Capítulo VI · II
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Los paseó con ceremonia de corro en corro:
—La señora Buchanan... y el señor Buchanan... —Y tras un segundo de vacilación añadió—: el jugador de polo.
—¡Oh, no! —protestó Tom con presteza—. Yo no.
Pero por lo visto la denominación agradó a Gatsby, pues Tom siguió siendo «el jugador de polo» durante el resto de la velada.
—Nunca había visto a tantas celebridades juntas —exclamó Daisy—. Me gustó aquel caballero... ¿cómo se llamaba?... el de la nariz azulada.
Gatsby lo identificó, añadiendo que era un productor modesto.
—Bueno, a mí me cayó muy simpático.
—Yo preferiría no ser el jugador de polo —apuntó Tom con afabilidad—; preferiría contemplar a todos estos personajes famosos en... en el anonimato.
Daisy y Gatsby bailaron. Recuerdo mi sorpresa ante su foxtrot mesurado y elegante; jamás lo había visto bailar. Luego cruzaron hacia mi casa y se sentaron en la escalinata durante media hora, mientras yo, a petición de ella, montaba guardia en el jardín. «Por si hay un incendio o una riada —explicó—, o cualquier catástrofe imprevista».
Tom emergió de su anonimato cuando nos disponíamos a cenar juntos. «¿Os importa que me siente con unos amigos de allá enfrente? —dijo—. Hay un tipo contando unas cosas la mar de divertidas».
—Adelante —repuso Daisy con dulzura—, y si quieres apuntar alguna seña aquí tienes mi lapicerito de oro... —Al cabo de unos instantes miró en derredor y me confió que la muchacha era «vulgar pero linda»; y supe que, salvo por aquella media hora a solas con Gatsby, no se lo estaba pasando nada bien.
Nos tocó una mesa particularmente beoda. Fue culpa mía: habían llamado a Gatsby al teléfono y yo me lo había pasado en grande con esa misma gente dos semanas atrás. Pero cuanto me divirtió entonces se tornaba ahora pestilente en el ambiente.
—¿Cómo se encuentra, señorita Baedeker?
La aludida pugnaba, sin fortuna, por recostarse en mi hombro. Ante mi pregunta se incorporó y abrió los ojos.
—¿Qué?
Una mujer corpulenta y aletargada, que había estado insistiendo a Daisy para jugar al golf con ella en el club local al día siguiente, salió en defensa de la señorita Baedeker:
—Déjela, ahora está bien. Cuando se toma cinco o seis cócteles siempre le da por gritar como una descosida. Yo le digo que no debería probar gota.
—Si no pruebo gota —afirmó la acusada con voz cavernosa.
—Te oímos chillar, así que le dije al doctor Civet: «Hay alguien que necesita tus servicios, doctor».
—Se lo agradece en el alma, seguro —terció otro comensal sin pizca de gratitud—, pero le empaparon el vestido cuando le metieron la cabeza en la piscina.
—Si hay algo que odio en este mundo es que me metan la cabeza en una piscina —masculló la señorita Baedeker—. Por poco me ahogan una vez en Nueva Jersey.
—Pues entonces no debería beber —replicó el doctor Civet.
—¡Hable por usted! —estalló la señorita Baedeker furibunda—. Le tiembla el pulso. ¡No dejaría que me operara ni loca!
Así andaba el patio. Casi lo último que recuerdo es permanecer junto a Daisy contemplando al director de cine y a su Estrella. Seguían bajo el ciruelo blanco con los rostros casi rozándose, salvo por un tenue y pálido rayo de luna entre ambos. Se me antojó que él había ido inclinándose hacia ella con suma lentitud a lo largo de toda la velada para alcanzar aquella proximidad, y mientras miraba lo vi descender un último milímetro y besarla en la mejilla.
—Me cae bien —dijo Daisy—; me parece primorosa.
Pero todo lo demás la ofendía: y sin duda alguna porque no se trataba de un ademán fingido, sino de una emoción desnuda. Se sentía consternada por West Egg, aquel insólito engendro que Broadway había parido sobre una aldea de pescadores de Long Island; consternada por su vigor rudo que se rebelaba contra los viejos eufemismos y por el destino demasiado insolente que arreaba a sus moradores por un atajo de la nada a la nada. Veía algo monstruoso en la misma tosquedad que no alcanzaba a desentrañar.
Me senté con ellos en la escalinata delantera mientras aguardaban el coche. Reinaba la oscuridad allí enfrente; solo la puerta iluminada proyectaba diez pies cuadrados de luz sobre la apacible madrugada. A intervalos una sombra cruzaba tras el visillo de un vestidor en la planta alta, cediendo el paso a otra sombra, una procesión indefinida de siluetas que se acicalaban y empolvaban ante espejos invisibles.
—¿Quién es este Gatsby, a fin de cuentas? —inquirió Tom de repente—. ¿Algún gran contrabandista?
—¿Dónde has oído eso? —pregunté.
—No lo he oído en ninguna parte; me lo figuro. Casi todos estos nuevos ricos no son más que vulgares contrabandistas de alcohol, ya lo sabes.
—Gatsby no —rebatí con sequedad.
Calló unos instantes. La gravilla del sendero crujió bajo sus plantas.
—Bueno, pues habrá tenido que sudar tinta para juntar semejante casa de fieras.
Una ráfaga de viento agitó la bruma grisácea del cuello de piel de Daisy.
—Al menos resultan más interesantes que la gente que frecuentamos —dijo ella haciendo un esfuerzo.
—No parecía que estuvieras muy entretenida.
—Pues lo estaba.
Tom soltó una carcajada y se volvió hacia mí.
—¿Te fijaste en la cara de Daisy cuando aquella fulana le pidió que la metiera bajo una ducha fría?
Daisy comenzó a canturrear al compás de la música en un susurro ronco y acompasado, extrayendo de cada palabra un significado que jamás había tenido antes y que no volvería a poseer. Cuando la melodía ascendía su voz quebraba con dulzura siguiéndola, de ese modo tan propio de las voces de contralto, y cada modulación vertía un hálito de su cálido encanto humano sobre el aire.
—Viene mucha gente que no ha sido invitada —dijo de pronto—. Esa chica no estaba invitada. Se cuelan sin más y él es demasiado caballero para ponerlos en la calle.
—Me gustaría saber quién es y a qué se dedica —insistió Tom—. Y pienso averiguarlo.
—Te lo puedo decir ahora mismo —repuso ella—. Era dueño de varias farmacias, de una cadena entera de droguerías. Las levantó él solito.
La tardía limusina asomó por el camino.
—Buenas noches, Nick —se despidió Daisy.
Apartó la vista de mí y la posó en lo alto de la escalinata iluminada, de donde salía por la puerta abierta Las tres de la mañana, un vals pulcro y tristón de aquel año. A fin de cuentas, en la mismísima desenvoltura de la fiesta de Gatsby anidaban promesas románticas ausentes por entero de su mundo. ¿Qué encerraba aquella canción que parecía implorarle que volviera adentro? ¿Qué ocurriría en aquellas horas oscuras e incalculables? Acaso llegaría algún invitado inverosímil, una criatura infinitamente rara y admirable, alguna doncella auténticamente radiante que, con una sola mirada fresca a Gatsby, en un instante de mágico encuentro, borraría aquellos cinco años de inquebrantable lealtad.
Me quedé hasta tarde aquella noche. Gatsby me pidió que aguardara a que estuviese desocupado, y deambulé por el jardín hasta que la inevitable pandilla de bañistas regresó de la playa negra, aterida y exultante, y las luces se apagaron en los dormitorios de arriba. Cuando al fin bajó los peldaños, su rostro cetrino aparecía estirado con inusitada tirantez y sus ojos brillaban de cansancio.
—No le ha gustado —dijo de sopetón.
—¡Claro que le ha gustado!
—No le ha gustado —insistió—. No se lo ha pasado bien.
Guardó silencio y adiviné su inefable desánimo.
—Me siento muy lejos de ella —confesó—. Cuesta tanto hacérselo comprender...
—¿Te refieres al baile?
—¿El baile? —Despachó todas las fiestas que había dado con un chasquido de dedos—. Viejo amigo, el baile carece de importancia.
No exigía de Daisy nada menos que acudir a Tom y espetarle: «Jamás te quise». Una vez que hubiese borrado cuatro años con esa sola frase podrían acordar las medidas prácticas que procediesen. Una de ellas era que, en cuanto fuese libre, regresarían a Louisville y se casarían en su propia casa, exactamente igual que si hubiesen transcurrido cinco años atrás.
—Y ella no comprende —dijo—. Antes lo comprendía. Pasábamos horas sentados...
Se interrumpió y echó a andar arriba y abajo por un sendero desolado cubierto de cáscaras de fruta, recuerdos de cotillón pisoteados y flores marchitas.
—Yo no le exigiría tanto —aventuré—. El pasado no se puede repetir.
—¿Que no se puede repetir el pasado? —exclamó con incredulidad—. ¡Por supuesto que se puede!
Miró en derredor extraviado, como si el pasado acechase allí mismo, agazapado en la sombra de su morada, justo al alcance de su mano.
—Voy a arreglarlo todo para que vuelva a ser exactamente igual que antes —dijo, asintiendo con determinación—. Ya lo verá.
Habló copiosamente del pasado, y colegí que ansiaba recobrar algo, acaso una idea de sí mismo que se había fundido en su amor por Daisy. Su vida había sido confusa y desordenada desde entonces, pero si lograba regresar una sola vez a cierto punto de partida y repasar despacio el camino, podría averiguar qué era aquello...
... Cierta noche de otoño, cinco años atrás, paseaban por la calle cuando caían las hojas, y llegaron a un recodo desprovisto de árboles donde la acera blanqueaba bajo la luna. Se detuvieron allí y se miraron cara a cara. Era una noche fresca, preñada de esa misteriosa agitación que acompaña a las dos mudanzas del año. Las luces mansas de las casas zumbaban en medio de la penumbra y mediaba un revuelo entre las estrellas. De reojo Gatsby advirtió que los bloques de la acera formaban en verdad una escala que ascendía hacia un paraje secreto sobre las copas de los árboles: podía encaramarse a él, si trepaba solo, y una vez allí mamar de la ubre de la vida, apurar el néctar incomparable del asombro.
Su corazón latió con mayor brío conforme el rostro blanco de Daisy se alzaba hacia el suyo. Supo que, en cuanto besara a aquella doncella y desposara para siempre sus quimeras inefables a su aliento mortal, su mente no volvería a retozar jamás como la mente de Dios. De suerte que aguardó, escuchando un instante más el diapasón que acababa de tañer sobre una estrella. Luego la besó. Al contacto de sus labios ella floreció para él como una rosa y la encarnación quedó consumada.
A través de cuanto refirió, incluso a través de su espantosa sensiblería, algo me vino a la memoria: un ritmo esquivo, un retazo de palabras perdidas que había escuchado en alguna parte mucho tiempo atrás. Por un segundo una frase pugnó por cobrar forma en mi boca y mis labios se entreabrieron como los de un mudo, cual si algo más luchase en ellos que una brizna de aire asustado. Mas no emitieron sonido alguno, y lo que estuve a punto de recordar quedó sepultado para siempre en el olvido.
Fin del Episodio 15 · de 24
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