El jardín secreto·Episodio 24

Construcción de nidos · I

~11 min · 2197 palabras

Tras otra semana de lluvia apareció de nuevo el gran arco de cielo azul y el sol que caía era bastante caliente. Aunque no había habido oportunidad de ver ni el jardín secreto ni a Dickon, la señora Mary lo había pasado muy bien. La semana no se le había hecho larga. Había pasado horas de cada día con Colin en su habitación, hablando de rajás, de jardines, o de Dickon y la casita en el páramo. Habían mirado los espléndidos libros y cuadros, y a veces Mary leía cosas a Colin, y a veces él le leía un poco a ella. Cuando él estaba divertido e interesado, a ella le parecía que apenas parecía un inválido en absoluto, salvo porque su rostro era muy descolorido y siempre estaba en el sofá.

—Eres una pilluela por andar cotilleando y levantarte de la cama para ir investigando como hiciste aquella noche —dijo la señora Medlock una vez—. Pero no se puede negar que ha sido una especie de bendición para todos nosotros. No ha tenido una rabieta ni un ataque de lloriqueo desde que os hicisteis amigos. La enfermera estaba a punto de abandonar el caso porque estaba tan harta de él, que dice que ahora no le importa quedarse ya que te has puesto a trabajar con ella —añadió riendo un poco.

En sus charlas con Colin, Mary había intentado ser muy cautelosa respecto al jardín secreto. Había ciertas cosas que quería averiguar por él, pero sentía que debía descubrirlas sin hacerle preguntas directas. En primer lugar, como empezaba a gustarle estar con él, quería averiguar si era el tipo de chico al que se le podía confiar un secreto. No se parecía en nada a Dickon, pero era evidente que le gustaba tanto la idea de un jardín del que nadie sabía nada que pensó que tal vez se podía confiar en él. Pero no lo conocía desde hacía suficiente tiempo como para estar segura. Lo segundo que quería averiguar era esto: si se podía confiar en él —si de verdad se podía—, ¿no sería posible llevarlo al jardín sin que nadie se enterara? El gran doctor había dicho que tenía que tomar aire fresco y Colin había dicho que no le importaría el aire fresco en un jardín secreto. Tal vez si tomaba mucho aire fresco y conocía a Dickon y al petirrojo y veía cosas crecer, no pensaría tanto en morirse. Mary se había mirado al espejo algunas veces últimamente al darse cuenta de que parecía una criatura muy distinta a la niña que había visto cuando llegó desde India. Esta niña tenía mejor aspecto. Incluso Martha había notado un cambio en ella.

—El aire del páramo ya te ha hecho bien —había dicho—. Ya no estás casi tan amarillenta ni estás casi tan esquelética. Ni siquiera el pelo se te aplasta contra la cabeza de forma tan plana. Tiene algo de vida para que se levante un poco.

—Es como yo —dijo Mary—. Está creciendo más fuerte y más gordo. Estoy segura de que hay más.

—Eso parece, desde luego —dijo Martha, revolviéndoselo un poco alrededor de la cara—. No eres ni la mitad de fea cuando lo llevas así y tienes un poco de rojo en las mejillas.

Si los jardines y el aire fresco le habían sentado bien a ella, tal vez le sentarían bien a Colin. Pero entonces, si odiaba que lo miraran, tal vez no le gustaría ver a Dickon.

—¿Por qué te pone furioso que te miren? —le preguntó un día.

—Siempre lo he odiado —respondió él—, incluso cuando era muy pequeño. Luego, cuando me llevaron a la orilla del mar y solía tumbarme en mi carrito, todo el mundo se quedaba mirando y las señoras se detenían a hablar con mi enfermera y luego empezaban a susurrar y entonces yo sabía que estaban diciendo que no llegaría a la edad adulta. Luego, a veces, las señoras me palmueban las mejillas y decían: «¡Pobre niño!». Una vez, cuando una señora hizo eso, grité a viva voz y le mordí la mano. Estaba tan asustada que salió corriendo.

—Pensó que te habías vuelto loco como un perro —dijo Mary, sin admirarlo en absoluto.

—No me importa lo que pensara —dijo Colin, frunciendo el ceño.

—Me pregunto por qué no gritaste y me mordiste cuando entré en tu habitación —dijo Mary. Luego empezó a sonreír despacio.

—Pensé que eras un fantasma o un sueño —dijo—. No se puede morder a un fantasma o a un sueño, y si gritas no les importa.

—¿Lo odiarías si... si un chico te mirara? —preguntó Mary con inseguridad.

Él se reclinó en su cojín e hizo una pausa pensativa.

—Hay un chico —dijo muy despacio, como si estuviera sopesando cada palabra—, hay un chico que creo que no me importaría. Es ese chico que sabe dónde viven los zorros: Dickon.

—Estoy segura de que no te importaría —dijo Mary.

—A los pájaros no y a otros animales tampoco —dijo él, siguiéndole dando vueltas—, tal vez por eso a mí no me importe. Es una especie de encantador de animales y yo soy un chico animal.

Entonces él se rio y ella también se rio; de hecho, terminó en que ambos se rieron muchísimo y encontraron la idea de un chico animal escondido en su madriguera muy divertida en efecto.

Lo que Mary sintió después fue que no tenía por qué temer por Dickon.

En aquella primera mañana en que el cielo volvió a ser azul, Mary se despertó muy temprano. El sol entraba a raudales en rayos oblicuos a través de las persianas y había algo tan alegre en su visión que saltó de la cama y corrió a la ventana. Subió las persianas y abrió la ventana misma y una gran ráfaga de aire fresco y perfumado sopló sobre ella. El páramo era azul y el mundo entero parecía como si algo mágico le hubiera ocurrido. Había pequeños y tiernos sonidos flautados aquí y allá y en todas partes, como si montones de pájaros estuvieran empezando a afinar para un concierto. Mary sacó la mano por la ventana y la sostuvo al sol.

—¡Está tibio, tibio! —dijo—. Hará que las puntas verdes empujen una y otra y otra vez, y hará que los bulbos y las raíces trabajen y luchen con todas sus fuerzas bajo la tierra.

Se arrodilló y se asomó por la ventana todo lo que pudo, respirando hondo y olfateando el aire hasta que se rio porque recordó lo que la madre de Dickon había dicho sobre que la punta de su nariz se estremecía como la de un conejo.

—Debe de ser muy temprano —dijo—. Las nubes pequeñas son todas rosas y nunca había visto el cielo así. No hay nadie levantado. Ni siquiera oigo a los chicos de los establos.

Un pensamiento repentino la hizo ponerse en pie de un salto.

—¡No puedo esperar! ¡Voy a ver el jardín!

A estas alturas ya había aprendido a vestirse sola y se puso la ropa en cinco minutos. Conocía una puertecita lateral cuyo cerrojo podía descorrer ella misma y voló escaleras abajo en calcetines y se calzó los zapatos en el recibidor. Desencadenó, descorrió el cerrojo y abrió la cerradura, y cuando la puerta estuvo abierta saltó el escalón de un solo brinco, y allí estaba de pie sobre la hierba, que parecía haberse vuelto verde, con el sol cayendo a plomo sobre ella, cálidas y dulces ráfagas a su alrededor y el sonido de la flauta, el tuitero y el canto viniendo de cada arbusto y árbol. Juntó las manos por pura alegría y miró hacia el cielo y estaba tan azul, rosa, nacarado y blanco, e inundado de luz primaveral, que sintió como si ella misma tuviera que tararear y cantar en voz alta, y supo que los mirlos, petirrojos y alondras no podían evitarlo de ningún modo. Corrió alrededor de los arbustos y senderos hacia el jardín secreto.

—Ya es todo diferente —dijo—. La hierba está más verde y las cosas sobresalen por todas partes y las cosas se desenrollan y se ven brotes verdes de hojas. Esta tarde seguro que vendrá Dickon.

La larga y tibia lluvia había hecho cosas extrañas en los arriates de plantas herbáceas que bordeaban el sendero junto al muro inferior. Había brotes que surgían y empujaban desde las raíces de las matas y, de verdad, aquí y allá se vislumbraban destellos de un púrpura real y amarillo que se desplegaban entre los tallos de los azafranes. Seis meses atrás, la señora Mary no se habría percatado de cómo el mundo estaba despertando, pero ahora no se le escapaba nada.

Cuando llegó al lugar donde la puerta se ocultaba bajo la hiedra, se sobresaltó con un sonido fuerte y curioso. Era el «cras-cras» de una corneja y provenía de lo alto del muro; y cuando alzó la vista, allí estaba un ave grande de plumaje brillante y negro azulado, que la miraba con mucha sensatez. Jamás había visto una corneja tan de cerca y aquello la puso un poco nerviosa, pero al instante siguiente el ave extendió las alas y se alejó planeando por encima del jardín. Esperaba que no fuera a quedarse dentro y empujó la puerta preguntándose si lo haría. Al entrar de lleno en el jardín, vio que probablemente sí tenía la intención de quedarse, pues se había posado en un manzano enano, y bajo el manzano yacía un animalito rojizo de cola espesa; ambos observaban el cuerpo encorvado y la cabeza color rojo herrumbre de Dickon, quien estaba arrodillado en el césped trabajando con ahínco.

Mary voló a través del césped hacia él.

—¡Oh, Dickon! ¡Dickon! —gritó—. ¡Cómo has podido llegar tan temprano! ¡Cómo has podido! ¡El sol acaba de levantarse!

Él se incorporó riendo, radiante y despeinado; con los ojos como un trozo de cielo.

—¡Ea! —dijo—. Yo estaba levantado mucho antes que él. ¡Cómo iba a quedarme en la cama! El mundo ha vuelto a empezar de cero esta mañana, vaya que sí. Y está trabajando, y tarareando, y escarbando, y piando, y construyendo nidos, y exhalando aromas, hasta el punto de que uno tiene que salir ahí fuera en vez de quedarse tumbado bocarriba. Cuando el sol dio el brinco, el brezal enloqueció de alegría, y yo andaba en medio de los brezos, y eché a correr como un loco, gritando y cantando. Y vine derecho aquí. No habría podido perdérmelo. ¡Vaya, el jardín estaba aquí esperando!

Mary se llevó las manos al pecho, jadeando, como si hubiera estado corriendo ella misma.

—¡Oh, Dickon! ¡Dickon! —dijo—. ¡Soy tan feliz que apenas puedo respirar!

Al verlo hablar con una desconocida, el animalito de cola espesa se levantó de su sitio bajo el árbol y se acercó a él, mientras que la corneja, graznando una vez, descendió de su rama y se posó tranquilamente en su hombro.

—Este es el cachorro de zorro —dijo, frotando la cabeza del animalito rojizo—. Se llama Capitán. Y este de aquí es Hollín. Hollín voló conmigo a través del brezal y Capitán corrió como si los sabuesos le pisaran los talones. Ambos sintieron lo mismo que yo.

Ninguna de las criaturas parecía tenerle el menor miedo a Mary. Cuando Dickon empezó a caminar, Hollín se quedó en su hombro y Capitán trotó tranquilamente muy cerca de su costado.

—¡Mira esto! —dijo Dickon—. ¡Mira cómo han asomado estos, y estos, y estos! ¡Y ea! ¡Mira estos de aquí!

Se dejó caer de hinojos y Mary se arrodilló junto a él. Habían dado con toda una mata de azafranes estallados en tonos púrpuras, naranjas y dorados. Mary inclinó el rostro y los besó una y otra vez.

—Nunca se besa a una persona de esa manera —dijo cuando levantó la cabeza—. Las flores son muy diferentes.

Él puso cara de extrañeza, pero sonrió.

—¡Ea! —dijo—. Yo he besado a mamá muchas veces de esa forma cuando regresaba del brezal tras un día de andar errante y ella se quedaba allí, en la puerta, bajo el sol, con un aspecto tan alegre y acogedor.

Corrieron de una parte a otra del jardín y descubrieron tantas maravillas que se veían obligados a recordarse mutuamente que debían susurrar o hablar en voz baja. Él le mostró yemas abultadas en ramas de rosal que habían parecido muertas. Le enseñó diez mil nuevos brotes verdes abriéndose paso a través de la tierra. Acercaron sus ávidas narices infantiles al suelo e inhalaron su cálido aliento primaveral; cavaron, arrancaron y rieron en voz baja con arrobamiento hasta que el cabello de la señora Mary quedó tan revuelto como el de Dickon y sus mejillas casi tan rojas como amapolas.

Esa mañana había toda alegría en la tierra dentro del jardín secreto, y en medio de ella surgió un deleite más delicioso que todos, por ser más maravilloso. Con rapidez, algo cruzó volando el muro y se precipitó entre los árboles hacia un rincón de frondosa espesura: un pequeño destello de ave pechirroja con algo colgando del pico. Dickon se quedó muy quieto y puso la mano sobre Mary casi como si de repente se hubieran descubierto riendo en una iglesia.

Fin del Episodio 24 · de 45

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