El jardín secreto·Episodio 12

El petirrojo que mostró el camino · II

~6 min · 1106 palabras

Era evidente que no había mucha fuerza en los brazos y piernas de la señora Mary cuando empezó a saltar a la cuerda. No se le daba muy bien, pero le gustaba tanto que no quería parar.

—Ponte la ropa y sal a correr y a saltar al aire libre —dijo Martha—. Mi madre dijo que debía decirte que estuvieras al aire libre todo lo que pudieras, incluso cuando llueve un poco, siempre y cuando te abrigues bien.

Mary se puso el abrigo y el sombrero y se colgó la cuerda de saltar del brazo. Abrió la puerta para salir, luego de repente pensó en algo y se volvió bastante despacio.

—Martha —dijo—, eran tus propinas. Eran tus dos peniques en realidad. Gracias. —Lo dijo con rigidez porque no estaba acostumbrada a dar las gracias a la gente ni a reparar en que hacían cosas por ella—. Gracias —dijo, y tendió la mano porque no sabía qué más hacer.

Martha le dio un apretón de manos torpe y pequeño, como si tampoco estuviera acostumbrada a esa clase de cosas. Luego se rio.

—¡Vaya! Eres una cosita rara y achacosa —dijo—. Si hubieras sido nuestra ’Lizabeth Ellen me habías dado un beso.

Mary pareció más rígida que nunca.

—¿Quieres que te bese?

Martha volvió a reírse.

—¡Qué va, yo no! —contestó—. Si fueras diferente, tal vez te apetecería a ti misma. Pero no lo eres. Vete fuera a jugar con tu cuerda.

La señora Mary se sintió un poco incómoda al salir de la habitación. La gente de Yorkshire parecía extraña, y Martha siempre era un misterio para ella. Al principio le había desagradable, pero ahora ya no. La cuerda de saltar era algo maravilloso. Saltaba y contaba, y contaba y saltaba, hasta que sus mejillas se pusieron bien rojas y se sintió más interesada que en toda su vida. El sol brillaba y soplaba un vientecillo —no un viento fuerte, sino uno que llegaba en deliciosas ráfagas y traía consigo un fresco aroma a tierra recién cavada—. Dio saltos alrededor del jardín de la fuente, subió por un sendero y bajó por otro. Al fin saltó hacia el huerto y vio a Ben Weatherstaff cavando y hablando con su petirrojo, que daba botecitos a su alrededor. Saltó por el sendero hacia él y este levantó la cabeza y la miró con una expresión curiosa. Ella se había preguntado si la notaría. Quería que la viera saltar.

—¡Vaya! —exclamó—. ¡Válgame Dios! A lo mejor eres una mozuela después de todo, y a lo mejor tienes sangre de criada en las venas en lugar de suero agrio. Has saltado color en tus mejillas tan seguro como que me llamo Ben Weatherstaff. No habría creído que pudieras hacerlo.

—Nunca había saltado antes —dijo Mary—. Apenas estoy empezando. Solo sé llegar hasta el veinte.

—Sigue así —dijo Ben—. Te defiendes bastante bien para ser una cria que se ha criado con paganos. Mira cómo te está mirando —dijo, sacudiendo la cabeza hacia el petirrojo—. Te siguió ayer. Hoy estará otra vez en ello. No parará hasta averiguar qué es la cuerda de saltar. Nunca ha visto una. ¡Vaya! —sacudiendo la cabeza hacia el pájaro—, tu curiosidad va a ser tu perdición algún día si no andas con ojo.

Mary dio saltos por todos los jardines y alrededor del huerto, descansando cada pocos minutos. Al fin fue a su sendero particular y se propuso intentar si era capaz de saltar a lo largo de toda su extensión. Era un trecho bastante largo y empezó despacio, pero antes de haber recorrido la mitad del camino estaba tan acalorada y sin aliento que se vio obligada a parar. No le importó mucho, porque ya había contado hasta treinta. Se detuvo con una pequeña risa de placer, y allí, ¡válgame Dios!, estaba el petirrojo meciéndose en una larga rama de hiedra. La había seguido y la saludó con un pío. Al saltar hacia él, Mary sintió que algo pesado en su bolsillo la golpeaba en cada salto, y al ver al petirrojo volvió a reírse.

—Me enseñaste dónde estaba la llave ayer —dijo—. Deberías enseñarme la puerta hoy; ¡pero no creo que la sepas!

El petirrojo voló de su rama de hiedra oscilante a lo alto del muro, abrió el pico y soltó un trino fuerte y hermoso, simplemente para presumir. Nada en el mundo es tan deliciosamente adorable como un petirrojo cuando presume, y casi siempre lo están haciendo.

Mary Lennox había oído hablar mucho de Magia en los cuentos de su aya, y siempre decía que lo que pasó casi en ese instante era Magia.

Una de las agradables ráfagas de viento barrió el sendero, y fue más fuerte que las demás. Fue lo bastante fuerte como para agitar las ramas de los árboles, y más que suficiente para mecer los zarcillos colgantes de hiedra silvestre que pendían del muro. Mary se había acercado al petirrojo, y de repente la ráfaga de viento apartó unos cuantos zarcillos de hiedra sueltos, y más de repente aún ella saltó hacia ellos y los agarró con la mano. Lo hizo porque había visto algo debajo: un pomo redondo que había quedado cubierto por las hojas que colgaban sobre él. Era el pomo de una puerta.

Metió las manos bajo las hojas y empezó a apartarlas tirando y empujando. Por mucho que pendiera la hiedra, casi toda era una cortina suelta y oscilante, aunque parte había trepado por madera y hierro. El corazón de Mary empezó a latir con fuerza y sus manos a temblar un poco de deleite y emoción. El petirrojo seguía cantando y piando, ladeando la cabeza como si estuviera tan emocionado como ella. ¿Qué era aquello bajo sus manos que era cuadrado y de hierro y en lo que sus dedos encontraron un agujero?

Era la cerradura de la puerta que había estado cerrada diez años, y metió la mano en el bolsillo, sacó la llave y comprobó que encajaba en la cerradura. Metió la llave y la giró. Le hicieron falta las dos manos para hacerlo, pero giró de verdad.

Y entonces respiró hondo y miró atrás, sendero arriba, para ver si venía alguien. No venía nadie. Al parecer nunca venía nadie, y respiró hondo otra vez porque no pudo evitarlo, y apartó la cortina oscilante de hiedra y empujó la puerta que se abría despacio, despacio.

Luego se deslizó a través de ella, la cerró tras de sí y se quedó con la espalda apoyada en ella, mirando a su alrededor y respirando muy deprisa de la emoción, el asombro y el deleite.

Estaba de pie dentro del jardín secreto.

Fin del Episodio 12 · de 45

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