El jardín secreto·Episodio 22

Un joven rajá · I

~10 min · 2013 palabras

El páramo estaba oculto por la niebla cuando llegó la mañana, y la lluvia no había dejado de caer. Era imposible salir a la puerta. Martha estaba tan ocupada que Mary no tuvo oportunidad de hablar con ella, pero por la tarde le pidió que fuera a sentarse con ella en la guardería. Ella acudió trayendo la media que siempre estaba tejiendo cuando no hacía otra cosa.

—¿Qué te pasa? —preguntó tan pronto como se sentaron—. Tienes cara de tener algo que decir.

—Así es. Ya he descubierto qué era ese llanto —dijo Mary.

Martha dejó caer su labor sobre las rodillas y la miró con ojos asustados.

—¡No me digas! —exclamó—. ¡No puede ser!

—Lo oí por la noche —continuó Mary—. Y me levanté y fui a ver de dónde venía. Era Colin. Lo encontré.

El rostro de Martha se puso rojo de miedo.

—¡Ay, señorita Mary! —dijo medio llorando—. ¡No debías haberlo hecho, no debías! Te vas a buscar un lío. Yo nunca te dije nada de él, pero te vas a buscar un lío. ¡Perderé mi empleo y qué va a hacer mi madre!

—No vas a perder tu empleo —dijo Mary—. Se alegró de que fuera. Hablamos y hablamos, y dijo que se alegraba de que hubiera ido.

—¿De veras? —exclamó Martha—. ¿Estás segura? No sabes cómo es cuando algo le molesta. Es un muchacho demasiado grande para llorar como un bebé, pero cuando le da la rabieta se pone a chillar solo para asustarnos. Sabe que no nos atreveos a rechistar.

—No estaba molestado —dijo Mary—. Le pregunté si debía irme y me hizo quedar. Me hizo preguntas y me senté en un gran escabel y le hablé de la India, del petirrojo y de los jardines. No me dejaba marchar. Me dejó ver el retrato de su madre. Antes de dejarlo le canté para que se durmiera.

Martha se quedó boquiabierta de asombro.

—¡Apenas puedo creerte! —protestó—. Es como si hubieras entrado directo en la guarida de un león. Si hubiera estado como la mayoría de las veces, se habría metido en uno de sus berrinches y habría alborotado la casa. No deja que los extraños lo miren.

—Me dejó mirarlo. Lo miré todo el tiempo y él me miró a mí. ¡Nos quedamos mirándonos fijamente! —dijo Mary.

—¡No sé qué hacer! —gritó la agitada Martha—. Si la señora Medlock se entera, pensará que desobedecí las órdenes y te lo conté, y me mandarán de vuelta con mi madre.

—Él no le va a decir nada de esto a la señora Medlock todavía. Al principio va a ser una especie de secreto —dijo Mary con firmeza—. Y dice que todo el mundo está obligado a hacer lo que a él le plaze.

—Sí, eso es bien verdad, ¡el mal bicho! —suspiró Martha, secándose la frente con el delantal.

—Dice que la señora Medlock tiene que hacerlo. Y quiere que vaya a hablar con él todos los días. Y tú debes avisarme cuando me quiera.

—¡Yo! —dijo Martha—; ¡perderé mi empleo, seguro que sí!

—No puedes si estás haciendo lo que él quiere que hagas y se le ordena a todo el mundo que le obedezca —argumentó Mary.

—¿Quieres decir —exclamó Martha con los ojos abiertos de par en par— que se portó bien contigo!

—Creo que casi le caí bien —respondió Mary.

—¡Entonces debes de haberlo hechizado! —concluyó Martha, tomando aliento.

—¿Te refieres a la magia? —preguntó Mary—. He oído hablar de magia en la India, pero no sé hacerla. Simplemente entré en su habitación y me sorprendió tanto verlo que me quedé de pie mirándolo. Y entonces él se dio la vuelta y me miró fijamente. Y pensó que yo era un fantasma o un sueño, y yo pensé que quizás él lo era. Y era muy extraño estar allí solos los dos en medio de la noche sin saber nada el uno del otro. Y empezamos a hacernos preguntas. Y cuando le pregunté si debía irme, dijo que no debía.

—¡El mundo se está acabando! —exclamó Martha.

—¿Qué le pasa? —preguntó Mary.

—Nadie lo sabe a ciencia cierta —dijo Martha—. Al señor Craven se le fue la cabeza cuando nació. Los médicos pensaron que tendrían que meterlo en un asilo. Fue porque la señora Caven se murió, como te conté. No quiso ver al bebé ni en pintura. Solo deliraba y decía que sería otro jorobado como él y que más le valía morir.

—¿Es Colin jorobado? —preguntó Mary—. No lo parecía.

—Todavía no —dijo Martha—. Pero empezó mal de todo. Mi madre dijo que había suficientes problemas y broncas en la casa como para perturbar a cualquier niño. Tenían miedo de que su espalda estuviera débil y siempre lo han estado cuidando, haciéndole estar tumbado y sin dejarle caminar. Una vez le hicieron llevar un corsé ortopédico, pero se puso tan nervioso que cayó gravemente enfermo. Entonces vino un gran médico a verlo y se lo hizo quitar. Le habló al otro médico bastante duro, pero de manera educada. Dijo que había habido demasiadas medicinas y se le había alcahueteado demasiado.

—Creo que es un muchacho muy malcriado —dijo Mary.

—¡Es el peor mocoso que ha habido jamás! —dijo Martha—. No digo yo que no haya estado enfermo lo suyo. Ha tenido tos y catarros que casi lo matan dos o tres veces. Una vez tuvo fiebre reumática y otra tifus. ¡Vaya! La señora Medlock sí que se asustó entonces. Él había estado delirando y ella estaba hablando con la enfermera, pensando que él no se enteraba de nada, y dijo: «Se va a morir esta vez sin duda, y será lo mejor para él y para todos». Y lo miró y allí estaba él con sus grandes ojos abiertos, mirándola tan cuerdo como ella misma. Ella no sabía qué iba a pasar, pero él se quedó mirándola y le dijo: «Dame un poco de agua y deja de hablar».

—¿Crees que se morirá? —preguntó Mary.

—Mi madre dice que no hay razón para que viva ningún niño que no toma aire fresco y no hace otra cosa que estar tumbado boca arriba, leer tebeos y tomar medicinas. Es débil y le aburre el fastidio de que lo saquen al aire libre, y se resfría tan fácilmente que dice que eso lo pone enfermo.

Mary se quedó sentada mirando el fuego.

—Me pregunto —dijo lentamente— si no le haría bien salir a un jardín y ver crecer las cosas. A mí me hizo bien.

—Uno de los peores ataques que le dieron nunca —dijo Martha— fue una vez que lo llevaron a donde están las rosas junto a la fuente. Había estado leyendo en un periódico sobre gente que contrae algo que llamó «alergia a las rosas», y empezó a estornudar y dijo que la había cogido; y entonces un nuevo jardinero que no conocía las reglas pasó por allí y lo miró con curiosidad. Le dio un berrinche y dijo que lo había mirado porque iba a ser jorobado. Lloró hasta pillar una fiebre y estuvo enfermo toda la noche.

—Si alguna vez se enfada conmigo, no volveré a ir a verlo —dijo Mary.

—Él te hará ir si te quiere —dijo Martha—. Más te vale saber eso desde el principio.

Muy poco después sonó una campana y ella enrolló su labor.

—Me figuro que la enfermera quiere que me quede un rato con él —dijo—. Espero que esté de buen humor.

Estuvo fuera de la habitación unos diez minutos y luego regresó con expresión desconcertada.

—Bueno, pues sí que lo has hechizado —dijo—. Está levantado en su sofá con sus libros de dibujos. Le ha dicho a la enfermera que no vuelva hasta las seis. Tengo que esperar en la habitación de al lado. En cuanto se fue, me llamó y me dijo: «Quiero que Mary Lennox venga a hablar conmigo, y recuerda que no debes decirle a nadie nada». Será mejor que vayas tan rápido como puedas.

Mary estaba muy dispuesta a ir rápido. No tenía tantas ganas de ver a Colin como de ver a Dickon; pero tenía muchas ganas de verle.

Había un fuego brillante en el hogar cuando ella entró en su habitación, y a la luz del día vio que era una estancia verdaderamente hermosa. Había ricos colores en las alfombras, las cortinas, los cuadros y los libros de las paredes que la hacían parecer radiante y acogedora a pesar del cielo gris y de la lluvia que caía. Colin parecía más bien un cuadro él mismo. Estaba envuelto en una bata de terciopelo y se sentaba apoyado contra un gran cojín de brocado. Tenía una mancha roja en cada mejilla.

—Pasa —dijo—. He estado pensando en ti toda la mañana.

—Yo también he estado pensando en ti —respondió Mary—. No sabes lo asustada que está Martha. Dice que la señora Medlock pensará que me habló de ti y entonces la despedirán.

Él frunció el ceño.

—Ve y dile que venga aquí —dijo—. Está en la habitación de al lado.

Mary fue y la traía de vuelta. La pobre Martha temblaba de miedo. Colin seguía con el ceño fruncido.

—¿Tienes que hacer lo que a mí me plazca o no? —exigió.

—Tengo que hacer lo que a usted le plazca, sir —balbuceó Martha, poniéndose muy roja.

—¿Tiene Medlock que hacer lo que a mí me plazca?

—Todo el mundo lo tiene que hacer, sir —dijo Martha.

—Bueno, entonces, si te ordeno que me traigas a la señorita Mary, ¿cómo puede Medlock despedirte si se entera?

—Por favor, no deje que lo haga, sir —suplicó Martha.

—Yo despediré a ella si se atreve a decir una palabra sobre algo así —dijo el amo Craven con grandilocuencia—. Eso no le gustaría, se lo puedo asegurar.

—Gracias, sir —hizo una reverencia—, quiero cumplir con mi deber, sir.

—Lo que yo quiero es que cumplas con tu deber —dijo Colin con aún más grandilocuencia—. Yo cuidaré de ti. Ahora vete.

Cuando la puerta se cerró tras Martha, Colin encontró a la señora Mary mirándolo como si lo hubiera hecho preguntarse cosas.

—¿Por qué me miras así? —le preguntó—. ¿En qué estás pensando?

—Estoy pensando en dos cosas.

—¿Cuáles son? Siéntate y cuéntame.

—Esta es la primera —dijo Mary, sentándose en el gran taburete—. Una vez en la India vi a un muchacho que era un rajá. Llevaba rubíes, esmeraldas y diamantes pegados por todo el cuerpo. Le hablaba a su gente tal como tú le has hablado a Martha. Todo el mundo tenía que hacer todo lo que les mandaba en un minuto. Creo que los habrían matado si no lo hubieran hecho.

—Haré que me hables de los rajás dentro de un rato —dijo—, pero primero dime cuál era la segunda cosa.

—Estaba pensando —dijo Mary— en lo diferente que eres de Dickon.

—¿Quién es Dickon? —dijo—. ¡Qué nombre tan raro!

Daba igual que se lo dijera, pensó que podía hablar de Dickon sin mencionar el jardín secreto. Le había gustado oír hablar de él a Martha. Además, anhelaba hablar de él. Parecería traerlo más cerca.

—Es el hermano de Martha. Tiene doce años —explicó—. No se parece a nadie más en el mundo. Puede encantar a zorros, ardillas y pájaros tal como los nativos de la India encantan a las serpientes. Toca una melodía muy suave con una flauta y ellos vienen a escuchar.

Había unos libros grandes en una mesa a su lado y arrastró uno repentinamente hacia él.

—Hay una imagen de un encantador de serpientes en este —exclamó—. Ven a mirarla.

El libro era hermoso, con magníficas ilustraciones a color, y él pasó las páginas hasta una de ellas.

—¿Puede hacer eso? —preguntó con entusiasmo.

—Tocaba su flauta y ellos escuchaban —explicó Mary—. Pero él no lo llama magia. Dice que es porque vive mucho en el páramo y conoce sus costumbres. Dice que a veces siente como si él mismo fuera un pájaro o un conejo, le gustan tanto. Creo que le hacía preguntas al roбин. Parecía como si hablaran entre ellos con suaves píos.

Fin del Episodio 22 · de 45

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