El gran Gatsby·Episodio 20

Capítulo VIII · I

~12 min · 2395 palabras

No pude pegar ojo en toda la noche; una sirena de niebla gemía sin tregua en el estrecho, y me revolví medio enfermo entre la grotesca realidad y sueños feroces y aterradores. Hacia el amanecer oí un taxi subir por la avenida de Gatsby, y al instante salté del lecho y comencé a vestirme: sentía que tenía algo que decirle, algo de lo que ponerlo sobre aviso, y la mañana llegaría demasiado tarde.

Al cruzar su prado vi que la puerta principal seguía abierta de par en par y él estaba apoyado contra una mesa en el vestíbulo, abatido por el desaliento o el sueño.

—No ocurrió nada —dijo con palidez—. Aguardé, y hacia las cuatro ella se asomó a la ventana, permaneció allí un minuto y luego apagó la luz.

Su mansión jamás me había parecido tan descomunal como aquella noche, mientras rebuscábamos cigarrillos por los vastos salones. Descorríamos cortinajes semejantes a pabellones y tanteábamos a lo largo de incontables pies de oscura pared en busca de interruptores; en una ocasión caí con una suerte de chapoteo sobre el teclado de un piano fantasmal. Había una cantidad inexplicable de polvo por doquier, y las estancias olían a cerrado, cual si llevasen días y días sin ventilarse. Hallé la cigarrera sobre una mesa desconocida, con dos pitillos secos y rancios en su interior. Abriendo de par en par las puertas vidrieras del salón, nos sentamos a fumar de cara a la tiniebla.

—Deberías marcharte —le dije—. Es casi seguro que rastrearán tu automóvil.

—¿Marcharme ahora, viejo amigo?

—Vete una semana a Atlantic City, o al norte, a Montreal.

Ni se le pasaba por la cabeza. Le era del todo imposible abandonar a Daisy antes de saber qué pensaba hacer ella. Se aferraba a un último resquicio de esperanza y no me sentí con fuerzas para arrancarlo de su ilusión.

Fue aquella noche cuando me refirió la extraña crónica de su juventud junto a Dan Cody; me la contó porque «Jay Gatsby» se había hecho añicos como el cristal contra la dura malevolencia de Tom, y la prolongada farsa secreta había tocado a su fin. Creo que en aquel trance habría confesado cualquier cosa, sin reservas, mas solo deseaba hablar de Daisy.

Era la primera muchacha «decente» que había conocido en su vida. En diversas funciones no reveladas había tenido trato con gentes de tal jaez, mas siempre mediando una invisible alambrada de espino. La encontraba excitante y deseable en grado sumo. Frecuentó su casa, al principio en compañía de otros oficiales del campamento Taylor, luego a solas. Aquello lo colmaba de asombro: jamás había pisado una mansión tan hermosa. Mas lo que le confería un hálito de anhelante intensidad era que Daisy moraba allí; para ella constituía algo tan natural como para él su tienda de campaña en el cuartel. Emanaba de allí un maduro misterio, la sugestión de alcobas en el piso superior más frescas y hermosas que las demás, de alegres y radiantes trajines a lo largo de los pasillos, y de romances que no estaban apolillados ni guardados entre lavanda, sino frescos, palpitantes y fragantes a automóviles relucientes de aquel año y a bailes cuyas flores apenas se habían marchitado. Le entusiasmaba también que tantos hombres hubiesen amado ya a Daisy: aquello aumentaba su valor a sus ojos. Sentía su presencia por toda la mansión, impregnando el ambiente con los ecos y las sombras de emociones todavía vibrantes.

Mas bien sabía que se hallaba en la casa de Daisy merced a un colosal accidente. Por muy glorioso que pudiera presentarse su porvenir como Jay Gatsby, de momento no pasaba de ser un mozo sin blanca y sin pasado, y en cualquier instante la capa invisible de su uniforme militar podía deslizarse de sus hombros. De suerte que aprovechó el tiempo al máximo. Tomó cuanto pudo conseguir, con avidez y sin escrúpulos: al cabo tomó a Daisy una apacible noche de octubre, la tomó a sabiendas de que carecía de derecho legítimo para rozar siquiera su mano.

Pudo haberse despreciado a sí mismo, pues a todas luces la había hecho suya con falsas apariencias. No pretendo decir que hubiese comerciado con sus millones fantasma, pero sí que deliberadamente infundió en Daisy una sensación de seguridad; la dejó creer que él pertenecía a su mismo estrato social, que era plenamente capaz de velar por ella. La pura verdad era que carecía de tales medios: no contaba con el respaldo de una familia acomodada y estaba expuesto a que el capricho de un gobierno impersonal lo enviase a cualquier confín del mundo.

Sin embargo no se despreció a sí mismo, ni las cosas salieron como las había imaginado. Su intención había sido, probablemente, tomar cuanto pudiera y marcharse; mas ahora descubría que se había consagrado a la búsqueda de un grial. Sabía que Daisy era extraordinaria, pero jamás sospechó cuán extraordinaria podía resultar una muchacha «decente». Ella se desvaneció en su opulenta mansión, en su vida desahogada y plena, dejando a Gatsby... la nada. Se sentía desposado con ella, eso era todo.

Cuando volvieron a encontrarse, dos días después, fue Gatsby quien se quedó sin aliento, quien se sintió, en cierto modo, traicionado. El porche resplandecía con el lujo comprado del brillo estelar; el mimbre del canapé crujía a la moda cuando ella se volvía hacia él y él besaba su boca extraña y encantadora. Ella se había resfriado, lo que volvía su voz más ronca y seductora que nunca; y Gatsby cobró una abrumadora conciencia de la juventud y el misterio que la opulencia encarcela y preserva, de la frescura de tantos vestidos y de Daisy, fulgurante como la plata, a salvo y altiva por encima de las ardientes fatigas de los pobres.

◇

—No puedo describirte lo sorprendido que quedé al descubrir que la amaba, viejo amigo. Hasta acaricié la esperanza, por un tiempo, de que me diera de lado; pero no lo hizo, porque ella también estaba enamorada de mí. Creía que yo sabía muchísimo porque sabía cosas distintas a las suyas... En fin, allí me tenías, apartado por completo de mis ambiciones, más y más enamorado a cada instante, y de pronto nada me importaba. ¿De qué servía acometer grandes proezas si lo pasaba mucho mejor contándole lo que me proponía hacer?

La última tarde antes de marchar a ultramar permaneció sentado con Daisy entre los brazos durante un largo y silencioso rato. Era una fría jornada de otoño, con lumbre en la chimenea y las mejillas de ella encendidas. De cuando en cuando ella se removía y él acomodaba un poco el brazo, y una vez besó su oscura y reluciente cabellera. La tarde los apaciguó por un tiempo, cual si pretendiera brindarles un hondo recuerdo para la dilatada separación que el día siguiente prometía. Jamás habían estado más unidos en todo su mes de idilio, ni se habían comunicado de modo más entrañable, que cuando ella rozaba con labios silenciosos el hombro de su abrigo o cuando él le acariciaba la punta de los dedos, con suavidad, como si estuviera dormida.

◇

En la guerra le fue extraordinariamente bien. Era capitán antes de partir al frente, y tras las batallas de Argonne obtuvo el grado de comandante y el mando de las ametralladoras de la división. Tras el armisticio pugnó desesperadamente por volver a casa, mas cierta complicación o malentendido lo envió a Oxford en su lugar. Empezó a consumirse de zozobra: las cartas de Daisy destilaban una suerte de nerviosa desesperación. Ella no alcanzaba a comprender por qué no regresaba. Sentía la abrumadora presión del mundo exterior, y deseaba verlo y sentir su presencia a su vera y asegurarse de que, a fin de cuentas, obraba con acierto.

Pues Daisy era joven y su mundo artificioso olía a orquídeas, a un esnobismo jovial y complaciente y a orquestas que marcaban el compás del año, resumiendo la melancolía y la sugestión de la existencia en flamantes melodías. Noche tras noche los saxofones gemían el desesperanzado lamento del «Beale Street Blues» mientras un centenar de pares de zapatillas doradas y plateadas arrastraban el polvo brillante de las pistas. A la grisácea hora del té siempre había salones que palpitaban al son de aquella fiebre baja y dulce, mientras rostros lozanos flotaban acá y allá como pétalos de rosa empujados por el triste clarín sobre la pista de baile.

A través de aquel universo crepuscular Daisy comenzó de nuevo a gravitar según la temporada; de pronto concertaba otra vez media docena de citas al día con media docena de caballeros, y se quedaba amodorrada al alba con las cuentas y el chifón de un vestido de fiesta enredados entre orquídeas marchitas en la alfombra junto al lecho. Y a todas horas algo en su interior reclamaba a gritos una resolución. Deseaba forjar su vida ya, de inmediato; y la decisión debía adoptarla alguna fuerza apremiante —de amor, de dinero, de innegable conveniencia práctica— que tuviera al alcance de la mano.

Aquella fuerza cobró cuerpo a mediados de la primavera con la aparición de Tom Buchanan. Su persona y su posición social destilaban una rotunda solvencia, y Daisy se sintió halagada. Hubo sin duda cierta pugna íntima y cierto alivio. La carta le llegó a Gatsby cuando todavía se hallaba en Oxford.

◇

Alboreaba ya en Long Island y nos dispusimos a abrir el resto de los ventanales de la planta baja, inundando la mansión de una luz que pasaba del gris al oro. La sombra de un árbol cayó bruscamente sobre el rocío y pájaros espectrales rompieron a cantar entre el follaje azulado. Había en el aire una lenta y deleitosa cadencia, apenas una brisa, que prometía una jornada fresca y radiante.

—No creo que jamás lo haya amado. —Gatsby se volvió desde una ventana y me miró con ademán de desafío—: Tienes que recordar, viejo amigo, que esta tarde estaba sumamente alterada. Él le soltó todas esas infamias de un modo que la aterró... haciéndome parecer una suerte de timador de poca monta. Y el resultado fue que casi no sabía lo que decía.

Se sentó con semblante sombrío.

—Por supuesto, pudo haberlo amado tan solo un minuto, recién casados... e incluso entonces me amaba más a mí, ¿comprendes?

De pronto soltó una curiosa observación.

—En cualquier caso —dijo—, era algo meramente personal.

¿Qué cabía deducir de aquello, salvo intuir en su concepción de aquel romance una intensidad que desafiaba toda medida?

Regresó de Francia cuando Tom y Daisy todavía se encontraban en viaje de novios, y con el remanente de su paga militar emprendió un desolado pero irresistible peregrinaje a Louisville. Permaneció allí una semana, recorriendo las calles donde sus pasos habían resonado acompasados en las noches de noviembre y volviendo a visitar los rincones apartados a los que habían ido en su automóvil blanco. Así como la mansión de Daisy siempre le había parecido más misteriosa y alegre que las demás, así también la estampa de la propia urbe, aun desierta de su presencia, se hallaba impregnada de una melancólica belleza.

Se marchó con la sensación de que, de haber buscado con mayor empeño, habría podido hallarla; sentía que la estaba dejando atrás. El vagón de segunda clase —carecía ya por completo de dinero— era asfixiante. Salió a la plataforma descubierta y se sentó en una silla plegable, mientras la estación quedaba atrás y las fachadas traseras de edificios desconocidos desfilaban ante sus ojos. Luego salieron al campo primaveral, donde un tranvía amarillo compitió en carrera con el tren durante un minuto, repleto de pasajeros que acaso hubiesen contemplado en alguna ocasión el pálido encanto de su rostro en una calle cualquiera.

La vía trazó una curva alejándose ahora del sol, el cual, al descender, parecía derramar su bendición sobre la ciudad evanescente donde ella había respirado. Gatsby estiró la mano con desesperación como para atrapar un brizna de aire, para salvar un jirón de aquel paraje que ella había embellecido para él. Mas todo desfilaba con excesiva premura ante sus ojos empañados, y supo que había perdido para siempre aquella parte, la más fresca y pura de su vida.

Eran las nueve cuando terminamos de desayunar y salimos al porche. La noche había mudado bruscamente la temperatura y flotaba en el aire un regusto a otoño. El jardinero, el último superviviente del antiguo servicio de Gatsby, se acercó al pie de la escalinata.

—Voy a vaciar la piscina hoy, señor Gatsby. Las hojas no tardarán en caer y luego siempre dan quebraderos de cabeza con las cañerías.

—No lo haga hoy —respondió Gatsby. Se volvió hacia mí con ademán de disculpa—: ¿Sabes, viejo amigo, que no me he bañado en esa piscina en todo el verano?

Miré el reloj y me puse en pie.

—Doce minutos para mi tren.

No deseaba ir a la ciudad. No estaba en condiciones de dar un palo al agua, pero era algo más que eso: no quería separarme de Gatsby. Perdí aquel tren, y luego otro más, antes de resolverme a partir.

—Te llamaré por teléfono —dije al cabo.

—Hazlo, viejo amigo.

—Te llamaré hacia el mediodía.

Descendimos los peldaños con lentitud.

—Supongo que Daisy también llamará. —Me miró con ansiedad, como aguardando mi confirmación.

—Supongo que sí.

—Bueno, adiós.

Nos estrechamos la mano y eché a andar. Justo antes de alcanzar el seto me acordé de algo y me volví.

—¡Son una panda de podridos! —le grité a través del césped—. ¡Tú vales más que toda esa maldita ralea junta!

Siempre me he felicitado de haber pronunciado aquellas palabras. Fue el único elogio que le dediqué jamás, pues lo desaprobé de cabo a rabo. Primero asintió con cortesía, y luego su rostro se iluminó con aquella sonrisa radiante y comprensiva, cual si hubiésemos estado en secreto y dichoso compadrazgo sobre aquel punto todo el tiempo. Aquel primoroso guiñapo de traje rosa ponía una viva nota de color sobre los peldaños blancos, y evoqué la noche en que pisé por vez primera su palacete, tres meses atrás. El prado y la calzada habían rebosado con las semblantes de quienes sospechaban de su corrupción; y él había permanecido en lo alto de aquella escalinata, ocultando su sueño incorruptible, mientras los despedía con la mano.

Le agradecí su hospitalidad. Siempre le estábamos agradeciendo aquello: yo y los demás.

—¡Adiós! —le grité—. Me ha encantado el desayuno, Gatsby.

Fin del Episodio 20 · de 24

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