El herrero de las almenas·Episodio 01

El mar de esquirlas

~4 min · 816 palabras

El gran salón de Oakhaven olía a humo, a madera quemada y a la humedad nueva del deshielo, que entraba por trescientos huecos sin cristal. La noche del golpe del archiduque Morvath, los arqueros del sur habían barrido la galería con flechas incendiarias, y las vidrieras que habían aguantado tres siglos de escarcha estallaron en una sola hora. Ahora el suelo de pizarra era un mar de esquirlas que crujía bajo las botas como hielo de charco.

Bruno lo recorría con una regla de hierro de dos varas en una mano y un cuaderno de cuero encerado en la otra, apuntando con tiza las medidas de cada vano. Era maestro armero del bastión desde hacía veinte años: forjaba cancelas, templaba puntas de lanza, herraba los caballos de la guardia. No sabía nada de vidrio. Pero el vidriero mayor de Oakhaven había muerto la noche del golpe con una flecha en la garganta, sus dos oficiales con él, y el príncipe Fadrique le había puesto la regla en la mano con una sola frase: antes de la cellisca de abril.

Faltaban cuarenta días. Bruno había contado los huecos tres veces. De trescientas vidrieras, conservaban alguna pieza once.

Se agachó junto al vano de la capilla ducal y recogió un fragmento azul del tamaño de una moneda. Su abuelo había ayudado a encajar aquella vidriera cuando él era niño; le había dejado sostener el plomo. Se lo guardó en el mandil sin saber muy bien para qué.

Un roce de tela sobre paja, al fondo del corredor de las caballerizas, le hizo levantar la cabeza.

◇

La encontró en el último establo, detrás de una pila de sacos de avena, envuelta en una manta empapada. Una mujer joven, con un vestido de terciopelo azul de corte sureño, bordado en oro y manchado de barro y estiércol hasta las rodillas. Tenía el pelo castaño enredado de paja y en la mano derecha, apuntándole, un trozo largo de cristal azul. Le sangraban los dedos de apretarlo.

—Un paso más y os abro la garganta, herrero.

Bruno se detuvo a tres pasos y se cruzó de brazos. No sacó el cuchillo. La miró despacio: la postura no era la de una criada asustada, sino la de alguien que prefiere morir a pedir nada.

—Si quisiera haceros daño no habría venido con una regla y un cuaderno —dijo—. Sois doña Brianda de Soria. Dama de la condesa de Arlanza, la que vino con el emisario del sur. La condesa salió por la poterna del agua con los tercios la noche del golpe y se olvidó de vos.

—No se olvidó. Me dejó.

—¿Y qué esperáis? ¿Que os entregue?

—Espero que no. —Ella no bajó el cristal—. Pero llevo cuatro días comiendo avena cruda y oyendo a vuestra gente decir lo que harían con una sureña si la encontraran.

Bruno miró el trozo de vidrio que ella sostenía. Luego lo miró mejor.

—Eso que tenéis en la mano es cobalto de Murano. De la vidriera de la capilla.

Brianda parpadeó.

—¿Cómo lo sabéis?

—Porque no sé nada de vidrio, señora, pero llevo tres días mirándolo. —Sacó del mandil el fragmento que había recogido y se lo enseñó en la palma—. Y porque vos lo habéis cogido entre mil pedazos, y no por casualidad. Lo cogisteis porque es el mejor.

Algo se le movió a ella en la cara. Bajó un poco el cristal.

—Mi padre tenía talleres de vidrieras en Toledo antes de que lo arruinaran los impuestos de la corona. Crecí cortando vidrio con punta de diamante, midiendo plomo, cociendo grisalla al horno. Me casaron con la casa de Arlanza para pagar las deudas, y la condesa me tomó de dama porque sabía leer cuentas.

Bruno se quedó un rato callado. Fuera, en el patio, alguien gritaba órdenes para retirar los cuerpos que todavía quedaban bajo los escombros de la galería.

—Tengo cuarenta días, trescientos huecos y una fragua —dijo al fin—. No tengo a nadie que sepa qué color va al lado de cuál. Si me ayudáis, os doy pan, un camastro en la torre baja y mi palabra de que nadie os toca mientras estéis en mi taller. Cuando se abran los caminos, el príncipe os dará escolta al sur.

Brianda lo miró mucho rato, buscando la trampa. No la encontró. Dejó caer el cristal en la paja.

—Enseñadme el taller —dijo—. Y dadme algo que no sea avena.

Cuando salían de las caballerizas, un muchacho con un mandil de fragua igual que el de Bruno se cruzó con ellos en el patio. Tenía diecisiete años, el pelo quemado a trozos y un brazalete negro en el brazo. Miró el vestido sureño de Brianda, miró a Bruno, y escupió en el suelo entre los dos.

—Es Ciro —dijo Bruno cuando el chico se alejó—. Mi aprendiz. A su hermano lo mató una flecha del sur en la galería.

Fin del Episodio 1 · de 4

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