Capítulo I · III
~7 min · 1469 palabras
Daisy se llevó las manos al rostro como si quisiera palpar su hermosa silueta, y sus ojos se fueron perdiendo en el crepúsculo aterciopelado. Advertí que la embargaba una viva turbación, de modo que le hice algunas preguntas apacibles sobre su pequeña con ánimo de serenarla.
—Apenas nos conocemos, Nick —soltó de pronto—. Por más que seamos primos. Ni siquiera viniste a mi boda.
—Aún no había regresado de la guerra.
—Es verdad. —Vaciló un instante—. Pues lo he pasado muy mal, Nick, y me he vuelto bastante cínica ante todo.
A todas luces tenía sobradas razones para ello. Aguardé, pero no añadió palabra, y al cabo de unos segundos retomé con timidez el tema de su hija.
—Imagino que ya hablará, y... comerá, y todo eso.
—Oh, sí. —Me miró con aire ausente—. Escucha, Nick; déjame contarte lo que dije cuando nació. ¿Te gustaría saberlo?
—Muchísimo.
—Te servirá para entender lo que he llegado a sentir sobre... las cosas. Verás, apenas tenía una hora de vida y Tom andaba Dios sabe dónde. Desperté de la anestesia con una horrible sensación de desamparo, y de inmediato le pregunté a la enfermera si era niño o niña. Me dijo que era una niña, de modo que volví la cabeza y me eché a llorar. «Muy bien —dije—, me alegro de que sea niña. Y ojalá sea tonta... eso es lo mejor que una mujer puede ser en este mundo: una hermosa tontita».
—Es que creo que todo es espantoso, en verdad —continuó con acento de firme convicción—. Todo el mundo opina lo mismo, la gente más avanzada. Y yo lo sé bien. He estado en todas partes, lo he visto todo y lo he hecho todo. —Sus ojos fulguraron a su alrededor con desafío, de un modo similar a los de Tom, y rio con un desdén estremecedor—: Sofisticada... ¡Dios mío, vaya si soy sofisticada!
En cuanto su voz se quebró y dejó de subyugar mi atención y mi fe, sentí la falsedad esencial de cuanto acababa de decir. Me invadió una incómoda inquietud, cual si la velada entera no hubiese sido más que una estratagema para arrancarme una emoción de complicidad. Aguardé, y en efecto, al cabo de un instante me miró con una sonrisita burlona en su lindo semblante, como si acabara de confirmar su pertenencia a una distinguida hermandad secreta a la que ella y Tom pertenecían.
En el interior, la estancia carmesí resplandecía de luz. Tom y la señorita Baker descansaban en sendos extremos del largo sofá y ella le leía en voz alta un ejemplar del Saturday Evening Post; las palabras, susurradas y monótonas, fluían unidas en una cadencia balsámica. La luz de la lámpara, viva en las botas de él y tenue sobre el rubio otoñal de la cabellera de ella, reverberaba en las páginas al pasar la hoja con un aleteo de los esbeltos músculos de sus brazos.
Al vernos entrar, nos impuso silencio un instante alzando la mano.
—Continuará —anunció, dejando la revista sobre la mesa— en nuestro próximo número.
Su figura cobró brío con un ligero balanceo de la rodilla y se puso en pie.
—Las diez —señaló, descubriendo la hora en algún punto del techo—. Ya es hora de que las chicas buenas se vayan a la cama.
—Jordan compite mañana en un torneo —aclaró Daisy—, allá en Westchester.
—Ah, de modo que es usted Jordan Baker.
Comprendí al punto por qué su rostro me resultaba familiar: su expresión de altivo desdén me había contemplado desde numerosas fotografías en huecograbado sobre la vida deportiva en Asheville, Hot Springs y Palm Beach. También había llegado a mis oídos cierto chisme sobre ella, una historia turbia y desagradable, pero de qué se trataba lo había olvidado hacía mucho tiempo.
—Buenas noches —dijo con suavidad—. Despiértenme a las ocho, ¿quieren?
—Si es que te levantas.
—Me levantaré. Buenas noches, señor Carraway. Hasta la vista.
—Desde luego que os veréis —aseguró Daisy—. De hecho, pienso concertar una boda. Ven a menudo, Nick, y me encargaré de... en fin, de juntaros. Ya sabes: encerraros por descuido en el armario de la ropa blanca, empujaros al mar en una barca y ocurrencias por el estilo...
—Buenas noches —gritó la señorita Baker desde la escalera—. No he oído ni una sola palabra.
—Es una buena chica —apuntó Tom al cabo de una pausa—. No deberían permitirle corretear por el país a su antojo de esa manera.
—¿Quiénes no deberían permitirlo? —inquirió Daisy con frialdad.
—Su familia.
—Su familia se reduce a una tía que tiene cerca de mil años. Además, Nick se ocupará de cuidarla, ¿verdad, Nick? Va a pasar muchos fines de semana por aquí este verano. Creo que el influjo hogareño le sentará la mar de bien.
Daisy y Tom se miraron unos instantes en silencio.
—¿Es de Nueva York? —pregunté sin demora.
—De Louisville. Pasamos juntas nuestra blanca juventud allí. Nuestra hermosa y blanca...
—¿Le has soltado a Nick una confidencia íntima en el porche? —interpeló Tom de golpe.
—¿Yo? —Daisy me miró—. No logro recordarlo, pero creo que hablamos de la raza nórdica. Sí, estoy segura de que fue de eso. Surgió de improviso y antes de darnos cuenta...
—No creas todo cuanto oigas, Nick —me advirtió él.
Respondí con ligereza que no había oído absolutamente nada, y pocos minutos después me levanté para regresar a casa. Me acompañaron hasta la puerta, permaneciendo juntos en el marco risueño de la luz. Cuando encendí el motor, Daisy me gritó con tono imperativo: «¡Espera!
»Olvidé preguntarte algo muy importante. Nos dijeron que estabas prometido con una muchacha del Oeste».
—Eso es —corroboró Tom con afabilidad—. Oímos que estabas comprometido.
—Es una calumnia. Soy demasiado pobre.
—Pues nosotros lo oímos —insistió Daisy, asombrándome al florecer de nuevo con alegre frescura—. Nos lo dijeron tres personas distintas, así que ha de ser verdad.
Sabía, desde luego, a qué se referían, pero no estaba comprometido ni por asomo. El hecho de que las malas lenguas hubieran pregonado las amonestaciones fue precisamente una de las razones que me empujaron a marcharme al Este. Uno no va a dejar de frecuentar a una vieja amiga a causa de simples habladurías, pero por otra parte no albergaba la menor intención de dejarme arrastrar al matrimonio por culpa de un rumor.
Su interés me conmovió un tanto y los hizo parecer menos remotamente ricos; con todo, me sentí desconcertado y algo asqueado mientras conducía de vuelta. Me parecía que lo que procedía por parte de Daisy era salir huyendo de aquella casa con su hija en brazos; pero saltaba a la vista que no abrigaba tales intenciones en su mente. En cuanto a Tom, el hecho de que «tuviese una mujer en Nueva York» me causaba menos asombro que su desazón ante la lectura de un libro. Algo lo impelía a mordisquear el borde de ideas rancias, como si su rudo egoísmo físico ya no alcanzara a alimentar su corazón imperioso.
El verano se adueñaba ya plenamente de los techos de las fondas de carretera y ante los talleres del camino, donde nuevos surtidores rojos de gasolina se alzaban en medio de charcos de luz; y cuando llegué a mi finca de West Egg, metí el coche en su cobertizo y me senté un rato sobre un rodillo de apisonar hierba arrinconado en el corral. El viento había amainado, dando paso a una noche fragorosa y clara, con aleteos en las copas de los árboles y un persistente rumor de órgano conforme los pulmones colmados de la tierra insuflaban vida a los batracios. La silueta escurridiza de un gato osciló bajo la luz de la luna, y al girar la cabeza para seguirla descubrí que no me hallaba solo: a cincuenta pies de distancia una silueta acababa de emerger de las sombras de la mansión vecina y permanecía con las manos en los bolsillos, contemplando la pimienta plateada de las estrellas. Algo en sus ademanes pausados y en la firme compostura de sus plantas sobre el césped daba a entender que se trataba del mismísimo señor Gatsby, salido a calibrar qué porción le correspondía de nuestros cielos locales.
Decidí llamarlo. La señorita Baker lo había nombrado durante la cena, y aquello me servía de presentación. Pero me abstuve de llamarlo, pues dio a entender de pronto que prefería estar a solas: extendió los brazos hacia las aguas tenebrosas con un gesto curioso y, a pesar de la distancia, habría jurado que le temblaba el cuerpo. De manera involuntaria miré hacia el mar, pero no distinguí nada salvo una solitaria luz verde, diminuta y remota, que bien pudiera ser el extremo de un embarcadero. Cuando volví a buscar con la vista a Gatsby, este se había desvanecido, y me quedé de nuevo a solas en medio de la intranquila oscuridad.
Fin del Episodio 3 · de 24
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