Capítulo V · II
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—¿Está seguro de que quiere que vaya yo también?
—Por descontado, viejo amigo.
Daisy subió a lavarse la cara —demasiado tarde recordé con vergüenza el estado de mis toallas—, mientras Gatsby y yo aguardábamos sobre la hierba.
—Tiene buen porte mi casa, ¿verdad? —preguntó—. Mire cómo la fachada entera atrapa la luz.
Coincidí en que era imponente.
—Sí. —Sus ojos la recorrieron al detalle, de cada arcada a cada torreón cuadrado—. Me llevó exactamente tres años reunir el dinero para comprarla.
—Creí que había heredado su fortuna.
—La heredé, viejo amigo —repuso mecánicamente—, pero perdí casi todo en el gran pánico... el pánico de la guerra.
Creo que apenas era dueño de lo que decía, pues cuando le pregunté a qué negocios se dedicaba me espetó: «Eso es cuenta mía», antes de percatarse de lo inadecuado de su salida.
—He andado en varias cosas —se corrigió al punto—. Estuve en el ramo farmacéutico y luego en el del petróleo. Pero ahora no estoy en ninguno de los dos. —Me miró con mayor atención—: ¿Quiere decir que ha estado pensando en lo que le propuse la otra noche?
Antes de que pudiese responderle, Daisy salió de la casa y dos hileras de botones dorados en su vestido refulgieron al sol.
—¿Aquel caserón enorme de allí? —exclamó señalando.
—¿Te gusta?
—Me chifla, pero no me explico cómo puedes vivir ahí completamente solo.
—Siempre la tengo abarrotada de gente interesante, día y noche. Gente que hace cosas memorables. Celebridades.
En vez de atajar por la ribera del estrecho bajamos a la carretera y franqueamos el portón principal. Con murmullos de encanto Daisy admiraba tal o cual aspecto de la silueta señorial recortada contra el cielo, celebraba los jardines, el aroma chispeante de los narcisos, el olor espumoso del espino y de los ciruelos en flor y la fragancia dorada y pálida de las madreselvas. Resultaba insólito alcanzar la escalinata de mármol y no hallar el ajetreo de trajes llamativos entrando y saliendo, ni escuchar más son que el trino de las aves en la espesura.
Y ya en el interior, conforme recorríamos salones de música estilo María Antonieta y galerías de la Restauración, me asaltó la sensación de que había convidados ocultos tras cada sofá y cada mesa, con orden estricta de guardar un silencio expectante hasta que hubiésemos pasado. Al cerrar Gatsby la puerta de «la biblioteca del Merton College» habría jurado percibir la risa fantasmal del hombre de los quevedos de lechuza.
Subimos a la planta alta, cruzando aposentos de época envueltos en sedas rosas y lavandas y perfumados de flores recién cortadas, vestidores, salas de billar y baños con tinas encastradas... asomándonos a una alcoba donde un caballero desgreñado en pijama hacía ejercicios gimnásticos en el suelo. Se trataba del señor Klipspringer, «el huésped». Lo había visto vagar con aire hambriento por la playa esa misma mañana. Al fin alcanzamos las habitaciones privadas de Gatsby: un dormitorio, un baño y un despacho estilo Adam, donde nos sentamos a beber una copita de un Chartreuse que extrajo de una alacena empotrada.
No había dejado de contemplar a Daisy ni un solo instante, y creo que reevaluaba cada objeto de su mansión con arreglo a la respuesta que despertaba en los ojos amados. A veces contemplaba sus pertenencias con mirada atónita, cual si ante la presencia real y pasmosa de ella nada de cuanto poseía fuese ya tangible. En cierta ocasión estuvo a punto de rodar por una escalera.
Su alcoba era la estancia más sencilla de todas, salvo por el tocador, aderezado con un juego de tocador de oro puro y mate. Daisy tomó el cepillo con delicia y se alisó los cabellos, ante lo cual Gatsby tomó asiento, se tapó los ojos con la mano y rompió a reír.
—Es de lo más cómico, viejo amigo —dijo con alborozo—. No puedo... Cuando intento...
Había atravesado dos estados anímicos y entraba en el tercero. Tras su turbación inicial y su dicha insensata, se hallaba consumido por el estupor ante la presencia viva de Daisy. Había albergado la idea tanto tiempo, soñándola de cabo a rabo, aguardando con los dientes apretados en una tensión de intensidad inconcebible... Ahora, por pura reacción, se desinflaba como un reloj al que se le ha dado demasiada cuerda.
Recobrándose al cabo de un minuto, abrió para nosotros dos descomunales roperos empotrados que custodiaban sus trajes, batas y corbatas, y sus camisas, apiladas como adobes en columnas de una docena de altura.
—Tengo un hombre en Inglaterra que me compra la ropa. Me envía una selección de prendas al inicio de cada temporada, en primavera y otoño.
Extrajo una pila de camisas y empezó a arrojarlas una a una ante nosotros: camisas de lino finísimo, de seda gruesa y de franela suave, que perdían los pliegues al caer y cubrían la mesa en un desorden multicolor. Mientras las admirábamos él traía más y la montaña suntuosa crecía: camisas a rayas, adamascadas y a cuadros en coral, verde manzana, lavanda y tenue naranja, con monogramas bordados en azul añil. De pronto, con un sollozo ahogado, Daisy hundió la cabeza entre las prendas y rompió a llorar copiosamente.
—¡Son unas camisas tan hermosas! —gimió con la voz amortiguada entre las telas—. Me da pena porque nunca había visto... nunca había visto unas camisas tan maravillosas.
Tras la casa debíamos visitar el parque, la piscina, el hidroavión y las flores de pleno verano; pero tras los cristales de Gatsby se reanudó la lluvia, de suerte que permanecimos en fila contemplando la superficie arrugada del estrecho.
—De no ser por la niebla veríamos tu casa al otro lado de la bahía —dijo Gatsby—. Siempre tienes una luz verde ardiendo toda la noche en el extremo de tu embarcadero.
Daisy le pasó el brazo por el suyo con brusquedad, pero él parecía absorto en lo que acababa de pronunciar. Quizá cruzó por su mente que el colosal significado de aquella luz se había esfumado para siempre. Comparada con la inmensa distancia que lo había separado de Daisy, la luz le había parecido muy cercana a ella, casi rozándola. Se le antojaba tan próxima como una estrella a la luna. Ahora volvía a ser simplemente una bombilla verde en un muelle. Su inventario de objetos encantados acababa de menguar en uno.
Me puse a caminar por la habitación, examinando objetos indeterminados en la penumbra. Me atrajo una gran fotografía de un caballero anciano con atuendo de regatista, colgada de la pared sobre su escritorio.
—¿Quién es este señor?
—¿Ese? Es el señor Dan Cody, viejo amigo.
El nombre me resultó vagamente familiar.
—Ya ha muerto. Fue mi mejor amigo hace muchos años.
Sobre la cómoda descansaba un retratito de Gatsby, también con indumentaria náutica —Gatsby con la cabeza erguida en ademán desafiante—, sacado al parecer cuando rondaba los dieciocho años.
—¡Me encanta! —exclamó Daisy—. ¡Qué tupé! Nunca me dijiste que habías llevado tupé... ni que tuvieses un yate.
—Fíjate en esto —dijo Gatsby con presteza—. Aquí hay un montón de recortes... sobre ti.
Permanecieron juntos hojeándolos. Iba a pedirle que me mostrase los rubíes cuando sonó el teléfono y Gatsby descolgó el auricular.
—Sí... Bueno, no puedo hablar ahora... No puedo hablar ahora, viejo amigo... Dije una ciudad pequeña... Ya sabrá lo que es una ciudad pequeña... Bueno, de nada nos sirve si Detroit es su idea de un pueblo...
Colgó.
—¡Venid aquí corriendo! —llamó Daisy desde la ventana.
La lluvia seguía cayendo, pero la oscuridad se había quebrado por el poniente y una marea rosada y dorada de nubes espumosas flotaba sobre el mar.
—Mira eso —susurró, y al cabo de una pausa—: Me gustaría atrapar una de esas nubes rosas, meterte dentro y empujarte por el cielo.
Intenté despedirme entonces, pero no quisieron ni oír hablar de ello; acaso mi presencia les hacía sentirse más dichosa y confortablemente solos.
—Ya sé lo que haremos —dijo Gatsby—: haremos que Klipspringer toque el piano.
Salió de la estancia llamando: «¡Ewing!», y regresó al cabo de unos minutos acompañado por un joven cohibido y algo demacrado, con gafas de carey y ralo pelo rubio. Vestía ahora de modo decoroso con una camisa de sport abierta en el cuello, zapatillas de lona y pantalones de dril de tono indefinido.
—¿Interrumpimos sus ejercicios? —inquirió Daisy con educación.
—Estaba dormido —dijo el señor Klipspringer en un espasmo de timidez—. Es decir, había estado dormido. Luego me levanté...
—Klipspringer toca el piano —dijo Gatsby atajándolo—. ¿Verdad que sí, Ewing, viejo amigo?
—No toco bien. Casi... apenas toco. Estoy completamente falto de prác...
—Bajaremos al salón —interrumpió Gatsby. Apretó un conmutador. Las ventanas grises desaparecieron y la casa entera resplandeció de luz.
En la sala de música Gatsby encendió una solitaria lámpara junto al piano. Prendió el cigarrillo de Daisy con una cerilla temblorosa y tomó asiento con ella en un canapé al otro extremo de la sala, donde no llegaba más claridad que la que el suelo encerado reflejaba desde el vestíbulo.
Cuando Klipspringer hubo interpretado El nido del amor, giró sobre el taburete y buscó con aire compungido a Gatsby en la penumbra.
—Ya ve que no tengo práctica. Le dije que no sabía tocar. Me falta mucha prác...
—No hables tanto, viejo amigo —ordenó Gatsby—. ¡Toca!
—«Por la mañana, por la tarde, ¿no nos divertimos en grande?...».
Afuera el viento bramaba y un lejano rumor de truenos corría a lo largo del estrecho. Todas las luces se encendían ya en West Egg; los trenes eléctricos, atestados de viajeros, regresaban veloces de Nueva York bajo el temporal. Era la hora de una honda mutación humana y en el aire flotaba una tensa emoción.
—«Una cosa es segura y nada más certero: los ricos se hacen más ricos y los pobres tienen... críos. Entretanto, mientras tanto...».
Al acercarme a despedirme advertí que la expresión de perplejidad había vuelto al semblante de Gatsby, como si le asaltara una vaga duda sobre la calidad de su dicha presente. ¡Casi cinco años! Debió de haber momentos, incluso aquella misma tarde, en que Daisy no estuvo a la altura de sus quimeras, no por culpa de ella, sino por la vitalidad colosal de su propia ilusión. Había ido más allá de ella, más allá de todo. Se había volcado en aquel ensueño con una pasión creadora, enriqueciéndolo a cada instante, aderezándolo con cada pluma brillante que se cruzaba en su camino. No hay fuego ni lozanía capaz de competir con lo que un hombre atesora en las cavernas de su corazón fantasmal.
Mientras lo observaba se recompuso un tanto, visiblemente. Tomó la mano de ella, y cuando Daisy le susurró algo al oído se volvió hacia ella con un rapto de emoción. Creo que fue aquella voz lo que más lo subyugó, con su calidez febril y fluctuante, porque no admitía ser soñada en exceso: aquella voz era una melodía inmortal.
Se habían olvidado de mí, pero Daisy alzó la vista y me tendió la mano; Gatsby ya no me reconoció en absoluto. Les dirigí una última mirada y me correspondieron desde su lejanía, poseídos por una vida ardiente. Salí entonces de la estancia y descendí la escalinata de mármol bajo la lluvia, dejándolos allí juntos.
Fin del Episodio 13 · de 24
Capítulo V · II
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