El herrero de las almenas·Episodio 02

El fuego de la encina

~4 min · 812 palabras

La fragua de la torre baja era una caverna de granito ennegrecida por doscientos años de hollín. Dos fuelles del tamaño de una vaca soplaban sobre el hogar movidos por una rueda que el torrente del deshielo hacía girar día y noche, y el calor obligaba a dejar el manto en el umbral. Brianda entró el primer día con el vestido de terciopelo y salió con una camisa de lino de Bruno remangada hasta los codos y un delantal de cuero que le llegaba a los tobillos.

Al tercer día había convertido los bancos de roble en un mapa. Los fragmentos rescatados del salón estaban ordenados por colores en montones que solo ella entendía: rubí de oro coloidal, verde de cobre, ámbar de hierro, el poco cobalto que quedaba. Bruno la miraba trabajar mientras atizaba el crisol del plomo. Manejaba la rueda de cortar y la punta de diamante con una rapidez que él no había visto en ningún cantero del norte; los canteros del norte sabían de cincel y de maza. Ella sabía de luz.

—El plomo está en su punto —dijo Bruno, alzando el cazo con las tenazas largas—. Tres grados menos y se enfría antes de llenar la canal. Tres más y quema el perfil y raja el vidrio.

—Entonces no os paréis a pensarlo. —Brianda colocó con pinzas tres piezas sobre el molde y le señaló la juntura—. El plomo y el vidrio son dos tercos. Si dudáis, se repelen.

El metal corrió por las ranuras con un silbido corto y un hilo de vapor azul que olía a estaño. Cuando se solidificó en una línea gris y brillante, sin una sola burbuja, ella soltó el aire y se rio. Era la primera vez que Bruno la oía reírse.

◇

El problema llegó el quinto día, y no tenía que ver con el plomo.

—No hay cobalto —dijo Brianda, de pie ante los montones—. Para las vidrieras de la capilla y para el rosetón oriental hace falta azul, mucho azul, y lo que tenemos no llega ni para un tercio. En Toledo lo comprábamos a los venecianos. Aquí no va a llegar un barco veneciano en cuarenta días.

—¿Y si fundimos lo que hay?

—Si fundimos los pedazos, el color se ensucia. Pero si los fundimos con arena del río y ceniza de helecho y los volvemos a soplar en hoja, sale un azul más pálido. —Lo pensó—. Feo. Pero azul.

—Feo pero azul es más de lo que había esta mañana.

Para soplar vidrio hacía falta un horno más caliente que la fragua y cuatro manos más. Bruno llamó a los aprendices. Vinieron tres. Ciro no.

Lo encontró en el patio, partiendo leña con más rabia de la que pedía la leña.

—Te necesito en el horno.

—Necesitas a la sureña. —Ciro clavó el hacha en el tocón—. Mi madre lleva dos semanas sin salir de casa. Mi hermano tenía diecinueve años, maestro. Estaba en la galería sujetando un cubo de agua. ¿Y ahora quieres que le sople el fuelle a una de las suyas para que le arregle las ventanas a los que lo dejaron morir?

—Ella no disparó ninguna flecha.

—Vino con los que las dispararon.

Bruno no tuvo respuesta para eso. No la había. Se quedó mirando cómo el chico arrancaba el hacha y volvía a partir leña, y se volvió a la fragua solo.

◇

Esa noche, cuando los otros aprendices se fueron, Brianda se quedó limpiando el polvo de vidrio de los bancos. Bruno le acercó un cuenco de agua con vinagre para las manos y, al dárselo, vio que tenía los dedos llenos de cortes nuevos, finos como pelos.

—He oído lo del chico —dijo ella sin levantar la vista—. Tiene razón.

—No tiene razón. Tiene un hermano muerto. No es lo mismo.

—En la corte del duque nadie se para a pensar quién reconstruye lo que sus cañones rompen en una tarde. —Brianda sumergió las manos en el vinagre y apretó los dientes por el escozor—. Yo tampoco me lo paraba a pensar. Comía en sus mesas.

—Ahora lo piensas.

—Ahora lo barro.

Bruno le tomó una mano para mirarle los cortes a la luz del rescoldo. La sostuvo un segundo más de lo que hacía falta, y ella no la retiró. Compartieron el jarro de sidra y el pan con queso de cabra sin decir mucho más, mientras los fuelles se iban quedando quietos y la rueda del torrente seguía girando en la oscuridad.

Cuando ella se fue a su camastro, Bruno se quedó un rato solo mirando el primer panel terminado, apoyado contra la pared: tres piezas, una línea de plomo. Treinta y cinco días. Doscientos ochenta y nueve huecos. Un rosetón de tres varas que pesaba lo que un buey y que había que subir por fuera del muro, colgado sobre el desfiladero.

Fin del Episodio 2 · de 4

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