaba vigilar a Dickon. En el primer instante en que posó su negruzco ojo, brillante como el rocío, sobre Dickon, supo que no era un extraño, sino una especie de petirrojo sin pico ni plumas. Sabía hablar el idioma de los petirrojos (que es una lengua muy distinta, imposible de confundir con ninguna otra). Hablarles a los petirrojos en su idioma es como hablarle francés a un francés. Dickon siempre se lo hablaba al propio petirrojo, así que el extraño galimatías que usaba cuando hablaba con los humanos no importaba en absoluto. El petirrojo creía que empleaba ese galimatías con ellos porque no eran lo bastante inteligentes como para entender el discurso emplumado. Sus movimientos también eran de petirrojo. Nunca sobresaltaban a nadie por ser lo suficientemente bruscos como para parecer peligrosos o amenazantes. Cualquier petirrojo podía entender a Dickon, de modo que su presencia ni siquiera resultaba perturbadora.

Pero, al principio, pareció necesario mantenerse en guardia contra los otros dos. En primer lugar, la criatura muchacho no entraba en el jardín sobre sus propias piernas. Lo traían empujado en un artefacto con ruedas y encima le echaban pieles de animales salvajes. Eso, de entrada, era sospechoso. Luego, cuando empezó a ponerse en pie y a moverse, lo hacía de una manera extraña e insólita, y los demás parecían tener que ayudarlo. El petirrojo solía esconderse en un arbusto para observar esto con ansiedad, ladeando la cabeza primero hacia un lado y luego hacia el otro. Pensaba que aquellos movimientos lentos podían significar que se estaba preparando para dar un zarpazo, como hacen los gatos. Cuando los gatos se preparan para dar un zarpazo, se arrastran por el suelo muy despacio. El petirrojo lo estuvo discutiendo largo y tendido con su compañera durante unos días, pero después decidió no volver a hablar del asunto porque el terror de ella era tan grande que temía que pudiera perjudicar a los huevos.

Cuando el muchacho empezó a caminar solo e incluso a moverse con más rapidez, supuso un inmenso alivio. Pero durante mucho tiempo —o lo que al petirrojo le pareció mucho tiempo— fue motivo de cierta inquietud. No actuaba como los otros humanos. Parecía aficionarse mucho a caminar, pero tenía la costumbre de sentarse o tumbarse un rato y luego levantarse de manera desconcertante para empezar de nuevo.

Un día, el petirrojo recordó que, cuando a él mismo le habían obligado a aprender a volar sus padres, había hecho más o menos lo mismo. Había emprendido vuelos cortos de unos cuantos metros y luego se había visto obligado a descansar. Así que se le ocurrió que aquel muchacho estaba aprendiendo a volar —o más bien a caminar—. Se lo mencionó a su compañera, y cuando le dijo que los huevos probablemente se comportarían de la misma manera una vez que emplumaran, ella se quedó muy tranquila, e incluso cobró un vivo interés y obtuvo un gran placer observando al muchacho desde el borde del nido, aunque siempre pensó que los huevos serían mucho más listos y aprenderían más deprisa. Pero entonces añadió con indulgencia que los humanos eran siempre más torpes y lentos que los huevos, y la mayoría de ellos jamás parecía aprender realmente a volar. Uno nunca se los encontraba por el aire ni en las copas de los árboles.

Al cabo de un rato, el muchacho empezó a moverse por ahí como los demás, pero los tres niños hacían a veces cosas poco habituales. Se paraban bajo los árboles y movían los brazos, las piernas y la cabeza de una manera que no era ni caminar, ni correr, ni estar sentado. Repetían estos movimientos a intervalos todos los días, y el petirrojo jamás fue capaz de explicarle a su compañera qué hacían o intentaban hacer. Solo pudo decirle que estaba seguro de que los huevos nunca aletearían de semejante manera; pero, como el muchacho que hablaba el idioma de los petirrojos con tanta soltura participaba en aquello junto a ellos, las aves podían estar bien seguras de que las acciones no entrañaban peligro alguno. Por supuesto, ni el petirrojo ni su compañera habían oído hablar jamás del luchador campeón Bob Haworth y de sus ejercicios para hacer que los músculos sobresalieran como bultos. Los petirrojos no son como los seres humanos; sus músculos se ejercitan siempre desde el principio y así se desarrollan de forma natural. Si a uno le toca volar por ahí para buscar cada comida que se zampa, los músculos no se le atrofian (atrofiarse significa marchitarse por falta de uso).

Cuando el muchacho caminaba y corría de un lado para otro, cavaba y escardaba como los demás, el nido de la esquina quedó envuelto en una gran paz y contento. Los temores por los huevos pasaron a la historia. Sabiendo que los huevos estaban tan seguros como si los hubieran encerrado en la caja fuerte de un banco, el hecho de poder observar tantas cosas curiosas sucediendo a su alrededor convertía la tarea de incubar en una ocupación de lo más entretenida. Los días de lluvia, la madre de los huevos a veces se sentía incluso un poco aburrida porque los niños no entraban en el jardín.

Pero ni siquiera en los días de lluvia se podía decir que Mary y Colin estuvieran aburridos. Una mañana, cuando la lluvia caía incesantemente y Colin empezaba a sentirse un poco inquieto, ya que se veía obligado a permanecer en su sofá porque no era seguro levantarse y andar por ahí, a Mary le dio una inspiración.

—Ahora que soy un muchacho de verdad —había dicho Colin—, mis piernas, mis brazos y todo mi cuerpo están tan llenos de Magia que no puedo estarlos quietos. Quieren estar haciendo cosas todo el tiempo. ¿Sabes que cuando me despierto por la mañana, Mary, cuando es muy temprano y los pájaros solo hacen que gritar afuera y todo parece gritar de alegría —hasta los árboles y las cosas que no podemos oír realmente—, siento como si tuviera que saltar de la cama y gritar yo también? ¡Si lo hiciera, piensa tan solo en lo que pasaría!

Mary se rio con desmesura.

—La enfermera vendría corriendo y la señora Medlock vendría corriendo, y estarían seguras de que te has vuelto loco y mandarían a buscar al médico —dijo.

Colin se rio también. Podía imaginarse qué aspecto pondrían todos: qué horrorizados ante su arrebato y qué asombrados de verlo de pie y erguido.

—Ojalá mi padre volviera a casa —dijo—. Quiero decírselo yo mismo. No hago más pensar en ello, pero no podemos seguir así mucho más tiempo. No soporto estar tumbado sin moverme y fingiendo, y además tengo un aspecto demasiado distinto. Ojalá no estuviera lloviendo hoy.

Fue entonces cuando la señora Mary tuvo su inspiración.

—Colin —empezó misteriosamente—, ¿sabes cuántas habitaciones hay en esta casa?

—Alrededor de mil, supongo —respondió él.

—Hay como cien en las que nadie entra nunca —dijo Mary—. Y un día de lluvia fui y miré en muchísimas de ellas. Nadie lo supo jamás, aunque la señora Medlock casi me descubre. Perdí el camino cuando regresaba y me detuve al final de tu pasillo. Esa fue la segunda vez que te oí llorar.

Colin se incorporó de un salto en su sofá.

—Cien habitaciones en las que nadie entra —dijo—. Suena casi como un jardín secreto. Supongamos que vamos a verlas. Llévame en mi silla y nadie sabría que fuimos.

—Eso era lo que estaba pensando —dijo Mary—. Nadie se atrevería a seguirnos. Hay galerías donde se puede correr. Podríamos hacer nuestros ejercicios. Hay una pequeña habitación india donde hay un armario lleno de elefantes de marfil. Hay toda clase de habitaciones.

—Toca la campanilla —dijo Colin.

Cuando la enfermera entró, le dio sus órdenes.

—Quiero mi silla —dijo—. La señorita Mary y yo vamos a ver la parte de la casa que no se usa. John puede empujarme hasta la galería de cuadros porque hay unas escaleras. Luego debe irse y dejarnos solos hasta que vuelva a llamarle.

Los días de lluvia perdieron sus terrores aquella mañana. Cuando el lacayo hubo empujado la silla hacia la galería de cuadros y dejado a los dos solos en obediencia a las órdenes, Colin y Mary se miraron encantados. Tan pronto como Mary se aseguró de que John iba realmente de camino a sus propias dependencias abajo, Colin se bajó de su silla.

—Voy a correr de un extremo a otro de la galería —dijo—, y luego voy a saltar y después haremos los ejercicios de Bob Haworth.

Y bicieron todas estas cosas y muchas otras. Miraron los retratos y encontraron a la niña regordeta y sosa vestida de brocado verde y sosteniendo el loro en el dedo.

—Todas estas —dijo Colin— deben ser mis parientes. Vivieron hace mucho tiempo. La del loro, creo, es una de mis tataratarataratías. Se parece bastante a ti, Mary; no como eres ahora, sino como eras cuando viniste aquí. Ahora estás mucho más gorda y tienes mejor aspecto.

—Tú también —dijo Mary, y ambos se echaron a reír.

Fueron a la habitación india y se divirtieron con los elefantes de marfil. Encontraron el tocador de brocado color rosa y el agujero en el cojín que el ratón había dejado, pero los ratones habían crecido y se habían marchado y el agujero estaba vacío. Vieron más habitaciones y descubrieron más cosas de las que Mary había hecho en su primera peregrinación. Encontraron nuevos pasillos, rincones y tramos de escaleras, y nuevos cuadros viejos que les gustaban y extrañas cosas viejas cuyo uso desconocían. Fue una mañana curiosamente entretenida y la sensación de vagar por la misma casa con otra gente pero al mismo tiempo sentir como si uno estuviera a kilómetros de distancia de ellos era algo fascinante.

—Me alegro de que hayamos venido —dijo Colin—. Nunca supe que vivía en un lugar tan grande, raro y viejo. Me gusta. Callejearemos por aquí todos los días de lluvia. Siempre estaremos encontrando nuevos y extraños rincones y cosas.

Aquella mañana habían encontrado, entre otras cosas, tan buen apetito que cuando regresaron a la habitación de Colin no fue posible devolver el almuerzo sin tocar.

Cuando la enfermera bajó la bandeja la dejó caer sobre el aparador de la cocina para que la señora Loomis, la cocinera, pudiera ver los platos y fuentes perfectamente pulidos.

—¡Mira eso! —dijo—. Esta es una casa de misterio, y esos dos niños son los mayores misterios que hay en ella.

—Si siguen así todos los días —dijo el fuerte y joven lacayo John—, no sería de extrañar que hoy pese el doble que hace un mes. Tendría que dejar mi puesto a tiempo, por miedo a hacerme daño en los músculos.

Aquella tarde Mary se dio cuenta de que algo nuevo había sucedido en la habitación de Colin. Lo había notado el día anterior, pero no había dicho nada porque pensaba que el cambio podría haberse hecho por casualidad. Hoy no dijo nada, pero se sentó y miró fijamente el cuadro sobre la repisa de la chimenea. Podía mirarlo porque la cortina había sido descorrida. Ese fue el cambio que notó.

—Sé lo que quieres que te diga —dijo Colin, después de que ella hubo mirado fijamente unos minutos—. Siempre sé cuándo quieres que te diga algo. Te estás preguntando por qué la cortina está descorrida. Voy a dejarla así.

—¿Por qué? —preguntó Mary.

—Porque ya no me enfada verla reír. Me desperté cuando había mucha luz de luna hace dos noches y sentí como si la Magia estuviera llenando la habitación y haciendo todo tan espléndido que no podía quedarme quieto. Me levanté y miré por la ventana. La habitación estaba bastante clara y había un trozo de luz de luna en la cortina y de algún modo eso hizo que fuera y tirara del cordón. Ella me miró fijamente como si estuviera riendo porque se alegraba de que yo estuviera allí. Me hizo gracia mirarla. Quiero verla reír así todo el tiempo. Creo que debió de ser una especie de persona mágica, tal vez.

—Eres tan parecido a ella ahora —dijo Mary— que a veces creo que tal vez eres su fantasma convertido en muchacho.

Esa idea pareció impresionar a Colin. La sopesó y luego le respondió lentamente.

—Si yo fuera su fantasma, mi padre me tendría cariño —dijo.

—¿Quieres que te tenga cariño? —inquirió Mary.

—Antes solía odiar que no me tuviera cariño. Si llegara a tenerme cariño, creo que le hablaría de la Magia. Podría hacer que estuviera más alegre.

Fin del Episodio 40 · de 45

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