El jardín secreto·Episodio 16

Dickon · II

~7 min · 1493 palabras

Cuando vio a Mary, levantó la mano y le habló con una voz casi tan baja como su silbido y bastante parecida.

—No te mueva’ —dijo—. Se espantarían.

Mary se quedó inmóvil. Él dejó de tocar su flauta y empezó a levantarse del suelo. Se movió con tanta lentitud que apenas parecía que se estuviera moviendo, pero por fin se puso de pie; entonces la ardilla dio un brinco de vuelta a las ramas de su árbol, el faisán retiró la cabeza y los conejos cayeron sobre las cuatro patas y empezaron a alejarse a saltos, aunque sin ningún asomo de miedo.

—Soy Dickon —dijo el muchacho—. Sé que tú ere’ la señorita Mary.

Entonces Mary se dio cuenta de que, de algún modo, había sabido desde el principio que él era Dickon. ¿Quién si no habría estado hechizando a conejos y faisanes como los nativos encantan a las serpientes en la India? Tenía una boca ancha, roja y curvada, y su sonrisa se extendió por toda la cara.

—Me levanté despacio —explicó—, porque si uno hace un movimiento rápido, se asustan. Hay que moverse con suavidad y hablar bajito cuando hay bichos silvestres por los alrededores.

No le habló como si nunca se hubieran visto antes, sino como si la conociera bastante bien. Mary no sabía nada de muchachos y le habló un poco rígida porque se sentía bastante acomplejada.

—¿Recibiste la carta de Martha? —preguntó.

Él asintió con su cabeza rizada y de color rojizo.

—Por eso vine.

Se agachó para recoger algo que había estado tirado en el suelo junto a él cuando tocaba la flauta.

—Tengo las herramientas de jardín. Hay una palita, un rastrillo, un bieldo y un azadón. ¡Eh! Son rebuenas. También hay una chapa de albañil. Y la mujer de la tienda me regaló un paquete de amapolas blancas y uno de acianos azules cuando compré las otras semillas.

—¿Me enseñas las semillas? —dijo Mary.

Deseaba poder hablar como él. Su forma de hablar era tan rápida y natural. Sonaba como si le cayera bien y no tuviera el menor miedo de que ella no lo tragara, a pesar de ser solo un muchacho común del páramo, con la ropa remendada, la cara graciosa y la cabeza despeinada y rojiza. Al acercarse más a él, notó que desprendía un aroma limpio y fresco a brezo, hierba y hojas, casi como si estuviera hecho de esas cosas. Le gustó mucho y, al mirar su cara graciosa con mejillas rojas y ojos azules y redondos, se olvidó de que se había sentido acomplejada.

—Sentémonos en este tronco a mirarlas —dijo.

Se sentaron y él sacó un torpe paquetito de estraza del bolsillo del abrigo. Desató el cordel y dentro había montones de paquetes más ordenados y pequeños con la dibujo de una flor en cada uno.

—Hay un montón de reseda y amapolas —dijo—. La reseda es la cosa de olor más dulce que crece, y brota donde la eches, igual que las amapolas. Las que salen y florecen con solo silbarles, esas son las más bonitas de todas.

Se detuvo y giró la cabeza con rapidez, con el rostro encendido como una amapola.

—¿Dónde está ese petirrojo que nos llama? —dijo.

El trino provino de un espeso arbusto de acebo, brillante de bayas escarlatas, y Mary creyó saber de quién era.

—¿De verdad nos llama? —preguntó.

—Ajá —dijo Dickon, como si fuera lo más natural del mundo—, está llamando a alguien con quien es amigo. Es como decir: «Aquí estoy. Mírame. Quiero charlar un rato». Ahí está en el arbusto. ¿De quién es?

—Es de Ben Weatherstaff, pero creo que a mí me conoce un poco —respondió Mary.

—Ajá, él te conoce —dijo Dickon con su voz baja de nuevo—. Y le caes bien. Te ha tomado bajo su ala. Me va a contar todo sobre ti en un minuto.

Se acercó bastante al arbusto con el movimiento lento que Mary ya había notado antes, y luego emitió un sonido casi idéntico al trino del propio petirrojo. El petirrojo escuchó unos segundos, con atención, y luego respondió tal cual como si estuviera contestando a una pregunta.

—Ajá, es amigo tuyo —soltó una risita Dickon.

—¿Tú crees que sí? —exclamó Mary con impaciencia. Tenía tantísimas ganas de saberlo—. ¿Crees que de verdad le caigo bien?

—No se te acercaría si no fuera así —respondió Dickon. Un pájaro es muy exigente para elegir y un petirrojo puede hacerle el desplante a uno peor que un hombre. Mira, se te está acercando ahora mismo. «¿No ves a un colega?», está diciendo.

Y la verdad es que parecía ser cierto. Se movía de lado, trinaba y se inclinaba mientras brincaba por su arbusto.

—¿Comprendes todo lo que dicen los pájaros? —dijo Mary.

La sonrisa de Dickon se ensanchó hasta parecer toda una boca ancha, roja y curvada, y se frotó la cabeza revuelta.

—Creo que sí, y ellos creen que sí —dijo—. He vivido en el páramo con ellos tanto tiempo. Los he visto romper el cascarón, salir, emplumar, aprender a volar y empezar a cantar, hasta que creo que soy uno de ellos. A veces pienso que tal vez sea un pájaro, un zorro, un conejo, una ardilla o incluso un escarabajo, y ni me doy cuenta.

Se rio, volvió al tronco y empezó a hablar de nuevo de las semillas de flores. Le contó cómo se veían cuando eran flores; le explicó cómo plantarlas, vigilarlas, alimentarlas y regarlas.

—Mira esto —dijo de repente, volviéndose para mirarla—. Yo mismo te las planto. ¿Dónde está tu jardín?

Las delgadas manos de Mary se apretaron la una a la otra sobre su regazo. No sabía qué decir, así que durante un minuto entero no dijo nada. Jamás había pensado en aquello. Se sentía desgraciada. Y sentía como si se pusiera roja y luego pálida.

—Tienes un trocito de jardín, ¿no? —dijo Dickon.

Era verdad que se había puesto roja y luego pálida. Dickon la vio hacerlo y, como ella seguía sin decir nada, empezó a extrañarse.

—¿No te dieron un cacho? —preguntó—. ¿Todavía no tienes ninguno?

Apretó más las manos y dirigió los ojos hacia él.

—No sé nada de chicos —dijo despacio—. ¿Podrías guardar un secreto si te contara uno? Es un gran secreto. No sé qué haría si alguien lo descubriera. ¡Creo que me moriría! —Dijo la última frase con bastante fiereza.

Dickon pareció más desconcertado que nunca y hasta se pasó la mano por la cabeza revuelta otra vez, pero contestó de manera muy afable.

—Yo me paso guardando secretos —dijo—. Si no pudiera guardar secretos de los otros muchachos, secretos sobre crías de zorro, nidos de pájaros y madrigueras de bichos silvestres, no habría nada a salvo en el páramo. Sí, sé guardar secretos.

La señora Mary no tenía intención de alargar la mano y agarrarle la manga, pero lo hizo.

—Me he robado un jardín —dijo muy deprisa—. No es mío. No es de nadie. Nadie lo quiere, a nadie le importa, nadie entra jamás en él. Quizá ya esté todo muerto dentro. No lo sé.

Empezó a sentirse acalorada y tan contrariada como jamás se había sentido en su vida.

—¡No me importa, no me importa! Nadie tiene derecho a quitármelo cuando a mí me importa y a ellos no. Lo están dejando morir, ahí encerrado a solas —terminó con pasión, y se echó los brazos a la cara y rompió a llorar—, la pobrecita de la señora Mary.

Los curiosos ojos azules de Dickon se volvieron cada vez más redondos.

—¡E-h-h! —dijo, alargando la exclamación con lentitud, y el tono significaba a la vez asombro y compasión.

—No tengo nada que hacer —dijo Mary—. Nada me pertenece. Lo encontré yo sola y me metí yo sola. Yo era justo como el petirrojo, y al petirrojo no se lo quitarían.

—¿Dónde está? —preguntó Dickon con voz apagada.

La señora Mary se levantó del tronco de inmediato. Sabía que volvía a sentirse contraria y terca, y no le importaba en absoluto. Era imperiosa e india, y al mismo tiempo ardiente y afligida.

—Ven conmigo y te lo enseñaré —dijo ella.

Lo guio por el sendero de laureles hasta el callejón donde la hiedra crecía tan espesa. Dickon la siguió con una expresión extraña, casi compasiva, en el rostro. Sentía como si lo condujeran a ver el nido de algún pájaro extraño y tuviera que moverse con sigilo. Cuando ella se acercó al muro y levantó la hiedra colgante, él dio un sobresaltó. Había una puerta, y Mary la empujó lentamente para que ambos entraran juntos; entonces Mary se detuvo y agitó la mano desafiante a su alrededor.

—Es esto —dijo—. Es un jardín secreto, y yo soy la única en el mundo que quiere que esté vivo.

Dickon miró a su alrededor una y otra vez, y otra vez más.

—¡Ea! —susurró casi—, ¡es un lugar hermoso y extraño! Es como si uno estuviera en un sueño.

Fin del Episodio 16 · de 45

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