El gran Gatsby·Episodio 07

Capítulo III · II

~11 min · 2200 palabras

Seguía en compañía de Jordan Baker. Nos hallábamos sentados a una mesa con un caballero más o menos de mi edad y una jovencita ruidosa que rompía a reír descontroladamente a la menor provocación. Ahora me lo estaba pasando bien. Me había bebido un par de copas colmadas de champán y la escena se había transformado ante mis ojos en algo trascendente, elemental y profundo.

En una pausa del festejo el caballero me miró y sonrió.

—Su rostro me resulta familiar —dijo con cortesía—. ¿No estuvo en la Primera División durante la guerra?

—Pues sí. Serví en el Vigésimo Octavo Regimiento de Infantería.

—Yo estuve en el Decimosexto hasta junio del dieciocho. Sabía que lo había visto en alguna parte.

Charlamos unos instantes sobre ciertos pueblecitos grises y lluviosos de Francia. A todas luces residía en las inmediaciones, pues me confió que acababa de comprar un hidroavión y que pensaba probarlo por la mañana.

—¿Le apetece venir conmigo, viejo amigo? Solo un vuelo corto costeando el estrecho.

—¿A qué hora?

—A la hora que mejor le convenga.

Tenía ya en la punta de la lengua preguntarle el nombre cuando Jordan volvió la cabeza y sonrió.

—¿Te estás divirtiendo ya? —inquirió.

—Mucho mejor. —Y volviéndome de nuevo hacia mi interlocutor—: Esta fiesta resulta muy insólita para mí. Ni siquiera he visto al anfitrión. Yo vivo ahí al lado —y señalé el seto invisible en la lejanía—, y ese tal señor Gatsby me envió a su chófer con una invitación.

Por unos instantes me contempló como si no alcanzara a comprender.

—Yo soy Gatsby —dijo de pronto.

—¡Cómo! —exclamé—. ¡Oh, le ruego me disculpe!

—Creí que lo sabía, viejo amigo. Me temo que no soy un anfitrión muy esmerado.

Sonrió con afabilidad comprensiva, mucho más que comprensiva. Era una de esas sonrisas singulares, dotadas de una virtud de sosiego eterno, con las que uno se topa cuatro o cinco veces a lo largo de la existencia. Abarcaba —o parecía abarcar— el universo entero por un instante, para luego concentrarse en ti con un favoritismo irresistible e incontestable. Te comprendía exactamente hasta donde deseabas ser comprendido, creía en ti en la medida en que a ti te gustaría creer en ti mismo, y te aseguraba albergar de ti precisamente la impresión que, en tus mejores momentos, anhelabas proyectar. Justo en ese punto se desvaneció, y me encontré contemplando a un joven elegante y fornido, de poco más de treinta años, cuya rebuscada formalidad al hablar rozaba casi lo risible. Antes de que revelara su identidad ya me había percatado de que escogía las palabras con minucioso cuidado.

Prácticamente en el mismo momento en que el señor Gatsby se dio a conocer, un mayordomo acudió presuroso a anunciarle que Chicago reclamaba su presencia al hilo telefónico. Se excusó con una leve inclinación que nos incluyó sucesivamente a cada uno de nosotros.

—Si necesita cualquier cosa, no tiene más que pedirla, viejo amigo —me rogó—. Disculpen. Me reuniré con ustedes más tarde.

Cuando se hubo alejado me volví al punto hacia Jordan, impelido a testimoniarle mi asombro. Había imaginado que el señor Gatsby sería un personaje orondo y rubicundo de mediana edad.

—¿Quién es? —le pregunté con premura—. ¿Lo sabes?

—Solo es un caballero que se llama Gatsby.

—Quiero decir: ¿de dónde ha salido? ¿A qué se dedica?

—Ya te ha picado la curiosidad —respondió con una débil sonrisa—. Bueno, una vez me aseguró que había estudiado en Oxford.

Un trasfondo borroso empezó a dibujarse tras él, pero ante su siguiente comentario se esfumó por completo.

—Aunque yo no me lo creo.

—¿Por qué no?

—No sé —insistió ella—; sencillamente no creo que haya pisado Oxford.

Algo en su tono me trajo a la memoria la afirmación de la otra muchacha: «Creo que mató a un hombre», y surtió el efecto de avivar mi interés. Habría admitido sin pestañear la noticia de que Gatsby procedía de las marismas de Luisiana o de los arrabales del Lower East Side neoyorquino. Eso resultaba verosímil. Pero los muchachos jóvenes no brotan —o al menos en mi inexperiencia provinciana creía que no brotaban— de la nada con semejante flema para comprarse un palacio en Long Island Sound.

—En cualquier caso, da unas fiestas fabulosas —dijo Jordan, cambiando de tema con ese desdén urbano por las precisiones concretas—. Y a mí me chiflan las fiestas grandes. Son tan íntimas... En las reuniones pequeñas no hay pizca de intimidad.

Sonó el redoble sordo de un bombo y la voz del director de orquesta resonó de improviso por encima del eco confuso del jardín.

—¡Damas y caballeros! —proclamó—. A petición del señor Gatsby vamos a interpretar para ustedes la última obra del maestro Vladimir Tostoff, que tanta sensación causó en el Carnegie Hall el pasado mes de mayo. Si leen la prensa sabrán el revuelo que armó. —Sonrió con jovial condescendencia y añadió—: ¡Vaya si armó revuelo! —Ante lo cual todos rompieron a reír.

—La pieza se titula —concluyó con brío—: ¡Historia del mundo en jazz, por Vladimir Tostoff!

La naturaleza de la composición del señor Tostoff escapó a mi entendimiento, pues nada más arrancar posé los ojos en Gatsby, de pie y a solas en la escalinata de mármol, contemplando los corros con mirada complaciente. Su tez curtida aparecía tersa y atractiva sobre el rostro y su cabello corto parecía recortado a diario. No hallé en su porte nada siniestro. Me pregunté si el hecho de no probar el alcohol contribuía a distanciarlo de sus convidados, pues se me antojaba que cobraba mayor decoro conforme la algazara fraterna se desmandaba. Cuando la Historia del mundo en jazz concluyó, las muchachas descansaban la cabeza en los hombros de los hombres con docilidad cariñosa, otras se dejaban caer hacia atrás en brazos masculinos sabiendo que detendrían la caída... pero nadie caía hacia atrás sobre Gatsby, ningún peinado a lo chico rozaba el hombro de Gatsby y ningún cuarteto se formaba teniendo la cabeza de Gatsby por eslabón.

—Le ruego me disculpe.

El mayordomo de Gatsby se hallaba de pronto a nuestro lado.

—¿La señorita Baker? —inquirió—. Perdone que la interrumpa, pero el señor Gatsby desearía hablar con usted a solas.

—¿Conmigo? —exclamó ella con asombro.

—Sí, señora.

Se puso en pie con lentitud, enarcando las cejas hacia mí estupefacta, y siguió al mayordomo hacia la casa. Advertí que llevaba el vestido de noche, como todas sus prendas, con soltura de atuendo deportivo: había cierta ligereza en sus andares, cual si hubiese aprendido a caminar sobre los campos de golf en mañanas frescas y diáfanas.

Me quedé solo y faltaba poco para las dos. Desde hacía un rato provenían sonidos confusos y tentadores de una larga estancia con muchas ventanas que dominaba la terraza. Esquivando al universitario de Jordan, que andaba enzarzado en una plática obstétrica con dos coristas y me rogó que me sumara a la tertulia, entré en la casa.

El amplio salón estaba abarrotado de gente. Una de las jóvenes vestidas de amarillo aporreaba el piano, y junto a ella una muchacha alta y pelirroja de un afamado coro cantaba con fervor. Había ingerido abundante champán y a mitad de la melodía resolvió, desacertadamente, que el mundo entero era triste en demasía: no solo cantaba, sino que prorrumpía en llanto. Cada vez que había un compás de espera lo colmaba con sollozos entrecortados y anhelantes, para luego reanudar la letra con un trémulo registro de soprano. Las lágrimas le surcaban las mejillas; no de forma limpia, empero, pues al rozar las pestañas cargadas de rímel adquirían un tono de tinta y seguían su curso en lentos regueros negros. Alguien sugirió con guasa que cantara las notas que llevaba estampadas en la cara, ante lo cual alzó los brazos, se desplomó sobre una butaca y se sumió en un pesado sueño etílico.

—Ha tenido una bronca con un tipo que dice ser su marido —me aclaró una joven a mi vera.

Miré en torno mío. Casi todas las mujeres restantes reñían con hombres señalados como sus maridos. Incluso el grupo de Jordan, el cuarteto de East Egg, se hallaba desgarrado por discordias conyugales. Uno de los hombres conversaba con sospechosa vehemencia con una joven actriz, y su esposa, tras intentar reírse de la escena con dignidad indiferente, se derrumbó por completo y recurrió a ataques de flanco: a intervalos se plantaba a su lado como un diamante furioso y le siseaba al oído: «¡Me lo prometiste!».

La renuncia a regresar a casa no era privativa de los maridos disolutos. El vestíbulo lo ocupaban dos caballeros deploradamente sobrios y sus esposas sumamente indignadas. Las consortes se desahogaban mutuamente alzando la voz:

—En cuanto me ve pasármelo bien, le entran las prisas por marcharse.

—Jamás he visto un egoísmo tan repugnante.

—Siempre somos los primeros en desfilar.

—Nosotros igual.

—Bueno, esta noche somos casi los últimos —apuntó uno de los maridos con timidez—. La orquesta se marchó hace media hora.

Pese a que las esposas coincidieron en que semejante felonía rebasaba todo límite, la reyerta culminó en un forcejeo breve y ambas cónyuges fueron izadas en volandas, pataleando, hacia la noche.

Mientras aguardaba mi sombrero en el vestíbulo la puerta de la biblioteca se abrió y salieron juntos Jordan Baker y Gatsby. Él le decía unas últimas palabras, pero la avidez de su semblante se trocó de golpe en circunspección formal al acercarse varias personas a despedirse.

Los acompañantes de Jordan la llamaban impacientes desde el porche, pero ella se rezagó un instante para darme la mano.

—Acabo de enterarme de lo más asombroso que he oído en mi vida —susurró—. ¿Cuánto tiempo estuvimos ahí dentro?

—Pues cerca de una hora.

—Ha sido... sencillamente increíble —repitió con aire ausente—. Pero juré que no diría palabra y aquí estoy tentándote. —Bostezó con donaire ante mis ojos—. Por favor, ven a verme... Busca en la guía telefónica... A nombre de la señora de Sigourney Howard... Mi tía... —Y se alejaba presurosa mientras hablaba, despidiéndose con un saludo airoso de su mano tostada antes de perderse con su grupo tras la puerta.

Un tanto avergonzado por haberme quedado hasta tan tarde en mi primera visita, me uní al último grupito de invitados que rodeaba a Gatsby. Quería explicarle que lo había buscado al principio de la noche y disculparme por no haberlo reconocido en el jardín.

—Ni lo mencione —me atajó con presteza—. No se preocupe por eso, viejo amigo. —La familiaridad de la frase no era mayor que la mano que acarició mi hombro con gesto tranquilizador—. Y no olvide que mañana por la mañana salimos en el hidroavión, a las nueve en punto.

En ese instante el mayordomo asomó a su espalda:

—Filadelfia reclama al teléfono, señor.

—Muy bien, un momento. Diga que me pongo enseguida... Buenas noches.

—Buenas noches.

—Buenas noches. —Sonrió, y de improviso pareció cobrar un grato sentido haber sido de los últimos en marcharse, cual si él lo hubiese deseado todo el tiempo—. Buenas noches, viejo amigo... Buenas noches.

Mas al descender la escalinata advertí que la velada distaba de haber concluido. A cincuenta pies de la puerta una docena de faros alumbraban un cuadro pintoresco y alborotado. En la cuneta junto al camino, de pie sobre sus ruedas pero despojado de una de ellas de un modo violento, yacía un cupé recién estrenado que había abandonado la cancela de Gatsby apenas dos minutos antes. El saliente puntiagudo de un muro explicaba la amputación de la rueda, que acaparaba ahora la atenta inspección de media docena de chóferes curiosos. Sin embargo, como habían dejado los vehículos bloqueando la calzada, un estrépito estridente de bocinas proveniente de la retaguardia se escuchaba desde hacía rato, sumándose a la barahúnda general.

Un individuo con un guardapolvo largo había descendido del amasijo y permanecía en mitad del camino, mirando del coche al neumático y del neumático a los mirones con una perplejidad apacible.

—¡Miren! —explicaba—. Se ha metido en la cuneta.

El hecho le causaba un pasmo infinito, y reconocí en primer lugar aquella extraordinaria capacidad de asombro y luego al sujeto: era el reciente parroquiano de la biblioteca de Gatsby.

—¿Cómo ha ocurrido?

Se encogió de hombros.

—No entiendo absolutamente nada de mecánica —declaró de forma tajante.

—Pero ¿cómo fue? ¿Chocó contra el muro?

—A mí no me pregunten —dijo Ojos de Lechuza, desentendiéndose del asunto—. Sé muy poco de conducir... casi nada. Sucedió y eso es todo.

—Pues si no sabe conducir, no debería intentarlo de noche.

—¡Pero si ni siquiera lo estaba intentando! —explicó indignado—. ¡Ni siquiera lo intentaba!

Un silencio atónito cayó sobre los presentes.

—¿Es que quiere suicidarse?

—¡Menos mal que solo ha sido una rueda! ¡No saber conducir y ni siquiera intentarlo!

—No me están entendiendo —aclaró el presunto culpable—. Yo no iba al volante. Hay otro hombre dentro del coche.

El estupor que siguió a esta confesión cobró voz en un prolongado «¡Ahhh!» al abrirse con lentitud la portezuela del cupé. La multitud —pues ya era una multitud— retrocedió involuntariamente, y al quedar la puerta expedita se produjo una pausa espectral. Luego, con exasperante parsimonia, miembro a miembro, un individuo pálido y desmadejado descendió del coche siniestrado, tanteando el suelo con indecisión con un lustroso zapato de baile.

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