Capítulo III · I
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Durante las noches de estío no cesaba de manar música de la mansión de mi vecino. En sus jardines azules, hombres y muchachas iban y venían como mariposas nocturnas entre susurros, champán y estrellas. Con la marea alta de la tarde yo contemplaba a sus invitados lanzarse al agua desde la torre de su balsa o dorarse al sol sobre la arena candente de su playa, mientras sus dos lanchas motoras hendían las aguas del estrecho, arrastrando tablas de esquí sobre cataratas de espuma. Los fines de semana su Rolls-Royce se convertía en un ómnibus que transportaba grupos de gente desde y hacia la metrópoli, desde las nueve de la mañana hasta bien entrada la medianoche, mientras su camioneta de reparto correteaba como un ágil insecto amarillo al encuentro de todos los trenes. Y los lunes, ocho criados, incluido un jardinero de refuerzo, se afanaban durante toda la jornada con fregonas, cepillos de cerdas, martillos y podaderas para reparar los estragos de la noche anterior.
Cada viernes llegaban cinco cajas de naranjas y limones procedentes de un frutero de Nueva York; cada lunes esas mismas naranjas y limones salían por la puerta trasera formando una pirámide de mitades despulpadas. Había una máquina en la cocina capaz de exprimir el zumo de doscientas naranjas en media hora, con tal de que el pulgar de un mayordomo oprimiera doscientas veces un botoncito.
Al menos una vez por quincena desembarcaba un regimiento de reposteros con varios cientos de pies de lona y bombillas multicolores suficientes para convertir en árbol de Navidad el inmenso parque de Gatsby. En las mesas del bufé, ornadas de relucientes entremeses, los jamones asados y especiados se apretujaban contra ensaladas de caprichosos diseños arlequines, y pastelillos de hojaldre y pavos embrujados con un barniz dorado oscuro. En el vestíbulo principal se instalaba un bar provisto de una auténtica barra de latón, surtido de ginebras, licores y cordiales tan largamente olvidados que casi todas las muchachas invitadas eran demasiado jóvenes para distinguir unos de otros.
Hacia las siete ya había hecho acto de presencia la orquesta, nada de un conjunto modesto de cinco piezas, sino un foso completo de oboes, trombones, saxofones, violas, cornetines, flautines y tambores graves y agudos. Los últimos bañistas habían dejado la playa y se vestían en las plantas superiores; los automóviles llegados de Nueva York aguardaban aparcados en hileras de cinco en el camino de entrada, y ya vestíbulos, salones y galerías lucían llamativos con colores primarios, peinados a lo chico cortados según modas insólitas y mantones que desbordaban las fantasías de Castilla. El bar se hallaba en pleno apogeo, y rondas flotantes de cócteles impregnaban los jardines hasta que el aire palpitaba de cháchara, risas, indirectas casuales y presentaciones olvidadas en el acto, amén de efusivos abrazos entre damas que ignoraban por completo sus respectivos nombres.
Las luces cobran mayor fulgor conforme la tierra se aparta del sol, y la orquesta toca ahora una música dorada y chispeante de cóctel, al tiempo que la ópera de las voces se afina un tono más alto. La risa resulta más espontánea a cada minuto, vertida con prodigalidad ante cualquier ocurrencia regocijada. Los grupos mudan de composición con premura, se engrosan con nuevas llegadas y se deshacen y reconstruyen en un solo suspiro; ya deambulan por doquier muchachas desenvueltas que serpentean entre los más formales, devienen por un instante agudo y triunfal en el centro del corro y luego, ebrias de dicha, se deslizan por aquel océano fluctuante de rostros, voces y colores bajo la iluminación incesantemente mudable.
De pronto, una de esas zíngaras vestida de ópalo trémulo atrapa un cóctel al vuelo, se lo bebe para cobrar coraje y, agitando las manos a la manera de Frisco, se lanza a bailar sola sobre la pista de lona. Se produce un silencio momentáneo; el director de orquesta acomoda solícito el compás al ritmo de sus pies, y estalla un murmullo animado al correr la falsa especie de que se trata de la suplente de Gilda Gray en las Follies. La fiesta ha comenzado.
Creo que aquella primera noche en que acudí a casa de Gatsby fui uno de los escasos convidados que realmente contaban con una invitación formal. La gente no solía ser invitada: acudía allí sin más. Se subían a sus automóviles rumbo a Long Island y por alguna carambola terminaban ante la verja de Gatsby. Una vez allí los presentaba cualquiera que conociese al anfitrión, y a partir de ese instante se conducían según las pautas de conducta propias de un parque de atracciones. A veces entraban y salían sin haber cruzado la vista con Gatsby, atraídos a la velada con una pureza de intenciones que constituía en sí misma su mejor billete de entrada.
Yo, en cambio, sí había sido formalmente invitado. Un chófer ataviado con uniforme azul celeste cruzó mi césped muy temprano aquel sábado con una misiva sumamente protocolaria de su señor: el honor sería enteramente de Gatsby, rezaba la esquela, si me dignaba asistir a su «pequeña fiesta» esa noche. Me había visto en varias ocasiones y llevaba tiempo queriendo visitarme, mas una rara conjunción de circunstancias se lo había impedido. Firmaba Jay Gatsby, con una caligrafía majestuosa.
Vestido con franela blanca me encaminé hacia su jardín poco después de las siete, y anduve errante y algo azorado entre remolinos y marejadas de desconocidos, si bien de tanto en tanto descubría algún rostro visto en el tren de cercanías. Me llamó vivamente la atención el elevado número de jóvenes británicos diseminados por doquier: todos bien vestidos, todos con un aire levemente famélico y conversando en voz queda y solícita con norteamericanos acaudalados y sólidos. Estaba persuadido de que vendían algo: bonos, pólizas o automóviles. Cuando menos eran dolorosamente conscientes de la abundancia de dinero fácil en los contornos y abrigaban la certeza de que sería suyo con solo afinar cuatro palabras en el tono apropiado.
Apenas hube llegado intenté dar con el dueño de casa, pero las dos o tres personas a quienes interrogué sobre su paradero me clavaron una mirada de tal estupefacción y negaron de modo tan categórico saber nada de sus pasos que me escabullí con sigilo hacia la mesa de bebidas: el único rincón del parque donde un hombre solo podía permanecer sin dar la impresión de hallarse desamparado y sin rumbo.
Iba camino de pillarme una borrachera descomunal por puro apuro cuando Jordan Baker asomó por la puerta principal y se detuvo en lo alto de la escalinata de mármol, echando el cuerpo un punto hacia atrás y contemplando con desdén curioso el panorama del jardín.
Fuese o no bien recibido, consideré imprescindible arrimarme a alguien antes de verme obligado a dirigir saludos amistosos a los transeúntes desconocidos.
—¡Hola! —rugí, avanzando hacia ella. Mi voz sonó con un volumen desmedido en medio del jardín.
—Imaginé que andarías por aquí —repuso con displicencia al verme llegar—. Recordaba que vivías al lado de...
Me tomó la mano con frialdad impersonal, a guisa de promesa de que se ocuparía de mí en un instante, y prestó oído a dos muchachas ataviadas con idénticos vestidos amarillos que se detuvieron al pie de la escalinata.
—¡Hola! —gritaron al unísono—. Sentimos mucho que no ganaras.
Aludían al torneo de golf. Había caído derrotada en las finales la semana anterior.
—No sabrás quiénes somos —dijo una de las de amarillo—, pero nos conocimos aquí mismo hace como un mes.
—Te has teñido el pelo desde entonces —observó Jordan; di un respingo, pero las jóvenes ya habían seguido su camino y la apostilla fue a dar a la luna prematura, salida de la cesta de un repostero al igual que la cena. Con el brazo esbelto y tostado de Jordan prendido del mío descendimos los peldaños y vagamos por el parque. Una bandeja de cócteles flotó hacia nosotros a través de la penumbra y nos acomodamos en una mesa junto a las dos jóvenes de amarillo y tres caballeros a los que nos presentaron sucesivamente bajo el vago apelativo de señor Murmullo.
—¿Vienes a menudo a estas fiestas? —inquirió Jordan de la vecina de mesa.
—A la última fue a la que te conocí —repuso la aludida con aplomo desenvuelto. Y volviéndose a su compañera—: ¿A que sí, Lucille?
También había sido la última para Lucille.
—A mí me encanta venir —dijo Lucille—. Jamás me preocupo por lo que hago, así que me lo paso en grande. La última vez que estuve aquí me desgarré el vestido con una silla; él me preguntó mi nombre y señas y antes de una semana recibí un paquete de Croirier con un traje de noche nuevo.
—¿Y te lo quedaste? —preguntó Jordan.
—¡Claro que sí! Pensaba ponérmelo esta noche, pero me venía un poco ancho de busto y tuvieron que arreglármelo. Es azul gas con abalorios lavanda. Doscientos sesenta y cinco dólares.
—Hay algo muy raro en un tipo que hace semejantes favores —apuntó la otra muchacha con avidez—. No quiere líos con nadie.
—¿Quién no quiere líos? —inquirí yo.
—Gatsby. Alguien me contó que...
Las dos jóvenes y Jordan arrimaron las cabezas en tono confidencial.
—Alguien me dijo que creía que había matado a un hombre en cierta ocasión.
Un escalofrío nos recorrió a todos. Los tres señores Murmullo se inclinaron hacia delante aguzando el oído.
—No creo que sea tanto eso —arguyó Lucille con escepticismo—. Es más bien que fue espía alemán durante la contienda.
Uno de los hombres asintió en señal de conformidad.
—Se lo oí decir a un sujeto que lo sabía al dedillo, que se crio con él en Alemania —nos aseguró con toda certidumbre.
—¡Oh, no! —terció la primera muchacha—. Eso es imposible, porque sirvió en el ejército norteamericano durante la guerra. —Y al volverse de nuevo nuestra credulidad hacia ella, se echó hacia delante entusiasmada—: Fijaos en él a veces cuando cree que nadie lo observa. Me apuesto lo que sea a que mató a un hombre.
Entrecerró los ojos y se estremeció. Lucille tembló también. Todos volvimos la vista en busca de Gatsby. Constituía un elocuente testimonio de las conjeturas románticas que despertaba el hecho de que suscitaran murmuraciones aquellos mismos que rara vez encontraban motivos para hablar en voz baja en este mundo.
Se servía ya la primera colación —habría otra pasada la medianoche— y Jordan me invitó a reunirme con su grupo particular, congregado en torno a una mesa al otro lado del parque. Lo integraban tres matrimonios y el acompañante de Jordan, un tenaz estudiante universitario muy dado a indirectas atrevidas, que vivía bajo la convicción palmaria de que tarde o temprano ella le entregaría su persona con mayor o menor generosidad. Lejos de disgregarse, aquel corro había conservado una digna compostura y se arrogaba la misión de representar a la nobleza sobria de la comarca: East Egg mostrándose condescendiente con West Egg y manteniéndose escrupulosamente en guardia frente a su alegría espectroscópica.
—Vámonos de aquí —susurró Jordan tras media hora desperdiciada e incómoda—; esto es demasiado protocolario para mi gusto.
Nos levantamos y ella explicó que íbamos a buscar al anfitrión: yo aún no lo conocía, dijo, y aquello me tenía desasosegado. El universitario asintió con una mueca melancólica y cínica.
El bar, adonde echamos la primera ojeada, estaba abarrotado, pero Gatsby no se encontraba allí. Tampoco acertó a divisarlo desde lo alto de la escalinata ni se hallaba en la galería. Por probar fortuna empujamos una puerta de aspecto señorial y penetramos en una elevada biblioteca gótica, revestida de roble inglés tallado y probablemente traída entera de alguna ruina de ultramar.
Un caballero corpulento, de mediana edad y con unos descomunales quevedos redondos de lechuza, permanecía sentado con cierta embriaguez al borde de una enorme mesa, contemplando las estanterías de libros con una fijeza vacilante. Al vernos entrar giró sobre sí mismo con excitación y examinó a Jordan de los pies a la cabeza.
—¿Qué les parece? —inquirió de forma impetuosa.
—¿El qué?
Hizo un ademán hacia los anaqueles.
—Eso. La verdad es que no hace falta que se tomen la molestia de comprobarlo. Yo ya lo comprobé. Son de verdad.
—¿Los libros?
Asintió con la cabeza.
—Totalmente auténticos: tienen páginas y todo. Pensé que serían de cartón prensado y duradero. Pero la pura verdad es que son auténticos del todo. Con sus páginas y... ¡Espere! Deje que se lo enseñe.
Dando por sentado nuestro escepticismo, corrió hacia las estanterías y regresó con el tomo primero de las Conferencias de Stoddard.
—¡Miren! —exclamó con júbilo—. Es una pieza impresa auténtica y fidedigna. Me ha engañado por completo. Este tipo es un Belasco de tomo y lomo. ¡Un triunfo colosal! ¡Qué minuciosidad! ¡Qué realismo! Y supo dónde plantarse: no ha cortado los pliegos. Pero ¿qué quieren? ¿Qué se esperaban?
Me arrebató el volumen y lo restituyó a toda prisa a su anaquel, mascullando que si se retiraba un solo ladrillo era muy probable que la biblioteca entera se viniera abajo.
—¿Quién los trajo? —preguntó—. ¿O vinieron por su cuenta? A mí me trajeron. A casi todo el mundo lo traen.
Jordan lo contempló con una sonrisa vivaz y despierta, sin replicar palabra.
—A mí me trajo una señora llamada Roosevelt —prosiguió él—. La señora de Claud Roosevelt. ¿La conocen? La conocí anoche en alguna parte. Llevo borracho cerca de una semana y se me ocurrió que sentarme en una biblioteca me despejaría la cabeza.
—¿Y ha surtido efecto?
—Un poquito, creo yo. Todavía no lo sé con certeza. Apenas llevo aquí una hora. ¿Les he hablado de los libros? Son de verdad. Son...
—Ya nos lo ha dicho.
Le estrechamos la mano con ademán solemne y regresamos al aire libre.
Había baile ahora sobre la lona tendida en el parque: ancianos empujando a muchachas en círculos eternos y sin gracia; parejas distinguidas abrazadas con retorcida y mundana compostura arrinconadas en las esquinas; y una gran multitud de muchachas solas bailando por su cuenta o relevando a la orquesta por unos compases del fardo del banjo o de los platillos. Hacia la medianoche la algazara había ido en aumento. Un tenor afamado había cantado en italiano, una célebre contralto había interpretado jazz y entre los números la concurrencia ejecutaba piruetas por doquier, mientras risotadas felices y vacuas ascendían hacia el firmamento estival. Un par de mellizas del vodevil, que resultaron ser las muchachas del traje amarillo, escenificaron un número cómico vestidas de niñas, y el champán corría en copas más anchas que lavadedos. La luna se había elevado aún más, y sobre las aguas del estrecho flotaba un triángulo de escamas plateadas que temblaba levemente al compás del tintineo metálico de los banjos en el césped.
Fin del Episodio 6 · de 24
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