El andamio sobre el vacío
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El rosetón oriental les llevó veintiún días.
Brianda dibujó el cartón a tamaño real en el suelo del salón con carbón de sarmiento: un sol boreal naciendo entre tres cumbres, mil trescientas piezas, cada una numerada. Bruno forjó el marco de hierro y las varillas de refuerzo. Los aprendices soplaron hoja tras hoja del azul pálido y feo, y Brianda lo usó para el cielo, donde la palidez parecía una mañana de invierno en lugar de un error. El cobalto bueno, el poco que quedaba, lo guardó entero para el centro del sol.
Ciro no apareció en ninguno de esos veintiún días. Bruno le guardaba la ración en la fragua por si acaso. Cada noche la tiraba a los perros.
El día de subirlo soplaba viento de las crestas. Habían montado un andamio de alerce y cáñamo alquitranado colgado del muro, doscientas varas por encima del desfiladero del Arlanza, delante del vano vacío. Subieron el panel con un polipasto entre seis hombres, y cuando quedó apoyado en las tablas, los seis bajaron y solo quedaron arriba Bruno y Brianda, con una cuerda atada a la cintura y sujeta a una argolla de hierro empotrada en la sillería.
—Sujetad el montante izquierdo —dijo Bruno—. En cuanto meta la chaveta en la cartela, el marco aguanta solo.
—¿Por qué me recogiste? —preguntó ella de pronto, con la mejilla pegada al plomo frío—. En el establo. Podías haber llamado a la guardia.
Bruno siguió buscando el agujero de la cartela con la chaveta.
—Porque de mil pedazos escogiste el mejor —dijo—. Y porque tenías los dedos sangrando de agarrarlo, y no lo soltabas. Conozco a poca gente que no suelte.
Brianda apoyó las dos manos enguantadas en el reborde de plomo. Abajo, el río era un hilo de plata entre peñascos del tamaño de cabezas de alfiler. No miró abajo. Miró la espalda de Bruno, los brazos que sostenían el sol entero contra el viento.
La ráfaga llegó sin aviso, un zarpazo que barrió la fachada de arriba abajo. Uno de los vientos del andamio se partió con un chasquido de cáñamo y la plataforma se ladeó hacia el vacío. Cajas de clavos, cubos de masilla, el martillo de Bruno: todo salió volando hacia el río.
Brianda resbaló en la madera mojada. Se le fue la bota, después la otra, y se quedó colgando fuera del andamio, sostenida por la cuerda de la cintura y por la mano izquierda de Bruno, que se le cerró en la muñeca como una tenaza.
Con la derecha, Bruno sujetaba el rosetón. El marco se había despegado de la cartela y se inclinaba hacia fuera, hacia el vacío, con mil trescientas piezas de vidrio y veintiún días dentro.
—¡No sueltes el sol! —gritó ella, balanceándose sobre el desfiladero—. ¡Bruno, el sol!
Bruno la miró. Miró el rosetón. Sabía exactamente lo que había dentro: el cobalto de la capilla de su abuelo, el azul feo de las noches de horno, el plomo que había vertido sin pararse a pensar.
Soltó el sol.
Lo vio inclinarse, despacio, como un árbol que cae. El viento lo hizo girar una vez en el aire, y durante un instante la luz de la tarde lo atravesó entero y proyectó sobre el muro un círculo de colores. Después cayó. No oyeron el golpe contra las rocas; el desfiladero era demasiado hondo.
Bruno ya tenía las dos manos en el brazo de Brianda. Clavó los talones en el listón y tiró hasta que la tuvo otra vez sobre las tablas, aplastada contra su pecho, los dos temblando, el andamio crujiendo debajo como un barco viejo.
—Veintiún días —dijo ella contra su cuello, sin poder dejar de temblar—. Eras un idiota.
—Los días se rehacen.
Ella levantó la cara. En los ojos de él no había nada de lo que ella esperaba ver en un hombre que acababa de tirar al río tres semanas de trabajo; solo un miedo enorme, todavía sin gastar. Le puso la mano en la mejilla de la cicatriz y lo besó, ahí, colgados sobre el vacío, con el viento llevándose lo que quedaba de la tarde.
Cuando por fin bajaron, había gente en el patio. Los seis hombres del polipasto, los aprendices, una docena de vecinos que habían visto caer el rosetón desde las murallas. Nadie decía nada.
Al fondo, apoyado en el brocal del pozo, estaba Ciro. Lo había visto todo. Miró a Bruno, que todavía no le había soltado la mano a Brianda, y luego miró hacia el desfiladero, hacia el sitio donde había caído el sol. Se dio la vuelta y se fue sin decir una palabra.
Brianda quiso soltarse de la mano de Bruno, por vergüenza o por costumbre, y él no la dejó. Se quedaron así, delante de todos, con la masilla seca en las mangas y el viento todavía revolviéndoles el pelo.
Fin del Episodio 3 · de 4
El andamio sobre el vacío
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