Capítulo II · II
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Todos contemplamos en silencio a la señora Wilson, quien se retiró un mechón de pelo de la frente y nos correspondió con una sonrisa radiante. El señor McKee la examinó con suma atención, ladeando la cabeza, para luego agitar la mano con lentitud ante sus propios ojos.
—Habría que cambiar la iluminación —dijo al cabo de unos instantes—. Me gustaría realzar el modelado de las facciones. Y trataría de recoger todo el cabello por detrás.
—¡Ni se te ocurra tocar la luz! —exclamó la señora McKee—. A mí me parece que...
Su marido soltó un seco «¡Chist!», y todos volvimos los ojos hacia la modelo; en ese trance Tom Buchanan bostezó ruidosamente y se puso en pie.
—Tomad algo los McKee —dijo—. Trae más hielo y agua mineral, Myrtle, antes de que se duerma todo el mundo.
—Ya le avisé al chico lo del hielo. —Myrtle enarcó las cejas con desesperación ante la desidia de las clases bajas—. ¡Esta gentuza! Hay que estarles encima todo el santo día.
Me miró y rio sin motivo alguno. Luego se abalanzó hacia el perrito, lo besó con arrebato y desapareció en la cocina, dando a entender que una docena de cocineros aguardaban allí sus órdenes.
—He sacado cosas magníficas en Long Island —aseveró el señor McKee.
Tom lo miró con aire inexpresivo.
—Tenemos dos de ellas enmarcadas abajo, en nuestro piso.
—¿Dos de qué? —preguntó Tom.
—Dos estudios fotográficos. A uno lo llamo Punta Montauk: Las gaviotas, y al otro Punta Montauk: El mar.
La hermana, Catherine, tomó asiento a mi vera en el sofá.
—¿Usted también vive en Long Island? —inquirió.
—Vivo en West Egg.
—¿De verdad? Hace como un mes estuve en una fiesta allí. En casa de un tal Gatsby. ¿Lo conoce?
—Soy su vecino de al lado.
—Pues dicen que es sobrino o primo del káiser Guillermo. De ahí le viene todo el dinero.
—¿De veras?
Ella asintió con la cabeza.
—A mí me da miedo. No querría por nada del mundo que tuviese nada contra mí.
Aquella revelación absorbente sobre mi vecino quedó truncada cuando la señora McKee señaló de golpe a Catherine:
—Chester, creo que podrías hacer algo con ella —soltó de pronto; pero el señor McKee se limitó a asentir con desgana y volvió su atención hacia Tom.
—Me gustaría trabajar más en Long Island, si encontrara la forma de introducirme. Lo único que pido es que me den una oportunidad para empezar.
—Pídeselo a Myrtle —dijo Tom, soltando una risotada breve mientras la señora Wilson asomaba con una bandeja—. Ella te dará una carta de recomendación, ¿verdad, Myrtle?
—¿Hacer qué? —inquirió ella sobresaltada.
—Le darás a McKee una recomendación para tu marido, a fin de que le haga unos cuantos estudios. —Sus labios se movieron en silencio unos instantes mientras improvisaba—: «George B. Wilson junto al surtidor de gasolina», o algo por el estilo.
Catherine se inclinó hacia mí y me sopló al oído:
—Ninguno de los dos soporta a la persona con la que está casado.
—¿No me diga?
—No los aguantan. —Miró a Myrtle y luego a Tom—. Lo que yo digo es: ¿para qué seguir viviendo juntos si no se pueden ver? En su lugar, yo me divorciaría y me casaría con él de inmediato.
—¿Ella tampoco quiere a Wilson?
La respuesta a esto fue tan inesperada como violenta. Provino de Myrtle, que había pescado la pregunta al vuelo, y resultó una sarta de palabras soeces y furibundas.
—¿Lo ve? —exclamó Catherine con tono triunfal, bajando de nuevo la voz—. En realidad es la mujer de él quien los mantiene separados. Es católica, y esa gente no cree en el divorcio.
Daisy no era católica en absoluto, y me causó cierto estupor la minuciosa elaboración de aquella mentira.
—En cuanto se casen —prosiguió Catherine— se marcharán al Oeste una temporada hasta que amaine el chaparrón.
—Sería más discreto marcharse a Europa.
—¡Ah! ¿Le gusta Europa? —exclamó con asombro—. Yo acabo de regresar de Montecarlo.
—No me diga.
—El año pasado. Fui allá con otra chica.
—¿Mucho tiempo?
—No, solo fuimos a Montecarlo y volvimos. Pasamos por Marsella. Llevábamos más de mil doscientos dólares al salir, pero nos esquilmaron hasta el último centavo en dos días en las salas privadas. Lo pasamos fatal para regresar, se lo aseguro. ¡Dios, qué ciudad tan odiosa!
El cielo del atardecer floreció en la ventana por un instante como la miel azul del Mediterráneo; luego la voz chillona de la señora McKee me devolvió a la estancia.
—Yo también estuve a punto de dar un mal paso —aseguró con vehemencia—. Casi me caso con un judito que me anduvo detrás durante años. Yo sabía que no estaba a mi altura. Todos me repetían: «¡Lucille, ese hombre está muy por debajo de ti!». Pero si no llego a tropezar con Chester, me habría cazado sin remedio.
—Sí, pero escucha —intervino Myrtle Wilson asintiendo con la cabeza—: al menos no te casaste con él.
—Ya sé que no.
—Pues yo sí me casé —dijo Myrtle con retintín—. Y esa es toda la diferencia entre tu caso y el mío.
—¿Y por qué lo hiciste, Myrtle? —inquirió Catherine—. Nadie te puso una pistola en el pecho.
Myrtle lo pensó unos segundos.
—Me casé con él porque creí que era todo un caballero —dijo al fin—. Creí que sabía de buena crianza, pero la verdad es que no sirve ni para limpiarme los zapatos.
—Pues bien loca que anduviste por él un tiempo —le recordó Catherine.
—¿Loca por él? —chilló Myrtle estupefacta—. ¿Quién ha dicho semejante majadería? Jamás estuve más loca por él de lo que pueda estarlo por ese señor de ahí.
Me señaló de improviso y todos clavaron en mí una mirada acusadora. Me esforcé por exteriorizar con el semblante que no esperaba ningún afecto.
—En lo único que estuve loca fue en casarme con él. Supe al instante que metía la pata. Pidió prestado el mejor traje de alguien para la boda y ni siquiera me lo dijo; hasta que un día vino el dueño a buscarlo cuando George no estaba: «Ah, ¿el traje es suyo? —le dije—. Es la primera noticia que tengo». Se lo entregué, me eché en la cama y me pasé toda la tarde llorando a moco tendido.
—Tendría que mandarlo a paseo —me insistió Catherine—. Llevan once años metidos encima de ese taller. Y Tom es el primer hombre como Dios manda que ha tenido.
La botella de whisky —la segunda ya— era demandada con insistencia por los presentes, salvo por Catherine, que «se sentía de maravilla sin probar gota». Tom tocó el timbre para que el portero trajera unos emparedados famosos, que constituían una cena completa en sí mismos. Deseaba escapar y pasear hacia el este rumbo al parque a través de la tibia penumbra, pero cada vez que intentaba marcharme me enredaba en alguna disputa estruendosa que me retenía en el sillón como atado con cuerdas. Sin embargo, en lo alto de la urbe, nuestra hilera de ventanas amarillas debía de aportar su cuota de secreto humano al transeúnte solitario en las calles que se oscurecían; y me vi a mí mismo allá abajo, alzando la vista y haciéndome preguntas. Me hallaba dentro y fuera a la par, alternativamente cautivado y asqueado por la inagotable variedad de la existencia.
Myrtle arrimó su asiento al mío y, de repente, su aliento cálido vertió sobre mí el relato de su primer encuentro con Tom.
—Fue en esos dos asientitos enfrentados que siempre quedan libres al final en el tren. Yo iba a Nueva York a ver a mi hermana y pasar la noche. Él llevaba un traje de etiqueta y zapatos de charol, y yo no podía apartar los ojos de su estampa; pero cada vez que me miraba yo tenía que disimular contemplando el anuncio que había sobre su cabeza. Al llegar a la estación se puso a mi vera y su pechera blanca me rozó el brazo; le solté que tendría que llamar a un policía, pero él bien sabía que fingía. Estaba tan excitada que al subir al taxi con él apenas supe si no me metía en el metro. Lo único que me martilleaba en la cabeza, una y otra vez, era: «No se vive más que una vez; solo se vive una vez».
Se volvió hacia la señora McKee y la habitación se llenó con su risotada forzada.
—Querida —exclamó—, te voy a regalar este vestido en cuanto me canse de él. Mañana tengo que encargarme otro. Voy a hacerme una lista con todo lo que me hace falta: un masaje, una ondulación, un collar para el perro, uno de esos ceniceros monísimos que se abren con un resorte y una corona con un lazo negro de seda para la tumba de madre que dure todo el verano. Tengo que apuntarlo todo para que no se me olvide.
Eran las nueve; casi de inmediato miré el reloj y comprobé que ya eran las diez. El señor McKee dormitaba en un sillón con los puños cerrados sobre el regazo, cual retrato de hombre de acción. Sacando mi pañuelo, le limpié de la mejilla el pegote de espuma seca que me había tenido en ascuas toda la tarde.
El perrillo descansaba sobre la mesa contemplando el humo con ojos ciegos y gimiendo muy quedo de vez en cuando. La gente desaparecía, regresaba, planeaba marcharse a alguna parte y luego se perdían de vista para reencontrarse a escasos pasos. Hacia medianoche Tom Buchanan y la señora Wilson se encararon discutiendo acaloradamente si ella tenía derecho a pronunciar el nombre de Daisy.
—¡Daisy! ¡Daisy! ¡Daisy! —chillaba la señora Wilson—. ¡Lo diré cuando me venga en gana! ¡Daisy! ¡Dai...!
Con un ademán seco y certero, Tom Buchanan le partió la nariz con la mano abierta.
Siguieron toallas empapadas en sangre por el suelo del baño, reconvenciones de mujeres y, por encima del tumulto, un gemido largo y desgarrado de dolor. El señor McKee despertó de su modorra y echó a andar aturdido hacia la puerta. A mitad de camino se detuvo a contemplar el cuadro: su esposa y Catherine riñendo y consolando a trompicones entre los muebles atestados con vendas y socorros, y la figura desventurada sobre el sofá sangrando a borbotones y procurando tender un ejemplar del Town Tattle sobre los tapices versallescos. Luego el señor McKee dio media vuelta y salió al pasillo. Cogiendo mi sombrero de la lámpara de araña, lo seguí.
—Venga a almorzar conmigo un día de estos —propuso mientras el ascensor descendía con quejidos.
—¿Dónde?
—Donde prefiera.
—No toque la palanca —le espetó con aspereza el botones.
—Le ruego que me disculpe —respondió el señor McKee con dignidad—; no advertí que la estaba rozando.
—De acuerdo —asentí yo—; será un placer.
... Me hallaba de pie junto a su cama y él permanecía sentado entre las sábanas, en paños menores, con una gran carpeta en las manos.
«La bella y la bestia... Soledad... Viejo caballo de ultramarinos... Puente de Brook’n...».
Luego me encontré medio adormilado en el piso inferior y frío de la estación de Pensilvania, contemplando el Tribune de la mañana y aguardando el tren de las cuatro.
Fin del Episodio 5 · de 24
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