El gran Gatsby·Episodio 17

Capítulo VII · II

~13 min · 2516 palabras

Tenemos combustible de sobra para llegar a la ciudad —dijo Tom.

—Pero hay un taller aquí mismo —objetó Jordan—. No quiero quedarme tirada en medio de este horno.

Tom pisó ambos frenos con impaciencia y nos detuvimos bruscamente entre una nube de polvo bajo el letrero de Wilson. Al cabo de unos instantes el dueño emergió del fondo del local y contempló el vehículo con ojos hundidos.

—¡Échanos gasolina! —le gritó Tom con aspereza—. ¿Para qué te crees que paramos? ¿Para admirar el paisaje?

—Estoy enfermo —dijo Wilson sin moverse—. Llevo todo el día enfermo.

—¿Qué te pasa?

—Estoy hecho polvo.

—Bueno, ¿me sirvo yo mismo? —reclamó Tom—. Al teléfono parecías bien espabilado.

Haciendo un esfuerzo Wilson abandonó el cobijo del umbral y, respirando con dificultad, desenroscó la tapa del depósito. A la luz del sol su rostro lucía verdoso.

—No quise interrumpirle el almuerzo —dijo—. Pero me hace mucha falta el dinero y quería saber qué pensaba hacer con su coche viejo.

—¿Qué te parece este? —inquirió Tom—. Lo compré la semana pasada.

—Es un bonito bólido amarillo —dijo Wilson bregando con la manivela del surtidor.

—¿Te gustaría comprarlo?

—Menuda ganga... —Wilson sonrió débilmente—. No, pero podría sacarle algo al otro.

—¿Y para qué quieres el dinero de buenas a primeras?

—Llevo demasiado tiempo aquí metido. Quiero marcharme. Mi mujer y yo queremos irnos al Oeste.

—¿Tu mujer también? —exclamó Tom estupefacto.

—Lleva diez años hablando de ello. —Se apoyó un instante contra el surtidor, cubriéndose los ojos con la mano—. Y ahora se marcha, le guste o no. Me la voy a llevar lejos.

El cupé azul nos rebasó como una exhalación en medio de un remolino de polvo y el destello de una mano que saludaba.

—¿Cuánto te debo? —preguntó Tom con sequedad.

—Me he enterado de algo muy raro en los últimos dos días —observó Wilson—. Por eso quiero largarme. Por eso le he estado dando la lata con lo del coche.

—¿Cuánto te debo?

—Un dólar con veinte.

El calor implacable comenzaba a aturdirme y pasé un mal trago antes de comprender que, de momento, las sospechas de Wilson no apuntaban a Tom. Había descubierto que Myrtle mantenía una suerte de vida al margen de él en otro mundo, y la conmoción lo había enfermado físicamente. Lo miré a él y luego a Tom, quien acababa de hacer un descubrimiento paralelo menos de una hora antes; y caí en la cuenta de que no media entre los hombres diferencia alguna, de inteligencia o linaje, tan abismal como la que separa al enfermo del sano. Wilson estaba tan demacrado que parecía culpable, imperdonablemente culpable, como si acabara de preñar a alguna desdichada muchacha.

—Te dejaré ese coche —dijo Tom—. Te lo enviaré mañana por la tarde.

Aquel paraje resultaba siempre vagamente inquietante, incluso a pleno sol de la tarde; y volví la cabeza como advertido por algo a mi espalda. Sobre los montones de ceniza los ojos gigantescos del doctor T. J. Eckleburg montaban guardia, pero advertí de inmediato que otros ojos nos escrutaban con singular intensidad a menos de veinte pies de distancia.

En una de las ventanas sobre el taller las cortinas se habían descorrido levemente y Myrtle Wilson espiaba el automóvil. Tan absorta se hallaba que ignoraba ser observada, y una emoción tras otra asomaba a su semblante como siluetas en una placa fotográfica que se revela despacio. Su expresión resultaba curiosamente familiar: la había visto a menudo en rostros femeninos, pero en la faz de Myrtle Wilson parecía carecer de sentido e inexplicabilidad hasta que caí en la cuenta de que sus ojos, dilatados por un pavor celoso, no estaban clavados en Tom, sino en Jordan Baker, a quien tomaba por su esposa.

◇

No existe mayor desconcierto que el de una mente simple, y conforme reanudamos la marcha Tom sentía los azotes ardientes del pánico. Su esposa y su amante, seguras e inviolables hasta una hora antes, se le escapaban a toda prisa de las manos. El instinto le hizo pisar el acelerador con el doble afán de alcanzar a Daisy y dejar atrás a Wilson, y volamos hacia Astoria a cincuenta millas por hora hasta divisar, entre las vigas metálicas del tren elevado, la marcha sosegada del cupé azul.

—Los grandes cines de la calle Cincuenta son frescos —sugirió Jordan—. Me chifla Nueva York en las tardes de verano cuando todo el mundo se ha marchado. Hay algo sumamente sensual en el ambiente: sobremaduro, como si toda clase de frutas insólitas fuesen a caerte en las manos.

La palabra «sensual» causó el efecto de inquietar aún más a Tom, pero antes de que articulara protesta el cupé se detuvo y Daisy nos hizo señas de arrimarnos a su costado.

—¿Adónde vamos? —gritó.

—¿Qué tal al cine?

—Hace demasiado bochorno —se quejó ella—. Id vosotros. Nosotros daremos unas vueltas y nos vemos después. —Haciendo un esfuerzo sacó un amago de gracia—: Nos encontramos en alguna esquina: yo seré el tipo que fuma dos cigarrillos a la vez.

—No podemos discutir aquí en mitad de la calle —dijo Tom con impaciencia mientras un camión soltaba un bocinazo de improperios a nuestra espalda—. Seguidme al lado sur de Central Park, delante del Plaza.

Varias veces volvió la cabeza en busca del coche de ellos, y si el tráfico lo retrasaba aminoraba la marcha hasta tenerlo a la vista. Creo que temía que enfilaran una bocacalle y desaparecieran de su vida para siempre.

Pero no lo hicieron. Y todos dimos el paso, harto inexplicable, de alquilar el salón de una suite en el hotel Plaza.

La prolongada y tumultuosa disputa que culminó metiéndonos en aquella estancia escapa a mi memoria, si bien conservo un vívido recuerdo físico de que, a lo largo de ella, la ropa interior se me pegaba como una culebra húmeda a las piernas y gotas intermitentes de sudor me recorrían la espalda con frescor helado. El desvarío nació de la ocurrencia de Daisy de arrendar cinco cuartos de baño para darnos baños helados, para luego adoptar una forma más palpable como «un sitio donde tomar un julepe de menta». Todos repetíamos una y otra vez que era una «idea de locos», le hablábamos a la par a un recepcionista atónito y creíamos, o fingíamos creer, que estábamos siendo de lo más ingeniosos...

La habitación era espaciosa y sofocante y, pese a ser ya las cuatro de la tarde, abrir las ventanas solo franqueaba el paso a una bocanada de aire recalentado procedente de los arbustos del parque. Daisy marchó ante el espejo y se plantó de espaldas a nosotros arreglándose los cabellos.

—Es una suite formidable —susurró Jordan con reverencia, y todos sonreímos.

—Abrid otra ventana —ordenó Daisy sin volverse.

—No hay más.

—Bueno, pues será mejor que pidamos un hacha por teléfono...

—Lo que hay que hacer es olvidarse del calor —dijo Tom impaciente—. Lo empeoras diez veces más refunfuñando sin parar.

Desenrolló la botella de whisky de la toalla y la depositó sobre la mesa.

—¿Por qué no la deja en paz, viejo amigo? —apuntó Gatsby—. Usted fue quien se empeñó en venir a la ciudad.

Se produjo un instante de silencio. La guía telefónica se soltó de su alcayata y cayó estrepitosamente al suelo, ante lo cual Jordan susurró: «Perdón»; pero esta vez nadie rio.

—Ya la recojo yo —me ofrecí.

—Ya la tengo. —Gatsby examinó la cuerda rota, masculló un «¡Hum!» con interés y arrojó el listín sobre una silla.

—Tiene usted una frasecita muy socorrida, ¿no le parece? —espetó Tom con sequedad.

—¿A qué se refiere?

—A todo eso de «viejo amigo». ¿De dónde lo ha sacado?

—Vamos a ver, Tom —terció Daisy volviéndose desde el espejo—: si vas a ponerte impertinente no me quedo aquí ni un minuto. Llama y pide hielo para el julepe de menta.

Al descolgar Tom el auricular el bochorno comprimido estalló en música y escuchamos los acordes solemnes de la Marcha Nupcial de Mendelssohn procedentes del salón de baile de abajo.

—¡Casarse con este calor! —exclamó Jordan compungida.

—Con todo, yo me casé a mediados de junio —recordó Daisy—. ¡En Louisville en pleno junio! Alguien se desmayó. ¿Quién fue el que se desmayó, Tom?

—Biloxi —respondió con desgana.

—Un tipo llamado Biloxi. «Cajas» Biloxi, y hacía cajas de embalar, la pura verdad, y era de Biloxi, Tennessee.

—Lo llevaron a mi casa —añadió Jordan— porque vivíamos a dos puertas de la iglesia. Y se quedó tres semanas, hasta que papá le dijo que tenía que desalojar. Al día siguiente de marcharse, papá falleció. —Y tras una pausa agregó para disipar cualquier irreverencia—: No guardaba ninguna relación.

—Yo traté a un Bill Biloxi de Memphis —apunté yo.

—Era su primo. Me sabía de memoria la historia de su familia antes de que se marchara. Me regaló un palo de golf de aluminio que todavía utilizo.

La música se había apagado al iniciarse la ceremonia y ahora un aplauso nutrido flotó por la ventana, seguido de vítores dispersos y finalmente de una descarga de jazz al comenzar el baile.

—Nos estamos haciendo viejos —dijo Daisy—. Si fuésemos jóvenes nos levantaríamos a bailar.

—Acuérdate de Biloxi —le advirtió Jordan—. ¿De dónde lo conocías tú, Tom?

—¿A Biloxi? —Hizo un esfuerzo de memoria—. Yo no lo conocía. Era amigo de Daisy.

—No lo era en absoluto —negó ella—. Jamás lo había visto en mi vida. Llegó en el coche privado del tren.

—Pues aseguró que te conocía. Dijo que se había criado en Louisville. Asa Bird lo trajo a última hora preguntando si teníamos sitio para él.

Jordan sonrió.

—Seguro que viajaba de gorra de regreso a casa. Me juró que había sido el delegado de vuestro curso en Yale.

Tom y yo nos miramos con aire ausente.

—¿Biloxi?

—Para empezar, en nuestro curso no había ningún delegado...

El pie de Gatsby repiqueteó un redoble nervioso e inquieto y Tom le clavó la vista de improviso.

—A todo esto, señor Gatsby, tengo entendido que es usted hombre de Oxford.

—No exactamente.

—Ah, creí haber oído que estuvo en Oxford.

—Sí... estuve allí.

Se hizo una pausa. Luego la voz de Tom sonó burlona e insultante:

—Debió de coincidir por las fechas en que Biloxi estuvo en New Haven.

Nueva pausa. Un camarero llamó y entró con hielo picado y menta, pero el silencio no se quebró con su «gracias» ni con el suave chasquido de la puerta al cerrarse. Aquel peliagudo enigma iba a aclararse por fin.

—Ya le dije que estuve allí —repuso Gatsby.

—Ya le oí, pero me gustaría saber cuándo.

—Fue en mil novecientos diecinueve; solo permanecí cinco meses. Por eso no puedo considerarme propiamente un universitario de Oxford.

Tom miró en derredor buscando nuestra complicidad incrédula. Pero todos contemplábamos a Gatsby.

—Fue una oportunidad que brindaron a ciertos oficiales tras el armisticio —prosiguió él—. Podíamos matricularnos en cualquier universidad de Inglaterra o Francia.

Sentí deseos de ponerme en pie y palmearle la espalda. Experimenté uno de esos renacimientos de fe ciega en su persona que ya me habían asaltado antaño.

Daisy se levantó sonriendo levemente y marchó hacia la mesa.

—Abre el whisky, Tom —ordenó—, y te prepararé un julepe de menta. Así no te parecerás tan estúpido a ti mismo... ¡Mira qué menta!

—Un momento —saltó Tom tajante—. Quiero hacerle otra pregunta al señor Gatsby.

—Adelante —dijo Gatsby con cortesía.

—¿Qué clase de lío pretende armar en mi propia casa, si puede saberse?

Al fin salían a campo abierto y Gatsby se sintió complacido.

—Él no está armando ningún lío. —Daisy miraba con desesperación de uno a otro—. El lío lo armas tú. Ten un poco de compostura, por favor.

—¡Compostura! —repitió Tom con pasmo—. Supongo que la última moda es cruzarse de brazos y dejar que un Don Nadie de Ninguna Parte le haga la corte a tu legítima esposa. Bueno, pues si esa es la idea conmigo no contéis... Hoy en día la gente empieza burlándose de la familia y de las instituciones sagradas, y mañana mandarán todo al garete para permitir matrimonios entre blancos y negros.

Acalorado por su propia sarta de sandeces, se vio a sí mismo plantado en solitario sobre el postrer bastión de la civilización.

—Aquí somos todos blancos —susurró Jordan.

—Ya sé que no caigo simpático. No doy grandes fiestas. Se ve que hay que convertir la casa en una leonera para tener amigos en el mundo moderno.

Por irritado que me sintiese, como nos sentíamos todos, me entraban ganas de reír cada vez que despegaba los labios: la mutación de calavera en puritano resultaba tan redonda.

—Tengo que decirle una cosa, viejo amigo... —empezó Gatsby. Pero Daisy adivinó su propósito.

—¡Por favor, no! —suplicó desamparada—. Vámonos a casa. ¿Por qué no nos vamos a casa?

—Es una buena idea —me levanté yo—. Vamos, Tom. Nadie quiere beber.

—Quiero enterarme de lo que el señor Gatsby tiene que decirme.

—Su esposa no le quiere —dijo Gatsby—. Jamás le ha querido. Me quiere a mí.

—¡Usted está chiflado! —exclamó Tom mecánicamente.

Gatsby se puso en pie de un brinco, encendido de ardor.

—¡Nunca le ha querido a usted, ¿me oye?! —gritó—. Solo se casó con usted porque yo era pobre y ella estaba cansada de esperarme. Fue un error tremendo, ¡pero en su corazón jamás ha amado a nadie salvo a mí!

En aquel trance Jordan y yo intentamos escabullirnos, mas Tom y Gatsby insistieron con porfía en que nos quedásemos: cual si ninguno tuviera nada que ocultar y constituyera un honor participar vicariamente de sus emociones.

—Siéntate, Daisy. —La voz de Tom buscó sin fortuna un matiz paternal—. ¿Qué ha estado pasando aquí? Quiero enterarme de todo.

—Ya le he dicho lo que ha estado pasando —repuso Gatsby—. Lleva pasando cinco años... y usted sin enterarse de nada.

Tom se volvió bruscamente hacia Daisy.

—¿Has estado viéndote con este sujeto durante cinco años?

—Viéndonos no —aclaró Gatsby—. No podíamos vernos. Pero los dos nos hemos amado todo ese tiempo, viejo amigo, y usted ni sospecharlo. A veces me daba la risa —pero no había risa en sus pupilas— de pensar que no se enteraba de nada.

—Ah, de modo que es eso... —Tom tamborileó sus dedos gruesos como un clérigo y se recostó en la silla.

—¡Está usted rematadamente loco! —estalló—. No puedo responder de lo que ocurrió hace cinco años, porque entonces yo no conocía a Daisy; y que me aspen si me explico cómo llegó a acercarse a una milla de ella a no ser que llevase la compra a la puerta trasera. Pero todo lo demás es una patraña como una casa. Daisy me amaba cuando nos casamos y me ama ahora.

—No —dijo Gatsby sacudiendo la cabeza.

—¡Vaya si me ama! Lo que pasa es que a veces se le meten tonterías en la cabeza y no sabe lo que hace. —Asintió con suficiencia—. Y lo que es más: yo también amo a Daisy. De tarde en tarde me desmando y hago el idiota por ahí, pero siempre regreso, y en el fondo de mi corazón la quiero en todo momento.

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