El gran Gatsby·Episodio 19

Capítulo VII · IV

~7 min · 1393 palabras

—¿Qué significa todo eso? —inquirió el guardia.

—Soy amigo suyo. —Tom volvió la cabeza pero mantuvo sus manos firmes sobre el cuerpo de Wilson—: Dice que conoce el coche causante... Era un coche amarillo.

Un vago impulso movió al policía a mirar a Tom con suspicacia.

—¿Y de qué color es su coche?

—Es un coche azul, un cupé.

—Venimos directos desde Nueva York —dije yo.

Alguien que venía conduciendo poco detrás de nosotros lo confirmó, y el guardia desvió la atención.

—Bien, si me vuelve a deletrear ese nombre correctamente...

Alzando a Wilson en volandas como a un muñeco, Tom lo introdujo en el despacho, lo sentó en una silla y regresó.

—Que alguien venga aquí y se quede sentado a su lado —ordenó con tono autoritario. Observó cómo los dos hombres más próximos intercambiaban miradas y entraban a desgana en la estancia. Luego Tom les cerró la puerta y bajó el único escalón, evitando mirar hacia la mesa. Al pasar junto a mí susurró—: Larguémonos de aquí.

Con recelo, mientras sus fornidos brazos abrían camino, nos abrimos paso entre la multitud que aún seguía congregándose, cruzándonos con un apresurado médico, maletín en mano, al que habían mandado llamar con desesperada esperanza media hora antes.

Tom condujo despacio hasta dejar atrás la curva; entonces pisó a fondo el acelerador y el cupé devoró la noche a toda marcha. Al poco rato escuché un sollozo sordo y ronco, y vi que las lágrimas le rebosaban por las mejillas.

—¡Maldito cobarde de mierda! —gimió—. Ni siquiera detuvo el coche.

◇

La mansión de los Buchanan emergió de súbito ante nosotros a través de los oscuros árboles murmurantes. Tom se detuvo junto al porche y alzó la vista hacia el segundo piso, donde dos ventanas florecían de luz entre las enredaderas.

—Daisy está en casa —dijo. Al descender del coche me miró y frunció ligeramente el ceño.

—Debí haberte dejado en West Egg, Nick. Ya no hay nada que podamos hacer esta noche.

Una mutación se había operado en él, y hablaba con gravedad y aplomo. Mientras cruzábamos la grava iluminada por la luna hacia el porche zanjó la situación con un puñado de frases enérgicas.

—Llamaré por teléfono para pedir un taxi que te lleve a casa, y mientras esperas será mejor que Jordan y tú vayáis a la cocina para que os preparen algo de cenar... si os apetece. —Abrió la puerta—: Pasa.

—No, gracias. Pero te agradecería que pidieras el taxi. Esperaré fuera.

Jordan posó su mano sobre mi brazo.

—¿No quieres entrar, Nick?

—No, gracias.

Me sentía un poco indispuesto y deseaba estar solo. Pero Jordan se demoró un instante más.

—Apenas son las nueve y media —dijo.

Maldito fuera yo si entraba; ya había tenido más que suficiente de todos ellos por un día, y de pronto aquello incluía también a Jordan. Algo de esto debió de traslucirse en mi semblante, pues ella se dio media vuelta bruscamente y subió corriendo los peldaños del porche hacia el interior de la casa. Me senté unos minutos con la cabeza entre las manos, hasta que escuché descolgar el teléfono dentro y la voz del mayordomo pidiendo un taxi. Luego caminé despacio avenida abajo alejándome de la mansión, con la intención de aguardar junto a la verja.

Apenas había recorrido veinte yardas cuando escuché mi nombre y Gatsby emergió de entre dos arbustos en mitad del sendero. Debía de hallarme en un estado harto extraño por entonces, pues no era capaz de pensar en otra cosa que en la luminosidad de su traje rosa bajo la luna.

—¿Qué estás haciendo aquí? —inquirí.

—Tan solo aguardar de pie, viejo amigo.

Por algún motivo, aquello me antojó una ocupación despreciable. Bien podía estar a punto de asaltar la mansión de un momento a otro; no me habría sorprendido distinguir rostros siniestros, los semblantes de «la gente de Wolfshiem», apostados tras él en la oscura maleza.

—¿Viste algún percance en la carretera? —preguntó al cabo de un minuto.

—Sí.

Vaciló.

—¿Murió la mujer?

—Sí.

—Me lo temía; le dije a Daisy que me lo temía. Es mejor que el golpe se asimile de una vez. Ella lo sobrellevó bastante bien.

Hablaba como si la reacción de Daisy fuese lo único que importaba.

—Llegué a West Egg por una carretera secundaria —prosiguió— y dejé el coche en mi garaje. No creo que nadie nos haya visto, aunque por supuesto no puedo estar seguro.

Me resultaba tan antipático a esas alturas que no creí necesario advertirle de su error.

—¿Quién era la mujer? —inquirió.

—Se apellidaba Wilson. Su esposo es el dueño del garaje. ¿Cómo demonios ocurrió?

—Bueno, intenté dar un volantazo... —Se interrumpió, y de pronto adiviné la verdad.

—¿Conducía Daisy?

—Sí —dijo tras un instante—, pero desde luego afirmaré que era yo. Verás, al salir de Nueva York estaba muy nerviosa y creyó que conducir le templaría los ánimos... y esa mujer se nos abalanzó encima justo cuando cruzábamos junto a un coche en sentido contrario. Todo sucedió en un segundo, pero me pareció que pretendía hablarnos, pensando que éramos conocidos suyos. Bueno, primero Daisy esquivó a la mujer hacia el otro coche, y luego perdió los estribos y viró de vuelta. En el instante preciso en que mi mano alcanzó el volante sentí el impacto... debió de matarla en el acto.

—La reventó en dos...

—No me lo cuentes, viejo amigo. —Hizo una mueca de dolor—: En cualquier caso... Daisy pisó el acelerador a fondo. Intenté que frenara, pero no podía, de modo que tiré del freno de mano. Luego ella se desplomó sobre mi regazo y continué conduciendo.

—Mañana estará bien —dijo al cabo de un momento—. Tan solo voy a quedarme aquí apostado para vigilar si él intenta importunarla por el desagradable altercado de esta tarde. Se ha encerrado en su habitación, y si él intenta alguna brutalidad ella apagará y encenderá la luz.

—No la tocará —dije yo—. Ni siquiera está pensando en ella.

—No me fío de él, viejo amigo.

—¿Cuánto tiempo piensas aguardar?

—Toda la noche, de ser preciso. En cualquier caso, hasta que todos se hayan acostado.

Se me ocurrió un nuevo punto de vista. Supongamos que Tom descubriera que Daisy iba al volante. Podría creer ver una conexión en ello... podría pensar cualquier cosa. Contemplé la casa; relucían dos o tres ventanas iluminadas abajo y el resplandor rosado de la habitación de Daisy en la planta baja.

—Quédate aquí esperando —dije—. Voy a ver si hay algún indicio de alboroto.

Regresé sobre mis pasos bordeando el césped, crucé la grava con sigilo y subí de puntillas los peldaños de la veranda. Las cortinas del salón estaban descorridas y vi que la estancia se hallaba desierta. Cruzando el porche donde habíamos cenado aquella noche de junio tres meses atrás, llegué a un pequeño rectángulo de luz que identifiqué como la ventana de la despensa. La persiana estaba bajada, mas hallé una rendija junto al alféizar.

Daisy y Tom estaban sentados frente a frente a la mesa de la cocina, con un plato de pollo frito frío entre los dos y dos botellas de cerveza inglesa. Él le hablaba con apasionada vehemencia al otro lado de la mesa, y en su fervor su mano había descendido cubriendo la de ella. De cuando en cuando ella alzaba los ojos hacia él y asentía con la cabeza.

No eran felices, y ninguno de los dos había probado bocado del pollo ni de la cerveza... y, sin embargo, tampoco eran desdichados. Se desprendía de aquella estampa un aire inconfundible de natural intimidad, y cualquiera habría asegurado que estaban conspirando juntos.

Al alejarme de puntillas por el porche escuché el taxi abriéndose paso a tientas por el oscuro camino rumbo a la mansión. Gatsby aguardaba allí donde lo había dejado en la calzada.

—¿Está todo en calma allá arriba? —preguntó con inquietud.

—Sí, todo está tranquilo. —Vacilé—: Será mejor que vuelvas a casa a dormir un poco.

Sacudió la cabeza.

—Deseo aguardar aquí hasta que Daisy se acueste. Buenas noches, viejo amigo.

Metió las manos en los bolsillos del abrigo y volvió a entregarse con avidez a su escrutinio de la mansión, como si mi presencia profanara la sacralidad de aquella vigilia. De modo que me alejé y lo dejé allí de pie bajo la luz de la luna... velando la nada.

Fin del Episodio 19 · de 24

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