El gran Gatsby·Episodio 22

Capítulo IX · I

~10 min · 2002 palabras

Al cabo de dos años recuerdo el resto de aquella jornada, y aquella noche y el día siguiente, tan solo como un desfile interminable de policías, fotógrafos y periodistas entrando y saliendo por la puerta principal de Gatsby. Una soga tendida a través de la verja y un guardia apostado a su lado mantenían a raya a los curiosos, mas los pilluelos no tardaron en descubrir que podían colarse a través de mi jardín, y siempre había unos cuantos congregados boquiabiertos en torno a la piscina. Alguien con ademanes resueltos, tal vez un detective, empleó la palabra «enajenado» al inclinarse sobre el cadáver de Wilson aquella tarde, y la adventicia autoridad de su tono marcó la pauta para las crónicas periodísticas de la mañana siguiente.

La mayoría de aquellas noticias constituyeron una pesadilla: grotescas, circunstanciales, ávidas y falsas. Cuando la declaración de Michaelis en el atestado sacó a relucir las sospechas de Wilson respecto a su esposa, temí que todo el lance fuera servido bien pronto en picantes pasquines; pero Catherine, que bien pudo haber dicho cualquier cosa, no soltó una sola palabra. Mostró una sorprendente entereza al respecto: miró al juez instructor con ojos decididos bajo sus cejas retocadas y juró por cuanto hay de sagrado que su hermana jamás había visto a Gatsby, que su hermana era plenamente dichosa junto a su marido y que su hermana no había cometido desmán alguno. Se convenció a sí misma de ello y rompió a llorar contra el pañuelo, como si la mera insinuación excediese cuanto era capaz de soportar. De modo que Wilson quedó reducido a un hombre «trastornado por el dolor» a fin de preservar el caso en su formulación más simple. Y ahí quedó zanjado.

Mas toda esa faceta del asunto se me antojaba remota y accesoria. Me descubrí en el bando de Gatsby, y completamente solo. Desde el instante en que comuniqué por teléfono la noticia de la catástrofe a la aldea de West Egg, cualquier conjetura sobre él y cualquier decisión práctica me fueron remitidas a mí. Al principio quedé perplejo y confundido; luego, mientras él yacía en su mansión sin moverse, sin respirar ni hablar, hora tras hora, arraigó en mí la certidumbre de que yo era el responsable, puesto que nadie más mostraba interés: interés, me refiero, con ese hondo y personal afecto al que todo ser humano tiene un vago derecho al final.

Llamé por teléfono a Daisy media hora después de hallarlo, la llamé por instinto y sin titubear. Mas ella y Tom se habían marchado a primera hora de aquella tarde, llevándose su equipaje consigo.

—¿No dejaron dirección alguna?

—No.

—¿Dijeron cuándo regresarían?

—No.

—¿Alguna idea de dónde se encuentran? ¿Cómo podría ponerme en contacto con ellos?

—No lo sé. No sabría decirle.

Deseaba conseguir a alguien para él. Deseaba entrar en la estancia donde yacía y tranquilizarlo: «Te conseguiré a alguien, Gatsby. No te preocupes. Confía en mí y te traeré a alguien...».

El nombre de Meyer Wolfshiem no figuraba en la guía telefónica. El mayordomo me facilitó la dirección de su despacho en Broadway, y llamé a Información; pero para cuando hube conseguido el número pasaban ya de las cinco y nadie descolgó el auricular.

—¿Podría dar otro timbrazo?

—Ya he llamado tres veces.

—Es muy urgente.

—Lo lamento. Temo que no hay nadie.

Regresé al gran salón y creí por un instante que eran visitantes casuales todas aquellas gentes de uniforme que de improviso lo abarrotaban. Mas, aunque descorrían la sábana y contemplaban a Gatsby con ojos espantados, su clamor proseguía resonando en mi mente:

—Escucha, viejo amigo, tienes que conseguir a alguien para mí. Tienes que esforzarte. No puedo afrontar este trance yo solo.

Alguien comenzó a interrogarme, mas logré zafarme y, subiendo al piso superior, registré con premura los cajones abiertos de su escritorio: jamás me había asegurado de manera taxativa que sus padres hubiesen fallecido. Pero no hallé nada: tan solo el retrato de Dan Cody, testimonio de una pretérita violencia, mirándome fijamente desde la pared.

A la mañana siguiente envié al mayordomo a Nueva York con una misiva para Wolfshiem, en la que le solicitaba noticias y le encarecía acudir en el próximo tren. Aquella petición se me antojó superflua al escribirla. Estaba seguro de que se pondría en camino en cuanto leyera los diarios, del mismo modo que tenía la certeza de que llegaría un telegrama de Daisy antes del mediodía; mas ni telegrama ni el señor Wolfshiem aparecieron: no acudió nadie salvo más policías, fotógrafos y periodistas. Cuando el mayordomo me trajo la respuesta de Wolfshiem, empezó a embargarme un sentimiento de rebeldía, de altiva solidaridad entre Gatsby y yo contra el resto del mundo.

Estimado señor Carraway: Ha sido este uno de los golpes más terribles de mi vida apenas puedo creer que sea cierto en absoluto. Un acto tan demencial como el de ese individuo debería hacernos reflexionar a todos. No puedo desplazarme ahora pues me hallo ocupado en negocios de suma gravedad y no puedo mezclarme en este asunto en este momento. Si hay algo en lo que pueda colaborar un poco más adelante hágamelo saber por carta con Edgar. Apenas sé dónde tengo la cabeza cuando me entero de algo así y me encuentro completamente deshecho y aturdido.

Suyo afectísimo,

Meyer Wolfshiem

y a continuación una precipitada posdata:

Infórmeme del entierro etc no conozco a su familia en absoluto.

Cuando el teléfono sonó aquella tarde y la operadora anunció una llamada de larga distancia desde Chicago, pensé que por fin sería Daisy. Mas la conexión me trajo una voz de hombre, delgada y lejana.

—Habla Slagle...

—¿Diga? —El nombre no me decía nada.

—Vaya una faena, ¿verdad? ¿Recibió mi telegrama?

—Aquí no ha llegado ningún telegrama.

—El joven Parke está en apuros —dijo apresuradamente—. Le echaron el guante en cuanto entregó los bonos en ventanilla. Les llegó una circular de Nueva York con la numeración apenas cinco minutos antes. ¿Qué le parece la jugada, eh? Nunca se sabe con estos pueblos de mala muerte...

—¡Oiga! —interrumpí sin aliento—. Escuche: aquí no habla el señor Gatsby. El señor Gatsby ha muerto.

Siguió un prolongado silencio al otro lado del cable, seguido por una interjección... y luego un seco graznido al interrumpirse la comunicación.

◇

Creo que fue al tercer día cuando llegó un telegrama suscrito por Henry C. Gatz desde un pueblo de Minnesota. Se limitaba a comunicar que el remitente partía de inmediato y rogaba aplazar el funeral hasta su llegada.

Era el padre de Gatsby: un anciano solemne, desvalido y desolado en extremo, enfundado en un largo gabán barato impropio de aquella templada jornada de septiembre. Sus ojos lloraban sin pausa a causa de la conmoción, y cuando le retiré el maletín y el paraguas de las manos comenzó a mesarse con tanta insistencia la rala barba grisácea que me costó trabajo ayudarle a despojarse del abrigo. Se hallaba al borde del colapso, de suerte que lo conduje al salón de música y lo hice tomar asiento mientras mandaba que le sirvieran algo de comer. Pero no quiso bocado, y el vaso de leche se derramó de su mano trémula.

—Lo leí en el periódico de Chicago —dijo—. Salía todo en el periódico de Chicago. Me puse en camino al instante.

—No supe cómo avisarle.

Sus ojos, ciegos a todo, recorrían la estancia sin reposo.

—Fue un orate —dijo—. Tenía que estar rematadamente loco.

—¿No le apetecería un café? —le insistí.

—No deseo nada. Ya me encuentro bien, señor...

—Carraway.

—Bien, ya estoy bien. ¿Dónde tienen a Jimmy?

Lo llevé al gran salón, donde yacía su hijo, y lo dejé a solas. Unos pilluelos habían subido a la escalinata y curioseaban hacia el vestíbulo; cuando les informé de quién acababa de llegar, se marcharon a regañadientes.

Al cabo de un momento el señor Gatz abrió la puerta y salió, con la boca entreabierta, el semblante ligeramente encendido y los ojos derramando lágrimas aisladas y tardías. Había alcanzado una edad en la que la muerte ya no entraña la cualidad de una sorpresa aterradora; y cuando miró en derredor por vez primera y contempló la altura y el esplendor del vestíbulo y las inmensas estancias que se abrían hacia otros salones, su aflicción comenzó a mezclarse con un sobrecogido orgullo. Lo acompañé a un dormitorio del piso superior; mientras se despojaba de la chaqueta y el chaleco le aseguré que todos los preparativos se habían pospuesto hasta su llegada.

—No sabía qué preferiría usted, señor Gatsby...

—Gatz es mi apellido.

—...señor Gatz. Pensé que tal vez desearía trasladar el cuerpo al Oeste.

Sacudió la cabeza.

—A Jimmy siempre le gustó más el Este. Se encumbró hasta su posición aquí en el Este. ¿Era usted amigo de mi muchacho, señor...?

—Éramos amigos íntimos.

—Tenía un gran porvenir ante sí, ¿sabe usted? Apenas era un mozo, pero le sobraba seso aquí dentro.

Se tocó la frente con solemnidad, y yo asentí.

—De haber vivido, habría sido un gran hombre. Un prócer como James J. Hill. Habría ayudado a levantar este país.

—Es muy cierto —asentí, incómodo.

Tanteó la colcha bordada procurando retirarla del lecho, se tumbó rígidamente y al punto quedó dormido.

Aquella noche llamó por teléfono un individuo manifiestamente asustado, exigiendo saber quién era yo antes de proporcionar su nombre.

—Habla el señor Carraway —dije.

—¡Oh! —Su voz sonó aliviada—: Habla Klipspringer.

Yo también respiré aliviado, pues aquello parecía prometer la presencia de otro amigo junto a la tumba de Gatsby. No deseaba que el suceso saliera en los diarios y atrajera a una horda de curiosos, de suerte que había estado telefoneando personalmente a unas cuantas personas. Resultaban difíciles de localizar.

—El entierro es mañana —dije—. A las tres en punto, aquí en la casa. Le agradecería que se lo comunicara a cualquiera que pudiera estar interesado.

—¡Oh, por descontado! —saltó a toda prisa—. Claro que no es probable que vea a nadie, pero si me cruzo con alguien...

Su acento me infundió sospechas.

—Por descontado usted asistirá.

—Bueno, desde luego lo intentaré. Verá, la razón por la que llamaba es...

—Un momento —atajé—. ¿Qué le parece comprometerse a venir?

—Bueno, el caso es... la pura verdad es que me hospedo con unas amistades aquí en Greenwich, y dan por sentado que estaré con ellos mañana. De hecho, tienen planeada una merienda campestre o algo por el estilo. Por supuesto haré lo indecible por zafarme.

Solté un incontenible «¡Ajá!», y debió de escucharme, pues prosiguió con nerviosismo:

—El motivo por el que llamaba es un par de zapatillas que me dejé olvidadas allí. Me preguntaba si sería mucha molestia que el mayordomo me las remitiera por correo. Verá, son zapatillas de tenis y ando un poco desvalido sin ellas. Mi dirección es al cuidado de B. F....

No alcancé a oír el resto del nombre, porque colgué el auricular.

Tras aquello experimenté cierta vergüenza por Gatsby: un caballero al que telefoneé insinuó que había tenido bien merecido su fin. Con todo, la culpa fue mía, pues era uno de los que solían mofarse de Gatsby con mayor encono al calor de su propio licor, y debí haber tenido la sensatez de no llamarlo.

La mañana del entierro subí a Nueva York para entrevistarme con Meyer Wolfshiem; no parecía haber otro medio de dar con él. La puerta que empujé, siguiendo las indicaciones de un ascensorista, lucía un rótulo: «The Swastika Holding Company», y en un principio pareció no haber nadie dentro. Mas cuando hube gritado «¡hola!» varias veces en vano, se entabló una disputa tras un tabique, y al punto una hermosa judía apareció en una puerta interior y me examinó con ojos negros y hostiles.

—No hay nadie —dijo—. El señor Wolfshiem ha marchado a Chicago.

La primera afirmación era a todas luces falsa, pues alguien había comenzado a silbar «El rosario», sin tino, en el interior.

—Dígale, por favor, que el señor Carraway desea verlo.

—No puedo traerlo de vuelta de Chicago en un vuelo, ¿verdad?

Fin del Episodio 22 · de 24

Capítulo IX · I

Siguiente Episodio 23~10 minCapítulo IX · II“—Vosotros, los jovenzuelos, os creéis que podéis colaros aquí a cualquier hora —regañó.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.