Capítulo IX · II
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En ese instante una voz, inconfundiblemente la de Wolfshiem, gritó «¡Stella!» desde el otro lado de la puerta.
—Deje su nombre en el escritorio —dijo ella con presteza—. Se lo daré en cuanto regrese.
—Pero si sé que está ahí dentro.
Dio un paso hacia mí y comenzó a deslizar las manos arriba y abajo sobre sus caderas con aire indignado.
—Vosotros, los jovenzuelos, os creéis que podéis colaros aquí a cualquier hora —regañó—. Ya estamos hasta las narices. Cuando digo que está en Chicago, ¡está en Chicago!
Mencioné a Gatsby.
—¡Ah! —Me escrutó de nuevo de arriba abajo—: ¿Quiere esperar un...? ¿Cómo dijo que se llamaba?
Se esfumó. Al instante Meyer Wolfshiem apareció solemne en el umbral, tendiéndome ambas manos. Me introdujo en su despacho, observando con voz compungida que eran horas aciagas para todos nosotros, y me ofreció un puro.
—Mi memoria se remonta a cuando lo conocí por vez primera —dijo—. Un joven comandante recién salido del ejército y cubierto de medallas ganadas en la guerra. Andaba tan apurado de dinero que tenía que seguir vistiendo el uniforme porque no podía costearse ropa de paisano. La primera vez que le puse el ojo encima fue cuando entró en la sala de billar de Winebrenner, en la calle Cuarenta y tres, pidiendo trabajo. Llevaba un par de días sin llevarse nada a la boca. «Ven a almorzar conmigo», le dije. Se zampó más de cuatro dólares de comida en media hora.
—¿Lo inició usted en los negocios? —inquirí.
—¿Iniciarlo? ¡Yo lo creé!
—Vaya.
—Lo saqué de la nada, directamente del arroyo. Vi enseguida que era un joven de porte intachable y modales distinguidos, y cuando me dijo que había estado en Oggsford supe que me sería de gran provecho. Hice que ingresara en la Legión Americana, donde llegó a gozar de alto predicamento. De inmediato le encomendé unos trabajillos para un cliente mío allá en Albany. Estábamos tan compenetrados en todo —alzó dos dedos abultados—: siempre uña y carne.
Me pregunté si aquella sociedad habría incluido el amaño de las Series Mundiales de 1919.
—Ahora ha muerto —dije tras un silencio—. Usted era su amigo más íntimo, de modo que sé que deseará acudir a su entierro esta tarde.
—Me gustaría ir.
—Pues venga, entonces.
El vello de sus fosas nasales vibró levemente y, al sacudir la cabeza, sus ojos se inundaron de lágrimas.
—No puedo hacerlo... no puedo mezclarme en esto —dijo.
—No hay nada en lo que mezclarse. Todo ha terminado ya.
—Cuando matan a un hombre jamás me gusta mezclarme en el asunto de ninguna manera. Me mantengo al margen. En mi mocedad era distinto: si fallecía un amigo mío, fuera como fuese, lo acompañaba hasta el final. Pensará que es sensiblería, pero lo digo de veras: hasta el amargo final.
Comprendí que por motivos inconfesables estaba resuelto a no acudir, de suerte que me puse en pie.
—¿Es usted universitario? —inquirió de pronto.
Por un instante creí que iba a sugerirme una «conegsión», pero se limitó a asentir y me estrechó la mano.
—Aprendamos a demostrar nuestra amistad a un hombre cuando está vivo y no después de muerto —sugirió—. Pasado ese punto mi norma es dejarlo todo en paz.
Al abandonar su despacho el cielo se había tornado plomizo y regresé a West Egg bajo una llovizna pertinaz. Tras cambiarme de ropa acudí a la mansión vecina y hallé al señor Gatz paseándose de un lado a otro excitado en el vestíbulo. Su orgullo por su vástago y por las posesiones de su hijo crecía por momentos, y ahora tenía algo que mostrarme.
—Jimmy me envió esta fotografía. —Extrajo la cartera con dedos temblorosos—: Mire aquí.
Era una fotografía de la mansión, agrietada en las esquinas y sobada por innumerables manos. Me señaló con avidez cada pormenor: «¡Mire ahí!», buscando la admiración en mis ojos. La había exhibido tantas veces que creo que resultaba más real para él que la propia mansión.
—Jimmy me la envió. Me parece una estampa preciosa. Se aprecia muy bien.
—Muy bien. ¿Lo había visto usted últimamente?
—Vino a visitarme hace dos años y me compró la casa donde vivo ahora. Claro que nos disgustó mucho cuando se escapó del hogar, pero ahora comprendo que había un motivo para ello. Sabía que tenía un gran porvenir ante sí. Y desde que triunfó siempre fue generosísimo conmigo.
Parecía reacio a guardar la fotografía, manteniéndola un minuto más ante mis ojos. Luego devolvió la cartera al bolsillo y sacó un ajado ejemplar de una novelita titulada Hopalong Cassidy.
—Mire aquí, este es un libro que tenía de muchacho. Para que usted vea.
Lo abrió por la contracubierta y le dio la vuelta para que yo lo examinara. En la última guarda figuraba manuscrita la palabra Horario, y la fecha 12 de septiembre de 1906. Y debajo:
Levantarse de la cama 6:00 a. m. Ejercicios con mancuernas y escalada de muros 6:15-6:30 (ídem) Estudiar electricidad, etc. 7:15-8:15 (ídem) Trabajo 8:30-4:30 p. m. Béisbol y deportes 4:30-5:00 (ídem) Practicar elocución, compostura y cómo adquirirla 5:00-6:00 (ídem) Estudiar inventos necesarios 7:00-9:00 (ídem)
Propósitos Generales
—No perder el tiempo en casa de Shafter o [un nombre, indescifrable]
—No fumar ni mascar más tabaco.
—Baño un día sí y otro no
—Leer un libro o revista formativo por semana
—Ahorrar $5.00 [tachado] $3.00 semanales
—Tratar mejor a los padres
—Di con este libro por casualidad —dijo el anciano—. Para que usted vea, ¿no es verdad?
—Para que uno vea.
—Jimmy estaba predestinado a salir adelante. Siempre tenía propósitos de esta índole. ¿Se fija en lo que puso sobre cultivar el entendimiento? Siempre fue muy aficionado a eso. Una vez me soltó que yo comía como un cerdo, y le propiné una buena tunda por ello.
Se resistía a cerrar el volumen, leyendo cada asiento en voz alta y mirándome con anhelo. Creo que más bien aguardaba que yo copiase la lista para mi propio provecho.
Poco antes de las tres llegó el pastor luterano desde Flushing, y comencé a escrutar involuntariamente por las ventanas en pos de otros carruajes. Lo mismo hizo el padre de Gatsby. Y a medida que el tiempo transcurría y los criados entraban y permanecían en pie aguardando en el vestíbulo, sus ojos comenzaron a parpadear con zozobra, y habló de la lluvia con tono inquieto e inseguro. El pastor consultó el reloj repetidas veces, de suerte que lo llevé aparte y le rogué esperar media hora. Pero fue inútil. No acudió nadie.
Hacia las cinco nuestra comitiva de tres automóviles alcanzó el camposanto y se detuvo bajo una densa llovizna junto a la cancela: primero un coche fúnebre a motor, espantosamente negro y empapado; luego el señor Gatz, el pastor y yo en la limusina; y poco después cuatro o cinco criados y el cartero de West Egg en la furgoneta de Gatsby, todos empapados hasta los huesos. Al franquear la verja hacia el cementerio escuché un automóvil detenerse y luego el rumor de alguien chapoteando en pos de nosotros sobre el terreno empapado. Miré hacia atrás: era el hombre de las gafas de lechuza a quien había hallado maravillándose ante los libros de Gatsby en la biblioteca cierta noche tres meses atrás.
Jamás lo había vuelto a ver desde entonces. Ignoro cómo se enteró del entierro, o siquiera su nombre. La lluvia resbalaba por sus gruesos cristales, y se los quitó y los enjugó para contemplar el toldo protector desenrollado sobre la fosa de Gatsby.
Intenté pensar en Gatsby entonces por un instante, mas ya se hallaba demasiado lejos, y solo acerté a recordar, sin rencor, que Daisy no había enviado una sola esquela ni una flor. Vagamente escuché a alguien susurrar: «Bienaventurados los difuntos sobre los que cae la lluvia», y entonces el hombre con ojos de lechuza prorrumpió con voz firme: «¡Amén a eso!».
Nos retiramos presurosos bajo el aguacero hacia los carruajes. Ojos de Lechuza me dirigió la palabra junto a la verja.
—No pude llegar a la mansión —observó.
—Nadie más pudo tampoco.
—¡No me diga! —se sobresaltó—. ¡Pero si por Dios! ¡Solían acudir allí por centenares!
Se quitó las gafas y las enjugó de nuevo, por fuera y por dentro.
—Pobre hijo de perra —dijo.
Uno de mis recuerdos más nítidos es el de regresar al Oeste desde el internado y más tarde desde la universidad por las fiestas navideñas. Quienes marchaban más allá de Chicago solían congregarse en la vieja y umbría Union Station a las seis de la tarde de una velada de diciembre, junto a algunos amigos de Chicago ya ganados para sus propios jolgorios festivos, para despedirse a toda prisa. Recuerdo los abrigos de pieles de las muchachas de regreso del colegio de señoritas, el murmullo del aliento congelado, las manos agitándose sobre las cabezas al divisar a viejos conocidos y el cruce de invitaciones: «¿Irás a casa de los Ordway? ¿De los Hersey? ¿De los Schultz?», y los largos billetes verdes fuertemente asidos entre nuestras manos enguantadas. Y al fondo los vagones amarillo oscuro del ferrocarril Chicago, Milwaukee y St. Paul, luciendo tan alegres como la Navidad misma sobre las vías junto a la puerta de embarque.
Cuando nos adentrábamos en la noche invernal y la nieve auténtica, nuestra nieve, comenzaba a tenderse a nuestro lado y a centellear contra los cristales, mientras desfilaban las luces mortecinas de las pequeñas estaciones de Wisconsin, un hálito agreste y tonificante invadía de súbito el ambiente. Aspirábamos hondas bocanadas al regresar de la cena a través de los helados pasillos de intercomunicación, inefablemente conscientes de nuestra comunión con esta tierra durante una hora extraña, antes de fundirnos de nuevo indistintamente en ella.
Ese es mi Medio Oeste: no el trigo ni las praderas ni los pueblos perdidos de inmigrantes suecos, sino los trenes anhelantes de mi mocedad, las farolas y los cascabeles de los trineos en la gélida penumbra y las sombras de las coronas de acebo proyectadas por ventanas iluminadas sobre la nieve. Formo parte de aquello, un tanto solemne con el recuerdo de aquellos prolongados inviernos, un tanto complacido de haberme criado en la casona de los Carraway, en una ciudad donde las moradas siguen llamándose durante décadas por el apellido de una familia. Comprendo ahora que esta ha sido, después de todo, una historia del Oeste: Tom y Gatsby, Daisy, Jordan y yo éramos todos occidentales, y tal vez poseíamos alguna deficiencia común que nos volvía sutilmente inadaptables a la vida del Este.
Aun cuando el Este me fascinaba en grado sumo, aun cuando apreciaba con mayor lucidez su superioridad frente a las ciudades aburridas, desmesuradas y vanidosas más allá del Ohio, con sus interminables inquisiciones que solo perdonaban a los niños y a los ancianos decrépitos; incluso entonces encerraba siempre para mí una cualidad de aberración. West Egg, en especial, sigue poblando mis desvaríos más fantásticos. La contemplo como una escena nocturna de El Greco: un centenar de casas, a la vez convencionales y grotescas, acurrucadas bajo un cielo hosco y plomizo y una luna sin brillo. En primer término, cuatro caballeros graves de rigurosa etiqueta avanzan por la acera portando una camilla sobre la cual yace una mujer embriagada con un vestido de noche blanco. Su mano, que cuelga sobre el borde, centellea fría de pedrería. Con gravedad los hombres tuercen hacia una mansión: la equivocada. Mas nadie sabe el nombre de la mujer, ni a nadie le importa.
Tras la muerte de Gatsby el Este quedó embrujado para mí de ese jaez, distorsionado más allá de la capacidad de corrección de mi mirada. De modo que cuando el humo azulado de las hojas secas flotaba en el ambiente y el viento atiesaba la ropa recién lavada en las cuerdas, tomé la resolución de volver a casa.
Fin del Episodio 23 · de 24
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