Virutas de castaño y vapor de azahar
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Durante tres días y tres noches completas, el Salón de Té del Recodo no conoció el descanso ni el silencio. Julián encajó tirantes nuevos de roble albar en las cerchas principales del tejado, asegurando cada empalme a media madera con clavijas de acacia negra que él mismo labraba a golpe de hacha bajo el cobertizo. Rosalía, con un mandil de faena y las manos manchadas de cera virgen de abejas y barniz de linaza purificado, limpió una a una las vidrieras emplomadas hasta que el paisaje entero del meandro, con sus sauces llorones y sus aguas cristalinas, volvió a entrar en la sala como un cuadro vivo que respiraba con la luz de la tarde.
Al atardecer del tercer día, el suelo de barro cocido estaba cubierto por un manto aromático y denso de virutas de castaño rizado que crujían agradablemente bajo las suelas de las botas de trabajo. Rosalía puso a hervir agua fresca del manantial alto en una gran pava de latón y preparó una tetera colmada de flores de azahar silvestre, hojas de mora y té verde, llevando dos cuencos humeantes hasta el banco corrido donde Julián afilaba con esmero su escoplo sobre una piedra de aceite.
—Toma un buen respiro, Julián —le dijo ella con voz suave, sentándose en el extremo de la tabla y ofreciéndole el cuenco humeante—. Llevas diez horas seguidas sin soltar la garlopa y tienes los dedos agarrotados como sarmientos secos de invierno.
Julián dejó la herramienta sobre el trapo aceitado, se limpió las manos en su mandil de cuero y aceptó la taza caliente. El vapor fragante y floral le acarició el rostro curtido por la intemperie y el sol de los astilleros.
—La viga central del mirador estaba completamente podrida por dentro por las filtraciones del alero, Rosalía —dijo él en voz baja, mirando hacia el techo donde el nuevo empalme de roble brillaba con un tono dorado como la miel—. Si no la hubiéramos abierto y reforzado a tiempo, la estructura se habría venido abajo sobre el agua en cuanto diez personas se asomaran a la barandilla.
Rosalía bebió un sorbo largo de té y sintió que el calor del azahar le despejaba el cansancio de las horas de limpieza. Miró las virutas doradas del suelo y luego el empalme nuevo de roble, limpio y firme, labrado por las manos de Julián.
—Cepillar una viga podrida es como perdonar: cuesta esfuerzo, ensucia el suelo, pero deja la madera lista para otros cien años.
Julián alzó los ojos despacio y los detuvo en los de ella. No había ironía en su cara, solo una seriedad sin defensas que a Rosalía le recordó de golpe al muchacho de hacía seis inviernos.
—El primer día te mentí, y la taza lo supo antes que tú —dijo—. No me fui por el jornal de los astilleros, Rosalía. Me fui porque mi padre me dijo en la forja que un carpintero sin taller propio no tenía derecho a pedir la mano de una sobrina de los Morán. Pensé, con orgullo de muchacho, que si volvía con las alforjas llenas de plata tendría algo digno que ofrecerte ante el concejo.
—Eres un idiota testarudo con las manos de oro, Julián Valls —respondió ella, y una lágrima tibia le resbaló por la mejilla antes de que pudiera frenarla—. Yo nunca quise tus monedas de plata ni tus títulos gremiales. Quería al muchacho que me esperaba cada tarde de domingo junto a la noria con las manzanas asadas en el bolsillo del sayo.
Julián le enjugó la lágrima con la yema del pulgar, muy despacio. Los dedos le olían a resina de pino y madera viva.
—Ese muchacho no se ha movido de aquí, Rosalía. Y este salón de té no se va a cerrar jamás mientras me quede un soplo de aire en los pulmones para empuñar un hacha.
Al filo de la medianoche, tras colocar la última clavija de acacia en la cercha principal, Julián bajó del andamio y se sentó en el suelo junto a Rosalía. Ella sacó de la bolsa de viaje una hogaza de centeno que Elena le había regalado en Molino Claro y un trozo de queso de cabra, y lo partió en dos. Comieron en silencio, escuchando el agua bajo los pilotes de la casa. Hacía seis inviernos que no compartían una mesa, y ninguno de los dos se acordaba ya de por qué había sido tan importante no hacerlo.
Antes de dormirse, Rosalía contó con los dedos las cartas que había mandado río arriba y río abajo: al molino de su prima Elena, a los campaneros de Altasierra, a la botica de Puente Viejo y a los gabarreros de Puerto Sauces. Cuatro gremios y el suyo: cinco testigos, cinco tazas. Hasta esa noche no había contestado ninguno. Faltaban tres días para la luna nueva, y en el muelle del concejo ya habían montado las primeras grúas del carbón.
Fin del Episodio 2 · de 4
Virutas de castaño y vapor de azahar
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