El jardín secreto·Episodio 32

«¡Viviré para siempre —y siempre— y siempre!» · II

~5 min · 1089 palabras

Aquella mañana, cuando viniste corriendo y dijiste: «¡Ya ha llegado! ¡Ya ha llegado!», me hiciste sentir muy raro. Sonaba como si las cosas vinieran con una gran procesión y grandes ráfagas y oleadas de música. Tengo un cuadro parecido en uno de mis libros: multitudes de gente encantadora y niños con guirnaldas y ramas con flores, todos riendo y bailando y amontonándose y tocando la flauta. Por eso dije: «Quizá oigamos trompetas doradas» y te dije que abrieras de par en par la ventana».

«¡Qué divertido! —dijo Mary—. Es exactamente lo que se siente. Y si todas las flores y hojas y cosas verdes y pájaros y criaturas salvajes pasaran bailando a la vez, ¡qué multitud sería! Seguro que bailarían y cantarían y tocarían la flauta, y esas serían las oleadas de música».

Ambos se echaron a reír, pero no porque la idea fuera risible, sino porque les gustaba mucho a los dos.

Un poco más tarde, la enfermera preparó a Colin. Notó que, en vez de quedarse tirado como un tronco mientras le ponían la ropa, se sentaba y hacía algunos esfuerzos por ayudar, y hablaba y reía con Mary todo el tiempo.

—Este es uno de sus días buenos, señor —le dijo al doctor Craven, que se había pasado a echarle un vistazo—. Está tan de buen humor que eso le da más fuerzas.

—Volveré a pasarme más tarde por la tarde, después de que haya salido —dijo el doctor Craven—. Tengo que ver qué tal le sienta el paseo. Ojalá —en voz muy baja— dejara que usted lo acompañara.

—Antes renunciaría al caso, señor, que siquiera quedarme aquí mientras se sugiere eso —contestó la enfermera con repentina firmeza.

—No había decidido en realidad sugerirlo —dijo el doctor con su ligera timidez—. Probaremos el experimento. Dickon es un muchacho en quien confiaría a un recién nacido.

El lacayo más fuerte de la casa bajó a Colin en brazos y lo sentó en su silla de ruedas, junto a la cual esperaba Dickon afuera. Después de que el sirviente hubo acomodado sus mantas y cojines, el rajá le hizo un gesto con la mano a él y a la enfermera.

—Tienen mi permiso para marchar —dijo, y ambos desaparecieron rápidamente y, hay que confesarlo, se echaron a reír en cuanto estuvieron a salvo dentro de la casa.

Dickon empezó a empujar la silla de ruedas con lentitud y firmeza. La señora Mary caminaba a su lado, y Colin se reclinó hacia atrás y levantó la cara hacia el cielo. El arco de este se veía altísimo, y las pequeñas nubes nevadas parecían pájaros blancos flotando con las alas desplegadas bajo su azul cristalino. El viento soplaba en suaves y grandes soplos desde el páramo y tenía una extraña, salvaje, clara y perfumada dulzura. Colin no dejaba de levantar su delgado pecho para aspirarlo, y sus grandes ojos parecían ser los que escuchaban —escuchaban, en lugar de sus oídos.

«Hay tantos sonidos de cantos y zumbidos y llamadas —dijo—. ¿Cuál es ese perfume que traen las ráfagas de viento?».

«Es el áulaga del páramo que está abriéndose —contestó Dickon—. ¡Ea! Las abejas están atareadas con ella hoy».

No se divisaba ni una sola criatura humana en los senderos que tomaron. De hecho, todos los jardineros o ayudantes de jardinero habían desaparecido como por ensalmo. Pero serpenteaban entre los arbustos y salían rodeando los arriates de la fuente, siguiendo su ruta cuidadosamente planeada por el mero y misterioso placer de hacerlo. Sin embargo, cuando por fin doblaron hacia el Paseo Largo junto a los muros cubiertos de hiedra, la excitada sensación de una emoción inminente hizo que, por alguna razón curiosa que no habrían sabido explicar, empezaran a hablar en susurros.

«Es este —susurró Mary—. Aquí es donde solía pasear de arriba abajo preguntándome y preguntándome».

«¿De verdad? —exclamó Colin, y sus ojos empezaron a registrar la hiedra con ávida curiosidad—. Pero no veo nada —susurró—. No hay puerta».

«Eso es lo que yo pensé —dijo Mary».

Luego hubo un silencio encantador y sin aliento, y la silla siguió rodando.

«Ese es el jardín donde trabaja Ben Weatherstaff —dijo Mary».

«¿De verdad? —dijo Colin».

Unos pasos más y Mary volvió a susurrar.

«Por aquí es por donde el petirrojo cruzó volando el muro —dijo».

«¿De verdad? —exclamó Colin—. ¡Oh, ojalá vuelva a venir!».

«Y eso —dijo Mary con solemne deleite, señalando bajo un gran arbusto de lilas— es donde se posó en el montoncito de tierra y me enseñó la llave».

Entonces Colin se incorporó.

«¿Dónde? ¿Dónde? ¿Ahí? —exclamó, y sus ojos eran tan grandes como los del lobo en Caperucita Roja, cuando Caperucita Roja se veía obligada a comentar sobre ellos». Dickon se quedó quieto y la silla de ruedas se detuvo.

«Y esto —dijo Mary, pisando el arriate junto a la hiedra— es a donde fui a hablarle cuando me pío desde lo alto del muro. Y esta es la hiedra que el viento apartó», y agarró la cortina verde colgante.

«¡Oh, es... es! — jadeó Colin».

«Y aquí está el tirador, y aquí está la puerta. ¡Dickon, empújalo, empújalo rápido!».

Y Dickon lo hizo con un empujón fuerte, firme y magnífico.

Pero Colin en realidad se había reclinado contra sus cojines, aun mientras jadeaba de deleite, y se había cubierto los ojos con las manos y los había mantenido allí, bloqueándolo todo hasta que estuvieron dentro y la silla se detuvo como por arte de magia y la puerta se cerró. Solo entonces los apartó y miró a su alrededor, una y otra vez, tal como habían hecho Dickon y Mary. Y sobre los muros y la tierra y los árboles y los ramajes colgantes y los zarcillos se había extendido el hermoso velo verde de hojitas tiernas, y en la hierba bajo los árboles y en las urnas grises de las hornacinas y aquí y allá, por todas partes, había toques o salpicaduras de oro y púrpura y blanco, y los árboles mostraban tonos rosados y de nieve sobre su cabeza, y había revoloteo de alas y flautas suaves y tenues, y zumbidos, y perfumes, y perfumes. Y el sol cayó cálido sobre su rostro como una mano con un tacto encantador. Y, asombrados, Mary y Dickon se quedaron mirándome... mirándolo. Se veía tan extraño y diferente porque un resplandor rosado de color se había extendido por todo su rostro de marfil, cuello, manos y todo.

«¡Me pondré bien! ¡Me pondré bien! —gritó—. ¡Mary! ¡Dickon! ¡Me pondré bien! ¡Y viviré por los siglos de los siglos!»

Fin del Episodio 32 · de 45

«¡Viviré para siempre —y siempre— y siempre!» · II

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