El gran Gatsby·Episodio 21

Capítulo VIII · II

~11 min · 2281 palabras

Ya en la ciudad, intenté durante un rato registrar las cotizaciones de una interminable cantidad de valores, y luego me quedé dormido en mi sillón giratorio. Poco antes del mediodía el teléfono me despertó y me incorporé con la frente empapada en sudor. Era Jordan Baker; solía llamarme a esa hora porque la incertidumbre de sus propios desplazamientos entre hoteles, clubes y residencias particulares volvía harto difícil localizarla por cualquier otro medio. De ordinario su voz llegaba por el cable como algo fresco y fragante, cual si un tepe de hierba de un campo de golf hubiese entrado volando por la ventana del despacho; mas aquella mañana sonaba áspera y seca.

—Me he marchado de casa de Daisy —dijo—. Estoy en Hempstead y esta tarde bajo a Southampton.

Probablemente había sido una muestra de tacto abandonar la mansión de Daisy, pero aquel proceder me irritó, y su siguiente observación me dejó helado.

—Anoche no estuviste nada amable conmigo.

—¿Y qué importancia podía tener entonces?

Hubo un momento de silencio. Luego:

—En cualquier caso... deseo verte.

—Yo también deseo verte.

—¿Y si no voy a Southampton y me acerco a la ciudad esta tarde?

—No... Esta tarde no me parece oportuno.

—Muy bien.

—Esta tarde me resulta imposible. Hay varios...

Hablamos en esos términos durante un rato, y de pronto la conversación se cortó. No sé cuál de los dos colgó con un seco chasquido, pero bien sé que no me importó en absoluto. No habría podido charlar con ella ante una mesa de té aquel día aunque no volviera a dirigirle la palabra jamás en este mundo.

Llamé a la mansión de Gatsby unos minutos después, pero la línea comunicaba. Lo intenté cuatro veces; por fin una telefonista exasperada me informó de que mantenían la línea abierta para una conferencia de larga distancia desde Detroit. Sacando mi guía de horarios, tracé un pequeño círculo en torno al tren de las tres y cincuenta. Luego me recosté en el sillón e intenté reflexionar. Era justo el mediodía.

◇

Al pasar en tren junto a los muladares de ceniza aquella mañana me había cambiado deliberadamente al otro lado del vagón. Supuse que durante todo el día se congregarían curiosos por doquier, con chiquillos buscando manchas oscuras en el polvo y algún charlatán relatando una y otra vez lo acontecido, hasta que el suceso perdiese toda realidad incluso para él y no pudiera contarlo más, quedando olvidada la trágica hazaña de Myrtle Wilson. Ahora deseo retroceder un poco y referir lo que sucedió en el garaje tras nuestra marcha la noche anterior.

Tuvieron dificultades para dar con la hermana, Catherine. Debió de quebrantar su voto de abstinencia aquella noche, pues al llegar venía atontada por el licor e incapaz de comprender que la ambulancia ya había partido con rumbo a Flushing. Cuando lograron convencerla de ello, se desmayó en el acto, como si aquello constituyera la parte intolerable del trance. Alguien, piadoso o curioso, la acomodó en su coche y la condujo en pos del cadáver de su hermana.

Hasta mucho después de medianoche un tropel fluctuante de curiosos batió contra la fachada del garaje, mientras George Wilson se mecía adelante y atrás sobre el jergón en el interior. Por un rato la puerta del despacho permaneció abierta, y todo el que entraba en el garaje asomaba irresistiblemente la mirada. Por fin alguien comentó que era una vergüenza y cerró la puerta. Michaelis y algunos otros hombres le hacían compañía: primero cuatro o cinco, más tarde dos o tres. Aún más tarde Michaelis hubo de rogar al último desconocido que aguardase allí quince minutos mientras él corría a su cafetín a preparar una cafetera. Tras ello, se quedó a solas con Wilson hasta el amanecer.

Hacia las tres el cariz del incoherente balbuceo de Wilson varió: se fue sosegando y empezó a hablar del coche amarillo. Declaró que disponía de un medio para averiguar a quién pertenecía el vehículo amarillo, y de pronto espetó que hacía un par de meses su mujer había vuelto de la ciudad con el rostro amoratado y la nariz hinchada.

Mas al oírse pronunciar aquello se estremeció y rompió a clamar de nuevo: «¡Oh, Dios mío!», con voz quejumbrosa. Michaelis hizo una torpe tentativa de distraerlo.

—¿Cuántos años llevas casado, George? Vamos, procura estarte quieto un instante y responde a mi pregunta. ¿Cuánto tiempo llevas casado?

—Doce años.

—¿Tuvisteis hijos alguna vez? Vamos, George, quédate quieto... te he hecho una pregunta. ¿Llegaste a tener hijos alguna vez?

Los duros escarabajos pardos no cesaban de estrellarse contra la mortecina bombilla, y cada vez que Michaelis escuchaba rugir un automóvil a toda velocidad por la carretera exterior le parecía el mismo coche que no se había detenido unas horas antes. No le apetecía entrar en el garaje, pues el banco de trabajo estaba manchado allí donde había reposado el cadáver; de suerte que se movía incómodo por el despacho —conoció al dedillo cada objeto antes del alba— y de tarde en tarde tomaba asiento junto a Wilson procurando apaciguarlo.

—¿Tienes alguna parroquia a la que acudas de vez en cuando, George? ¿Aunque haga mucho tiempo que no vas? Quizá podría telefonear a la iglesia y pedir que viniera un sacerdote a hablar contigo, ¿comprendes?

—No pertenezco a ninguna.

—Deberías tener una iglesia, George, para trances como este. Alguna vez habrás ido a misa. ¿No te casaste en una iglesia? Escucha, George, mírame. ¿No te casaste por la iglesia?

—Eso fue hace ya mucho tiempo.

El esfuerzo de responder quebró la cadencia de su balanceo; por un instante enmudeció. Luego la misma expresión semientendedora y semidesconcertada asomó de nuevo a sus ojos apagados.

—Mira en el cajón de ahí —dijo, señalando el escritorio.

—¿En qué cajón?

—En aquel cajón... en ese.

Michaelis abrió el cajón que tenía más a mano. No había dentro nada salvo una correa para perro pequeña y costosa, confeccionada en cuero y plata trenzada. A todas luces era flamante.

—¿Esto? —preguntó, sosteniéndola en alto.

Wilson la miró fijamente y asintió.

—La encontré ayer por la tarde. Ella intentó darme explicaciones, pero yo supe al punto que había gato encerrado.

—¿Quieres decir que la compró tu mujer?

—La tenía envuelta en papel de seda sobre su tocador.

Michaelis no apreció nada insólito en ello, y expuso a Wilson una docena de razones por las que su esposa podía haber comprado aquella correa. Mas era de presumir que Wilson ya había escuchado algunas de esas mismas explicaciones de labios de Myrtle, pues comenzó a susurrar de nuevo: «¡Oh, Dios mío!»; y su improvisado consuelo dejó varias hipótesis flotando en el aire.

—Entonces él la asesinó —dijo Wilson. Se le desencajó la mandíbula de golpe.

—¿Quién la asesinó?

—Tengo un medio para averiguarlo.

—Desvarías, George —le dijo su amigo—. Todo esto ha sido un golpe tremendo y no sabes lo que dices. Más vale que procures quedarte tranquilo hasta la mañana.

—Él la asesinó.

—Fue un accidente, George.

Wilson sacudió la cabeza. Entornó los ojos y su boca se entreabrió con el remedo de un altivo «¡Ja!».

—Yo lo sé —afirmó tajante—. Soy un infeliz confiado y jamás pienso mal de nadie, pero cuando llego a saber algo, lo sé con certeza. Fue el tipo de ese coche. Ella salió corriendo a hablarle y él no quiso frenar.

Michaelis también lo había presenciado, pero no se le había ocurrido atribuirle significado especial alguno. Creía que la señora Wilson huía de su esposo más que intentar detener a ningún automóvil en concreto.

—¿Cómo pudo ser ella de esa calaña?

—Era muy solapada —dijo Wilson, como si aquello respondiera a la pregunta—: ¡Ah-h-h!...

Volvió a balancearse, mientras Michaelis permanecía de pie retorciendo la correa entre las manos.

—¿Quizá tengas algún amigo al que pueda telefonear, George?

Era una vana ilusión: casi tenía la certeza de que Wilson carecía de amistades; no había en él substancia suficiente ni para su propia esposa. Se alegró un poco más tarde al notar un cambio en la estancia, un vislumbre azulenco junto a la ventana, y comprender que el alba no andaba lejos. Hacia las cinco había fuera suficiente claridad para apagar la bombilla.

Los ojos vidriosos de Wilson se volvieron hacia los muladares de ceniza, donde nubecillas grises cobraban formas fantásticas y se dispersaban acá y allá bajo el débil viento del amanecer.

—Hablé con ella —masculló tras un prolongado silencio—. Le advertí que podía engañarme a mí, pero que a Dios no lo engañaba. La llevé hasta la ventana —con esfuerzo se levantó, caminó hacia la ventana posterior y se apoyó con el rostro pegado al cristal— y le dije: «¡Dios sabe lo que has estado haciendo, todo lo que has hecho! ¡A mí podrás engañarme, pero a Dios no puedes engañarlo!».

Apostado tras él, Michaelis advirtió con sobrecogimiento que estaba contemplando los ojos del doctor T. J. Eckleburg, que acababan de emerger, pálidos y colosales, de la noche en disolución.

—Dios lo ve todo —repitió Wilson.

—Eso es un anuncio de gafas —le aseguró Michaelis. Algo le impulsó a apartarse de la ventana y volver la mirada al interior de la habitación. Mas Wilson permaneció allí largo rato, con la cara pegada a la vidriera, asintiendo hacia la penumbra.

◇

Hacia las seis Michaelis estaba exhausto y agradeció el rumor de un vehículo deteniéndose fuera. Era uno de los acompañantes de la noche anterior que había prometido regresar, de suerte que preparó desayuno para tres, que él y el otro hombre tomaron juntos. Wilson parecía más sosegado ahora, y Michaelis marchó a su casa a dormir; cuando despertó cuatro horas más tarde y regresó a toda prisa al garaje, Wilson había desaparecido.

Sus movimientos —anduvo a pie todo el tiempo— fueron rastreados con posterioridad hasta Port Roosevelt y luego hasta Gad’s Hill, donde compró un sándwich que no llegó a comer y una taza de café. Debía de hallarse fatigado y avanzar despacio, pues no alcanzó Gad’s Hill hasta el mediodía. Hasta allí no resultó difícil reconstruir su itinerario: unos muchachos habían visto a un individuo «que parecía medio chiflado», y automovilistas a los que contemplaba con extrañeza desde la orilla del camino. Luego, durante tres horas, se esfumó por completo de la vista. La policía, ateniéndose a lo que le había confiado a Michaelis sobre que «tenía un medio para averiguarlo», supuso que pasó ese tiempo yendo de taller en taller por los contornos, preguntando por un coche amarillo. Por otra parte, ningún mecánico que lo hubiera visto dio jamás un paso al frente, y acaso dispusiera de una vía más sencilla y segura de averiguar lo que deseaba saber. Hacia las dos y media se hallaba en West Egg, donde preguntó a alguien por el camino hacia la mansión de Gatsby. De suerte que para entonces ya conocía el nombre de Gatsby.

◇

A las dos en punto Gatsby se enfundó el bañador y dejó recado al mayordomo de que, si alguien telefoneaba, le pasaran el aviso a la piscina. Se detuvo en el garaje para recoger una colchoneta neumática con la que se habían entretenido sus convidados a lo largo del verano, y el chófer le ayudó a inflarla. Luego dio orden de que el automóvil descapotable no saliera bajo ningún concepto; y aquello resultaba extraño, pues la aleta delantera derecha precisaba arreglo.

Gatsby se echó la colchoneta al hombro y se encaminó hacia la piscina. En una ocasión se detuvo para acomodársela un poco, y el chófer le preguntó si requería ayuda, pero él sacudió la cabeza y al instante desapareció entre los árboles amarillentos.

No llegó aviso telefónico alguno, mas el mayordomo se privó de su siesta y aguardó hasta las cuatro; mucho después de que hubiese nadie a quien transmitírselo si llegaba. Sospecho que el propio Gatsby ya no creía que fuera a llamar, y acaso ya le tuviese sin cuidado. De ser así debió de sentir que había perdido el viejo y cálido mundo, pagando un precio exorbitante por vivir tanto tiempo consagrado a un único sueño. Debió de alzar los ojos hacia un cielo desconocido a través de un follaje amenazador y estremecerse al comprobar qué engendro tan grotesco es una rosa y cuán cruda incidía la luz del sol sobre la hierba recién brotada. Un orbe nuevo, material sin ser real, donde pobres espectros, respirando ensueños a modo de aire, derivaban a la ventura... semejantes a aquella figura cenicienta y fantástica que se deslizaba hacia él a través de los árboles amorfos.

El chófer —era uno de los protegidos de Wolfshiem— escuchó los disparos; más tarde solo acertó a declarar que no les había concedido mayor importancia. Conduje desde la estación directamente a la mansión de Gatsby, y mi impetuosa subida por la escalinata fue lo primero que causó alarma. Pero ellos ya lo sabían entonces, lo creo a pie juntillas. Sin apenas cruzar palabra, cuatro de nosotros —el chófer, el mayordomo, el jardinero y yo— corrimos hacia la piscina.

Había un leve, casi imperceptible movimiento en el agua mientras la corriente fresca de un extremo se abría paso hacia el desagüe en el opuesto. Con menudas ondulaciones que apenas eran sombras de olas, la colchoneta cargada derivaba con irregularidad por la alberca. Una ráfaga tenue que apenas rizaba la superficie bastaba para alterar su rumbo fortuito con su carga fortuita. El roce de un cúmulo de hojas la hizo rotar despacio, trazando, a la manera de una aguja de compás, un fino círculo encarnado en el agua.

Fue después de que emprendiéramos el regreso con Gatsby hacia la casa cuando el jardinero divisó el cuerpo de Wilson a corta distancia entre la hierba; y el holocausto quedó consumado.

Fin del Episodio 21 · de 24

Capítulo VIII · II

Siguiente Episodio 22~10 minCapítulo IX · I“La mayoría de aquellas noticias constituyeron una pesadilla: grotescas, circunstanciales, ávidas y falsas.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.