Capítulo I · II
~12 min · 2329 palabras
La más joven de las dos era para mí una desconocida. Se hallaba tendida cuan larga era en su extremo del diván, por entero inmóvil y con la barbilla ligeramente alzada, cual si mantuviera en equilibrio sobre ella algún objeto propenso a caer. Si me percibió de reojo, no dio señal alguna de advertirlo; en verdad, estuve a punto de balbucear una disculpa por turbar su quietud con mi llegada.
La otra joven, Daisy, hizo ademán de incorporarse —inclinó el busto con expresión solícita—; luego rompió a reír, una risita absurda y encantadora, y yo reí también al tiempo que avanzaba hacia el centro de la estancia.
—Estoy p-paralizada de alegría.
Volvió a reír, como si hubiera soltado una agudeza de ingenio, y me retuvo la mano un instante, mirándome a los ojos con la promesa de que no existía nadie en el mundo a quien anhelara ver tanto. Era una costumbre suya muy propia. Apuntó en un susurro que la joven equilibrista se apellidaba Baker. (Había oído comentar que el murmullo de Daisy solo buscaba obligar a los demás a inclinarse hacia ella; censura ociosa que no mermaba en absoluto su encanto).
En cualquier caso, los labios de la señorita Baker temblaron, me dirigió un saludo apenas perceptible con la cabeza y de inmediato volvió a echarla hacia atrás: el objeto imaginario que sostenía en vilo había oscilado levemente, causándole un sobresalto. Una vez más asomó a mis labios el amago de una disculpa. Casi cualquier demostración de absoluta autosuficiencia me arranca un tributo de admiración atónita.
Volví los ojos hacia mi prima, que empezó a interrogarme con su voz grave y emocionante. Era esa clase de voz que el oído persigue en sus modulaciones ascendentes y descendentes, cual si cada frase fuera una partitura que no volvería a interpretarse jamás. Su rostro traslucía una hermosura melancólica salpicada de rasgos vivaces, ojos brillantes y una boca ardiente y apasionada; pero había en su tono una vibración que los hombres prendados de ella difícilmente podían olvidar: un apremio cantarín, un susurro que imploraba «Escucha», la tácita promesa de que acababa de vivir deleites emocionantes y de que la hora próxima aguardaba repleta de gozos aún más intensos.
Le conté que había parado un día en Chicago camino del Este, y que una docena de viejos amigos le enviaban recuerdos por mi conducto.
—¿Me echan de menos? —exclamó con entusiasmo.
—La ciudad entera está desolada. Todos los automóviles llevan la rueda trasera izquierda pintada de negro a modo de crespón de luto, y se oye un lamento continuo por toda la orilla norte a lo largo de la noche.
—¡Qué maravilla! Regresemos a Chicago, Tom. ¡Mañana mismo! —Y luego añadió sin ton ni son—: Tienes que ver a la niña.
—Me encantaría.
—Está dormida. Ya ha cumplido tres años. ¿No la has visto nunca?
—Nunca.
—Pues tendrías que verla. Es tan...
Tom Buchanan, que se paseaba inquieto por la sala, se detuvo y me puso una mano en el hombro.
—¿En qué andas metido, Nick?
—Estoy en el negocio de los bonos.
—¿Con quién?
Se lo dije.
—No los he oído nombrar en mi vida —repuso con tajante desdén.
Aquello me molestó.
—Ya los oirás —le respondí con sequedad—. Los oirás si te quedas en el Este.
—Descuida, me quedaré en el Este —dijo, lanzando una ojeada a Daisy y luego de nuevo a mí, como si estuviera prevenido ante cualquier réplica—. Tendría que ser rematadamente idiota para vivir en otro sitio.
En aquel momento la señorita Baker soltó un: «¡Desde luego!», con tal vehemencia que me hizo dar un respingo; era la primera palabra que pronunciaba desde mi entrada. Por lo visto el arrebato la sorprendió tanto a ella como a mí, pues bostezó y con un encadenamiento de ademanes diestros y rápidos se puso en pie.
—Tengo el cuerpo entumecido —se quejó—. Juraría que llevo tendida en ese sofá una eternidad.
—A mí no me mires —replicó Daisy—. Me he pasado toda la tarde rogándote que fuéramos a Nueva York.
—No, gracias —dijo la señorita Baker a los cuatro cócteles que el mayordomo acababa de traer de la alacena—. Estoy en pleno entrenamiento riguroso.
El anfitrión la contempló con incredulidad.
—¡Tú en entrenamiento! —Vació su copa como si fuera una mísera gota al fondo del vaso—. Cómo te las arreglas para hacer algo en la vida es un enigma para mí.
Observé a la señorita Baker, preguntándome qué sería aquello que lograba «hacer». Me complacía mirarla. Era una muchacha esbelta, de pecho menudo y porte erguido, que ella acentuaba echando los hombros hacia atrás como un joven cadete. Sus ojos grises, cansados por el sol, me escrutaron con educada curiosidad recíproca desde un rostro pálido, atrayente y descontento. Caí en la cuenta entonces de que ya la había visto antes, o al menos su fotografía, en algún lugar.
—Usted vive en West Egg —apuntó con tono condescendiente—. Conozco a alguien de allí.
—Yo no conozco a nadie...
—Tiene que conocer a Gatsby.
—¿A Gatsby? —inquirió Daisy—. ¿Qué Gatsby?
Antes de que pudiera responderle que era mi vecino anunciaron la cena; pasando su recio brazo bajo el mío de manera perentoria, Tom Buchanan me arreó fuera de la sala como quien traslada una ficha de damas a otra casilla.
Con paso lánguido y esbelto, apoyando con suavidad las manos en las caderas, las dos jóvenes nos precedieron hacia un porche teñido de rosa, abierto al crepúsculo, donde cuatro velas temblaban sobre la mesa en medio de una brisa ya apaciguada.
—¿Por qué velas? —protestó Daisy frunciendo el ceño, y las apagó con los dedos de un golpe seco—. En dos semanas tendremos el día más largo del año. —¿Y mirándonos a todos con arrebato radiante, añadió—: ¿Siempre estáis esperando el día más largo del año para luego perdéroslo? Yo siempre espero el día más largo del año y al final se me pasa.
—Deberíamos planear algo —bostezó la señorita Baker, acomodándose en la silla cual si se metiera en la cama.
—De acuerdo —asintió Daisy—. ¿Qué planeamos? —Y volviéndose hacia mí con aire desamparado—: ¿Qué planea la gente?
Antes de que pudiese terciar, sus ojos se clavaron con pasmo en su dedo meñique.
—¡Mira! —se lamentó—. Me he hecho daño.
Todos miramos: el nudillo lucía morado.
—Has sido tú, Tom —le reprochó—. Sé que no querías hacerme daño, pero lo hiciste. Eso me pasa por casarme con una mole de hombre, un ejemplar descomunal, torpe y gigantesco que parece un...
—Detesto esa palabra, «descomunal» —objetó Tom enojado—, incluso en broma.
—Descomunal —insistió Daisy.
A veces ella y la señorita Baker hablaban al unísono, con discreción y una ligereza burlona que jamás degeneraba en simple charlatanería, tan serena como sus vestidos blancos y sus ojos impersonales desprovistos de todo deseo. Se hallaban allí y nos aceptaban a Tom y a mí, limitándose a un cortés y agradable empeño por divertir o ser entretenidas. Sabían que dentro de poco la cena tocaría a su fin, y que poco más tarde la velada también concluiría y quedaría archivada con naturalidad. Aquello contrastaba vivamente con el Oeste, donde una noche se apuraba a toda prisa de fase en fase hacia su desenlace, entre una expectación continuamente defraudada o un nervioso pavor ante el instante mismo.
—Haces que me sienta un salvaje, Daisy —confesé al apurar mi segunda copa de un clarete un tanto picado pero de excelente crianza—. ¿No podéis hablar de cosechas o de algo parecido?
No abrigaba ninguna intención particular con aquella salida, pero fue acogida de un modo insospechado.
—La civilización se desmorona a pedazos —estalló Tom de repente—. Me he vuelto un pesimista empedernido sobre el rumbo del mundo. ¿Has leído El ascenso de los imperios de color, de ese tal Goddard?
—Pues no —respondí, sorprendido por su vehemencia.
—Pues es un libro magnífico, y todo el mundo debería leerlo. La tesis fundamental es que, si no andamos con ojo, la raza blanca quedará... quedará totalmente sepultada. Es rigurosamente científico; está comprobado.
—Tom se está volviendo muy sesudo —comentó Daisy con una mueca de tristeza fingida—. Lee libros hondos con palabras interminables. ¿Cómo era aquella palabra que...?
—Son libros científicos —recalcó Tom, lanzándole una mirada impaciente—. Ese individuo lo ha desentrañado todo. Nos incumbe a nosotros, la raza dominante, mantenernos alerta, o de lo contrario esas otras razas se adueñarán del timón.
—Hay que aplastarlas —susurró Daisy, guiñando un ojo con ferocidad hacia el sol ardiente.
—Deberías vivir en California... —empezó la señorita Baker, pero Tom la interrumpió removiéndose pesadamente en su asiento.
—La cuestión es que somos nórdicos. Lo soy yo, lo eres tú, lo eres tú y... —Tras una vacilación imperceptible incluyó a Daisy con una leve inclinación de cabeza, y ella volvió a guiñarme un ojo—. Y nosotros hemos creado todo cuanto conforma la civilización: la ciencia, el arte y todo lo demás. ¿Comprendes?
Había algo conmovedor y patético en su afán, como si su autosatisfacción, más acusada que antaño, ya no le bastara para colmarlo. Casi en el mismo instante sonó el teléfono en el interior y el mayordomo abandonó el porche; Daisy aprovechó la momentánea interrupción y se inclinó hacia mí.
—Te revelaré un secreto de familia —susurró con aire vivaz—. Tiene que ver con la nariz del mayordomo. ¿Quieres oír la historia de la nariz del mayordomo?
—Para eso he venido esta noche.
—Verás, antes no era mayordomo; pulía la plata para una familia de Nueva York que poseía una vajilla de plata para doscientas personas. Tenía que frotarla de la mañana a la noche, hasta que al final empezó a afectarle a la nariz...
—Y la cosa fue de mal en peor —apostilló la señorita Baker.
—Exacto. La cosa fue de mal en peor, hasta que no le quedó más remedio que dejar el puesto.
Durante un instante el postrer resplandor del sol iluminó con devoción romántica su rostro encendido; su voz me atraía hacia ella dejándome casi sin aliento... luego el brillo se apagó, abandonándola con pesarosa morosidad, como niños que dejan una calle alegre al caer la tarde.
El mayordomo regresó y murmuró unas palabras al oído de Tom; este frunció el entrecejo, echó la silla hacia atrás y entró en la casa sin decir palabra. Como si su ausencia encendiera en su interior algún resorte, Daisy se inclinó de nuevo hacia mí con voz cantarína y vibrante.
—Me encanta tenerte a mi mesa, Nick. Me recuerdas a una... a una rosa, una auténtica rosa. ¿A que sí? —Se volvió hacia la señorita Baker en busca de confirmación—: ¿A que es una rosa?
Aquello era a todas luces incierto. Yo no tengo el menor parecido con una rosa. Improvisaba por puro capricho, pero emanaba de ella una calidez tan viva que parecía como si su corazón pugnara por revelarse envuelto en aquellas palabras emocionantes. De pronto arrojó la servilleta sobre la mesa, pidió disculpas y se internó en la vivienda.
La señorita Baker y yo intercambiamos una mirada deliberadamente vacía de sentido. Iba a hablar cuando ella se incorporó muy atenta y soltó un «¡Chist!» de advertencia. En la habitación contigua se percibía un murmullo sordo y apasionado, y la señorita Baker se inclinó hacia delante sin pudor alguno en un intento por escuchar. El rumor oscilaba al borde de la inteligibilidad, decaía, cobraba nuevo ardor y de golpe cesó por completo.
—Ese señor Gatsby de quien hablaba es vecino mío... —comencé a decir.
—Calle. Quiero enterarme de lo que ocurre.
—¿Pasa algo? —inquirí con ingenuidad.
—¿Me dice en serio que no lo sabe? —inquirió la señorita Baker, sinceramente asombrada—. Creí que lo sabía todo el mundo.
—Yo no.
—Pues... —dijo con titubeo—: Tom tiene una mujer en Nueva York.
—¿Tiene una mujer? —repetí estupefacto.
La señorita Baker asintió con la cabeza.
—Bien podría tener la decencia de no telefonearle a la hora de la cena. ¿No le parece?
Apenas hube asimilado el alcance de sus palabras, se escuchó el frufrú de un vestido y el crujido de unas botas de cuero, y Tom y Daisy reaparecieron junto a la mesa.
—¡No ha habido forma de evitarlo! —exclamó Daisy con una alegría forzada.
Tomó asiento, dirigió una mirada inquisitiva a la señorita Baker y luego a mí, y prosiguió: «Me he asomado un instante afuera, y la noche está de lo más romántica. Hay un pájaro en el jardín que bien podría ser un ruiseñor llegado en los vapores de la Cunard o de la White Star Line. No para de cantar... —Y su voz se tornó melódica—: ¿Verdad que es romántico, Tom?».
—Muy romántico —contestó él, y luego, con aire compungido, dirigiéndose a mí—: Si aún queda algo de luz después de cenar, quiero llevarte a ver las caballerizas.
El teléfono volvió a sonar dentro de improviso, y al sacudir Daisy la cabeza con enojo hacia Tom, el asunto de las cuadras, y de hecho cualquier otro tema, se esfumó en el aire. Entre las esquirlas dispersas de los últimos cinco minutos en la mesa recuerdo que encendieron de nuevo las velas, sin objeto alguno, y cobré conciencia de querer mirar a todos a los ojos y, al mismo tiempo, rehuir cualquier mirada. Ignoraba qué cruzaba por la mente de Daisy y de Tom, pero dudo que incluso la señorita Baker, pertrechada de un sólido escepticismo, fuera capaz de abstraerse de la estridente urgencia metálica de aquella quinta invitada. A cierta clase de temperamentos la escena les habría parecido sugerente; mi instinto primordial fue telefonear de inmediato a la policía.
Huelga decir que no volvieron a mentarse los caballos. Tom y la señorita Baker, con una distancia de varios pies de penumbra entre ambos, regresaron a la biblioteca cual si acudieran al velatorio de un cuerpo palpable; entretanto yo, esforzándome por aparentar un interés cortés y un punto de sordera, seguí a Daisy a través de una hilera de galerías comunicadas hasta el porche delantero. En medio de su densa penumbra tomamos asiento juntos en un canapé de mimbre.
Fin del Episodio 2 · de 24
Capítulo I · II
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.