El gran Gatsby·Episodio 08

Capítulo III · III

~7 min · 1318 palabras

Deslumbrado por el resplandor de los faros y desconcertado por el lamento incesante de las bocinas, el aparecido permaneció tambaleándose unos segundos antes de reparar en el hombre del guardapolvo.

—¿Qué pa... pasa? —inquirió con flema—. ¿Nos quedamos sin sopa?

—¡Mira!

Media docena de dedos señalaron la rueda amputada; la contempló un instante y luego alzó los ojos al cielo como sospechando que se había desprendido de las nubes.

—Se ha salido —le explicó alguien.

Él asintió con la cabeza.

—Al principio no noté que nos habíamos parado.

Se hizo una pausa. Luego, respirando hondo y cuadrando los hombros, inquirió con voz resuelta:

—¿Podrían decirme dónde hay un surtidor de gasolina?

Al menos una docena de hombres, algunos en condiciones poco más lúcidas que las suyas, le explicaron que la rueda y el automóvil ya no guardaban ningún vínculo material.

—Marcha atrás —propuso él tras reflexionar—. Poned la marcha atrás.

—¡Pero si falta una rueda!

Vaciló un instante.

—Nada se pierde por probar —dijo.

El concierto infernal de bocinas alcanzaba el paroxismo cuando di media vuelta y crucé el parque rumbo a casa. Volví la vista una vez. Una luna fina como una hostia resplandecía sobre la mansión de Gatsby, devolviendo la hermosura a la noche y sobreviviendo a las risas y a la música de su jardín aún iluminado. Un repentino vacío parecía brotar ahora de los ventanales y de las grandes puertas, envolviendo en una soledad absoluta la silueta del anfitrión, que permanecía de pie en el porche, con la mano en alto en un formal ademán de despedida.

◇

Al releer lo que llevo escrito hasta aquí advierto que he dado la impresión de que los sucesos de tres noches espaciadas a lo largo de varias semanas absorbieron por entero mi atención. Muy al contrario: no fueron más que episodios casuales dentro de un estío atestado y, hasta mucho después, me interesaron infinitamente menos que mis propios asuntos personales.

Casi todo el tiempo lo consagré al trabajo. Por las mañanas temprano el sol proyectaba mi sombra hacia el oeste mientras descendía a toda prisa por las gargantas blancas del bajo Nueva York hacia el Probity Trust. Me sabía de memoria el nombre de pila de los demás oficinistas y jóvenes corredores de bonos, y almorzaba con ellos en figones oscuros y concurridos a base de salchichitas de cerdo, puré de patatas y café. Incluso sostuve un breve idilio con una chica de Jersey City que trabajaba en contabilidad; pero su hermano empezó a dedicarme miradas aviesas, de suerte que cuando ella se fue de vacaciones en julio dejé que la cosa se apagara sin hacer ruido.

Solía cenar en el Yale Club —por alguna razón era el rato más tétrico de mi jornada— y luego subía a la biblioteca a estudiar valores e inversiones durante una hora provechosa. Siempre rondaba por allí algún alborotador, pero nunca penetraban en la sala de lectura, de modo que era un rincón propicio para concentrarse. Después, si la noche se presentaba apacible, paseaba por la avenida Madison rebasando el viejo hotel Murray Hill, y cruzaba por la calle 33 hasta la estación de Pensilvania.

Comenzó a gustarme Nueva York: ese regusto audaz y trepidante de sus noches, y la satisfacción que el incesante centelleo de hombres, mujeres y máquinas proporciona a la mirada inquieta. Me placía remontar la Quinta Avenida, entresacar damas sugerentes de entre la multitud y fantasear con que en breves instantes penetraría en sus vidas sin que nadie pudiera enterarse ni censurarlo. A veces, en mi imaginación, las seguía hasta sus pisos en esquinas de calles discretas, y ellas se volvían y me sonreían antes de perderse tras una puerta en la tibia oscuridad. En el crepúsculo encantado de la metrópoli me asaltaba a veces una soledad punzante, y la descubría en otros: pobres oficinistas jóvenes que holgazaneaban ante los escaparates aguardando la hora de una cena solitaria en un figón; oficinistas en la penumbra, malgastando los instantes más conmovedores de la noche y de la vida.

De nuevo a las ocho, cuando las vías umbrías de las calles cuarenta y tantas se atestaban en hileras de cinco taxis jadeantes camino de los teatros, sentía una opresión en el pecho. Las siluetas se arrimaban dentro de los carruajes en la espera, resonaban cantos y risas por chistes inaudibles, y los cigarrillos encendidos trazaban círculos incomprensibles en el interior. Imaginando que yo también corría hacia la alegría y compartía su íntimo alborozo, les deseaba toda ventura.

Durante una temporada perdí de vista a Jordan Baker, y en pleno verano volví a encontrarla. Al principio me halagaba dejarme ver en su compañía, porque era campeona de golf y todo el mundo conocía su nombre. Luego fue algo más. No estaba enamorado en sentido estricto, pero experimentaba una suerte de tierna curiosidad. El semblante hastiado y altanero que presentaba al mundo encubría algo —casi todas las imposturas acaban por ocultar algo, aun cuando no lo hagan al principio—, y un día averigüé de qué se trataba. Estando juntos en una fiesta de fin de semana en Warwick, dejó un coche prestado bajo la lluvia con la capota bajada y luego mintió al respecto; y de improviso recordé la habladuría que se me había escapado aquella noche en casa de Daisy. En su primer gran torneo de golf hubo un revuelo que estuvo a punto de saltar a los periódicos: la sospecha de que había movido la pelota de una mala posición en la semifinal. El asunto rozó el escándalo, para luego acallarse. Un cadi se retractó de su testimonio y el único otro testigo admitió que bien pudo haberse equivocado. El episodio y el nombre habían permanecido indisolublemente unidos en mi memoria.

Jordan Baker rehuía de manera instintiva a los hombres sagaces e inteligentes, y comprendí entonces que ello obedecía a que se sentía más segura en un plano donde cualquier quebrantamiento del código fuese considerado inverosímil. Era incurablemente deshonesta. Incapaz de sobrellevar una desventaja, supongo que empezó a valerse de subterfugios desde muy tierna edad para conservar esa sonrisa fresca e insolente de cara al mundo y, al mismo tiempo, colmar las exigencias de su cuerpo recio y desenvuelto.

A mí me daba igual. La falta de honradez en una mujer es algo que jamás se condena con severidad: lo lamenté de pasada y luego lo eché al olvido. Fue en aquella misma fiesta en una casa de campo donde mantuvimos una singular plática sobre la conducción de automóviles. Comenzó porque pasó tan cerca de unos peones camineros que el guardabarros rozó un botón de la chaqueta de un obrero.

—Conduces como un demonio —protesté—. O tienes más cuidado, o no deberías coger un volante en tu vida.

—Tengo mucho cuidado.

—No es verdad.

—Bueno, pues ya lo tendrán los demás —dijo con ligereza.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Ya se apartarán de mi camino —insistió—. Para un accidente hacen falta dos.

—Imagínate que te cruzas con alguien tan temerario como tú.

—Espero que no me ocurra jamás —repuso—. Detesto a los imprudentes. Por eso me gustas tú.

Sus ojos grises y fatigados por el sol miraban al frente, pero había mudado deliberadamente el tono de nuestras relaciones, y por un segundo creí amarla. Mas soy de pensamiento tardo y estoy lleno de escrúpulos interiores que frenan mis anhelos, y sabía que antes debía desanudarme de aquel enredo allá en casa. Escribía cartas una vez por semana firmándolas: «Con cariño, Nick», y lo único en que acertaba a pensar era en que, cuando cierta muchacha jugaba al tenis, asomaba un tenue bozo de sudor sobre su labio superior. No obstante, mediaba un vago compromiso que requería ser disuelto con tacto antes de proclamarme enteramente libre.

Cada cual se cree en posesión de al menos una de las virtudes cardinales, y esta es la mía: soy una de las pocas personas honradas que jamás haya conocido.

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