El herrero de las almenas·Episodio 04

La luz de las trescientas vidrieras

~4 min · 846 palabras

Quedaban doce días para la cellisca y no quedaba cobalto.

Brianda se pasó la primera noche sentada en el suelo del salón, delante del cartón del rosetón dibujado en carbón, sin tocarlo. Bruno no le dijo nada. Le dejó al lado un cuenco de caldo y se fue a la fragua a forjar un marco nuevo, porque era lo único que sabía hacer y porque el hierro, por lo menos, no se caía de las manos de nadie.

A la mañana siguiente, Ciro entró en la fragua con un saco al hombro.

Lo dejó caer sobre el banco de Brianda sin mirarla. Sonó a cristal. Ella lo abrió despacio: dentro había cientos de fragmentos, pequeños, sucios de barro y de verdín. Azules casi todos. Algunos todavía conservaban la curva del plomo.

—Del fondo del desfiladero —dijo Ciro, mirando al suelo—. Bajé ayer por la senda de los cabreros. El río no se lo ha llevado todo. —Se rascó la cabeza quemada—. Mi hermano decía que el maestro Bruno no le daba la mano ni al príncipe. Ayer soltó el sol por una del sur.

Nadie contestó. Brianda tenía los ojos llenos de lágrimas y no quería que el chico se las viera.

—Me debéis un fuelle —dijo Ciro al fin, y se fue a buscar su mandil.

◇

El nuevo rosetón no se pareció al primero. No podía. Los fragmentos del fondo del desfiladero estaban rotos en trozos demasiado pequeños para el dibujo original, así que Brianda cambió el dibujo. El sol boreal se quedó, pero su centro ya no era una pieza grande de cobalto sino un mosaico de cien pedazos azules, cada uno sujeto por su línea de plomo, como una red. El azul feo de los aprendices siguió siendo el cielo. Y en un borde, abajo, donde solo lo vería quien supiera buscarlo, Brianda engastó el fragmento de la capilla que Bruno llevaba desde el primer día en el mandil.

Ciro sopló el fuelle doce días seguidos. No le dirigió la palabra a Brianda más que para lo imprescindible. El undécimo, cuando ella se quemó la mano con una gota de plomo, le pasó el cuenco de vinagre sin que se lo pidiera.

Lo subieron la víspera de la cellisca, sin viento, con los vientos del andamio doblados. Esta vez la chaveta entró a la primera.

Medio Oakhaven salió al patio a verlo. Ciro sujetó la cuerda del polipasto con los otros cinco y no la soltó hasta que Bruno, desde el andamio, levantó el pulgar. Cuando el marco quedó firme en la cartela, alguien empezó a aplaudir en las murallas, y el aplauso bajó como una avalancha hasta el patio. Brianda, en el andamio, se tapó la cara con las manos manchadas de masilla.

◇

El príncipe Fadrique vino a verlo al día siguiente, con Irene de la Torre a su lado. Se quedaron en el centro del salón sin decir nada, con la cabeza levantada, mientras la luz de la mañana atravesaba el rosetón y llenaba las losas de reflejos: rojo, verde, oro, y en el centro aquel azul hecho de cien pedazos que temblaba como el agua.

—Me dijeron que se había caído —dijo el príncipe.

—Se cayó —dijo Bruno—. Este es otro.

Fadrique sacó de la manga una cédula sellada con cera bermeja y se la tendió a Brianda.

—Salvoconducto y escolta hasta Toledo, doña Brianda. Con un cofre de plata. Oakhaven no olvida lo que ha hecho por ella.

Brianda tomó el pergamino. Miró el sello. Miró a Bruno, que no apartó los ojos, aunque se le notaba en la mandíbula lo que le estaba costando no apartarlos. Luego miró a Ciro, que estaba en la puerta del salón con el mandil puesto, haciendo como que no escuchaba.

Dobló la cédula y se la devolvió al príncipe con una reverencia.

—Os lo agradezco, alteza. Pero en Toledo no hay nada que no se haya quemado ya. Y aquí quedan doscientas cuarenta ventanas.

Irene de la Torre se rio en voz baja, y por la manera en que miró a Fadrique, Brianda supo que aquella mujer también había rechazado alguna vez un salvoconducto.

◇

Esa noche encendieron en el salón los candelabros nuevos que Bruno había forjado, y desde el valle, desde los apriscos altos de la Garganta de las Ánimas, los pastores vieron el rosetón oriental arder en la oscuridad como un sol que se negaba a ponerse.

Bruno y Brianda los miraron desde el adarve, con una manta sobre los hombros de los dos. Ella apoyó la cabeza en su brazo y contó en voz baja las ventanas encendidas, como había contado los fuegos de los tercios la reina de las leyendas. Sesenta. Faltaban doscientas cuarenta. Bruno le dijo que no tenían prisa, y por primera vez en cuarenta días era verdad.

En la fragua, Ciro estaba enseñando a un aprendiz nuevo a calentar el plomo. Tres grados menos y se enfría antes de llenar la canal, le decía. Tres más y quema el perfil. Y no te pares a pensarlo.

Fin del Episodio 4 · de 4

La luz de las trescientas vidrieras

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