Las cinco porcelanas del aparador
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El gran portón de madera de castaño labrado del Salón de Té del Recodo chirrió pesadamente sobre sus goznes oxidados cuando Rosalía Morán empujó la cancela con ambas manos. Hacía tres inviernos enteros que nadie abría las contraventanas de aquella casona fluvial construida sobre pilotes de roble en el recodo más hermoso del río Oreb. A través de las vidrieras emplomadas cubiertas por una pátina de polvo y hojas secas, la luz limpia de la mañana doraba las vigas curvas que sostenían el amplio mirador volado sobre las aguas calmas del remanso. El aire encerrado olía a madera curada al humo, a hojas de té negro dormidas en tarros de barro vidriado y al perfume verde y silvestre de los primeros brotes de los cerezos blancos del jardín.
Rosalía dejó su maleta de cuero sobre las baldosas de barro cocido del zaguán. En la pared del fondo, tras unas puertas de celosía calada, reposaba el aparador de palisandro que había sido de su tía abuela Matilde. Rosalía descorrió el cerrojo de latón. En el estante superior, alineadas sobre una tira de terciopelo verde musgo que no había perdido el color, descansaban cinco tazas de porcelana fina con el borde dorado, esmaltadas a mano con flores de cerezo, ramas de sauce y aguas que parecían moverse con la luz.
—En esta casa nadie bebe un sorbo de té sin dejar antes un peso de verdad sobre la mesa de pino —dijo a su espalda una voz grave que conocía demasiado bien.
Rosalía se dio la vuelta. Apoyado en el marco de la puerta de servicio que daba al cobertizo de las barcas, con un cepillo de carpintero en la mano derecha y virutas de pino enredadas en el delantal de cuero, estaba Julián Valls.
Tenía la misma mirada oscura y directa de su hermana mayor, Beatriz, la herbolaria de Altasierra, pero los hombros más anchos, y unas manos curtidas por el roble de las cuadernas y el hierro de los astilleros que levantaban quillas con escoplo y mazo sin que les temblara el pulso.
—No me mires como si fuera un aparecido del camposanto, Rosalía —dijo él, dando un paso firme hacia el centro de la sala y sacando un pliego sellado del bolsillo de su sayo de paño gris—. Mi abuelo fue quien construyó este mirador hace cuarenta años con sus propios tablones de castaño. La escritura de donación de tu tía Matilde deja muy claro ante la ley comunal que este edificio pertenece a partes iguales a la panadería de tu familia y a la carpintería de la mía.
—Mi prima Elena me dijo en su última carta que te habías marchado a construir barcos de guerra a la costa del mar, Julián.
—Me marché para aprender a curvar cuadernas con vapor caliente sin que se rajen con las heladas del invierno. Pero un Valls nunca deja que una casa que lleva la madera de su casa se pudra por desidia de los herederos.
Rosalía lo miró fijamente. Seis inviernos atrás, antes de que los pleitos entre los gremios del valle partieran a sus familias en dos bandos, Julián remaba contra corriente hasta el embarcadero de su casa cada domingo por la tarde solo para traerle manzanas asadas y escuchar las historias que ella leía en los libros viejos. Los años en los astilleros le habían endurecido los rasgos de muchacho, pero no la forma de mirarla: con una atención tranquila, como si no hubiera nada más urgente en el mundo.
—La casa tiene tres vigas maestras vencidas por la humedad de las crecidas del río, Julián. Y el concejo de la villa quiere convertir este meandro sagrado en un muelle ruidoso de descarga de carbón si antes de la luna nueva no abrimos el salón de té con licencia comunal en regla.
—Para abrir conforme a fuero necesitamos cinco testigos de los gremios que firmen la concordia sobre esas cinco tazas, Rosalía —dijo él, señalando con la punta de la herramienta el aparador de palisandro—. Y tú y yo sabemos mejor que nadie que en este valle nadie firma un pacto si primero no se sienta a la mesa a saldar sus cuentas pendientes.
Rosalía recorrió con la mirada el techo artesonado, donde su tía abuela había hecho tallar flores de saúco y hojas de té en cada ménsula. Recordó las tardes en que Matilde le enseñaba a templar la porcelana antes de verter el agua hirviendo, para que el choque no quebrara el esmalte. Sin decir nada, encendió el hornillo, templó dos de las cinco tazas y sirvió en ellas el último té negro que quedaba en los tarros: si iban a ser socios, sería a la manera de la casa.
—Por el salón —dijo Julián, alzando la suya—. Y por los astilleros de la costa, que me enseñaron a curvar cuadernas. Bebió un sorbo y frunció el ceño, desconcertado: el té, que humeaba un segundo antes, se le había quedado helado en la boca. Rosalía dejó su taza en el aparador sin probarla. Tía Matilde lo había dejado escrito, y las tazas del Recodo nunca se equivocaban: Julián Valls acababa de mentirle.
Fin del Episodio 1 · de 4
Las cinco porcelanas del aparador
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