El gran Gatsby·Episodio 24

Capítulo IX · III

~7 min · 1323 palabras

Quedaba un asunto pendiente antes de partir: un trance enojoso y desagradable que tal vez habría sido preferible soslayar. Mas deseaba dejar las cosas en orden y no confiar ciegamente en que ese mar complaciente e indiferente barriera mis despojos. Visité a Jordan Baker y departimos sobre lo acaecido entre nosotros dos y sobre cuanto me había sucedido con posterioridad; y ella permaneció inmóvil, escuchando, arrellanada en una gran butaca.

Vestía atuendo de golf, y recuerdo haber pensado que parecía una primorosa ilustración: la barbilla erguida con cierto donaire, el cabello del tono de una hoja otoñal, el rostro del mismo bronceado que el guante sin dedos apoyado en su rodilla. Cuando hube concluido me anunció sin preámbulos que estaba prometida con otro caballero. Lo dudé, aunque había varios con los que habría podido desposarse con un mero gesto de cabeza, pero fingí sorpresa. Por un breve instante me pregunté si no estaría cometiendo un error; luego recapitulé todo con presteza y me puse en pie para despedirme.

—A pesar de todo me dejaste plantada —dijo Jordan de pronto—. Me diste de lado por teléfono. Ahora me tienes sin cuidado, pero constituyó una experiencia insólita para mí, y me sentí un poco mareada durante un tiempo.

Nos estrechamos la mano.

—¡Ah! ¿Y te acuerdas —añadió— de una conversación que mantuvimos una vez sobre la conducción de automóviles?

—Bueno... no con exactitud.

—¿Dijiste que un mal conductor solo está a salvo hasta que tropieza con otro mal conductor? Pues bien, he tropezado con otro mal conductor, ¿no es así? Quiero decir que fue una imprudencia por mi parte equivocarme de ese modo en mi apreciación. Te creía una persona más bien cabal y franca. Suponía que ese era tu secreto orgullo.

—Tengo treinta años —repliqué—. Soy cinco años demasiado viejo para mentirme a mí mismo y llamarlo honor.

No respondió. Irritado, medio enamorado de ella y profundamente dolido, me di media vuelta.

◇

Una tarde de finales de octubre divisé a Tom Buchanan. Caminaba delante de mí por la Quinta Avenida con su porte ágil y agresivo, los brazos ligeramente despegados del cuerpo como para repeler interferencias, la cabeza moviéndose con vivacidad acá y allá, a compás de sus ojos inquietos. Justo cuando aminoré el paso para no darle alcance, se detuvo y comenzó a fruncir el ceño ante el escaparate de una joyería. De pronto me descubrió y retrocedió sobre sus pasos tendiéndome la mano.

—¿Qué ocurre, Nick? ¿Acaso tienes algún reparo en estrecharme la mano?

—Sí. Sabes de sobra lo que opino de ti.

—Estás chiflado, Nick —soltó a toda prisa—. Rematadamente loco. No sé qué demonios te pasa.

—Tom —inquirí—, ¿qué le dijiste a Wilson aquella tarde?

Me miró fijamente sin pronunciar palabra, y supe que había acertado en mis sospechas sobre aquellas horas perdidas. Me disponía a alejarme, pero él dio un paso en pos de mí y me aferró del brazo.

—Le dije la verdad —afirmó—. Se presentó a la puerta mientras hacíamos el equipaje para marcharnos, y cuando mandé decirle que no estábamos intentó colarse por la fuerza escalera arriba. Estaba lo bastante loco para pegarme un tiro si no le decía de quién era el coche. Tuvo la mano puesta sobre un revólver en el bolsillo cada minuto que estuvo en la casa... —Se interrumpió con ademán desafiante—: ¿Y qué si se lo dije? Ese sujeto se lo tenía bien merecido. Te arrojó polvo a los ojos tal como se lo arrojó a Daisy, pero era un desalmado. Atropelló a Myrtle como quien pasa por encima de un perro y ni siquiera se detuvo.

No había nada que yo pudiera alegar, salvo la inconfesable verdad de que aquello no era cierto.

—Y si te figuras que no me tocó mi parte de sufrimiento... escucha: cuando fui a entregar aquel piso y vi esa dichosa caja de galletas para perro sobre el aparador, me senté y rompí a llorar como una criatura. ¡Por Dios que fue atroz!...

No podía perdonarlo ni profesarle afecto, mas comprendí que cuanto había hecho estaba, a sus ojos, enteramente justificado. Todo era descuido e insensatez. Eran gentes descuidadas e indiferentes, Tom y Daisy: destrozaban seres y cosas para luego refugiarse al amparo de su dinero o de su inmensa indolencia, o de lo que fuese que los mantuviese unidos, dejando que otros limpiaran los estropicios que habían causado...

Le estreché la mano; parecía absurdo no hacerlo, pues de súbito sentí como si estuviera departiendo con un niño. Luego él penetró en la joyería a comprar un collar de perlas —o acaso tan solo un par de gemelos—, libre para siempre de mis provincianos escrúpulos.

◇

La mansión de Gatsby continuaba desierta cuando partí: la hierba de su prado había crecido tan alta como la mía. Uno de los taxistas del pueblo jamás transportaba a un viajero más allá de la cancela sin detenerse un minuto y señalar hacia el interior; tal vez fuese él quien condujo a Daisy y a Gatsby a East Egg la noche del accidente, y acaso hubiese urdido una fábula propia sobre el lance. No deseaba escucharla y lo esquivé al descender del tren.

Pasaba las noches de los sábados en Nueva York porque aquellas fiestas deslumbrantes y fulgurosas continuaban tan vivas en mi memoria que todavía me parecía escuchar la música y las risas, tenues e incesantes, procedentes de su jardín, y los automóviles subiendo y bajando por su calzada. Cierta noche alcancé a oír un automóvil real allá abajo, y vi sus faros detenerse ante la escalinata principal. Mas no bajé a indagar. Probablemente se trataba de algún convidado rezagado que había estado en los confines de la tierra y desconocía que la fiesta había tocado a su fin.

La última noche, con el baúl empaquetado y mi automóvil vendido al tendero, me acerqué a contemplar una vez más aquel descomunal e incoherente fracaso de mansión. Sobre los peldaños blancos una palabra obscena, garrapateada por algún golfillo con un pedazo de ladrillo, destacaba nítida bajo la luna; y la borré, restregando ásperamente la suela del zapato contra la piedra. Luego vagué hasta la orilla y me tumbé cuan largo era sobre la arena.

La mayoría de las grandes fincas costeras estaban ya clausuradas y apenas se divisaba luz alguna, salvo el resplandor tembloroso y espectral de un transbordador que cruzaba el estrecho. Y a medida que la luna ascendía en el firmamento, las mansiones accesorias comenzaron a desvanecerse hasta que poco a poco cobré conciencia de la vieja isla que en otro tiempo floreció ante los ojos de los marineros holandeses: un seno lozano y verdeante del nuevo mundo. Sus arboledas desaparecidas, los árboles que habían cedido el sitio a la mansión de Gatsby, antaño habían susurrado propicios al postrer y más excelso de todos los ensueños humanos; durante un transitorio instante de encantamiento el hombre debió de contener el aliento ante la majestad de este continente, impelido a una contemplación estética que ni comprendía ni deseaba, cara a cara por última vez en la historia con algo conmensurable con su capacidad de asombro.

Y mientras permanecía allí sentado meditando sobre aquel viejo y desconocido orbe, evoqué el asombro de Gatsby cuando descubrió por vez primera la luz verde en el extremo del embarcadero de Daisy. Había recorrido un largo camino hasta este prado azulado, y su ensueño debió de parecérsele tan cercano que apenas podía concebir no alcanzarlo con la mano. No alcanzaba a saber que ya había quedado a sus espaldas, allá en alguna remota penumbra más allá de la urbe, donde los oscuros campos de la república rodaban bajo la noche.

Gatsby creía en la luz verde, en el futuro orgiástico que año tras año retrocede ante nosotros. Nos esquivó entonces, pero no importa: mañana correremos con mayor presteza, tenderemos los brazos más lejos... Y una hermosa mañana...

Así bogamos, barcas contra la corriente, arrastrados de continuo hacia el pasado.

Fin del Episodio 24 · de 24

Capítulo IX · III

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