Capítulo II · I
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A mitad de camino entre West Egg y Nueva York, la carretera se une presurosa a la vía férrea y discurre a su vera durante un cuarto de milla para esquivar cierto paraje desolado. Es el valle de las cenizas: una comarca fantástica donde las cenizas brotan como trigo formando lomas, crestas y huertos grotescos; donde la ceniza adopta la forma de casas, chimeneas y columnas de humo y, finalmente, merced a un esfuerzo trascendente, de hombres de ceniza que se desplazan borrosos y ya casi desmoronados en medio de un aire pulverulento. De cuando en cuando una hilera de vagones grises se arrastra por unos rieles invisibles, exhala un crujido lúgubre y se detiene; e inmediatamente los hombres de ceniza pululan con palas de plomo y levantan una nube impenetrable que oculta sus oscuras faenas a la vista.
Pero sobre la tierra gris y los espasmos de polvo sombrío que derivan sin tregua en lo alto, se descubren al cabo de unos instantes los ojos del doctor T. J. Eckleburg. Los ojos del doctor T. J. Eckleburg son azules y colosales: sus retinas miden una yarda de altura. No miran desde ningún rostro, sino a través de unos enormes quevedos amarillos posados sobre una nariz inexistente. Por lo visto, algún oculista visionario los plantó allí con ánimo de enriquecer su clientela en el distrito de Queens, para luego hundirse en la ceguera eterna o bien olvidarse de ellos y marcharse a otra parte. Mas sus ojos, apagados un tanto por incontables jornadas a la intemperie, bajo el sol y la lluvia, siguen meditando sobre aquel solemne muladar.
El valle de las cenizas linda por uno de sus lados con un río sucio y estrecho; y, cuando el puente levadizo se alza para franquear el paso a las barcazas, los pasajeros de los trenes demorados pueden contemplar el lúgubre cuadro hasta durante media hora. Siempre hay allí un alto de al menos un minuto, y debido a ese retraso conocí por vez primera a la amante de Tom Buchanan.
El hecho de que mantuviera una era un secreto a voces dondequiera que se le conociese. Sus conocidos llevaban a mal que se dejara ver con ella en restaurantes afamados y que, abandonándola en una mesa, se paseara charlando con cualquiera que se cruzara a su paso. Aunque sentía curiosidad por verla, no abrigaba el menor deseo de conocerla; pero hube de hacerlo. Cierta tarde subí a Nueva York con Tom en el tren, y al detenernos junto a los montones de ceniza se puso en pie de un brinco y, sujetándome del codo, me forzó literalmente a descender del coche.
—Nos bajamos aquí —insistió—. Quiero que conozcas a mi chica.
Creo que había bebido de más en el almuerzo, y su empeño por arrastrarme rayaba en la pura violencia. Su altiva presunción daba por sentado que yo no tenía nada mejor que hacer un domingo por la tarde.
Lo seguí saltando una cerca blanca del ferrocarril, y caminamos unas cien yardas hacia atrás por la carretera bajo la persistente mirada del doctor Eckleburg. El único edificio visible era un bloque modesto de ladrillo amarillo apostado al borde del erial, suerte de diminuta calle Mayor que servía de asistencia a aquel desierto y no lindaba con nada. De los tres locales que albergaba, uno estaba en alquiler; el segundo era un mesón abierto toda la noche, al que conducía un sendero de ceniza; y el tercero era un taller: «Reparaciones. George B. Wilson. Compra y venta de automóviles». Y entré tras Tom.
El interior era desvencijado y escueto; el único vehículo a la vista era el armatoste polvoriento de un Ford acurrucado en un rincón umbrío. Se me había pasado por la imaginación que aquella fachada de taller no fuese más que una tapadera y que arriba se ocultasen aposentos suntuosos y románticos, cuando el dueño en persona asomó a la puerta del despacho, limpiándose las manos con un trapo sucio. Era un hombre rubio, sin vigor, anémico y vagamente bien parecido. Al vernos, un húmedo destello de esperanza asomó a sus ojos azul claro.
—Hola, Wilson, viejo amigo —dijo Tom dándole una palmada jovial en el hombro—. ¿Cómo va el negocio?
—No me quejo —respondió Wilson sin gran convicción—. ¿Cuándo va a venderme ese coche?
—La semana que viene; mi mecánico está trabajando en él ahora mismo.
—Trabaja despacio, ¿no le parece?
—Pues no —repuso Tom con frialdad—. Y si es así como lo ve, a lo mejor me conviene vendérselo a otro.
—No quise decir eso —se apresuró a explicar Wilson—. Solo pretendía...
Su voz se apagó y Tom miró con impaciencia en torno al taller. Oí entonces pasos en una escalera, y al punto la figura rotunda de una mujer tapó la luz de la puerta del despacho. Andaba por los treinta y cinco años y tiraba a gruesa, pero llevaba sus carnes con una sensualidad descarada que no todas poseen. Su rostro, sobre un vestido moteado de crespón de China azul marino, carecía de cualquier atisbo de hermosura, pero emanaba de ella una vitalidad palpable de inmediato, como si los nervios de su cuerpo ardieran en un rescoldo continuo. Esbozó una sonrisa lenta y, pasando a través de su marido como si fuera un espectro, estrechó la mano de Tom mirándolo de hito en hito a los ojos. Luego se humedeció los labios y, sin volverse, ordenó a su marido con voz áspera y mimosa:
—Trae unas sillas, anda, para que la gente pueda sentarse.
—Ah, desde luego —asintió Wilson con premura, y marchó hacia el cuartucho mimetizándose al punto con el tono ceniciento de las paredes. Un polvo blanquecino velaba su traje oscuro y sus cabellos pálidos como velaba cuanto había en los alrededores, salvo a su mujer, que se aproximó a Tom.
—Quiero verte —le soltó Tom con firmeza—. Toma el próximo tren.
—Muy bien.
—Te espero junto al quiosco de prensa del piso inferior.
Ella asintió y se apartó de él justo cuando George Wilson reaparecía en el vano con dos sillas.
La aguardamos carretera adelante, fuera de la vista. Faltaban pocos días para el cuatro de julio, y un chiquillo italiano, flaco y cetrino, colocaba petardos en fila sobre los rieles del tren.
—Lugar espantoso, ¿verdad? —dijo Tom, cruzando un mal gesto con el doctor Eckleburg.
—Horrible.
—A ella le sienta de perlas salir de aquí.
—¿Y el marido no sospecha?
—¿Wilson? Se cree que va a visitar a su hermana en Nueva York. Es tan rematadamente memo que ni sabe que está vivo.
De modo que Tom Buchanan, su mujeruca y yo subimos juntos a Nueva York... o casi juntos, pues la señora Wilson viajó discretamente en otro vagón. Tom concedía esa deferencia a la susceptibilidad de los vecinos de East Egg que pudieran coincidir en el convoy.
Se había cambiado de indumentaria, luciendo ahora una muselina estampada de color castaño que ceñía sus caderas más bien anchas mientras Tom la ayudaba a apearse en el andén de Nueva York. En el puesto de revistas adquirió un ejemplar del Town Tattle y una publicación de cine, y en la botica de la estación un tarro de crema facial y un frasquito de perfume. Arriba, en la solemnidad cavernosa del paseo de carruajes, dejó pasar cuatro taxis antes de elegir uno nuevo, pintado de lavanda con tapicería gris; y en él nos deslizamos fuera de la mole de la estación para zambullirnos en la luz radiante del sol. Pero de inmediato se apartó de la ventanilla y, echándose hacia delante, golpeó el cristal de separación.
—Quiero uno de esos perritos —dijo con anhelo—. Quiero uno para el apartamento. Son tan monos... un perro.
Dimos marcha atrás hasta donde estaba un anciano encanecido que guardaba un asombroso parecido con John D. Rockefeller. De una cesta que le colgaba del cuello asomaban una docena de cachorros recién nacidos de raza indeterminada.
—¿De qué clase son? —preguntó la señora Wilson con presteza en cuanto el hombre se acercó a la ventanilla.
—De todas las clases. ¿Cuál le gusta a la señora?
—Me gustaría uno de esos perros policía; ¿no tendrá ninguno?
El vendedor escudriñó con perplejidad el cesto, hundió la mano y extrajo uno que pataleaba, asiéndolo por el cogote.
—Ese no tiene nada de perro policía —sentenció Tom.
—Bueno, exactamente policía no es —admitió el viejo con deje compungido—. Tira más bien a Airedale. —Y pasó la mano por un lomo áspero como un trapo castaño—. Mire qué pelaje. Es un perro que jamás le dará quebraderos con los resfriados.
—A mí me parece una monada —exclamó la señora Wilson entusiasmada—. ¿Cuánto pide?
—¿Por este? —Lo miró con fingida devoción—. Este perrito le costará diez dólares.
El Airedale —sin duda había algo de Airedale en su ascendencia, aunque sus patas lucían de una blancura desconcertante— cambió de manos y fue a parar al regazo de la señora Wilson, quien acarició el pelaje impermeable con verdadero embeleso.
—¿Es macho o hembra? —inquirió con delicadeza.
—¿Ese perro? Es un machito.
—Es una perra —zanjó Tom tajante—. Tome el dinero. Vaya y compre diez perros más con eso.
Pusimos rumbo a la Quinta Avenida, que lucía tibia y apacible, casi pastoral en aquella tarde dominical de estío. No me habría extrañado ver doblar la esquina a un rebaño de ovejas blancas.
—Esperad —dije yo—, os dejo aquí.
—De eso nada —intervino Tom con presteza—. Myrtle se ofenderá si no subes al apartamento. ¿A que sí, Myrtle?
—Venga con nosotros —rogó ella—. Telefonearé a mi hermana Catherine. Dicen que es muy guapa personas bien entendidas.
—Bueno, me gustaría, pero...
Continuamos la marcha, cruzando el parque hacia las calles altas del West Side. A la altura de la calle 158 el taxi se detuvo ante una porción de un largo pastel blanco de edificios de apartamentos. Echando en derredor una altiva mirada de señora que vuelve a su feudo, la señora Wilson recogió su perrito y las demás compras y entró con paso señorial.
—Haré subir a los McKee —anunció mientras subíamos en el ascensor—. Y, por descontado, he de llamar también a mi hermana.
El piso se hallaba en la última planta: una salita modesta, un comedor menudo, un dormitorio diminuto y un baño. La sala de estar estaba atestada hasta los topes con un juego de muebles tapizados con estampados versallescos que resultaban a todas luces descomunales para el espacio, de suerte que desplazarse equivalía a tropezar de continuo con damas meciéndose en los jardines de Versalles. El único cuadro consistía en una fotografía excesivamente ampliada que semejaba una gallina posada sobre un peñasco borroso; mirada de lejos, empero, la gallina se transformaba en una cofia, y el semblante de una anciana rolliza sonreía sobre la estancia. Varios números atrasados del Town Tattle yacían sobre la mesa junto a un ejemplar de Simón llamado Pedro y algunas revistillas de cotilleo de Broadway. La señora Wilson atendió en primer término al cachorro. El reticente ascensorista fue a buscar una caja con paja y un poco de leche, a lo que sumó por su cuenta una lata de galletas duras para perros, una de las cuales se descompuso con languidez en el platillo de leche durante toda la tarde. Entretanto, Tom sacó una botella de whisky de un secreter cerrado con llave.
Solo me he emborrachado dos veces en toda mi vida, y la segunda fue aquella tarde; de modo que cuanto aconteció conserva un velo borroso y brumoso, si bien hasta pasadas las ocho el piso estuvo bañado por un sol risueño. Sentada sobre las rodillas de Tom, la señora Wilson telefoneó a varias amistades; luego faltaron cigarrillos y hube de bajar a comprarlos a la farmacia de la esquina. Cuando regresé ambos habían desaparecido, de suerte que me senté con discreción en el saloncito a leer un capítulo de Simón llamado Pedro: o era un bodrio infame o el licor me nublaba el juicio, porque no saqué nada en limpio de aquellas páginas.
Justo cuando Tom y Myrtle (tras la primera copa la señora Wilson y yo nos tuteábamos) regresaron a la sala, los convidados comenzaron a llamar a la puerta del piso.
La hermana, Catherine, era una muchacha esbelta y desenvuelta, de unos treinta años, con una melenita pelirroja muy tiesa y la tez enharinada de polvos blancos como la leche. Llevaba las cejas depiladas y vueltas a pintar en un ángulo más descarado, si bien el afán de la naturaleza por devolverlas a su cauce confería un aire borroso a su semblante. Al desplazarse se producía un continuo castañeo, pues un sinfín de pulseras de loza repiqueteaban arriba y abajo en sus brazos. Entró con tal desenvoltura de ama de casa y contempló el mobiliario con tanto afán posesivo que dudé si residiría allí; pero al preguntárselo rompió a reír con estrépito, repitió mi duda en voz alta y aclaró que vivía con una amiga en un hotel.
El señor McKee era un sujeto pálido y amanerado del piso de abajo. Acababa de afeitarse, pues lucía un pegote blanco de espuma en el pómulo, y saludó con extremada reverencia a cuantos nos hallábamos allí. Me hizo saber que se dedicaba al «negocio del arte», y más tarde colegí que era fotógrafo y que había perpetrado aquella turbia ampliación de la madre de la señora Wilson que flotaba como un ectoplasma en la pared. Su esposa era chillona, lánguida, de buen ver y atroz. Me refirió con orgullo que su marido la había retratado ciento veintisiete veces desde que se desposaron.
La señora Wilson se había mudado de ropa poco antes y lucía ahora un elaborado traje de tarde de gasa color crema, que crujía sin cesar a cada uno de sus movimientos por la sala. Con el influjo del vestido su personalidad había experimentado asimismo una mutación: la vitalidad desbordante que tanto llamaba la atención en el taller se trocó en una soberbia imponente. Sus risas, sus aspavientos y sus asertos se hacían por momentos más aparatosos, y a medida que ella se hinchaba la habitación se empequeñecía a su alrededor, hasta dar la impresión de que giraba sobre un eje chirriante a través del humo espeso.
—Querida —le soltó a su hermana en un grito aflautado y chillón—, casi todos esos tipos te estafan en cuanto te descuidas. Solo piensan en la pasta. La semana pasada subió una mujer a mirarme los pies, y al presentarme la cuenta cualquiera habría jurado que me había operado del apéndice.
—¿Cómo se llamaba la mujer? —inquirió la señora McKee.
—La señora Eberhardt. Va de casa en casa mirando los pies a la gente.
—Me chifla tu vestido —apuntó la señora McKee—; lo encuentro adorable.
La señora Wilson despreció el elogio arqueando una ceja con desdén.
—No es más que un pingajo cualquiera —repuso—. Me lo planto a veces cuando no tengo ganas de arreglarme.
—Pues te queda de maravilla, si me entiendes —insistió la señora McKee—. Si Chester lograra retratarte en esa misma pose, creo que sacaría algo fabuloso.
Fin del Episodio 4 · de 24
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