Capítulo I · I
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En mis años mozos y más vulnerables, mi padre me dio un consejo que desde entonces no ha dejado de darme vueltas en la cabeza.
—Cada vez que sientas deseos de criticar a alguien —me dijo—, no olvides que no todo el mundo ha tenido las ventajas que tú tuviste.
No añadió nada más, pero siempre nos habíamos comunicado con una franqueza poco común y muy reservada, de modo que comprendí que sus palabras entrañaban mucho más. En consecuencia, tiendo a reservar todo juicio, costumbre que me ha revelado no pocas personalidades curiosas y que asimismo me ha convertido en víctima de más de un plasta consumado. Las mentes anómalas detectan con presteza esa cualidad y se aferran a ella cuando despunta en un individuo corriente; por eso en la universidad se me tachó injustamente de politicastro, porque estaba al tanto de los pesares secretos de muchachos salvajes y desconocidos. Casi todas aquellas confidencias me caían sin buscarlas: a menudo fingí sueño, ensimismamiento o una frivolidad hostil al percatarme, por algún indicio inequívoco, de que una revelación íntima temblaba ya en el horizonte; pues las confidencias íntimas de los jóvenes, o al menos los términos en que las expresan, suelen ser plagios descarados y adolecen de notorias omisiones. Reservarse los juicios es una fuente de esperanza infinita. Todavía me asalta el temor de perderme algo si olvido que, tal como mi padre sugirió con cierto esnobismo y yo repito con no menor petulancia, el sentido de las decencias fundamentales se reparte de modo desigual en el momento de nacer.
Y, tras ufanarme de semejante tolerancia, me veo obligado a admitir que tiene un límite. La conducta humana podrá asentarse sobre la roca firme o sobre ciénagas viscosas, pero a partir de cierto punto me da lo mismo sobre qué repose. Cuando regresé del Este el pasado otoño sentí deseos de que el mundo entero vistiera de uniforme y guardara una suerte de firme moral para siempre; no quería más incursiones desordenadas con asomos privilegiados al corazón humano. Solo Gatsby, el hombre que da título a este relato, quedó al margen de mi hastío; Gatsby, que encarnaba todo cuanto desprecio con entera sinceridad. Si la personalidad no es más que una serie ininterrumpida de gestos triunfales, había en él algo ciertamente espléndido, una sensibilidad exacerbada ante las promesas de la vida, como si estuviera conectado a una de esas complejas máquinas capaces de registrar terremotos a diez mil millas de distancia. Aquella capacidad de respuesta nada tenía que ver con esa impresionabilidad fofa a la que se concede rango noble bajo el nombre de «temperamento artístico»; era un don extraordinario para la esperanza, una prontitud romántica que jamás he hallado en ningún otro ser y que difícilmente volveré a encontrar. No, a fin de cuentas Gatsby salió indemne; fue lo que se cebó en él, fue el polvo infecto que flotaba en la estela de sus sueños lo que cegó temporalmente mi interés por las vanas penas y los entusiasmos sin aliento de los hombres.
Durante tres generaciones mi familia ha estado compuesta por personas destacadas y acomodadas en esta urbe del Medio Oeste. Los Carraway formamos una suerte de clan, y corre la tradición de que descendemos de los duques de Buccleuch, si bien el verdadero fundador de nuestra estirpe fue el hermano de mi abuelo, quien llegó a estas tierras en el cincuenta y uno, pagó a un sustituto para la Guerra de Secesión e inició el negocio mayorista de ferretería que hoy sigue regentando mi padre.
Nunca conocí a ese tío abuelo, pero dicen que me parezco mucho a él, sobre todo a juzgar por un retrato al óleo, de trazos bien recios, que cuelga en el despacho paterno. Me gradué en New Haven en 1915, justo un cuarto de siglo después de mi padre, y poco más tarde tomé parte en aquella retrasada migración teutónica conocida como la Gran Guerra. Disfruté tan a fondo de la contraofensiva que regresé poseído por una gran inquietud. En lugar de ser el cálido centro del universo, el Medio Oeste se me antojaba ahora el borde deshilachado del mundo; de modo que decidí marcharme al Este para aprender el negocio de los bonos. Cuantos conocía andaban metidos en los valores bursátiles, y supuse que el ramo daría cobijo a un soltero más. Mis tíos y tías lo deliberaron con la gravedad de quien escoge un internado para mí, y al final dijeron: «Bueno... síii», con semblantes severos e indecisos. Padre accedió a costearme durante un año, y tras varias demoras me trasladé al Este en la primavera del veintidós, con la idea de radicarme allí definitivamente.
Lo prudente era buscar aposento en la ciudad, mas era época calurosa y yo acababa de dejar una comarca de praderas extensas y árboles amigables; así que cuando un compañero de la oficina propuso arrendar una casa a medias en un pueblo de cercanías, la idea me pareció excelente. Él encontró la vivienda, un bungaló de cartón batido por las inclemencias a ochenta dólares al mes; pero a última hora la firma lo destinó a Washington y hube de marcharme solo al campo. Tenía un perro —al menos lo tuve unos días, hasta que se escapó—, un viejo Dodge y una asistenta finlandesa que me arreglaba la cama, preparaba el desayuno y mascullaba sentencias en su lengua ante el hornillo eléctrico.
Me sentí solo un par de jornadas, hasta que una mañana un hombre, recién llegado aún más tarde que yo, me atajó en el camino.
—¿Por dónde se va al pueblo de West Egg? —me preguntó con aire desorientado.
Se lo indiqué. Y conforme reanudé el paso, la soledad se disipó. Yo era un guía, un explorador, un pionero asentado. Aquel hombre me había otorgado, sin pretenderlo, la condición de vecino de pleno derecho.
Y así, con la claridad solar y los brotes generosos estallando en los árboles, tal como crecen las cosas en las películas a cámara rápida, me embargó esa íntima convicción de que con el verano la vida comenzaba de nuevo.
Había tanto que leer, por una parte, y tanta salud que absorber de aquel aire joven y tonificante. Compré una docena de tratados sobre banca, crédito y valores de inversión, que lucieron en mi estante con lomos rojos y dorados como moneda recién acuñada, prometiendo desvelar los resplandecientes misterios que solo Midas, Morgan y Mecenas alcanzaron a conocer. Y abrigaba además el noble propósito de leer muchas otras obras. En la universidad tuve ciertas inclinaciones literarias —un año redacté una serie de editoriales muy solemnes y evidentes para el Yale News—, y ahora me disponía a reincorporar todo aquello a mi vida para erigirme de nuevo en el más limitado de los especialistas: el «hombre completo». Y no es una mera frase ingeniosa: después de todo, la vida se contempla con mucho más provecho a través de una sola ventana.
Por pura casualidad fui a dar con una casa en una de las comunidades más insólitas de Norteamérica. Se hallaba en esa isla alargada y bulliciosa que se extiende al este de Nueva York, y donde figuran, entre otras curiosidades naturales, dos formaciones de tierra muy singulares. A veinte millas de la metrópoli, un par de huevos gigantescos, de idéntico contorno y separados tan solo por una bahía de cortesía, penetran en la masa de agua salada más domesticada del hemisferio occidental: el gran corral húmedo de Long Island Sound. No son óvalos perfectos —como el huevo de la leyenda de Colón, ambos aparecen achatados en su extremo de contacto—, pero su asombrosa semejanza física ha de ser motivo de perpetuo pasmo para las gaviotas que cruzan el cielo. Para quienes carecen de alas, el fenómeno más fascinante estriba en su total desemejanza en cualquier aspecto que no sea la forma y las dimensiones.
Yo residía en West Egg, la parte... en fin, la menos distinguida de las dos, si bien se trata de un marbete harto superficial para expresar el contraste estrafalario y no poco siniestro que mediaba entre ambas. Mi modesta casa quedaba en la punta misma del huevo, a escasas cincuenta yardas del estrecho, encajada entre dos propiedades colosales que se alquilaban por doce o quince mil dólares la temporada. La que se erguía a mi derecha era un portento bajo cualquier rasero: copia fidedigna de algún Hôtel de Ville normando, dotada de una torre a un costado, flamante bajo una leve barba de hiedra lozana, con piscina de mármol y más de cuarenta acres de césped y arboledas. Era la mansión de Gatsby. O, con más propiedad, ya que no conocía al señor Gatsby, la morada habitada por un caballero que llevaba ese nombre. Mi propia vivienda resultaba un adefesio, pero era un adefesio pequeño y había pasado inadvertido; de suerte que gozaba de vista al mar, una perspectiva parcial del parque de mi vecino y la vecindad reconfortante de los millonarios, todo ello por ochenta dólares al mes.
Al otro lado de la bahía de cortesía, los palacios blancos del aristocrático East Egg centelleaban a lo largo de la ribera, y la crónica de aquel verano empieza en verdad la tarde en que crucé hasta allí para cenar con los Tom Buchanan. Daisy era mi prima segunda, y a Tom lo había tratado en la universidad. Poco después de la guerra pasé un par de días con ellos en Chicago.
Su marido, entre diversas proezas atléticas, había sido uno de los extremos más formidables que jamás jugaron al fútbol americano en New Haven; una figura de relieve nacional, en cierto modo, uno de esos hombres que alcanzan a los veintiún años una cima tan deslumbrante y ceñida que cuanto sigue sabe luego a decepción. Pertenecía a una familia fabulosamente rica —ya en la facultad su derroche de dinero daba de qué hablar—, pero ahora había abandonado Chicago y desembarcado en el Este con un despliegue que cortaba el aliento: trajo consigo, verbigracia, una cuadra entera de ponis de polo desde Lake Forest. Costaba concebir que un hombre de mi propia quinta fuera lo bastante acaudalado para semejante alarde.
Por qué habían venido al Este, no lo sé con certeza. Habían pasado un año en Francia sin propósito concreto, y luego fueron derivando sin sosiego acá y acullá, allí donde se jugase al polo y la gente rica se reuniera. Esta era una mudanza definitiva, me aseguró Daisy por teléfono, pero yo no lo creí; no leía en el fondo del corazón de Daisy, mas intuía que Tom vagaría siempre en pos de algo, con cierta melancólica añoranza del fragor dramático de algún partido de fútbol imposible de recuperar.
Así sucedió que, en un atardecer tibio y ventoso, conduje hasta East Egg a visitar a dos viejos amigos a quienes apenas conocía. Su residencia superaba con creces cuanto había imaginado: una mansión de estilo colonial georgiano, alegre, de ladrillo rojo y piedra blanca, dominando la bahía. El césped arrancaba en la playa y trepaba un cuarto de milla hacia la fachada, salvando relojes de sol, sendas empedradas y parterres encendidos, hasta alcanzar los muros y trepar por el costado en enredaderas brillantes, como impulsado por el ímpetu de su propia carrera. La fachada quedaba rota por una hilera de ventanales franceses que reflejaban el oro del ocaso, abiertos de par en par al viento templado de la tarde; y Tom Buchanan, ataviado con prendas de montar, se hallaba de pie en el porche, con las piernas abiertas.
Había cambiado desde sus años de New Haven. Ahora era un hombre recio, de pelo pajizo y treinta años de edad, con una boca bastante dura y modales altaneros. Dos ojos relucientes y arrogantes señoreaban su rostro, dándole el aspecto de inclinarse siempre hacia delante en actitud agresiva. Ni siquiera la elegancia afeminada de su indumentaria hípica lograba disimular la formidable pujanza de aquel cuerpo: parecía embutir las botas relucientes hasta hacer crujir los cordones superiores, y se adivinaba una sólida mole muscular desplazándose bajo el paño fino de la chaqueta. Era una estampa capaz de una tremenda fuerza bruta; un cuerpo cruel.
Su voz, un tenor bronco y áspero, reforzaba esa impresión de carácter intratable. Se traslucía en ella un deje de desdén paternal, incluso al dirigirse a sus allegados; y no faltaron en New Haven muchachos que le profesaron un odio visceral.
—No vayas a pensar que mi opinión en estos asuntos es definitiva —parecía insinuar— por el mero hecho de ser más fuerte y más hombre que tú. —Pertenecíamos a la misma sociedad de último curso, y aunque jamás trabamos intimidad, siempre tuve la sensación de que me miraba con beneplácito y deseaba agradarme con cierta áspera y desafiante nostalgia.
Conversamos unos minutos en el porche bañado por el sol.
—Tengo una bonita finca aquí —dijo él, paseando los ojos con desasosiego en torno suyo.
Asiéndome del brazo, trazó un arco en el aire con una mano ancha y chata, abarcando en el ademán un jardín italiano en declive, medio acre de rosas tupidas de penetrante aroma y una lancha motora de proa chata que cabeceaba al compás de la marea junto al muelle.
—Perteneció a Demaine, el magnate del petróleo. —Me hizo girar de nuevo, con brusca cortesía—. Pasemos adentro.
Cruzamos un vestíbulo de techos altos hacia una estancia luminosa y sonrosada, unida de manera tenue a la casa por sendos ventanales franceses a ambos lados. Las ventanas entreabiertas brillaban con blancura contra el césped recién cortado del exterior, que parecía asomarse un trecho al interior del salón. Una ráfaga soplaba a través de la habitación, inflando las cortinas en un extremo y ondeándolas en el otro a guisa de pálidos estandartes, retorciéndolas hacia el artesonado blanco como tarta nupcial, para luego rizar la alfombra color vino tinto, proyectando sobre ella una sombra similar a la que el viento imprime al oleaje.
El único objeto del todo inmóvil en la estancia era un diván gigantesco donde flotaban dos jóvenes como sobre una barquilla amarrada. Ambas vestían de blanco y sus faldas ondulaban y aleteaban como si acabaran de regresar a tierra tras un breve vuelo por los alrededores de la casa. Me quedé unos instantes escuchando el chasquido seco de las cortinas y el crujido de un cuadro en la pared. De pronto resonó un golpe sordo cuando Tom Buchanan cerró de golpe las vidrieras traseras; el viento aprisionado se extinguió en la sala, y cortinas, alfombras y las dos doncellas descendieron suavemente hasta posarse en el suelo.
Fin del Episodio 1 · de 24
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