El gran Gatsby·Episodio 16

Capítulo VII · I

~13 min · 2550 palabras

Fue cuando la curiosidad en torno a Gatsby alcanzó su punto culminante cuando las luces de su mansión dejaron de encenderse cierto sábado por la noche; y, tan oscuramente como había comenzado, su trayectoria como Trimalción tocó a su fin. Solo de manera gradual fui percatándome de que los automóviles que enfilaban anhelantes su camino de acceso se detenían un solo minuto para luego dar media vuelta y alejarse con desgana. Preguntándome si estaría enfermo crucé a enterarme: un mayordomo desconocido y de rostro avieso me miró con desconfianza desde la puerta entornada.

—¿Está enfermo el señor Gatsby?

—No. —Tras una pausa añadió «señor» de mala gana y con desabrida lentitud.

—No lo había visto por aquí y andaba con cuidado. Dígale que vino el señor Carraway.

—¿Quién? —preguntó con insolencia.

—Carraway.

—Carraway. Muy bien, se lo diré.

Y me cerró la puerta en las narices de un golpe seco.

Mi asistenta finlandesa me informó de que Gatsby había despedido a toda la servidumbre de la casa una semana atrás, sustituyéndola por media docena de criados que jamás pisaban el pueblo de West Egg para no dejarse sobornar por los tenderos, sino que encargaban provisiones moderadas por teléfono. El chico de los recados refirió que la cocina parecía una pocilga, y la opinión común en la aldea era que aquella nueva gente no tenía nada de servidumbre.

Al día siguiente Gatsby me llamó por teléfono.

—¿Se marcha de viaje? —inquirí.

—No, viejo amigo.

—Me he enterado de que despidió a todos sus criados.

—Quería a alguien que no anduviera con chismes. Daisy viene muy a menudo... por las tardes.

De modo que aquel colosal caravasar se había venido abajo como un castillo de naipes ante la sola desaprobación en los ojos de ella.

—Son personas por las que Wolfshiem quería hacer algo. Son todos hermanos y hermanas. Regentaban un hotelito modesto.

—Ya comprendo.

Llamaba a instancias de Daisy: ¿querría ir a almorzar a su casa mañana? La señorita Baker estaría presente. Media hora más tarde la mismísima Daisy telefoneó y pareció aliviada al confirmar que yo acudiría. Algo se tramaba. Y con todo me resistía a creer que escogieran aquella ocasión para una escena; sobre todo para la tremenda escena que Gatsby me había bosquejado en el jardín.

El día siguiente fue abrasador, casi el último y a todas luces el más caluroso de todo el estío. Conforme mi tren emergía del túnel a la luz del sol, solo los silbatos ardientes de la National Biscuit Company quebraban la calma sofocante del mediodía. Los asientos de paja del vagón rozaban la combustión; la mujer a mi vera sudó discretamente un rato empapando su blusa blanca y luego, al humedecerse el periódico bajo sus dedos, se abandonó con desconsuelo al bochorno con un quejido lastimero. Su bolso cayó con estrépito al suelo.

—¡Madre mía! —jadeó.

Lo recogí con un movimiento cansino y se lo tendí sosteniéndolo con el brazo estirado y por la punta misma de las esquinas para indicar que no abrigaba malas intenciones sobre él; pero todos en derredor, incluida la dama, sospecharon de mí de todos modos.

—¡Vaya calor! —decía el revisor a las caras conocidas—. ¡Vaya tiempo!... ¡Qué calor!... ¡Calor!... ¡Calor!... ¿Tienen ya bastante calor? ¿Hace calor o no?... ¿Hace...?

Mi billete de abono me fue devuelto con un manchurrón oscuro de sus dedos. ¡A quién diablos podía importarle en medio de semejante bochorno los labios encendidos de quién besaba, o qué cabellera humedecía el bolsillo de pijama sobre su pecho!

... Por el vestíbulo de los Buchanan soplaba una leve corriente de aire que arrastraba el tintineo del timbre del teléfono hacia Gatsby y hacia mí mientras aguardábamos ante el umbral.

—¿El cuerpo del señor? —bramaba el mayordomo al auricular—. ¡Lo lamento, señora, pero no podemos servirlo: quema demasiado para tocarlo este mediodía!

Lo que en realidad dijo fue: «Sí... Sí... Voy a ver».

Colgó y avanzó hacia nosotros, reluciente de sudor, para recoger nuestros sombreros tiesos de paja.

—¡La señora los espera en el salón! —proclamó señalando innecesariamente el camino. En aquel bochorno cualquier ademán superfluo constituía un agravio contra la reserva común de energía vital.

La estancia, bien resguardada por toldos, resultaba oscura y fresca. Daisy y Jordan descansaban sobre un diván enorme, a guisa de ídolos de plata sujetando sus propios vestidos blancos contra la brisa cantarína de los ventiladores.

—No nos podemos mover —dijeron al unísono.

Los dedos de Jordan, empolvados de blanco sobre el bronceado, descansaron un segundo entre los míos.

—¿Y el señor Thomas Buchanan, el atleta? —inquirí.

Simultáneamente escuché su voz, bronca, apagada y áspera, hablando al teléfono del vestíbulo.

Gatsby permanecía en medio de la alfombra carmesí contemplándolo todo con ojos fascinados. Daisy lo observó y rio, con su risita dulce y emocionante; una nube diminuta de polvos de arroz brotó de su escote en el aire.

—Corre el rumor —susurró Jordan— de que es la mujeruca de Tom al teléfono.

Guardamos silencio. La voz en el vestíbulo se alzó con fastidio: «Muy bien, pues no le vendo el coche en absoluto... No tengo ninguna obligación con usted... ¡y en cuanto a molestarme a la hora del almuerzo, no pienso tolerarlo de ningún modo!»...

—Apretando la horquilla del auricular —dijo Daisy con cinismo.

—No, no es eso —le aseguré—. Es un trato verdadero. Da la casualidad de que estoy al corriente.

Tom abrió la puerta de par en par, tapó la luz un segundo con su recia anatomía y penetró en la estancia.

—¡Señor Gatsby! —Le tendió su mano ancha y chata con una aversión apenas disimulada—. Me alegro de verle, señor... Nick...

—Prepáranos algo bien frío —rogó Daisy.

En cuanto él volvió a ausentarse, ella se levantó, se acercó a Gatsby y le bajó la cabeza hacia sí, besándolo en los labios.

—Ya sabes cuánto te quiero —le susurró.

—Olvidas que hay una dama presente —advirtió Jordan.

Daisy miró en derredor con aire vacilante.

—Besa a Nick tú también.

—¡Qué chica tan vulgar y descarada!

—¡Me trae sin cuidado! —exclamó Daisy, y se puso a zapatear sobre el enladrillado de la chimenea. Luego recordó el calor sofocante y volvió a sentarse compungida en el sofá justo cuando una niñera recién almidonada entró trayendo de la mano a una chiquilla.

—Tesoro bendito —canturreó tendiéndole los brazos—. Ven con tu mamita, que te quiere con locura.

La pequeña, soltada por la niñera, cruzó la sala a la carrera y hundió tímidamente la carita en el vestido de su madre.

—¡Mi pedacito de cielo! ¿Te manchó mamá de polvos tu pelito amarillo? Ponte de pie, anda, y di: «Buenas tardes».

Gatsby y yo nos inclinamos sucesivamente a estrechar aquella manita reacia. Después él siguió contemplando a la niña con asombro manifiesto. Creo que jamás había creído verdaderamente en su existencia hasta ese instante.

—Me vistieron antes del almuerzo —dijo la pequeña dirigiéndose con presteza a Daisy.

—Porque mamá quería presumir de ti. —Y hundió la cara en el pliegue menudo del cuello blanco de la niña—. Eres un sueño, tú. Todo un sueño primoroso.

—Sí —admitió la niña con flema—. Tía Jordan también se ha puesto un vestido blanco.

—¿Te gustan los amigos de mamá? —Daisy la giró para encararla con Gatsby—. ¿A que son muy guapos?

—¿Dónde está papá?

—No se parece en nada a su padre —explicó Daisy—. Ha salido a mí: tiene mi pelo y la misma forma de la cara.

Daisy se recostó en el diván. La niñera dio un paso al frente y extendió la mano.

—Vamos, Pammy.

—¡Adiós, cariño!

Con una mirada de reojo y reacia, la criatura bien disciplinada tomó la mano de su niñera y salió de la estancia justo cuando Tom reaparecía precediendo a cuatro combinados de ginebra con hielo que tintineaban sonoros.

Gatsby cogió su vaso.

—Desde luego tienen un aspecto refrescante —dijo con patente tirantez.

Bebimos con tragos largos y ávidos.

—Leí en alguna parte que el sol se calienta más cada año —comentó Tom con desenvoltura—. Parece que muy pronto la tierra va a caer dentro del sol... o esperad un momento... es justo al revés: el sol se enfría cada año.

—Salga afuera —le propuso a Gatsby—; me gustaría que echara un vistazo a la propiedad.

Salí con ellos a la galería. Sobre las aguas verdosas del estrecho, estancadas por la canícula, una velita blanca se arrastraba con lentitud rumbo a aguas más frescas. Los ojos de Gatsby la siguieron unos instantes; alzó la mano y señaló al otro lado de la bahía.

—Vivo justo enfrente de ustedes.

—Ya lo veo.

Nuestras miradas planearon sobre los parterres de rosas, el césped caldeado y los rastrojos secos de la canícula junto a la ribera. Lentamente las alas blancas del balandro avanzaron contra el linde azul y fresco del firmamento. Más allá se extendían el océano festoneado y las pródigas islas bienaventuradas.

—Ahí tiene un buen deporte —apuntó Tom asintiendo—. Me encantaría estar ahí fuera con él un buen rato.

Almorzamos en el comedor, oscurecido también contra el bochorno, y ahogamos una nerviosa jovialidad en cerveza fría.

—¿Qué haremos con nuestras vidas esta tarde? —exclamó Daisy—. ¿Y el día de mañana, y los próximos treinta años?

—No te pongas lúgubre —repuso Jordan—. La vida vuelve a empezar cuando refresca en otoño.

—Pero es que hace tanto calor... —insistió Daisy al borde del llanto—, y todo resulta tan confuso... ¡Vámonos todos a la ciudad!

Su voz pugnaba a través del bochorno, golpeándolo, moldeando su insensatez en formas concretas.

—He oído hablar de cuadras convertidas en garajes —le decía Tom a Gatsby—, pero soy el primer mortal que ha transformado un garaje en cuadra de caballos.

—¿Quién quiere ir a la ciudad? —reclamó Daisy con porfía. Los ojos de Gatsby volaron hacia ella—. ¡Ah! —exclamó Daisy—. Tienes un aspecto tan fresco...

Sus miradas se encontraron y se quedaron mirándose fijamente, solos en el universo. Haciendo un esfuerzo ella bajó los ojos hacia la mesa.

—Siempre tienes un aspecto tan fresco —repitió.

Le acababa de confesar que lo amaba, y Tom Buchanan lo presenció todo. Se quedó pasmado. Entreabrió la boca y contempló a Gatsby, y luego de nuevo a Daisy cual si acabara de reconocerla como a alguien a quien trató tiempo atrás.

—Te pareces al hombre del anuncio —prosiguió ella con candor—. Ya sabes, al hombre de aquel anuncio...

—Muy bien —terció Tom con premura—. No tengo el menor inconveniente en ir a la ciudad. En marcha: nos vamos todos a la ciudad.

Se puso en pie, con los ojos centelleando entre Gatsby y su mujer. Nadie se movió.

—¡Vamos! —Su aplomo se quebró levemente—. ¿A qué viene esto? Si vamos a la ciudad, pongámonos en marcha.

Su mano, temblorosa por el esfuerzo de autodominio, apuró las postrimerías de su vaso de cerveza. La voz de Daisy nos puso en pie y salimos a la calcinada gravilla del camino.

—¿Nos marchamos así sin más? —protestó ella—. ¿Así, a lo loco? ¿No nos dejarán fumar un cigarrillo antes?

—Todo el mundo ha fumado durante todo el almuerzo.

—¡Ay, pasémoslo bien! —le suplicó—. Hace demasiado bochorno para andar con disputas.

Tom no respondió.

—Haz lo que te plazca —dijo ella—. Vamos, Jordan.

Subieron a prepararse mientras los tres hombres permanecíamos allí removiendo los guijarros candentes con los pies. Una media luna plateada flotaba ya en el cielo de poniente. Gatsby hizo ademán de hablar, se contuvo, pero no antes de que Tom girase en redondo encarándolo con fijeza.

—¿Tiene las caballerizas aquí mismo? —inquirió Gatsby haciendo un esfuerzo.

—A cosa de un cuarto de milla por el camino.

—Ah.

Siguió una pausa.

—No le veo el sentido a marcharse a la ciudad —soltó Tom con ferocidad—. A las mujeres se les meten estas ventoleras en la cabeza...

—¿Llevamos algo de beber? —gritó Daisy desde una ventana superior.

—Bajaré whisky —contestó Tom, y entró en la vivienda.

Gatsby se volvió hacia mí con ademán envarado:

—No puedo decir palabra en su propia casa, viejo amigo.

—Tiene una voz muy indiscreta —observé yo—. Rebosa de... —Vacilé.

—Su voz está llena de dinero —soltó de repente.

Eso era. Jamás lo había comprendido antes. Estaba llena de dinero: ese era el encanto inagotable que ascendía y menguaba en ella, su tintineo, su sonoro canto de címbalos... Allá arriba, en un palacio blanco, la hija del rey, la muchacha dorada...

Tom salió de la vivienda envolviendo una botella grande en una toalla, seguido de Daisy y Jordan con sombreritos ceñidos de tela metálica y mantones ligeros sobre los brazos.

—¿Vamos todos en mi coche? —propuso Gatsby tanteando el cuero candente del asiento—. Debí haberlo dejado a la sombra.

—¿Tiene cambio de marchas normal? —preguntó Tom.

—Sí.

—Pues quédese con mi cupé y déjeme llevar su coche a la ciudad.

La propuesta le sentó como un tiro a Gatsby.

—No creo que tenga mucha gasolina —objetó.

—Hay gasolina de sobra —replicó Tom con jactancia consultando el marcador—. Y si se agota paramos en una botica. Hoy en día venden de todo en las boticas.

Siguió una pausa tras aquella salida en apariencia ociosa. Daisy miró a Tom frunciendo el ceño, y una expresión indefinible, a un tiempo extraña y vagamente familiar, cual si solo la hubiese oído referir en palabras, cruzó por el rostro de Gatsby.

—Vamos, Daisy —dijo Tom apremiándola con la mano hacia el automóvil de Gatsby—. Te llevaré en este carromato de feria.

Le abrió la portezuela, pero ella se zafó del cerco de su brazo.

—Llevaos a Nick y a Jordan. Nosotros os seguiremos en el cupé.

Se arrimó a Gatsby rozándole la chaqueta con la mano. Jordan, Tom y yo nos acomodamos en el asiento delantero del coche de Gatsby; Tom tanteó con tiento los engranajes desacostumbrados y salimos disparados hacia el calor opresivo, dejándolos atrás fuera de la vista.

—¿Visteis eso? —espetó Tom.

—¿Ver el qué?

Me clavó una mirada penetrante, intuyendo que Jordan y yo debíamos de saberlo desde hacía tiempo.

—Me tomáis por rematadamente tonto, ¿verdad? —insinuó—. A lo mejor lo soy, pero a veces poseo una suerte de... casi un sexto sentido que me dice lo que tengo que hacer. Puede que no lo creáis, pero la ciencia...

Se interrumpió. La apremiante contingencia inmediata lo asaltó, rescatándolo del abismo de las divagaciones teóricas.

—He hecho ciertas indagaciones sobre ese sujeto —prosiguió—. Habría rascado más hondo si hubiera sabido...

—¿Quiere decir que ha consultado a una médium? —inquirió Jordan con sorna.

—¿Qué? —Desconcertado, nos miró al vernos reír—. ¿A una médium?

—Sobre Gatsby.

—¡Sobre Gatsby! No, no he ido a ninguna médium. Dije que anduve haciendo pesquisas sobre su pasado.

—Y habrá descubierto que es un hombre de Oxford —apuntó Jordan con servicial soltura.

—¡De Oxford! —soltó con sarcasmo—. ¡Los cojones de Oxford! ¡Si lleva un traje rosa!

—Pues a pesar de todo es de Oxford.

—De Oxford, Nuevo México —bufó Tom con desdén—, o algo por el estilo.

—Oye, Tom, si tan estirado eres, ¿por qué demonios lo invitaste a almorzar? —reclamó Jordan enojada.

—Lo invitó Daisy; lo trataba desde antes de casarnos... ¡sabe Dios dónde!

Todos andábamos irritables con la cerveza disipada en las venas y, conscientes de ello, rodamos un rato en silencio. Luego, al divisar en la lejanía los ojos apagados del doctor T. J. Eckleburg, me acordé de la advertencia de Gatsby sobre la gasolina.

Fin del Episodio 16 · de 24

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