Capítulo VI · I
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Por aquellas fechas un joven y ambicioso reportero neoyorquino se presentó cierta mañana a las puertas de Gatsby y le preguntó si tenía algo que declarar.
—¿Algo que declarar sobre qué? —inquirió Gatsby con cortesía.
—Bueno... alguna declaración que hacer pública.
Al cabo de cinco minutos de confusión se supo que el mozo había oído mentar el nombre de Gatsby en su redacción a propósito de cierto asunto que no quería desvelar o no alcanzaba a comprender del todo. Era su día de libranza y, con loable iniciativa profesional, se había apresurado a acudir «a comprobar».
Había disparado al azar, y con todo el instinto del gacetillero no erraba el tiro. La notoriedad de Gatsby, propalada por los centenares de convidados que habían disfrutado de su mesa y se creían por ende doctores en su pasado, había ido en aumento a lo largo del verano hasta hallarse a un paso de ser noticia de primera página. Mitos de actualidad tales como «el oleoducto subterráneo que conecta con Canadá» se le adherían como lapas, y corría la persistente patraña de que no residía en una mansión en absoluto, sino en un barco acondicionado como palacete que se desplazaba con sigilo arriba y abajo por la costa de Long Island. Por qué motivo tales patrañas constituían motivo de íntimo orgullo para James Gatz, de Dakota del Norte, no resulta sencillo de explicar.
James Gatz: tal era su nombre verdadero, o al menos legal. Lo había trocado a la edad de diecisiete años y en el instante preciso que marcó el punto de partida de su carrera: cuando divisó el yate de Dan Cody fondear sobre el banco de arena más traicionero del lago Superior. Fue James Gatz quien holgazaneaba por la orilla aquella tarde en jersey verde deshilachado y pantalones de dril; pero fue ya Jay Gatsby quien tomó prestado un bote de remos, bogó hasta el Tuolomee y advirtió a Cody de que un repentino golpe de viento podía encallarlo y despedazar el barco en media hora.
Supongo que ya entonces llevaba tiempo rumiando aquel nombre. Sus progenitores eran campesinos fracasados y sin fuste; su fantasía jamás los había reconocido verdaderamente como padres. La verdad pura era que Jay Gatsby, de West Egg, Long Island, había brotado de su propia concepción platónica de sí mismo. Era un hijo de Dios —frase que, de entrañar algún sentido, significa precisamente eso— y debía consagrarse a los asuntos de su Padre: el culto a una belleza inmensa, vulgar y deslumbrante. De modo que engendró con exactitud la clase de Jay Gatsby que un muchacho de diecisiete años concebiría, y a esa quimera permaneció fiel hasta el postrer instante.
Durante más de un año se había abierto camino por la costa meridional del lago Superior faenando como buscador de almejas y pescador de salmón, o desempeñando cualquier oficio que le procurara cama y sustento. Su cuerpo moreno y curtido se amoldaba con soltura al quehacer semibárbaro y semiperezoso de aquellas jornadas tonificantes. Trató a las mujeres desde muy temprano, y como estas lo mimaron acabó por mirarlas con altivo desdén: a las vírgenes por ignorantes; a las demás porque se desvivían en histerias por menudencias que él, en su avasallador ensimismamiento, daba por sentadas.
Mas su corazón ardía en un tumulto perpetuo. Los desvaríos más grotescos y fantásticos lo asaltaban de noche en el jergón. Un orbe de oropel inefable se desplegaba en su imaginación mientras el reloj marcaba las horas sobre el lavamanos y la luna empapaba de pálida lumbre sus ropas revueltas por el suelo. Cada noche añadía nuevos arabescos a sus ensueños, hasta que la modorra ponía punto final a algún cuadro resplandeciente con un abrazo de olvido. Por un tiempo tales quimeras dieron cauce a su inventiva; constituían una reconfortante prueba de la irrealidad de lo real, la promesa de que los cimientos del orbe descansaban seguros sobre las alas de un hada.
Un presentimiento de su gloria futura lo había conducido meses atrás al modesto colegio luterano de St. Olaf, en el sur de Minnesota. Permaneció allí dos semanas, desolado ante la feroz indiferencia de la institución hacia los tambores de su destino, hacia el destino mismo, y aborreciendo el oficio de portero y bedel con el que debía costearse la estancia. Tras ello derivó de nuevo hacia el lago Superior, y todavía andaba en pos de algún rumbo el día en que el yate de Dan Cody soltó amarras en los bajos costeros.
Cody contaba entonces cincuenta años cumplidos, fruto maduro de las minas de plata de Nevada, del Yukón y de cuantas fiebres metalíferas se habían sucedido desde el setenta y cinco. Los negocios con el cobre de Montana que lo elevaron a multimillonario lo sorprendieron físicamente recio pero al borde de la demencia senil; y, sospechándolo, un sinfín de mujeres pugnaron por esquilmarle la hacienda. Las turbias intrigas merced a las cuales Ella Kaye, la periodista, ofició de marquesa de Maintenon ante su flaqueza y lo embarcó en un yate, constituyeron pasto común de la prensa amarilla en 1902. Llevaba cinco años costeando riberas demasiado hospitalarias cuando el destino lo cruzó en la bahía de Little Girl con James Gatz.
Para el joven Gatz, descansando sobre los remos con la mirada alzada hacia la borda, aquel yate encarnaba toda la belleza y el esplendor del mundo. Sospecho que le sonrió a Cody: probablemente había descubierto que la gente lo trataba con agrado cuando sonreía. En cualquier caso Cody le hizo unas cuantas preguntas (una de ellas alumbró el flamante nombre) y comprobó que era despierto y desmedidamente ambicioso. Pocos días después lo llevó consigo a Duluth y le compró una chaqueta azul marina, seis pantalones blancos de dril y una gorra náutica. Y cuando el Tuolomee zarpó rumbo a las Antillas y a la Costa de Berbería, Gatsby zarpó con él.
Desempeñó un vago cometido personal: mientras sirvió junto a Cody ofició sucesivamente de mayordomo, contramaestre, piloto, secretario y hasta carcelero; pues Dan Cody sereno conocía al dedillo de qué excesos era capaz Dan Cody beodo, y prevenía tales contingencias depositando cada vez mayor confianza en Gatsby. Aquella alianza perduró un lustro, a lo largo del cual el buque dio tres vueltas completas al continente. Pudo haberse prolongado indefinidamente de no ser porque Ella Kaye subió a bordo cierta noche en Boston y una semana más tarde Dan Cody tuvo la descortesía de fallecer.
Recuerdo su retrato colgado en el dormitorio de Gatsby: un hombre canoso, rubicundo, de faz dura e inexpresiva; el prototipo del libertino pionero que, en cierta etapa del devenir norteamericano, devolvió a la costa este la salvaje violencia de los prostíbulos y cantinas de la frontera. A influjo de Cody se debió indirectamente que Gatsby bebiera con tanta moderación. En ocasiones, en el fragor de las juergas, las damas solían frotarle la cabellera con champán; él, por su parte, adoptó la costumbre de mantenerse apartado del licor.
Y de Cody heredó una suma de dinero: un legado de veinticinco mil dólares. Jamás llegó a cobrarlo. Nunca desentrañó la triquiñuela legal de que se valieron en su contra, pero cuanto restaba de los millones pasó íntegro a manos de Ella Kaye. Le quedó en cambio su singular y oportuna instrucción; los contornos difusos de Jay Gatsby habían cobrado al fin la sólida consistencia de un hombre.
Me refirió todo esto mucho tiempo después, mas lo consigno aquí con el ánimo de aventar aquellas disparatadas habladurías iniciales sobre sus orígenes, que no encerraban la menor pizca de verdad. Me lo confió, además, en una época de desconcierto, cuando yo había alcanzado el extremo de creerlo y dudarlo todo a un tiempo sobre su persona. Aprovecho, por ende, este breve alto en el camino, mientras Gatsby recobraba el aliento, para despejar semejante cúmulo de malentendidos.
Se produjo también un paréntesis en mi trato con sus andanzas. Durante varias semanas no lo vi ni escuché su voz al teléfono; casi todo el tiempo permanecí en Nueva York, acompañando a Jordan de acá para allá y tratando de granjearme el favor de su tía chocha; pero al fin crucé hasta su morada cierta tarde de domingo. Apenas llevaba dos minutos allí cuando alguien trajo a Tom Buchanan a tomar una copa. Me quedé de piedra, como es natural, pero lo verdaderamente insólito era que no hubiese sucedido antes.
Formaban una comitiva de tres jinetes: Tom, un caballero llamado Sloane y una linda señora con traje de montar castaño que ya había estado allí con anterioridad.
—Celebro muchísimo verlos —dijo Gatsby de pie en su porche—. Es un verdadero placer que hayan entrado.
¡Como si a ellos les importase!
—Tomen asiento, por favor. Fumen un cigarrillo o un puro. —Gatsby recorrió la sala apresuradamente haciendo sonar los timbres—. Les serviré algo de beber en un minuto.
La presencia de Tom lo había impresionado hondamente. Pero se sentiría intranquilo en todo caso hasta haberles ofrecido algún agasajo, intuyendo vagamente que solo para eso habían acudido. El señor Sloane no deseaba nada. ¿Una limonada? No, gracias. ¿Un poco de champán? Nada de nada, gracias... Lo lamento...
—¿Han disfrutado del paseo a caballo?
—Hay muy buenos caminos por aquí.
—Supongo que los automóviles...
—Sí.
Movido por un impulso irrefrenable, Gatsby se volvió hacia Tom, quien había acogido la presentación como ante un perfecto desconocido.
—Creo que ya nos conocíamos de antes, señor Buchanan.
—Ah, sí —repuso Tom con seca cortesía, sin acordarse en absoluto—. Es verdad. Lo recuerdo perfectamente.
—Hace unas dos semanas.
—Exacto. Estaba usted con Nick.
—Conozco a su esposa —añadió Gatsby, casi en tono desafiante.
—¿Ah, sí?
Tom se volvió hacia mí.
—¿Vives cerca de aquí, Nick?
—En la puerta contigua.
—¿De veras?
El señor Sloane no terció en el diálogo, sino que se recostó altanero en su butaca; la señora tampoco despegó los labios hasta que, de improviso, tras apurar dos copas de combinado, se mostró sumamente efusiva.
—Vendremos todos a su próxima fiesta, señor Gatsby —propuso—. ¿Qué le parece?
—Por descontado; será un verdadero honor recibirlos.
—Estará muy bien —soltó el señor Sloane sin pizca de gratitud—. En fin... creo que va siendo hora de volver a casa.
—Por favor, no se apresuren —les rogó Gatsby. Había recobrado ya el dominio de sí y ansiaba tratar más a fondo a Tom—. ¿Por qué no... por qué no se quedan a cenar? No me extrañaría que viniera más gente de Nueva York.
—Vengan ustedes a cenar conmigo —dijo la dama entusiasmada—. Los dos.
La invitación me incluía a mí. El señor Sloane se puso en pie.
—Vámonos —dijo, pero dirigiéndose exclusivamente a ella.
—Hablo en serio —insistió ella—. Me encantaría que viniesen. Hay sitio de sobra.
Gatsby me miró con aire interrogante. Deseaba ir y no advertía que el señor Sloane estaba resuelto a impedirlo a toda costa.
—Me temo que yo no podré acompañarlos —me disculpé.
—Bueno, pues venga usted —rogó ella concentrándose en Gatsby.
El señor Sloane le murmuró unas palabras al oído.
—No se nos hará tarde si salimos ahora mismo —insistió ella en voz alta.
—No dispongo de caballo —dijo Gatsby—. Montaba en el ejército, pero nunca he comprado montura. Tendré que seguirlos en mi coche. Discúlpenme solo un minuto.
Los demás salimos al porche, donde Sloane y la dama entablaron un acalorado aparte.
—¡Por Dios, creo que ese individuo viene en serio! —soltó Tom—. ¿Es que no se da cuenta de que ella no lo quiere allí?
—Ella dice que sí lo quiere.
—Tiene un gran banquete organizado y él no conocerá a nadie. —Frunció el ceño—. Dónde diablos habrá conocido a Daisy... Válgame Dios, seré un antiguo de ideas, pero las mujeres corretean demasiado a su antojo hoy en día para mi gusto. Se topan con cada bicho raro...
De pronto el señor Sloane y la señora bajaron la escalinata y montaron a caballo.
—Vamos, Tom —dijo el señor Sloane—; se nos hace tarde, hay que marcharse. —Y volviéndose hacia mí—: Dígale que no podíamos esperar más, ¿quiere?
Tom y yo nos estrechamos la mano, los demás cruzamos una cabezada glacial y partieron al trote por el camino, perdiéndose bajo la arboleda de agosto justo cuando Gatsby, con el sombrero y un gabán ligero en la mano, asomaba por la puerta principal.
A Tom le inquietaba a las claras que Daisy anduviese sola por ahí, pues el sábado siguiente acudió con ella a la fiesta de Gatsby. Acaso su presencia confirió a la velada aquel peculiar aire de opresiva pesadumbre: destaca en mi memoria entre todas las fiestas de Gatsby de aquel estío. Concurría la misma gente, o al menos la misma ralea de gente; corría el champán con idéntica profusión; reinaba el mismo alboroto multicolor y polifónico, mas flotaba en el ambiente una aspereza desagradable que antes no existía. O acaso yo me había habituado a todo aquello, aceptando West Egg como un orbe autosuficiente con sus propios fueros y sus próceres consagrados, sin rival posible porque ignoraba la existencia de rivales; y ahora lo contemplaba de nuevo a través de los ojos de Daisy. Siempre resulta melancólico mirar con ojos ajenos las cosas a las que uno ha consagrado sus propios esfuerzos de adaptación.
Llegaron al anochecer, y al abrirnos paso entre centenares de convidados rutilantes, la voz de Daisy desgranaba gorgoritos en su garganta.
—Estas cosas me excitan tanto... —susurró—. Si en algún momento de la noche te dan ganas de besarme, Nick, dímelo y con gusto lo arreglaré. No tienes más que pronunciar mi nombre. O presentar una tarjeta verde. Estoy repartiendo tarjetas verdes...
—Miren a su alrededor —propuso Gatsby.
—Ya estoy mirando. Me lo estoy pasando de...
—Seguro que reconocen a muchas personas de las que han oído hablar.
Los ojos arrogantes de Tom barrieron a la muchedumbre.
—No solemos alternar mucho —dijo—; de hecho, estaba pensando que no conozco a un alma aquí.
—Quizá conozcan a aquella dama. —Gatsby señaló a una soberbia orquídea de mujer, apenas humana, que presidía su corro bajo un ciruelo blanco. Tom y Daisy se quedaron mirándola con esa sensación de irrealidad que produce identificar en carne y hueso a una celebridad cinematográfica hasta entonces fantasmagórica.
—Es encantadora —dijo Daisy.
—El caballero inclinado sobre ella es su director.
Fin del Episodio 14 · de 24
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